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NO ME ACUERDO, Gabriel Quindós

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GABRIEL QUINDÓS, No me acuerdo, Mr. Griffin, León, 2016, 135 páginas.

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En Otro prólogo para el olvido (p. 5) Gabriel Quindós y Yago Ferreiro escriben: «El hombre es su pasado. [...] Menos será cuanto más se esfume su ayer». En este homenaje compartido a Brainard y a Perec, sus olvidos no se dan la espalda.
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He olvidado que cada cuita de amor tiene su canción, cada pérdida su verso, cada inquietud del hombre su adjetivo, cada alegría y llanto su relato, cada lucha su canto, cada tema su ensayo y cada forma y hallazgo literario un canónico modelo que lo supera y, sin embargo, tras cultivar la cruel certeza de que todo lo que importa ya se ha descrito con pluma excelsa, me siento frente al ordenador para ser un eslabón más de la cadena de ingenuos que quieren contar lo que ya se ha contado y se ha contado mejor. 
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He olvidado cuándo dejó de parecerme triste la tristeza y, en amigable y armoniosa convivencia, empecé a considerarla otra más de esas particularidades livianas que son inherentes a uno aunque uno nunca las eligiera, como lo serían el tener los ojos castaños o haber nacido en marzo, salvo que se distinguiría de las otras por una deferencia que obliga a esconderla ante los demás. 
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He olvidado si alguna vez culpé al mundo de mi vida malograda. No lo creo: tuve buenas cartas, pero no supe o no quise amoldarme al juego. Eso fue todo, y con ello vivo.

NO ME ACUERDO, Yago Ferreiro

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YAGO FERREIRO, No me acuerdo, Mr. Griffin, León, 2016, 55 páginas.

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En Otro prólogo para el olvido (p. 5) Gabriel Quindós y Yago Ferreiro escriben: «La memoria es esquiva, maleable, embustera». En este homenaje compartido a Brainard y a Perec, sus olvidos no se dan la espalda.
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No me acuerdo de cómo regresé a Provincia.
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No me acuerdo de haber tenido un sueño remotamente original desde que volví a Provincia. Siempre que recuerdo un sueño, aparezco trabajando.
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No me acuerdo de cuándo fue la última vez que escribí una carta de mi puño y letra, ni de la necesidad que tendría en ese momento para hacerlo, ni de a qué extraña dirección de mi memoria tuve que enviarla, pero al llegar a mi buzón una carta escrita con pulso nada tembloroso, que parece decidida a reclamar de mí una urgente contestación, pienso en la carta, en la persona que hubo de sentarse al menos durante unos minutos armada de su memoria y de un bolígrafo negro. Pienso en su reconocible letra redonda, en cómo cerró el sobre y cómo pegó el sello, en cómo caminó no sé cuántos metros hasta dar con una estafeta. Pero sobre todo pienso en la finalidad de todos sus actos, algo tan básico como una simple respuesta y que es mucho más de lo que consigo hacer al terminar de leer su firma. Rompo a llorar.
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No me acuerdo de haber seducido a alguien empezado desde cero, esto es, desde el desconocimiento absoluto de su nombre. Desear a alguien es saber nombrarlo.