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LA PROVINCIA DEL HOMBRE, Elias Canetti

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ELIAS CANETTI, La provincia del hombre. Carnet de notas 1942-1972, Taurus, Madrid, 1982, 336 páginas.
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Los días se distinguen, pero la noche tiene un solo nombre.
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En la oscuridad las palabras pesan doble.
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Algunas frases no empiezan a soltar su veneno hasta al cabo de años.
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La maldición del tener que morir debe ser transformada en bendición: que uno pueda morir cuando vivir es insoportable.
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Ya no hay grandes palabras. La gente, de vez en cuando, dice «Dios», simplemente para pronunciar una palabra que una vez fue grande.
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Las almas de los muertos están en los otros, los que han quedado, y allí se van muriendo del todo, lentamente.
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Una idea que me tortura: que todos los dramas hubieran tenido lugar ya y que lo único que cambiaran fueran las máscaras.
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Sólo es bueno odiarse de vez en cuando, no demasiado a menudo; si no, uno se encuentra con que vuelve a necesitar mucho odio contra los demás para equilibrar el odio que se tiene a sí mismo.
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Las ciudades en las que uno ha vivido se convierten en barrios de la ciudad en la que uno muere.
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Un dolor tan grande que uno ya no lo relaciona consigo mismo.
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Siempre estamos diciendo lo mismo, pero lo terrible es que tengamos que decirlo.
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Palabras, llenas de sangre como chinches.

DISPAROS EN EL PARAÍSO, José Carlos Cataño

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JOSÉ CARLOS CATAÑO, Disparos en el paraíso, Edicions del Mall, Barcelona, 1982, 88 páginas.
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Mirada de reposo será memoria
Donde aliento germine el polvo de las tumbas

CONTRA EL GUERNICA, Antonio Saura

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ANTONIO SAURA, Contra el Guernica, Turner, Madrid, 1982, 46 páginas.

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En el 80 aniversario del Guernica, el Museo Reina Sofía organiza la exposición Piedad y terror en Picasso: el camino a Guernica. El recuerdo de este Libelo firmado por Antonio Saura puede servir de estimable contrapunto.
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Odio al Guernica porque siendo dibujo coloreado más que pintura, es uno de los cuadros más famosos del siglo XX.
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Detesto al Guernica porque sin ser un cuadro de historia es tristemente una de las composiciones más extraordinarias de la historia del arte.
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Odio el recuerdo del recordado recordar del Guernica.
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Detesto los setenta y tres bocetos del Guernica realizados con posterioridad a su terminación.
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Desprecio a los dos Antonios del arte español, Tapies y Saura, tísicos de origen, compañeros de viaje, hijos bastardos de Picasso y pintamonas en ejercicio de fama. 
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Detesto al Guernica porque a pesar de haber sido pintado deprisa y corriendo y de ser concebido para un destino efímero, mantiene rozagante su ceremonia de la confusión.
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Me detesto a mí mismo porque al visitar el Guernica me quedé pasmado de mi odio al Guernica.

FUEGOS, Marguerite Yourcenar

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MARGUERITE YOURCENAR, Fuegos, Alfaguara, Madrid, 1982, 128 páginas.

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Existe entre nosotros algo mejor que un amor: una complicidad.
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Cuando estás ausente, tu figura se dilata hasta el punto de llenar el universo. Pasas al estado fluido, que es el de los fantasmas. Cuando estás presente, tu figura se condensa; alcanzas las concentraciones de los metales más pesados, del iridio, del mercurio. Muero de ese peso, cuando me cae en el corazón.
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Soledad... Yo no creo como ellos creen, no vivo como ellos viven, no amo como ellos aman... Moriré como ellos mueren.
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Lo único horrible es no servir para nada. Haz de mí lo que quieras, incluso una pantalla, incluso un metal buen conductor.
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Se dice: loco de alegría. También podría decirse: cuerdo de dolor.
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No me mataré. Se olvidan tan pronto de los muertos...
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No puede construirse una felicidad sino sobre unos cimientos de desesperación. Creo que voy a poder ponerme a construir.
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Que no se acuse a nadie de mi vida.

SONETOS Y AFORISMOS, R. D. Laing

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R. D. LAING, Sonetos y aforismos, Crítica, Barcelona, 1982, 118 páginas.

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Sí. Es una vergüenza que el deseo sea tan a menudo tan cruel.
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Toda virtud tiene su doble mal. Los ángeles caídos pueden cantar en perfecto contrapunto.
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¡Qué difícil resulta percatarnos de que nuestra honradez no son más que sucios harapos!
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Goethe es estimado por la siguiente observación: se dice que a medida que crecemos aumentamos en sabiduría, pero lo cierto es que resulta muy difícil permanecer tan sabios como fuimos una vez.
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Es irritante sostener algo contra alguien y no poder recordar qué es.
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La muerte está allí donde acabamos.

LA ROSA FIRME, Koldo Artieda

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KOLDO ARTIEDA, La rosa firme, Trieste, Madrid, 1982, 56 páginas.

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Dividido en tres secciones, Kyoto, Madrid y Vera, contiene haikus y otros poemas breves.
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Por el suicido 
lento de las horas,
vivirse en ellas.

ACOSTARSE CON LA REINA Y OTRAS DELICIAS, Roland Topor

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ROLAND TOPOR, Acostarse con la reina y otras delicias, Anagrama, Barcelona, 1982, 172 páginas.

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Publicado originalmente en 1967 con el título Four roses for Lucienne contiene cuarenta relatos, preferentemente breves.
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MENTIR DEL NATURAL

   —Hay varías clases de mentirosos —me confió un día ese pillo de Michelson—. Por ejemplo, mi barba ¿es verdadera o falsa?
   —Verdadera—aventuré.
   —Lo siento, ha perdido usted. Es falsa. Es una de mis últimas mentiras.
   Yo estaba asombrado. La. barba de Michelson era de un realismo alucinante. No pudiéndome contener, la cogí con ambas manos y tiré de ella con todas mis fuerzas. El desgraciado lanzó un alarido.
   —Su barba es totalmente auténtica —dije, triunfalmente.
   —En absoluto, yo ya le había prevenido: hay varias clases de mentirosos. Antes de aventurar una mentira tomo mis precauciones. Durante meses he estado sin afeitarme. Ahora es imposible descubrir la superchería. Me debe usted una cerveza...
   Eso era lo que Michelson llamaba: «mentir del natural».  

CENTURIA, Giorgio Manganelli

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GIORGIO MANGANELLI, Centuria. Cien novelas río, Anagrama, Barcelona, 1982, 204 páginas.

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VEINTISIETE

   Un señor que poseía un caballo de excepcional elegancia, una mansión fortificada, tres criados y una viña, creyó entender, por la manera como se habían dispuesto los cirros en torno al sol, que debía abandonar Cornualles, en donde siempre había vivido, y dirigirse a Roma, en donde, suponía, tendría ocasión de hablar con el Emperador. No era un mitómano ni un aventurero, pero aquellos cirros le hacían pensar. No empleó más de tres días en los preparativos, escribió una vaga carta a su hermana, otra todavía más vaga a una mujer que, por puro ocio, había pensado en pedir por esposa, ofreció un sacrificio a los dioses y partió, una mañana fría y despejada. Atravesó el canal que separa la Galia de Cornualles y no tardó en encontrarse en una zona llena de bosques, sin ningún camino; el cielo estaba agitado y él con frecuencia buscaba abrigo, con su caballo, en grutas que no mostraban rastros de presencia humana. El día decimosegundo encontró en un vado un esqueleto de hombre, con una flecha entre las costillas: cuando lo tocó, se pulverizó, y la flecha rodó entre los guijarros con un tintineo metálico. Al cabo de un mes encontró una miserable aldea, habitada por aldeanos cuya lengua no entendía. Le pareció que le prevenían de alguna cosa. Tres días después encontró un gigante, de rostro obtuso y tres ojos. Le salvó el velocísimo caballo y permaneció oculto durante una semana en una selva en la que no penetraría jamás ningún gigante. Al segundo mes cruzó un país de poblados elegantes, ciudades llenas de gente, ruidosos mercados; encontró hombres de su misma tierra, supo que una secreta tristeza arruinaba aquella región, corroída por una lenta pestilencia. Cruzó los Alpes, comió lasagna en Mutina y bebió vino espumoso. A mediados del tercer mes llegó a Roma. Le pareció admirable, sin saber cuánto había decaído los últimos diez años. Se hablaba de peste, de envenenamientos, de emperadores viles o feroces, cuando no ambas cosas a un tiempo. Puesto que había llegado a Roma, intentó vivir allí al menos un año; enseñaba el córnico, practicaba esgrima, hacía dibujos exóticos para uso de los picapedreros imperiales. En la arena mató un toro y fue observado por un oficial de la corte. Un día encontró al Emperador que, confundiéndolo con otro, lo miró con odio. Tres días después el Emperador fue despedazado y el gentilhombre de Cornualles aclamado emperador. Pero no era feliz. Siempre se preguntaba qué habían querido decirle aquellos cirros. ¿Los había entendido mal? Estaba meditabundo y atormentado; se tranquilizó el día en que el oficial de la corte apuntó la espada contra su garganta.

AFORISMOS DEL SOLITARIO, José Camón Aznar

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JOSÉ CAMÓN AZNAR, Aforismos del solitario, Espasa-Calpe, Madrid, 1982, 144 páginas.

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En el Prólogo de Francisco José León Tello (pp. 7-22), que repasa la trayectoria bibliográfica del escritor, se destaca de estos aforismos su "concisión expresiva de las ideas: son como relámpagos esclarecedores e instantáneos que dejan tras de sí una cola de meditación. Ninguno de ellos termina en sí mismo. Y es esta trascendencia la mayor muestra de su espléndida significación".

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Un prejuicio es un pequeño atasco que impide que corra el agua de la verdad.
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¿Cuándo una obra es perfecta? Cuando la comienza el hombre y la termina el tiempo.
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La curiosidad, como la mariposa, se posa sobre instantes.
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La admiración es el amor desde la base de una montaña.
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La felicidad está a la vuelta de la esquina que no doblamos nunca.
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Lo terrible de la mentira no es que sea una falsedad. Es que es la verdad del mentiroso.
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El sol, cuando ya no calienta, deslumbra.
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La eternidad es la idea platónica del tiempo.
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No hay espada corta con un paso adelante.

MEMORIA DEL FUEGO 1: LOS NACIMIENTOS, Eduardo Galeano

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EDUARDO GALEANO, Memoria del fuego 1: Los nacimientos, Siglo XXI, Madrid, 2007 (1982), 348 páginas.

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El autor, en su introducción (pp. XV-XVII), rechaza encorsetar en una rígida caracterización a estos breves textos: "No creo en las fronteras que, según los aduaneros de la literatura, separan a los géneros." Lo que sí explica es la naturaleza de esta obra, inauguradora de una trilogía: "Está dividido en dos partes: en una, la América precolombina se despliega a través de los mitos indígenas de fundación; en la otra, ocurre la historia de América desde fines del siglo XV hasta el año 1700" (p. XVI).

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EL AMOR

En la selva amazónica, la primera mujer y el primer hombre se miraron con curiosidad. Era raro lo que tenían entre las piernas.
—¿Te han cortado? —preguntó el hombre.
—No —dijo ella—. Siempre he sido así.
Él la examinó de cerca. Se rascó la cabeza. Allí había una llaga abierta. Dijo:
—No comas yuca, ni plátanos, ni ninguna fruta que se raje al madurar. Yo te curaré. Échate en la hamaca y descansa.
Ella obedeció. Con paciencia tragó los menjunjes de hierbas y se dejó aplicar las pomadas y los ungüentos. Tenía que apretar los dientes para no reírse, cuando él le decía:
—No te preocupes.
El juego le gustaba, aunque ya empezaba a cansarse de vivir en ayunas y tendida en una hamaca. La memoria de las frutas le hacía agua la boca.
Una tarde, el hombre llegó corriendo a través de la floresta. Daba saltos de euforia y gritaba:
—¡Lo encontré! ¡Lo encontré!
Acababa de ver al mono curando a la mona en la copa de un árbol.
—Es así —dijo el hombre, aproximándose a la mujer.
Cuando terminó el largo abrazo, un aroma espeso, de flores y frutas, invadió el aire. De los cuerpos, que yacían juntos, se desprendían vapores y fulgores jamás vistos, y era tanta su hermosura que se morían de vergüenza los soles y los dioses.