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ENCICLOPEDIA MISTERIOSA DE LOS SERES DIMINUTOS, Alicia Casanova

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ALICIA CASANOVA, Enciclopedia misteriosa de los Seres diminutos, Algar, Alzira, 2016, 56 páginas.

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Fernando Falcone ilustra esta enciclopedia de seres diminutos, curiosos, simpáticos o espeluznantes que ha catalogado, para aprendizaje y divertimento del lector, la Doctora Catalina Plum.
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HADA DE LA BIBLIOTECA MUNICIPAL

   En las bibliotecas municipales de pueblos y ciudades podemos encontrar infinidad de estas pequeñas haditas lectoras. Son muy difíciles de ver, debido a su tamaño y a su vestido, con el que se camuflan perfectamente entre las letras del libro en el que viven.
   Estas hadas resultan bastante curiosas. Pese a que son seres solitarios e introvertidos (pues están todo el día leyendo), en una misma estantería de la biblioteca pueden habitar centenares de ellas, según la cantidad de libros. Tras minuciosas investigaciones, he podido identificar unas setecientas y pico hadas en la biblioteca municipal de mi pueblo, que no es moco de pavo.
   Lo curioso es que cada una de ellas vive en un libro determinado, y va pasando de una hoja a otra como si fuera del baño al dormitorio. Estos libros habitados funcionan como apartamentos de un edificio, por lo que se comunican como vecinas. Se las puede escuchar por la noche; por eso, tan solo las detectan los vigilantes de la biblioteca, si los hay. De pronto, perciben una especie de cuchicheos de multitud de voces lejanas, todas hablando a la vez en no se sabe qué lengua.
   Por lo visto, se asoman desde sus libros y se cuentan los relatos unas a otras. Parece demostrado que siempre se cuentan el mismo libro, y que no tienen ninguna intención de cambiarlo por otro. Lo que no está claro es si se lo cuentan siempre a la misma vecina de estantería o no. 
   Resultan peligrosas en la noche de Reyes. Esa noche salen de sus libros y se dedican a devorar las páginas de los libros deshabitados. Tras el banquete, hacen una gran fiesta que consiste, ni más ni menos, en cambiar las palabras de unos libros por las de otros o en intercambiar el titulo de las obras y el nombre de los autores. Desde el año pasado, en algunos ejemplares de Don Quijote de la Mancha solo se puede leer Las aventuras de Pinocho; en algunos de Romeo y Julieta podemos leer Pippi Calzaslargas, y en La Odisea aparece el cuento de Los tres cerditos y el lobo.
   En fin, ya no se puede leer lo que uno quiere. Ahora en mi pueblo vamos a la biblioteca y cruzamos los dedos para tener suerte. Cualquier lectura es puro azar.

MUJERES 2, Isabel Ruiz Ruiz

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ISABEL RUIZ RUIZ, Mujeres 2, Ilustropos, 2016, 48 páginas.

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En este segundo volumen Isabel Ruiz suma dieciocho nuevos retratos de mujeres que «deben formar parte de nuestros referentes». 
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MARÍA MOLINER (1900-1981)

Bibliotecaria, filóloga y lexicóloga española. Autora del Diccionario de uso del español.
Nació en Paniza, Zaragoza, aunque vivió su infancia en Madrid, donde estudio en la Institución Libre de Enseñanza. Permaneció en la capital hasta que su padre abandonó a la familia y se vio obligada a volver a Aragón a ejercer como profesora particular para mantener a su familia.
En Zaragoza se formó y trabajó como filóloga y lexicógrafa. Durante sus años de estudios colaboró en la realización del Diccionario Aragonés. Se licenció en la especialidad de Historia con las máximas calificaciones y premio extraordinario.
Opositó e ingresó en el Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos.
En Murcia fue la primera mujer que impartió clase en la universidad. Durante la República fue parte activa en la política bibliotecaria nacional. Colaboró con las Misiones Pedagógicas y se encargó especialmente de las bibliotecas rurales. Escribió unas Instrucciones para el servicio de pequeñas bibliotecas muy valoradas tanto en España como en el extranjero. Movida por la idea de que la cultura tenía que acercarse al pueblo, desarrolló una red de bibliotecas a la que se unieron cientos de centros. Dirigió la Biblioteca de la Universidad de Valencia.
Tras la caída de la República fue depurada y regresó al Archivo de Hacienda de Valencia, bajando dieciocho niveles en el escalafón del cuerpo.
Se incorporó a la Biblioteca de la Escuela Superior de Ingenieros Industriales de la que llegó a ser directora y en la que permaneció hasta su jubilación.
Su gran obra fue su diccionario, al que llamó Diccionario de uso del español, más conocido como el Diccionario María Moliner. Dedicó a su elaboración quince años de su vida. Utilizó un lenguaje sencillo pero preciso, tanto en sus explicaciones como en sus ejemplos, intentando que fuera una herramienta útil y cercana a todo tipo de público. Se trata de un diccionario de sinónimos, de expresiones, frases hechas y de familias de palabras. Anticipó la ordenación de la Ll en la L y de la Ch en la C o términos de uso común que la RAE no había admitido todavía. Agregó una gramática y una sintaxis con numerosos ejemplos.
Fue propuesta para entrar en la Academia de la Lengua, pero no la admitieron. No pertenecía a la clase de los filólogos académicos, era mujer y, además, cuestionaba el diccionario de la institución. Su rechazo tuvo enorme eco en prensa y la convirtió en un nuevo mito del feminismo.
Cuando murió se aludió a ella como a una académica sin sillón.

LAS CHICAS SON GUERRERAS, Irene Cívico & Sergio Parra

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IRENE CÍVICO & SERGIO PARRA, Las chicas son guerreras, Montena, Barcelona, 2016, 242 páginas.

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«Para las chicas guerreas, el único límite es el cielo». Irene Cívico y Sergio Parra escriben y Nuria Aparicio ilustra estas semblanzas de 26 mujeres modelo también para hombres.
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NANCY WAKE
Fecha de nacimiento
30 de agosto de 1912 (Wellington, Nueva Zelanda)
Su mayor logro
Ser la pieza más va1iosa de la Resistencia para acabar con el régimen nazi.
Su lema
«La libertad es lo único por lo que vale la pena vivir porque, sin libertad, la vida no tiene sentido.»
Cópiale
No importa el peligro si la causa es justa.

   No es de extrañar que Nancy Wake haya pasado a la historia corno la persona más temida por los nazis, ya que desde muy jovencita Nancy se caracterizó por ser valiente, decidida y no tener miedo a nada. Con tan solo 16 años se fugó de casa y viajó hasta Nueva York, donde se convirtió en periodista de forma autodidacta porque ¿qué mejor que vivir las noticias en primera persona? Su trabajo la llevó hasta París, donde ejerció como corresponsal de la Hearst Corporation, que todavía hoy es una de las corporaciones de periodismo más importantes. Su trabajo en Hearst fue lo que le permitió entrevistar a Hitler en 1933 y lo que vio la horrorizó tanto que se prometió a sí misma que haría lo que estuviera en sus manos para detener esa locura. Y vaya silo hizo.
  Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial y el ejército nazi alemán empezó a invadir Francia, Nancy y Henri, el millonario francés con el que se había casado, en lugar de huir como hacían todos los que tenían dinero para hacerlo, decidieron quedarse y unirse a la Resistencia para contener a los nazis.
  Como nadie sospechaba de la esposa bonica de un señor ricachón, Nancy se convirtió en la mensajera oficial de la Resistencia, llevando mensajes y comida de contrabando a los grupos resistentes del sur de Francia. Ayudada por una vieja ambulancia, disfrazada de enfermera, empezó a trasladar a gente a escondidas hasta España. Enseguida destacó frente a los demás miembros de la Resistencia por su extraordinaria capacidad para evitar ser atrapada: siempre que los nazis creían haberla localizado, ella ya se había esfumado. Para ellos era desesperante; para la Resistencia, su mayor activo.
  Era tan escurridiza y lista que los nazis empezaron a llamarla el «Ratón Blanco» y pronto se convirtió en uno de sus objetivos prioritarios. De hecho, los nazis estaban tan cabreados por que Nancy se les escapara siempre de las manos, que pusieron precio a su cabeza. Ofrecían 5 millones de francos a cualquiera que la atrapara, una cifra enorme que la convirtió en la persona más buscada de la Segunda Guerra Mundial.
  Era tan buena haciendo su trabajo que incluso cuando la detuvieron fue por error: Nancy fue detenida al ser confundida con otra chica de la Resistencia que había hecho explotar una bomba. A pesar de que la torturaron durante 4 días, Nancy jamás soltó información a los nazis y, como si de una película se tratara, un compañero consiguió liberarla diciendo que esa chica no era más que su amante. Es inexplicable cómo pudo colar esa trola; quizá su carisma y naturalidad al enfrentarse a situaciones complicadas surtieron el efecto deseado, y como ella solía decir: «Basta con un poco de maquillaje y una copa en la mano». Sus compañeros de batallas decían que era la chica más femenina del mundo, pero que en cuanto empezaba la batalla, Nancy era más dura que 5 marineros juntos.
  Su coraje era tan rotundo que, tras unirse a la Dirección de Operaciones Especiales en Inglaterra, la lanzaron en paracaídas sobre Francia para que actuara como persona de contacto entre Londres y los maquis en Francia. Se dedicó a mover armamento, sabotear las comunicaciones nazis y reclutar nuevos miembros para los grupos de maquis de la Resistencia (¡se las ingenió para montar un despliegue paramilitar de 7.500 personas! (¡Todo un ejército!). En una ocasión, llegó a recorrer 500 kilómetros en bicicleta durante 71 horas, ¡sin parar! cruzando varios puntos de control alemanes sin ser descubierta, para entregar unos códigos secretos a los aliados. De todas las hazañas increíbles que Nancy protagonizó durante la guerra, ella siempre pensó que ese maratón en bici que se pegó fue su aportación más valiosa a la causa.
  Pero no fue esa su aportación más valiosa, sino la cantidad de vidas que llegó a salvar. Desde abril de 1944 hasta la liberación total de Francia, sus hombres se enfrentaron a los alemanes en una lucha sin cuartel en la que murieron más de 1.400 nazis, mientras que Nancy solo perdió a 100 hombres. Ella misma mató a más de uno con sus propias manos, porque Nancy no tenía miedo a la muerte. Estaba demasiado ocupada salvando el mundo. 
  Por supuesto, nuestro ratón blanco sobrevivió a la guerra y se convirtió en la mujer más condecorada de la Segunda Guerra Mundial. Pero a Nancy no le podían importar menos los reconocimientos, así que se vendió todas las medallas y pasó los últimos años de su vida viviendo del dinero que le habían dado por ellas. Cuando le preguntaron por qué se había vendido esos reconocimientos tan importantes, Nancy les dijo que mejor sacar algo de las medallas en vida, porque, como de todos modos iba a ir al infierno, allí se hubiesen fundido con el calor.

¿QUÉ HACE TAN EXTRAORDINARIA A LA TORRE EIFFEL?, Jonathan Glancey

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JONATHAN GLANCEY, ¿Qué hace tan extraordinaria a la Torre Eiffel?, Blume, Barcelona, 2017, 176 páginas.

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Subtitulado 70 preguntas que cambiarán su forma de pensar sobre la arquitectura recoge los prometidos microensayos con los que el lector común podrá repensar la tarea de Mies van der Rohe, Albert Kahn, Gaudí o calcular la grandeza de la Gran Pirámide de Guiza, Venecia o Stonehenge.
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EL GUGGENHEIM DE BILBAO. ¿DISPARATE EMBLEMÁTICO O ESCULTURA URBANA INSPIRADA?

   La inauguración del impresionante Museo Guggenheim de Bilbao fue tan espectacular como el propio edificio. El 17 de octubre de 1997, el día antes de que el rey Juan Carlos I declarase el museo abierto, se descubrió un plan de ETA para asesinar al monarca. Tres terroristas disfrazados de jardineros intentaron colocar bombas en macetas junto a la divertida escultura Puppy, de Jeff Koons, situada cerca de la entrada al museo (donde el rey habría recibido a los asistentes al evento). Un policía vasco, José María Aguirre, abortó el atentado, pero murió por disparos de los falsos jardineros.
   Resulta indiscutible que el museo de Frank Gehry ha ejercido un impacto explosivo en Bilbao, así como en la arquitectura y la planificación urbana contemporáneas. No se parece a ningún otro edificio. Sus pliegues escultóricos de titanio curvado atrapan y reflejan la luz diurna, al tiempo que deslumbran (intelectual y emocionalmente) a visitantes, críticos y políticos de todo el mundo. Se trata de una pieza bonita y caprichosa que se alza en los antiguos muelles de Bilbao, y muy distinta al diseño de 2015 tan falto de ingenio para una sucursal del Guggenheim situada en el centro de Helsinki, por ejemplo. La hazaña de Gehry aportó nueva vida a una zona de Bilbao casi olvidada, a su paisaje urbano y, en el proceso, atrajo a 4 millones de visitantes entre 1997 y 2000. El gobierno vasco informó de que los ingresos obtenidos por esas visitas habían amortizado la construcción del edificio.
   Popular entre los visitantes, cautivó a la mayoría de críticos y estimuló la imaginación de muchos políticos. ¿Y si el «efecto Bilbao» podía repetirse en otras ciudades? ¡Los visitantes, los ingresos, la popularidad y los premios para los políticos! Eso es, más o menos, lo que ocurrió. Ciudades de todo el mundo empezaron a competir por tener los edificios más extravagantes, caprichosos o «emblemáticos». En cuestión de una década brotaron no solo museos y galerías de arte, sino también bloques de oficinas e incluso ayuntamientos en una especie de parque urbano global.
   El problema, como ocurre con el trabajo de Le Corbusier y Mies van der Rohe, es que no todos los arquitectos a los que les gustaría ser tan creativos como Frank Gehry son tan creativos como él. Tampoco todos los grandes centros urbanos necesitan un edificio tan diferente a todo como el Guggenheim de Bilbao. El encargo de edificios y la planificación urbana son artes, además de tratos económicos y ciencias imperfectas. Bilbao acertó. Muchas otras ciudades no, y ahora cuentan con edificios irracionalmente extravagantes que ridiculizan la ciencia y el arte.
   Los críticos groseros y oportunistas aprovecharon la ocasión para atacar a Frank Gehry, como si este inconformista arquitecto canadiense estadounidense hubiese dado rienda suelta de manera consciente a una arquituectura de chiste en todo el mundo. En 2015, la reacción contra la arquitectura «icónica» era la norma entre la crítica. Mientras tanto, Gehry, arquitecto-artista, continuó deleitando e irritando a partes iguales, como ocurrió con el Guggeheim de Bilbao, que es una de las maravillas arquitectónicas indiscutibles del siglo XX?


SEXOADICTAS O AMANTES, Paula Izquierdo

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PAULA IZQUIERDO, Sexoadictas o amantes, Belacqua, Barcelona, 2007, 202 páginas.

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Catalina la Grande, George Sand, Sarah Bermhardt o Isadora Duncan «fueron tajantes en sus posturas y no se dejaron amilana, independientemente de las épocas y las costumbres al uso que les tocó vivir». Paula Izquierdo indaga en las distintas formas de procurar el placer y consolidar el yo.
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   Anaïs Nin nació en Neuilly, cerca de París, el 21 de febrero de 1903. Su padre era el famoso compositor y pianista cubano-español Joaquín Nin y su madre, Rosa Culmell, era hija de un diplomático danés establecido en La Habana. Cuando Anaïs contaba sólo once años, sufrió el mayor y más determinante desconsuelo que marcaría el resto de sus días: su padre se enamoró de una joven heredera y abandonó a su mujer y a los tres hijos habidos de ese matrimonio. Rosa Culmell decidió entonces poner mar de por medio, y embarcó junto con sus hijos rumbo a Nueva York. A partir de esa fisura sentimental, Anaïs comenzó a escribir, costumbre que no abandonaría jamás. Su objetivo, mientras navegaban por el Atlántico, consistió en escribir una carta a su padre dándole los más minuciosos detalles de su travesía. Corría el año 1914, Anaïs no volvió a encontrase con su progenitor hasta la primavera de 1933. La carta que comenzó entonces, es decir, la necesidad de expresarse por escrito, sería una forma de estar en el mundo. El resultado, además de una serie de novelas y relatos cortos, fue que Anaïs llegó a escribir un diario del que se conservaron quince mil páginas, repletas de erotismo y sinceridad, en el que describe sin ningún tipo de censura sus variadas y múltiples relaciones sexuales, sus sentimientos más íntimos en una búsqueda permanente de conocerse a sí misma a través de su voz interior; una vez más, una mujer retaba a su tiempo sobreviviendo a los prejuicios que imperaban en los primeros años del siglo pasado. 
   En Nueva York, después de estudiar hasta los dieciséis años, ya adolescente, se hizo bailarina de flamenco y modelo. En esa ciudad fue donde conoció al que sería su marido, Hugh Guiler, un banquero norteamericano con el que se casó con sólo veinte años. Parece ser que el matrimonio no se consumó hasta dos años después, ya que Anaïs sentía verdadero temor ante la posibilidad de mantener relaciones sexuales. Ella se había casado sin estar enamorada y él esperó pacientemente a que la joven madurara y pudiera dar rienda suelta a sus sentimientos.
   En 1931, el matrimonio se instaló en Francia, en un pueblecito llamado Louveciennes, cerca de París. Es entonces cuando escribe: «La vida ordinaria no me interesa. Sólo busco momentos altos. Estoy de acuerdo con los surrealistas, en la búsqueda de lo maravilloso». Un año más tarde, conoció al escritor Henry Miller y a su mujer June. Entre los tres se creó una relación apasionada y absolutamente insólita. Se querían los tres, se tenían celos y admiración, a veces se odiaban pero la mayor parte del tiempo fue una relación fructífera y productiva. Este triángulo amoroso se mantuvo durante un año; aunque Anaïs intentaba engañar a su marido, él constituía en cierta medida la cuarta pata de la mesa. Hugh sabía que la única forma de retener a Anaïs para que permaneciera a su lado era dándole la libertad que necesitaba y no preguntar, sólo amarla.
   En 1932, Anaïs conoció al psicoanalista francés Allendy, quien fue el cofundador, junto con Sigmund Freud, de la Sociedad Psicoanalítica de París. Pronto se estableció una relación íntima entre ambos. Ella buscaba conciliar con el psicoanálisis los diferentes matices de su personalidad: lo real y lo simbólico, la pasión y la razón, los acontecimientos y los deseos. Sin embargo, René Allendy, en su intento de curarla, trató de castrar su personalidad, su desenfreno, intentando eliminar todo aquello que definía su ser, por lo que Anaïs después de un periodo de tratamiento y sexo, terminó por evitar a aquel hombre que pretendía que ella fuera una mujer «normal».
   En 1933 se convirtió en amante de su padre. Anaïs escribió en su diario, que tiempo después se publicaría bajo el título de Incesto: «5 de mayo de 1933: Por la noche soñé con que mi padre me acariciaba como un amante, y experimenté un placer inmenso». Tal como ella expresa en estas líneas, siente por sus deseos un gran horror y una gran atracción. Al principio de su relación incestuosa se impide a sí misma llegar al orgasmo. Esta forma de automutilación o de autocastigo la ayudaba a sobrellevar el gran deseo que sentía hacia su progenitor. Privándose del máximo placer cree no ser tan indeseable. Escribe en su diario: «El esperma es un veneno». Su padre le dijo que quería reemplazar a sus otros amantes, y que, en realidad, su único y verdadero rival era el diario que ella escribía de forma incansable.
   Seis meses más tarde de su primer encuentro, padre e hija vuelven a citarse en la casa de Anaïs, en Louveciennes, y de nuevo se acuestan. Poco después, conocerá al psicoanalista Otto Rank, un hombre del que se enamoró y que la ayudó a superar y desechar la relación incestuosa que mantenía con el padre.
   Si algo la obsesionó a lo largo de su existencia fue su sentimiento de desarraigo que, en gran medida, se convirtió en el motor de vivir la vida hasta sus últimas consecuencias. Era una mujer que necesitaba llevar hasta el límite cualquier relación que establecía. Así, a través de su médico y amante fue cómo se hizo una verdadera devota del psicoanálisis, llegando a ejercer como psicóloga durante un periodo breve de su existencia. Rank, al contrario que Allendy, no intentó cambiar su personalidad, sino que la ayudó a asumir sus sentimientos, entendió sus contradicciones y le hizo ver que éstas eran legítimas. Fue Rank quien le propuso que se desplazara a Nueva York para que ejerciera como ayudante. Poco después, Anaïs volvió a Francia, pero tanto la relación con Rank como el estudio y conocimiento del psicoanálisis fueron muy satisfactorios para ella; aprendió sobre todo a aceptarse a sí misma y a entender las fluctuaciones de su estado de ánimo.
   Meses después de regresar a París, en mayo de 1934, se quedó embarazada de Henry Miller (según sus cálculos). A pesar de la insistencia de su marido, Anaïs decide abortar. Este aborto supone un antes y un después en su vida, una forma de exorcizar todos sus fantasmas. Pierde a la niña, pero ella revive.
   Es cierto que Anaïs se convirtió en un icono de la autenticidad en una época saturada de hipocresía. Según Erica Jong, Anaïs es una representante de la libertad sexual y psicológica de la mujer y por eso sus diarios íntimos y sus relatos eróticos no dejaron a nadie indiferente; unos la odiaron y otros la llevaron al altar de la liberación sexual. También obtuvo, merecidamente, el título de mecenas de los artistas. Anaïs era capaz de reconocer el talento de todos aquellos que la rodeaban. De hecho, desde el principio de su relación con Miller hasta que éste despuntó como escritor, ayudó económicamente a su amante y colega. Durante los primeros años de relación llegaron a colaborar. Ambos se ayudaban, se apoyaban y se admiraban como escritores. Cuando económicamente vinieron mal dadas estuvieron dispuestos a escribir bajo pedido relatos eróticos o pornográficos para un coleccionista. Sin embargo, esta fuente de ingresos pronto llegó a su fin. Ninguno de los dos se sentía a gusto en ese papel de «fingidor» sexual. El sexo para ellos tenía un valor inmenso y prodigioso que, indefectiblemente, se desvirtuaba al escribir sobre él de una forma más o menos mecánica. Cuando decidieron poner fin al acuerdo, escribieron una carta al coleccionista: «(...) Le odiamos. La sexualidad pierde su fuerza cuando se hace explícita, automática, exagerada. Cuando se convierte en una obsesión mecánica, llega a ser aburrida. (...) No sabe usted lo que se pierde con su análisis microscópico de la actividad sexual y la exclusión de todo lo demás, sin el combustible que la enciende: lo intelectual, lo imaginativo, lo romántico, lo emotivo (...)».
   Esta carta, fechada en diciembre de 1941, puso punto final a la colaboración de Miller y Nin con su excéntrico lector.
  Hemos hablado de la fijación que Anaïs tenía hacia su padre, un don Juan quisquilloso y manipulador. Su otra obsesión fue la desatención que sufrió como escritora. Anaïs tuvo siempre la sensación de no ser apreciada como la escritora que era. En Norteamérica se la consideraba una extranjera y, cuando por fin se publicaron sus obras en Francia, aparecieron como «Romans américains». En Nueva York, ante la negativa de los editores, decidió publicar sus textos y los de sus amigos ella misma. Sin embargo, cuando en 1944 vio la luz su libro de relatos Bajo la campana de cristal, el crítico literario de mayor prestigio del momento hizo una reseña muy elogiosa, comparándola con Virginia Woolf. En aquella época escribió: «A mí me pueden encontrar en una fiesta y se me puede ver bailar y reír, pero lo que escribo es muy serio. Sólo cuando muera llegaré a ser visible, y entonces algún editor se interesará por mis libros y pujará por ellos. Pero durante mi vida no ha habido ningún escritor ni editor que diera un solo paso para prolongar mi obra». Estas notas son en alguna medida proféticas. Aunque antes de su muerte conoció el éxito, ya que en 1966 se publicó el primer volumen de sus diarios íntimos, no fue hasta después de su fallecimiento cuando la gente se pegaba por leer sus diarios y Anaïs se convirtió en una escritora de culto. Tampoco es del todo cierto que otros escritores no la reconocieran, el mismo Miller, ya en 1941, le escribió a propósito de los norteamericanos: «Serás aceptada bien, magníficamente, cuando aparezca tu obra maestra. Es decir, el diario. Tienes que creer en tu obra, en su valor conjunto. Quiero ayudarte. Creo que tu diario es más importante que toda mi obra completa».
  Anaïs hizo lo que ninguna mujer se había atrevido a hacer, y es escribir tal como ocurrían las cosas, tal como pensaba, sin saltarse un sentimiento, relatando la pasión y la mentira sin ningún pudor. De ella es la frase: «Soy quien soy». El sexo con hombres, con mujeres, con varios, en el mismo día, mintiendo a unos para ver a otros, la enloquecida vida de la sexualidad de esta mujer, todo ello se describe sin recato en sus diarios.
  Cuando se publicó el primer volumen de los siete famosos tomos, Shapiro escribió en la revista Book Week: «Desde hace una generación, en el mundo literario de ambos lados del Atlántico, ha habido rumores sobre un diario extraordinario, Durante mucho tiempo se ha esperado su publicación. Miss Nin vivió durante aquellos años que produjeron un gran espasmo de creación artística. En su cosmopolita vida conoció a escritores, pintores, músicos, bailarines y actores. Ella misma era uno de los talentos centrales de esa época. Los primeros lectores del manuscrito hablaban de él en términos hiperbólicos, como obra que iba a ocupar un lugar entre las grandes revelaciones literarias. Por fin aparece un fragmento importante de este diario y parece que las esperanzas estaban fundadas».
  A partir de este momento, como se dice más arriba, Anaïs se convierte en el centro de atención de la vida cultural, y sus admiradores se multiplican. En 1973 recibió el doctorado Honoris Causa del Philadelphia College of Art y fue elegida para el Instituto Nacional de las Artes y las Letras un año más tarde. Los últimos años de su existencia los dedicó a dar conferencias, a asistir a cenas y a dejarse querer por sus lectores, Murió en Los Ángeles el 21 de febrero de 1977. Su cuerpo fue incinerado y las cenizas esparcidas en la bahía de Santa Mónica. Su lema sigue vibrando en los tímpanos de muchas mujeres: «Cualquier forma de amor que encuentres, vívela».

EL ARTE DE EMOCIONARTE, Cristina Núñez Pereira & Rafael R. Valcárcel

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CRISTINA NÚÑEZ PEREIRA & RAFAEL R. VALCÁRCEL, El arte de emocionarte, Nube de tinta, Barcelona, 2016, 144 páginas.

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Ilustrado por Luciano Lozano y Albert Arrayás, este libro de Cristina Núñez Pedreira y Rafael R. Valcárcel subtitulado Explora tus emociones acerca a un público mediante aforismos, sopas de letras, anécdotas y recomendaciones cinematográficas, el estudio de las emociones desde la A de aburrimiento, amor o asco, a la V de vergüenza.
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Las palabras simpatía y EMPATÍA son sospechosamente parecidas. Pero no conviene confundirlas. La primera designa una inclinación afectuosa hacia alguien, y suele ser recíproca. Alguien nos resulta simpático quizá porque sentimos lo mismo ante los mismos estímulos (compartimos gustos o inquietudes, puede que miedos...). La segunda señala la capacidad de identificarnos con la otra persona e intuir lo que siente, aunque nosotros en esa misma situación reaccionemos de manera distinta. Así, probablemente a un piloto de aeronaves le resultarán simpáticos otros pilotos o paracaidistas. Pero será la empatía la que lo conecte con alguien que tiene miedo a volar.




Cambio de agonías como de vestidos.
No le pregunto al herido cómo se siente,
me convierto en el herido.
Sus llagas se hacen lívidas en mi carne,
mientras lo observo, apoyado en mi bastón.


WALT WHITMAN, Canto a mí mismo



VIVIR TAMBIÉN EN LA FICCIÓN

Al leer un cuento o una novela o al ver una película o una obra de teatro, ocurre un fenómeno mágico:
dejamos de existir. Sí; olvidamos nuestra identidad para vestirnos con los ropajes de la historia. Es decir, nos fundimos con lo que sucede en la ficción, experimentamos (sin darnos ya cuenta de si estamos tumbados o sentados, cómodos o incómodos) el denso abanico de emociones que se plasma en ella. La «vivimos». Es una suerte de empatía que nos permite conocer otras vidas y explorar sentimientos que, quizá, no forman parte de nuestro catálogo emocional cotidiano.



HISTORIAS INSPIRADORAS



En la película ¿Dónde está la casa de mi amigo? (Abbas Kiarostami, 1987), Ahmed, movido por la empatía, hace un gran recorrido para devolverle a su amigo Mohamed un cuaderno de ejercicios.


EL USO DE LAS RUINAS. RETRATOS OBSIODIONALES, Jean-Yves Jouannais

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JEAN-YVES JOUANNAIS, El uso de las ruinas. Retratos obsidionales, Acantilado, Barcelona, 2017, 144 páginas.
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En Donde se comienza, naturalmente, por saber más acerca del verdadero autor de esta obra... (pp. 9-15) Jouannais recuerda: «Sitiar es obsesionar. Obsidere ha producido estos dos verbos, los cuales describen la misma acción. Ser, en tanto que individuo, el objeto de una obsesión es estar sitiado igual que una ciudad puede estar sometida a un cerco. Los artistas no tienen ideas, es más bien una obsesión lo que los posee». En Donde se termina, tal vez un poco tarde, por comprender de forma más precisa lo que quiere decir «obsidional» (pp. 133-136) Vila-Matas se sirve de la historia del USS New York, el navío construido a partir de los escombros de las Torres Gemelas, para recordarnos que ningún principio escapa a la «fiebre obsidional». 
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BERNARDO BELLOTTO


   El pintor Bernardo Belotto regresa a Dresde en 1762. Ese regreso es de una gran tristeza. Bellotto está arruinado; la ciudad también. Se asemejan. Se asemejaban ya, en la opulencia y en la prosperidad, cuando se instaló allí por primera vez con su familia quince años antes. Estaba entonces en el apogeo de su gloria cuando Federico Augusto II de Sajonia le había llamado como pintor de cámara. Durante sus diez años de estancia pintó catorce Vistas de Dresde. Retratos de una ciudad llena de un frenesí que parecía que no se acabaría nunca, recorrida por coches de alquiler, enamorada de sí misma, capaz de coquetería hasta en lo grandioso. A su regreso la encuentra ultrajada, aún ennegrecida por los incendios. Los edificios que pintara están hundidos. La tierra estaba abrasada tan por completo, en todos los sentidos, que no quedaba allí una piedra sobre otra. La guerra de los Siete Años había precipitado a Sajonia en un calvario de calamidades. Vuelve a encontrar la iglesia gótica de Santa Cruz en la plaza del Mercado Nuevo. Reventada por los bombardeos prusianos, abierta a todos los vientos, no es más que un hacinamiento desagradable. La pinta. El cuadro se llama Ruinas de la Krezkirche de Dresde.
   En 1767, Estanislao Augusto Poniatowski le llama a Varsovia. Ejecuta su serie de las Veinticuatro vistas de la ciudad. Las vistas de Varsovia están hoy en día, en su mayoría, reagrupadas en el castillo real de la ciudad. Debido a su precisión, las telas de Bernardo Bellotto servirán de modelo para la reconstrucción de los edificios de Varsovia destruidos durante la Segunda Guerra Mundial, Constituirán una de las fuentes principales para el nuevo trazado arquitectónico y de ornamentación urbana de la vieja Varsovia. Lo real será copiado de nuevo de acuerdo con una obra de arte, reconstituido según la mirada de un artista que vivió dos siglos antes. Es lo que la Historia tendrá a bien retener de Bellotto, memoriógrafo de una ciudad destinada a desaparecer, cuyas telas serán como los planos de su resurrección. Que las pinturas de Bellotto hayan podido servir para reconstruir una ciudad borrada del mapa por la guerra casa perfectamente con lo que eran las concepciones estéticas de un tal artista. Bellotto aprende y practica su arte en Venecia a mediados del siglo XVIII, en una época en que se desarrolla allí la escuela vedutista. La veduta italiana quiere mantener la promesa, inherente a su etimología, de ofrecer un retrato de las ciudades tal como ellas se presentan, en el respeto puntilloso de los menores matices, en la expresión irreprochable de sus detalles. Eso es lo que se retendrá, porque la idea que nos hacemos de la veduta no se acerca nunca a la hipótesis de lo imaginario. Bernardo Bellotto no soñó jamás, y si lo hizo, no lo proyectó nunca en su pintura. Sin embargo, en Italia, en vida de este pintor, se desarrollaban variantes del género llamado veduta. Giovanni Pannini, por ejemplo, que fue el primer vedutista en interesarse por la pintura de las ruinas, vio cómo su gusto le llevó hacia unas escenas totalmente imaginarias. Estas representaciones no tardaron en responder al nombre de vedute ideate. Piranesi fue el más importante grabador de este tipo de visiones. Entonces resultaban posibles retratos de ciudades inverosímiles sin dejar por ello de ser realistas. Vistas del espíritu confundidas con planos de urbanismo, sueños trasplantados a la piedra de las capitales.
   Se ha querido recordar a Bellotto como un pintor escrupuloso, cuya manera realista permitió recuperar los muros de Varsovia, reproducir el trazado de los barrios humillados y hacer de ellos un retrato idéntico a su recuerdo. Pero existe una hipótesis más incómoda: Bellotto habría sido un artista mediúmnico, un pintor de vedute ideate que habría tenido una visión de la ciudad de Dresde tal como aparecería de nuevo, dos siglos más tarde, en la mañana del 15 de febrero de 1945. Los Aliados, que habían buscado todas las fuentes de información posibles sobre los centros urbanos que deseaban bombardear, consultando todo tipo de archivas, solicitando todos los testimonios posibles, ¿no habrían consultado los panoramas de Bernardo Bellotto para saber más sobre lo que deseaban hacer en Dresde? Si se pudo «recopiar» Varsovia a partir de lo que había pintado Bernardo Bellotto de ella, los Aliados también pudieron inspirarse en el cuadro que representa las Ruinas de la Kreuzkirche de Dresde para transformar la ciudad tal como ellos deseaban verla.

ARTISTAS SIN OBRA. «I WOULD PREFER NOT TO», Jean-Yves Jounnais

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JEAN-YVES JOUANNAIS, Artistas sin obra. «I would prefer not to», Acantilado, Barcelona, 2014, 160 páginas.

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Relata Enrique Vila-Matas en Doble Shandy (pp. 9-20) el impacto que le produjo la lectura en una noche de 1998 de Artistes sans oeuvres. «I would prefer not to». Este libro le devolvió «los deseos de explorar el misterioso asunto de los escritores que se retiran de la escritura», por lo tanto fue no sólo el estímulo para proseguir Bartleby y compañía y el comienzo de una fértil conversación con Jouannais.
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FÉLIX FÉNÉON, ESCRITOR POSTUMO 

   Invisible fue también la obra de Félix Fénéon (1861-1944) en vida. O al menos sólo la reivindicó discretamente. Escribió artículos, muchísimos, pero o no los firmaba o lo hacía sólo con sus iniciales. «Félix Fénéon se preocupaba más de ejercer su inteligencia mediante la escritura que de firmar lo que había escrito», escribe Georges Bernier.1 Su firma apareció en 1886, en la cubierta de un modesto librito de cuarenta y tres páginas titulado Les impressionistes, del que tan sólo se editaron doscientos veintisiete ejemplares. Y después nada más hasta 1944, la fecha de su muerte, a la edad de ochenta y dos años. Si bien no fue escritor en vida, Fénéon lo fue una vez muerto. Jean Paulhan publicó en 1948 las Œuvres2: aquella obra, que jamás se había publicado individualmente, se hizo plural. Después hubo que esperar hasta 1970 para que Joan Halperin reuniera lo que ella llamó las Œuvres plus que completes [Obras más que completas] en dos volúmenes3, el segundo de los cuales cuenta con un centenar de páginas de las «famosas» Nouvelles en tris lignes [Novelas en tres líneas] que escribió para Le Matin a partir de 1906. Éstas eran sucesos en tres líneas, como el haikú es un poema en tres versos, y se presentan como novelas elípticas, como vastas sagas depuradas, reducidas tan sólo a sus costuras, La comedia humana condensada en un punto de antimateria donde se precipitan sin esperanza de reflexión las substancias dramáticas del bovarismo, de lo burlesco de los tópicos, de lo sórdido de los actos irreversibles: «Abandonada por Delorce, Cécile Ward rechaza acogerlo de nuevo, salvo en matrimonio. El la apuñala, puesto que esta condición le había parecido escandalosa».4 
   Pascal Pia afirma que: «Lo que distingue a Fénéon es la diversidad de sus aptitudes y conocimientos, la constante pertinencia de sus palabras y, por último, su negligencia en el empleo de tantas capacidades. Cuántos autores que no tienen nada que decir producen cada año uno o varios libros nuevos. Fénéon, que hubiera podido tratar cualquier tema sin decir estupideces, no escribió casi nada que no fuera por obligación profesional o con el propósito de servir a personas que apreciaba»5. Y añade: «Convengámoslo: Fénéon, estilista incomparable, no era un hombre de letras. Casi me atrevería a decir que se empeñó en no llegar a ser un literato». Por este mismo retrato en negativo, imagen del amor a los condicionales, optará Florence Delay: «La verdadera bomba de Fénéon fue su silencio. En la encrucijada del siglo XIX con el XX, un perfecto escritor evitó escribir»6. 
   Y de hecho hubo otra bomba, no menos cierta que la evocada por Florence Delay, una máquina infernal que explotó el 4 de abril de 1894 en el restaurante Foyot, a dos pasos del Senado, y que, según la hipótesis de Joan Halperin, habría lanzado Fénéon. Era efectivamente anarquista, se lo consideró sospechoso y compareció en el Proceso de los Treinta. Jean Halperin, confrontando los testimonios, menciona una bomba escondida en una maceta de jacintos. En efecto, tal cosa hubiera armonizado con el irónico estilo que le hacía desear ver florecer las tumbas que se proponía excavar. No hubo muertos, tan sólo un herido: el escritor Laurent Tailhade, también anarquista y amigo muy querido de Fénéon. 
   Afirmar que Félix Fénéon no tuvo obra en vida significa que delante del escritor, del dandy, del crítico, se alzaba, como una pantalla, la figura enmascarada, oculta, del anarquista. La costumbre precavida de no firmar, de no darse a conocer, de prohibir cualquier publicidad de su nombre, se aplicaba a todos los aspectos de su vida. 
   Y por añadidura, la feliz carrera de Fénéon es en sí misma la refutación más eficaz a quienes proclaman que no firmar los libros es no creer en la literatura, a los irascibles que vociferan contra el nihilismo de hombres según ellos sin convicciones. Puesto que Félix Fénéon renunció pronto a una carrera personal para poner al servicio de los demás su inteligencia y su sensibilidad de hombre de gusto. Fénéon amó mucho más la literatura que muchos urdidores de páginas y demás perpetradores de novelas. A través de las revistas que animó o dirigió, La Libre Revue, La Revue indépendante. La Vogue, Les Entretiens politiques et littéraires y, más tarde, La Revue blanche, le debemos el descubrimiento de Dostoievski, Tolstói, Ibsen, Gorki y Strindberg. Asimismo, en 1923, fue él quien hizo publicar en Francia el Dedalus de James Joyce. Y a él se debe la publicación de algunos de los textos más célebres de Verlaine, Laforgue, Mallarmé, Gide, Jarry, Apollinaire, y sobre todo las Iluminaciones de Rimbaud7. 
   Producir, para Félix Fénéon, lejos de las connotaciones capitalistas y vanidosas, no se podía afrontar más que en su sentido etimológico estricto, el más generoso: “poner delante”. En este caso, poner una obra ante el público, compartir un impulso, un arrebato; el sacerdocio completamente alegre de un hombre que no estaba enamorado de su nombre8. 


1 En La Revue blanche, ses amis, ses artistes, Paris, Hazan, 1991. Thadée Natanson, en 1895, le propone el puesto de secretario de redacción de la revista. Trabajará en ella hasta 1903, y publicará numerosos textos, pero «no se decidió más que dos veces a dejar su nombre completo y en los dos casos fue como traductor».↩
2 Félix Fénéon, Œuvres, París, Gallimard, 1948.↩ 

3 Félix Fénéon, Œuvres plus que complètes, Ginebra, Droz, 1970. ↩ 
4 Honore Balzac, La peal de chagrin [La piel de zapa]: «¿Donde encontraréis, en el océano de la literatura, un libro que sobresalga y que pueda competir en fuerza seminal con esta noticia breve de un periódico? “Ayer a las cuatro de la mañana, una joven se tiró al Sena desde lo alto del Pont-des-Arts”». ↩
5 Pascal Pia, en Discordante  n.º I, París, La Différence, 1978.↩ 
6 Florence Delay, Petites formes en prose après Edison, París, Hachette, 1987. 
7 En este último caso, el manuscrito se lo habría dado Verlaine a Gustave Kahn para su publicación en La Vogue, creada en 1886. donde trabajaba entonces Fénéon.↩ 
8 Como algunos escritores sin obra—que deben fascinar a los otros escritores, a los que escriben, firman y publican—, Félix Fénéon, igual que Jacques Rigau o Roberto Bazlen, integraron por otras vías la literatura que habían esquivado, al convertirse ellos mismos en personajes novelescos. Félix Fénéon fue el modelo explícito de algunos personajes, por ejemplo en Une passade de Pierre Veber y Willy, en Le roman d'un singe de Armand Charpentier, o en Les cœurs utiles: l'époque de Paul Adam.↩

MANUAL DE REMEDIOS LITERARIOS, Ella Berthoud & Susan Elderkin

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ELLA BERTHOUD & SUSAN ELDERKIN, Manual de remedios literarios, Siruela, Madrid, 2017, 430 páginas.
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En la Introducción (pp. 11-12) las autoras señalan que este libro subtitulado Cómo curarnos con libros «contiene bálsamos beckettianos, torniquetes tolstianos, los calmantes de Calvino y las purgas de Proust y Perec». El lector puede frecuentar este libro como un vademecum en el que encontrará tratamiento para cada «dolencia».
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ADOLESCENCIA

J. D. SALINGER, El guardián entre el centeno
LORRIE MOORE, El hospital de ranas
DENTON WELCH, En la juventud está el placer

   Tienes las hormonas revolucionadas. Te está saliendo pelo en partes del cuerpo donde antes no había nada. Te está cambiando la voz y se te está marcando la nuez. Tienes acné. Te están creciendo los pechos. Y el corazón —y las entrañas— se te encienden a la mínima provocación.
   Lo primero, deja de pensar que eres la única persona a la que le pasa todo eso. Sea lo que sea lo que estés atravesando, Holden Caulfield ya lo pasó antes que tú. Si todo te parece «asqueroso»; si pasas de hablar del tema; si a tus padres les darían «dos ataques por cabeza» si supieran lo que estás haciendo en este momento; si alguna vez te han expulsado del colegio; si crees que todos los adultos son unos falsos; si bebes/fumas/intentas ligar con gente mucho mayor que tú; si tus supuestos amigos siempre te están dando de lado; si tus profesores te dicen que te estás fallando a ti mismo; si te proteges del mundo con tu aire arrogante, tus tacos, tu aparente indiferencia hacia lo que te pueda ocurrir en el futuro; si la única persona que te entiende es tu hermana de diez años, Phoebe...: si te pasan una o más de estas cosas, El guardián entre el centeno te ayudará a sobrellevarlas.
   La adolescencia no tiene cura, pero hay formas de llevarla de la mejor mañera posible. El hospital de ranas, de Lorrie Moore, relata muchos de los horrores habituales de la adolescencia. La narradora, Berie, se desarrolla muy tarde y disimula su vergüenza riéndose de sus «huevos fritos» y «latas aplastadas por un coche» además de desternillarse de risa con su mejor amiga recordando el día que Sils intentó afeitarse las espinillas con una cuchilla. De hecho, reírse es algo que Berie y Sils hacen muchísimo juntas, y lo hacen «con violencia, con convulsiones», sin emitir sonido alguno. También cantan juntas; lo que sea, desde villancicos hasta música de la tele, pasando por canciones de Dionne Warwick. Y aplaudimos que lo hagan. Porque si no cantas a voz en grito y desafinando con tus amigos a los catorce o quince años, dejando que la música prepare tu corazón para «algo torrencial e importante», ¿cuándo vas a hacerlo?
   Un adolescente que no hace amigos y que sin embargo tiene una vida enormemente intensa es Orvil Pyni en En la juventud está el placer, de Dentón Welch. Esta novela de 1945, escrita con un hermoso detallismo, se desarrolla a lo largo de un lánguido verano con cl telón de fondo de un hotel de la campiña inglesa en el que Orvil, en un estado de confusión pubescente, está pasando las vacaciones con su padre y sus hermanos. Distante y solitario, Orvil observa los defectos de los demás a través de una lente despiadada. Sale a explorar la roña, prueba el vino de la comunión en una iglesia desierta con sentimientos de culpa y después se cae de la bici y llora con amargura «por todas las torturas y atrocidades del mundo». Toma prestada una barca y va remando por un río, donde alcanza a ver a dos chicos cuyos cuerpos brillan «como la seda» a la luz del atardecer. Se siente atraído por nuevos mundos, que casi puede tocar pero que están fuera de su alcance, y, al borde de una revelación, durante un tiempo se plantea fingir que está loco para no tener que enfrentarse a los horrores que le esperan al volver al colegio. Poco a poco se da cuenta de que no puede saltarse los siguientes diez años y de que tendrá que sobrevivir a esta etapa de confusión y comportarse «según la manera acostumbrada», sonriendo y ocultando sus impulsos más desenfrenados para respetar la jerarquía establecida por sus hermanos.
   La adolescencia no tiene por qué ser un infierno. Recuerda que la gente de tu edad está pasando por las mismas dificultades y, si es posible, comparte el trance con ellos. Con amigos o sin ellos, asegúrate de hacer las tonterías y las locuras que solo se hacen en la adolescencia. Más adelante, cuando seas adulto, al menos podrás recordar esos años de excesos, espinillas y experiencias y echarte a reír.


LAS DIEZ MEJORES NOVELAS PARA ADOLESCENTES

SHERMAN ALEXIE, El diario completamente verídico de un indio a tiempo parcial
TRUMAN CAPOTE, Otras voces, otros ámbitos
ORSON SCOTT CARD, El juego de Ender
STEPHEN CHBOSKY, Las ventajas de ser un marginado
ALAIN-FOURNIER, El gran Meaulnes
JOHN GREEN, Buscando a Alaska
MURIEL SPARK, La plenitud de la señorita Brodie  
ALICE WALKER, El color púrpura
EDMUND WHITE, La historia particular de un muchacho
MARKUS ZUSAK, La ladrona de libros

CATÁLOGO DE OBJETOS IMPOSIBLES, Jacques Carelman

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JACQUES CARELMAN, Catálogo de objetos imposibles, Aura Comunicación, Barcelona, 1990, 240 páginas.

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Este libro recoge fotografías y dibujos de los objetos imposibles ideados por el patafísico artista plástico francés. Humor sobre y crítica de la sociedad de consumo.
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El ajedrez es el cuerpo a cuerpo de dos laberintos.
André Breton

AJEDREZ ESFÉRICO CONOCIDO COMO «GLOBAJEDREZ»

   Este nuevo juego constituye un perfeccionamiento del inmemorial juego del ajedrez, pues añade, en efecto, otra dimensión: ¡la tercera! Qué sorpresa y qué interés adicional cuando, por ejemplo, una reina que uno no había visto surge de las antípodas para «comerse» una pieza. No sea como esos famosos ratones japoneses, que no conocen la tercera dimensión, y adopte nuestro tablero. Esfera metálica, pieza imantadas. Artículo muy esmerado y de gran clase que le hará entrar de golpe en el reducidísimo círculo de los «Nuevos jugadores de Ajedrez».

REINAS DE LOS MARES, Jane Yolen

1


JANE YOLAN, Reinas de los mares, Oniro, Barcelona, 2009, 104 páginas.

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En el artículo 3 del pirata Bartholomew Roberts se leía: cualuiqe marinero que «lleve a bordo a una mujer disfrazadad e hombre será ejecutado». Y a pesar de ello, por este libro ilustrado por Christine Joy Pratt surcan las historias de Las mujeres piratas alrededor del mundo: desde Artemisa (500 a.c.) a Madame Ching (s. XIX).  
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RACHEL WALL

Estados Unidos de América: a fines del siglo XVIII

   Rachel Wall nació en 1760 en Carlisle, Pensilvania, y creció en una próspera granja. Recibió una rígida educación en la que la obligaban a recitar oraciones diarias y escuchar lecturas bíblicas el sabath. Rachel acabó odiando este régi­men tan estricto y al llegar a la adolescencia huyó de casa. Aunque regresó a ella, volvió a fugarse, en esta ocasión con George Wall, un marinero.
   Durante los primeros años de matrimonio Rachel tra­bajó de criada en el barrio de Beacon Hill de Boston y su marido George, de pescador. Pero durante la Revolución americana George sirvió a bordo de un corsario. De pron­to los Wall vieron la piratería como un medio de progre­sar en el mundo.
   Robaron un balandro en Essex y zarparon hacia la isla Appledore, donde tramaron un plan. Consistía en rasgar las velas del barco e izar la señal de soco­rro después de una tormenta es­tival. Rachel se quedaba planta­da en la borda, gritando, hasta que pasaba un barco por el lugar y se detenía para ayudarla. En cuanto los rescatadores subían a bordo, George y la tripulación com­puesta de cinco piratas los asesi­naban.
   De 1781 a 1782 los Wall reu­nieron seis mil dólares en metálico —una enorme suma en aquellos tiempos— e incluso más aún con los cargamentos captura­dos, que vendían en Boston y Portsmouth. En total mataron a veinticuatro hombres. Las autoridades creían que los barcos pirateados se habían hundido durante las tormentas que azotaban la Costa.
   Lo más curioso es que George murió ahogado durante un huracán y Rachel volvió para trabajar de sirvienta en Bea­con Hill. Pero como aquella vida le parecía demasiado tran­quila y muy mal pagada, volvió a las andadas, trepando sigi­losamente a las naves ancladas en el puerto de Boston y robando a los marineros mientras dormían. Pero la capturaron y juzgaron no sólo por los robos sino también por un ase­sinato cometido a bordo. En la cárcel confesó todas las fe­chorías de su vida como pirata. La enviaron al cadalso en Boston Common el 8 de octubre de 1789; fue la última mu­jer a la que ahorcarían.

UN ABECEDARIO DE EL QUIJOTE, Cervantes

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MIGUEL DE CERVANTES, Un abecedario de El Quijote, Brosquil, Valencia, 2005, 60 páginas.


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Alejandro G. Schnetzer elige grabados de distintos artistas para acompañar pequeños textos tomados de El Quijote organizados alfabéticamente. 
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USANZA

Llegó la de la fuente, y con gentil donaire y desenvoltura encajó la fuente debajo de la barba de don Quijote; el cual, sin hablar palabra, admirado de semejante ceremonia, creyendo que debía ser usanza de aquella tierra en lugar de las manos lavar las barbas, tendió la suya todo cuanto pudo, y al mismo punto comenzó a llover el aguamanil, y la doncella del jabón le manoseó las barbas con mucha priesa, levantando copos de nieve, que no eran menos blancas las jabonaduras, no sólo por las barbas, mas por todo el rostro...

PARTE II

CAPÍTULO XXXII

T. Johannot [Imprenta de Antonio Bergnes, Barcelona, 1839]

INVENTARIO DE INVENTOS (INVENTADOS), Eduardo Berti & Monobloque

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EDUARDO BERTI & MONOBLOQUE, Inventario de inventos (inventados), Impedimenta, Madrid, 2017, 208 páginas.

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En Mil inventos y este intento (pp. 7-9) Berti & Monobloque confiesan desde Poldavia: «El presente libro (catálogo de inventos, cruce de ficción y antología) se ha gestado a la par que una exposición consagrada al mismo tema». Feliz atrevimiento el de Impedimenta con el que disfrutarán lectores e inventores.
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RECOBRA-INFANCIA

   En La infancia recobrada de Henry P., última novela (inconclusa) del canadiense Donald Becker, el personaje central, necesitado de dinero, lee un aviso en un periódico: «Se buscan voluntarios para experimento médico». El aviso hace alusión a unas cremas de belleza. Henry P. responde y acude a una cita en un laboratorio donde un médico con cara de pocos amigos le explica que ya hay suficientes voluntarios para las cremas (ellos prefieren para eso a las mujeres), pero le propone en cambio otra clase de experimento: una pastilla para «despertar» la memoria de los primeros dos o tres años de vida, esa etapa de la que nadie conserva ningún recuerdo. Ahogado en deudas (y picado por cierta curiosidad), Henry P. acepta, y en su cabeza se produce algo inaudito: poco a poco, su memoria se va ampliando, como si cayese un velo. A la postre, él es capaz de recordar la escena de su nacimiento y hasta los últimos días que pasó dentro del vientre de su madre. Pero también recuerda cosas que sus padres hicieron delante de él convencidos de que no podría recordadas jamás. Cosas que para él constituyen una especie de atrocidad. ¡Qué hacer con estas recuerdos que modifican, a la vez, la imagen de sus padres muertos? Henry P. toma la resolución de borrar de su cabeza esta «memoria despertada». De borrarla a fuerza de voluntad, porque no hay pastilla ni máquina capaz de hacerlo por él.

LOS REINOS DE PAPEL, Jesús Marchamalo

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JESÚS MARCHAMALO, Los reinos de papel, Siruela, Madrid, 2016, 222 páginas.

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Relata Marchamalo en En Vivir los libros (pp. 13-15) el origen de estas visitas a las bibliotecas de veinte autores, (de la A de Bernardo Atxaga a la V de Manuel Vicent pasando por la L de Elvira Lindo o la S de Marta Sanz) propiciadas por la Fundación Miguel Delibes y publicadas en El Norte de Castilla. Gustavo Martín Garzo en La biblioteca de Sherezade  (pp. 17-19) nos recuerda que la historia de la biblioteca personal se confunde con la «propia vida».
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Ignacio Martínez de Pisón: Libros y ventanales

   Recuerda, no sin cierta añoranza, que durante años imperó en su biblioteca un cierto caos apacible y desorganizado en el que los libros campaban a sus anchas y encajaban al azar en los estantes, sin más orden que ese imprevisible, caprichoso y accidental dictado por la sucesión de las lecturas.
   Cada libro quedaba así al lado del que se había leído antes, mezclados el ensayo y la novela, la poesía y la historia, en una suerte de escaparate, de biografía lectora expuesta al escrutinio —curioso, indagador— de las visitas.
   Pero un día, su mujer, María José, hizo un curso de biblioteconomía y decidió someter a aquellos libros, un poco cimarrones, al rigor del orden alfabético. Y fue cuando sobrevino la catástrofe, cuenta.
Porque los libros, es sabido, se resisten empecinadamente a ser clasificados con esa laxitud desesperante, y a cada uno que llega hay que buscarle un hueco que no existe, en su sitio preciso, moviendo los demás como se mueven, infructuosamente, las seis caras de los cubos de Rubik.
   Así, hay ahora en su biblioteca una zona ordenada, impoluta, intachable. Y otra que anda un poco todavía sin hacer, diríase que en construcción, deconstruida, esperando un turno que no llega.
   Junto a la pared, unas cajas. Porque en una obra reciente se recuperaron dos amplios ventanales, luminosos como una revelación, justo en el mismo sitio que ocupaban sendas estanterías: los libros de la o, la pe y la ese —Shakespeare y Saramago, por ejemplo, Orwell y Saint-Exupéry, los pobres—, que andan hoy expatriados y están ahí en las cajas, pacientes, a la espera.
   Comenta, y es verdad, la artística belleza, casi decorativa, de las casas con libros. Un telón de lomos coloristas alineados con esa estética apacible de los estancos.
   Y allí, a la vista, dibujada con rastros de papel y de pintura, la frontera precisa entre ambos mundos: las estanterías nuevas, modelo Billy, de Ikea, regulables, de un blanco nuclear casi arrogante, justo al lado de los viejos estantes de pino, que han ido oscureciendo con el tiempo y en los que ha encontrado refugio, siquiera provisional, ese ejército sutil de cachivaches —fundas de gafas, mecheros, cables de ordenador, inhaladores— que van posándose, al acaso, delante de los libros.
   Cuenta Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960), y es cierto, que las estanterías, al menos esas Billy, regulables, tienen mucho más fondo del que precisa el lomo de los libros y se acaban llenando de una quincallería emocional indefinible: piedras, fotos, postales y pequeños objetos que llegan de los viajes, o regalos, y que andan por allí como en suspenso. Porque prevalece en la casa, confiesa, la voluntad tal vez inexpresada de preservar las cosas, mantenerlas, dejarlas que encuentren su acomodo. «El problema, cuando decides deshacerte de algo, es que es irremediable», comenta. «De modo que muchas veces dilatar la decisión, aplazarla, te permite quedarte con cosas que, de otro modo, ya no estarían en casa».
   Así, quedan en esta biblioteca rastros de eso que denomina, muy gráfico, «el testimonio de la época analógica»: viejas enciclopedias —la Británica, la del cine, heredada de casa de sus padres— y los coleccionables de los Beatles, el de la Transición, o los atlas que regalaban en fascículos los periódicos, y que guarda desde hace años sin encuadernar siquiera, esperando el momento de tirarlos.
   Algún número desparejado de Cuadernos Americanos comprado en el mercado de Sant Antoni, donde los fue encontrando semana tras semana, y que le hicieron concebir la idea insólita de recuperarlos todos y conseguir recomponer la colección; y ahí, también, algunos de la revista Poesía, un libro de Botero, otro sobre los sitios de Zaragoza y un catálogo de Eugeni Forcano, el fotógrafo, del que ha ido sacando las imágenes de cubierta de sus últimos libros: un chaval, traje, corbata y calcetines blancos, con un limpiabotas junto a una boca de metro, para El día de mañana; o esa joven con algo de belleza recatada, devota y luminosa, observada por un rostro perturbador, para El tiempo de las mujeres. España, dice, dejó de ser fotogénica con el desarrollo, y se pregunta mirando la foto: ¿qué habrá sido de esta mujer?, que es la pregunta de la que surge, siempre, la literatura.
   Y recuerda lo que llama «el comunismo cristiano» que imperaba en casa de sus padres; segundo de cinco hermanos, allí solo estrenaban el mayor y la pequeña, Natalia, que al ser la única chica disfrutaba también del privilegio. El resto heredaba los libros que, como la ropa, pasaban de un hermano al siguiente: Verne, Tintín, los Cinco, y también Pulgarcito y DDT y Tiovivo. Y ese salto, de repente, sin red, a la literatura de mayores que le arrojó, prácticamente, en brazos de Martín Vigil. «De adolescente piensas mucho en si lo que estás leyendo es o no de mayores y es curioso, La isla del tesoro te parece lectura para niños, y Martín Vigil, por ejemplo, piensas que forma parte de ese vasto mundo de la literatura de adultos. Así que lo leí mucho y me parecía un buen escritor. Luego leí a Valle-Inclán, un libro que me llevé de casa de mi abuelo con el que empecé a vivir la convicción, con catorce o quince años, de que en la literatura de adultos había libros que eran mejores y peores».
   Y llegamos a la parte ordenada. Así, en la A, Amis —Martin y Kingsley— y Ajar, Émile, el seudónimo que ideó Romain Gary, por supuesto en la G, y con el que ganó dos veces el Goncourt. En la C, Chandler y Cortázar; en la D, Dos Passos, Doctorow, Durruti, y en la B, Baroja, en esas ediciones, exquisitas, de Caro Raggio, al lado de Barral; dos ejemplares de Figuración y fuga de la misma edición, pero que por esos caprichos editoriales tienen dos camisas distintas. Me cuenta que estaba estudiando y por la radio leyeron un poema de ese libro. Ese que comienza:

   Porque conocía el nombre de los peces,
   aun de los más raros,
   y el de los caladeros, y las señas
   de las lejanas rocas submarinas...

   
Lo aprendió de memoria y tuvo ese deslumbramiento, la impresión prodigiosa de descubrir en las palabras de siempre nuevos significados, nuevas maneras de nombrar, de decir.
   En la A, también, su amigo Atxaga, tapado por una vieja foto que salió en El Periódico en la que Pisón posa junto a su hijo Diego y que a lo largo del tiempo se ha ido poniendo reiterada y fatalmente azul.
   Y también Vila-Matas y Mendoza y Melville, y la pila de libros de lecturas urgentes, inmediatas, escondida detrás de la puerta, donde están, no se puede decir desde cuándo, James Salter, Némirovsky, Harpo Marx y Mi infancia y juventud, de Ramón y Cajal, en Austral, y dos tomos, en inglés, arriba, tal vez recién llegados, de Alice Munro.
   Faltan sus propios libros. Apenas media balda en una pequeña estantería en su cuarto. «Al final ocupas un huequecito así», afirma. «Tanto trabajo y tanto darle vueltas pan escribir este puñadito de libros, no mucho más de una esquina», dice con esa lúcida, tal vez inevitable melancolía, mientras Charly, el perro con el que casi no se habla, y que es única y exclusivamente de su hijo (recalca), le mira a medias con indiferencia, a medias también un poco con desdén. Ese de los perros que han decidido que tampoco quieren hablar con uno.

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JOHN LANCHESTER, Novela familiar, Anagrama.

«Es uno de los libros que más me ha impresionado, la historia de una mujer que cambia su biografía por la de una de sus hermanas; una familia cuya historia se sustenta en la mentira».


IGNACIO MARTÍNEZ DE PISÓN, Carreteras secundarias, Anagrama.

«Carreteras secundarias es el libro con el que me hago mayor. Después de madurar como escritor en público con otros libros, esta es la primera novela en la que sabía qué escritor quería ser».

MIGUEL DELIBES, Viejas historias y cuentos completos, Menoscuarto.

«Hay un cuento suyo que siempre me gustó y que recogí en la antología Partes de guerra. Se titula El refugio y aporta la mirada de unos niños que bajan a un refugio durante un bombardeo, y cómo ven la guerra desde su singular, infantil, punto de vista».

22 CARTAS EXTRAORDINARIAS DE ESCRITORES MUY REALES, María Negroni

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MARÍA NEGRONI, 22 cartas extraordinarias de escritores muy reales, Impedimenta, Madrid, 2016, 126 páginas.

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Edita Impedimenta este libro bellamente ilustrado por Jean-François Martin. En el Prólogo Negroni recuerda un dicho de Clarice Lispector: «Perderse es un encontrarse peligroso.» El lector puede guiarse teniendo como brújula estas epístolas.
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 Westport,7 de julio de 1937

Oona,

Tu mundo, lleno de bares y gente rica, me produce pavor. No logro entender qué puede atraerte de un medio tan vulgar. Y encima, esos tipos pretenciosos con los que te gusta codearte, esos sátrapas, más allá de toda redención, que siempre se las ingenian para vincular cada maldita cosa que sucede con sus pequeños egos. Vaya manga de cretinos. Y pensar que siempre me trataron con desprecio, como a un chico judío. Ellos que no tienen, ni tendrán jamás, una sola idea en la cabeza.

Siempre quise impresionarte, Oona, lo confieso. Hubiera hecho cualquier cosa por conseguir tu admiración, incluso asesinar. Por suerte, no lo hice. Al héroe inadaptado de mi futura novela, no le habría gustado. Además, un hecho tal me habría obligado a pasar el resto de mi vida dando explicaciones a gente deleznable. Prefiero parecer intempestivo, incluso quedarme mirando a los chicos que giran en la calesita, mientras paso revista a las delicias de este conmovedor planeta.

Puede ser que, como dices, esté loco (y ahora te esté escribiendo desde un psiquiátrico). También es posible que no tenga otro mundo que el jardín manchado de mi infancia y que pase el resto de mis sosteniendo que la mejor función del arte es no tener ninguna. No estaría mal: yo siempre preferí la condición desafiliada. Por lo demás, no quiero ser un pequeño Hemingway. Tengo, para eso, que publicar poco. Publicar, además, es un maldito engorro. El pobre tipo que lo hace se las tiene que ver, más temprano que tarde, con la casta de alacranes-con-orejas-de-lata que son los críticos.

Eso no me impedirá ganar dinero. Miles de personas van a leerme, me daré maña, ya verás. Y eso ocurrirá, te lo aseguro, sin que me vuelva un farsante como tus amigos.

¿Tendrás tiempo de venir algún día a visitarme a Nueva York? Me gustaría ver de nuevo tus ojos que miran, al mismo tiempo, a todas partes y a ninguna. Podríamos pasear por esta ciudad nerviosa, visitar el zoo de Central Park, recorrer el Museo de Ciencias Naturales y averiguar adónde van los patos del lago cuando llega el invierno y todo se vuelve tan horrible que es casi hermoso.

Sin duda, te idealicé como una chica sigilosa, además de frívola, sin ver que tenías tan buen corazón como una maldita loba.

Ahora sólo me resta esperar una amnesia romántica, una amnistía de mis errores amorosos. No puedo ya perder el tiempo. Tengo que escribir, tengo que enclaustrarme fuera del alcance de los observadores de pájaros. Si es necesario, construiré un bunker —o varios, uno adentro de otro— para que nadie pueda dejar huellas de neumáticos en mis rosales. Así me protegeré de los intrusos, nadie traspasará mi mundo suspendido adentro de un diorama, salvo mi perro Benny, porque a un Perro no tienes que explicarle, ni siquiera con monosílabos, que algunas veces un hombre necesita estar solo con su máquina de escribir.

Sé que vas a decir que tengo un problema con la raza humana. Puede ser. Mi problema es que cuando quise entrar a la raza humana, ya no quedaban hombres y el mundo me pareció un poco baldío. ¡Bah! ¡Por mí, se vaya todo al diablo!

Te deseo lo mejor, con amor y sordidez,

Salinger



ATLAS DE LOS LUGARES MALDITOS, Olivier Le Carrer

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OLIVIER LE CARRER, Atlas de los lugares malditos, GeoPlaneta, Barcelona, 2015, 136 páginas.

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En Los riesgos del viaje (pp. 6-7) se revela la utilidad de este libro; en él «el inocente turista hallará la información necesaria para evitar quedar atrapado en un lugar imposible». 
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138° 37' E - 35° 28' N


AOKIGAHARA: EL BOSQUE DE LOS SUICIDAS


¿Puede ser una vegetación impenetrable más perjudicial para la salud que una zambullida en agua fría? La cuestión merece meditarse, pero la impresionante mortalidad constatada en el inquietante «océano de árboles» de Aokigahara no tiene nada que envidiar a la del famoso Golden Gate de San Francisco, hasta aquí referencia mundial de los candidatos al suicidio. Las autoridades locales —es decir la prefectura de Yamanashi— estiman en un centenar el número de personas que vienen cada año a poner fin a sus días en este sombrío bosque situado a los pies del fotogénico monte Fuji, y la cifra tal vez se quede corta, ya que, a diferencia del puente californiano, donde el salto fatal pocas veces se hace sin testigos, aquí es imposible llevar una contabilidad de los desgraciados que se internan en la bóveda vegetal y no vuelven a aparecer. Solo los cuerpos hallados durante las batidas anuales organizadas por voluntarios entran en las estadísticas. A los desesperados se añaden por otro lado los infortunados o los imprudentes, que entran para impregnase de la atmósfera de este lugar misterioso... y después: son incapaces de encontrar la salida. Y no es que el bosque tenga unas dimensiones gigantescas: apenas ocupa 3000 hectáreas, es decir, a vuelo de pájaro, una distancia de 2 kilómetros para atravesar su lado más ancho. Pero los caminos son escasos, la luz, tenue debido a la densidad de la vegetación, y el suelo, irregular, cubierto de un musgo espeso que disimula profundos socavones, hacen difícil la progresión. También se dice que las brújulas se vuelven locas, que el GPS no funciona y que ninguna comunicación telefónica pasa bajo los árboles. Se habla de la famosa novela de Seicho Matsumoto, Nami no tou (La torre de las olas), publicada en 1960, que habría hecho famoso el lugar porque dos amantes se suicidan en él, afirmando que no hay mejor lugar para poner fin a sus vidas... Pero la gente de la región sabe muy bien que la muerte merodea por aquí desde hace mucho tiempo, que los jurei —los fantasmas de los desaparecidos que vagan por el mundo a la espera de encontrar el paraíso— son habituales en Aokigahara. ¿Acaso el bosque no conoce desde hace más de un siglo la práctica del ubasute, la tradición consistente en que las personas ancianas se retiren ellas mismas a un lugar aislado para morir, a fin de no ser una carga para sus familias? El ubasute en principio ya no forma parte de los usos y costumbres, pero, a pesar de los carteles disuasorios colocados en las entradas del bosque y de la acción preventiva de los equipos de voluntarios de Yamanashi, la atracción morbosa de Aokigahara sigue siendo muy fuerte.