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TANKAS HABITADOS, Francisca García Jáñez
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FRANCISCA GARCÍA JÁÑEZ, Tankas habitados (私に満る短歌), Torremozas, Madrid, 2018, 120 páginas. Traducción de Minako Takahashi.
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Arropados por el prólogo de Xavier Seoane y las ilustraciones de Ana Soler, los tankas de García Jáñez van encontrando su hábitat en estas páginas.
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道びって
もっと感じて
選択す
優しい音が
花を清める
もっと感じて
選択す
優しい音が
花を清める
Michibiite
Motto kanjite
Sentakusu
Yasashii otoga
Motto kanjite
Sentakusu
Yasashii otoga
Hanao kiyomeru
LA LIEBRE QUE SE BURLÓ DE NOSOTROS, Andrea Camilleri
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ANDREA CAMILLERI, La liebre que se burló de nosotros, Duomo, Barcelona, 2019, 186 páginas.
LOS PAVOS NO DAN LAS GRACIAS
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Paolo Canevari ilustra esta colección de relatos que componen, en opinión de Aramburu, un libro delicioso.
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LOS PAVOS NO DAN LAS GRACIAS
En Estados Unidos cada cuarto jueves de noviembre es una gran fiesta porque se celebra el Thanksgiving Day, es decir, el día de Acción de Gracias. Los Padres Peregrinos, los que habían desembarcado del Mayflower, después de la primera cosecha abundante al año siguiente de su llegada, decidieron dar gracias al Señor sirviendo en la mesa un gran pavo, un animal hasta entonces desconocido para ellos pero muy apreciado desde que habían visto que los indios se lo comían.
Desde aquel día, la tradición manda que, en esa fecha, cada mesa en las casas de los norteamericanos esté presidida por un pavo relleno gordo y dorado recién salido del horno. Pero no solo esto: la gran bandeja que lo contiene debe estar repleta de guarniciones, banderines y delicias varias. Cuando aparece en el comedor siempre estalla el aplauso entusiasta de los presentes. Es, en resumen, una especie de invitado de honor.
Millones de pavos, pues, cada cuarto jueves de noviembre, se dejan literalmente, y no metafóricamente, la piel en esta celebración.
Abro un pequeño paréntesis. También en América, en la época de la guerra entre los estados del norte y los del sur, se libró en Gettysburg un combate muy sangriento que dejó millares de cadáveres sobre el campo de batalla. Permanecieron mucho tiempo sin enterrar y, por consiguiente, se convirtieron en presa de los cuervos. Estos no olvidaron nunca más aquella comida abundante, hasta el punto de que, incluso sus descendientes, durante décadas y décadas, siguieron presentándose, cada mañana, en el campo que había sido el escenario de la batalla con la esperanza de encontrar más carne fresca. En fin, el recuerdo de aquel extraordinario banquete se había grabado de un modo indeleble en su ADN.
Pero, cerrado el paréntesis, queda abierta una pregunta: ¿cómo es que en el ADN de los pavos, después de casi cuatrocientos años, no se ha grabado la fecha que marca anualmente su ineluctable matanza?
Una vez vi en un documental centenares de miles de pavos esperando a ser sacrificados, desplumados y descuartizados.
No tenían la menor idea del terrible destino que les aguardaba al cabo de pocas horas. En los ojos abiertos de par en par de muchos animales llevados al matadero he podido leer el terror por el final próximo, tal vez olían la sangre de las víctimas que los habían precedido.
Los pavos, en cambio, no mostraban el menor indicio de inquietud.
¿Estupidez absoluta o suprema dignidad?
Cuanto más reflexiono sobre ello más tiendo a pensar que puede tratarse de suprema dignidad.
Porque, si aquel día los norteamericanos dan las gracias, los pavos no tienen nada que agradecer.
Y, de hecho, que recuerden los norteamericanos, no ha habido nunca ningún pavo que, antes de ser sacrificado, haya pedido la palabra para declarar, ni en su nombre ni tampoco en el de sus colegas, que se alegra de inmolarse para contribuir a la felicidad de los norteamericanos.
Alabada sea, pues, la dignidad de los pavos que mueren pero no dan las gracias. Mientras tanto hay numerosos jefes de Estado que, sentados a la mesa del poderoso aliado norteamericano como invitados de honor, terminan igual que los pavos. Y ellos, encima, dan las gracias. ABECEDARIO TITIRIDARO, Juan Kruz & Elena Laura
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JUAN KRUZ & ELENA LAURA, Abecedario titiridario, Cénlit Ediciones, Berriozar, 2017, 66 páginas.
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Elena Laura ilustra este guiñol de las letras salido del ingenio de Juan Kruz Igerabide.
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EÑE
Bajo el abeto se está congregando todo un zoológico. De incógnito, se acerca un ñandú, caminando sin que se le note, como las gallinas. Pregunta al elefante a la oreja si ha visto a la vicuña. El elefante agita la trompa y contesta que no.
TITIRIÑ
ÑANDÚ DE FINAS UÑAS,
SEÑORA
QUE AÑORA
TITIRIMOÑOS DE VICUÑAS.
Suenan trompetas y timbales. Todo el mundo espera ver aparecer una carroza. Sin embargo, asoma tímidamente la Ñ, sujetándose la gorra, con su niña ñ de la mano. Las letras se preguntan si las recién llegadas serán campesinas, serán reinas o serán santas con corona en la coronilla. Todo el alfabeto se sume en la duda.
Tiene que mantener la cabeza bien alta para que no se le caiga la corona. Es, sin duda, la reina del abecedario.
ME ACUERDO, Jesús Marchamalo
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JESÚS MARCHAMALO, Me acuerdo, Papeles Mínimos, Madrid, 2019.
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Me acuerdo de haber gritado, jugando al escondite: 'Por mí, y por todos mis compañeros. Y por mí el primero'.
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Me acuerdo de que cuando llovía, echaban serrín en el suelo de las tiendas.
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Me acuerdo de los tacos del capitán Haddock en las aventuras de Tintin: «¡Ectoplasmas!, ¡Noctívagos!, ¡Batracios!, ¡Filoxeras!»
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Me acuerdo de haber quemado papeles con una lupa.
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Me acuerdo de que los perros de Chéjov se llamaban Bromuro y Quinina, y la gata de Cortázar, Flanelle.
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Me acuerdo del UHF.
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Me acuerdo de jugar al ajedrez en el colegio, los sábados, y de que siempre faltaba alguna pieza.
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Me acuerdo de a que Walt Disney le congelaron cuando murió.
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Me acuerdo de que cuando tenías hipo, te daban un susto.
HAIKUSNORA, Mª Esther García López
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MARÍA ESTHER GARCÍA LÓPEZ, Haikusnora. Haikus, Setentayocho, Oviedo, 2019. Ilustraciones de Deva Formariz García, Nora Formariz García y Leo Formariz García.
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El petirrojo
dormido en mi ventana
sueña con hojas.
BIBLIOMANÍAS, Laura Pacheco & The Wild Detectives
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Laura Pacheco dibuja y Nadrés de la Casa-Huertas y Javier García del Moral escriben historias inspiradas por los lectores de la librería The Wild Detectives (Dallas).
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CUENTOS, Gianni Rodari
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GIANNI RODARI, Cuentos, Edebé, Barcelona, 2005, 190 páginas.
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Lejos, lejos, muy lejos, más allá de los océanos y de todos los mares, más allá de los lagos y de todos los ríos, incluso más allá de las montañas de cristal y de bizcocho, y aún un poco más lejos, vivía una vez un carpintero.
Este carpintero había aprendido tan bien a hacer herrajes que ningún sastre del mundo habría podido superarlo. Tejía hogazas y cacerolas como ningún otro carretero en el universo y, por decirlo en pocas palabras, era el mejor de todos los curtidores.
Y cuando enganchaba los caballos podía decir enseguida, mirando a los terneros, qué cerda estaba a punto de parir gatitos.
¡Menudo manitas era!
CARICATURAS DE GRANDES CREADORES DE LA MÚSICA CLÁSICA, Pablo Morales de los Ríos
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PABLO MORALES DE LOS RÍOS,
Caricaturas de grandes creadores de la música clásica, Libros.com, Madrid, 2018, 308 páginas.
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La caricatura no siempre es un arte menor. Morales del Río señala en La caricatura: humor a tomar en serio (pp. 11-13) que la caricatura «puede ser intelectual sin caer en lo pedante; ser mundana sin dejar de ser universal; ser cómica sin volverse idiotizante; ser satírica sin caer en lo malicioso; y ser seria, sí, sin dejar de hacer reír».
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WEILL, KURT [1900-1950]
Compositor
estadounidense de origen alemán, su contacto con la música popular y
su vanguardismo dieron lugar a originales obras escénicas de temática
contemporánea.
Nació en Dessau, Alemania, en el seno de una familia judía. Su padre
era cantor en una sinagoga, algo que le hizo entrar muy pronto en
contacto con la música. Estudió en Dessau y en Berlín, donde fue
discípulo de Engelbert Humperdinck y Ferruccio Busoni. Con poco más de
25 años estrenó en Dresde su primera ópera. Junto al poeta y dramaturgo
alemán Bertolt Brecht dio con una nueva forma de teatro musical al
crear dos obras satíricas de fama internacional: La ópera de los tres
centavos (1928), una moderna revisión de La ópera del mendigo compuesta
en 1728 por el británico John Gay; y Ascenso y caída de la ciudad de
Mahagonny (1929). Por aquella época también compuso obras sinfónicas e
instrumentales derivadas de la atonalidad y el expresionismo de Arnold
Schonberg. Prohibidas por los nazis y tildadas de subversivas y
decadentes, estas composiciones le obligaron a exiliarse. Junto a su
esposa Lotte Lenya (1898-1981), actriz y cantante que interpretó muchas
de sus obras, se trasladó a París ante el ascenso de Hitler al poder.
Residió luego en Londres y en Estados Unidos, donde compuso varios
musicales de Broadway. Murió de un ataque al corazón un mes después de
cumplir los 50 años. mientras trabajaba en una versión musical de
Huckleberry Finn de Mark Twain.
Su música estuvo ligada a los mejores dramaturgos de su época. Influida
por el lieder alemán y el jazz y la canción popular, estaba en continua
evolución, y hasta bandas como The Doors llegaron a versionarla. Y todo iba bien, siempre y cuando el público atendiera a las notas y no le mirara fijamente.
Obra destacada
Sinfonía N.° 1
Das Berliner Réquiem (Cantata).
La ópera de las tres centavos (Musical teatral).
Lost in the Stars (Musical teatral).
Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny (Ópera).
HAIKIÑOS DE LUCES Y SOMBRAS, María Míguez
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MARÍA MÍGUEZ, Haikiños de luces y sombras, Pie Ediciones, Salamanca, 2018, 92 páginas.
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LECCIÓN DE VIDA
Así nos deja
alguna vez la vida,
a la deriva.
CUENTOS, Gianni Rodari
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NASREDDIN SALVA A LA LUNA
Una vez, al anochecer, Nasreddin fue a buscar agua. Inclinándose sobre el pozo, vio que se reflejaba en el agua, bien al fondo, el rostro de la luna.
—Pobres de nosotros —exclamó Nasreddin—, la luna se ha caído en el pozo. Deprisa, deprisa, saquémosla de allí.
Y fue a su casa a coger cuerda y un gancho.
El buen Nasreddin hizo varios esfuerzos, pero no lograba enganchar a la luna para sacarla del pozo. Por fin tuvo la impresión de que el gancho la había alcanzado y comenzó a tirar.
—Caramba, cómo pesa... —suspiraba.
Y seguía tirando con todas sus fuerzas, afirmando los pies contra el parapeto del pozo. De repente, el gancho se desprendió. Nasreddin se cayó de espaldas, miró hacia arriba y vio a la luna en medio del cielo.
—Loado sea Dios —exclamó Nasreddin satisfecho—, me he hecho algún chichón, pero la luna ha vuelto a su sitio.
EL VIAJERO IMPERTINENTE, Percy Hopewell
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PERCY HOPEWELL, El viajero impertinente, Reino de Cordelia, Madrid, 2010, 168 páginas.
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Tomás Gracía Yerba recuerda la envidia que suscitó el encargo de Juan Fernado Dorrego a Hopewell de recorrer España para compartir su mirada foránea en El Semanal. Ilustra Anthony Garner.
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EL CARNAVAL DE LAZA
Me habían hablado tanto del carnaval de Laza —«esos días el pueblo es un caos de periodistas, antropólogos, fumadores y curiosos»— que decidí acercarme a esta localidad orensana para ver lo que allí ocurría.
Y lo primero que vi, nada más llegar, es que la gente bebe mucho y duerme poco, pero quitando este impulso, muy común a todos los festejos, lo que ocurre en Laza es distinto.
Normalmente, en los carnavales, uno se divierte si participa. En Laza, aunque te sientes en una silla, no hay momento ni ocasión para el bostezo.
La figura central, sobre la que rotan todas las miradas, es el peliqueiro. La vestimenta de este fantoche, compuesta por una máscara de gesto sarcástico, una mitra napoleónica, una piel en la nuca, unos pantalones abullonados y unos cencerros en la cintura, cuesta alrededor de las doscientas mil pesetas. De peliqueiro se puede vestir cualquiera siempre que sea de Laza (no es obligatorio, pero sí aconsejable) y tenga el dinero suficiente para hacerse el traje o alquilarlo.
Este personaje es intocable. En sus manos lleva una fusta con la que flagela a los transeúntes que se meten con él (la gracia está en meterse con él), pero la gente no le puede responder con un empujón o un mamporro. Tampoco participa en las batallas callejeras de barro y hormigas. Él es un ser sagrado que corre y trota y cuyo comportamiento está perfectamente ritualizado.
¿Qué simboliza el peliqueiro? Cada lugareño sostiene una teoría diferente. Hay una historia muy bonita que lo asocia con los antiguos recaudadores de impuestos. El recaudador, para no ser reconocido, se ponía una careta y al que no quería pagar le propinaba una paliza. Esta hipótesis, sin embargo, ha sido descartada, pues hay antecedentes del disfraz y actitudes del personaje que se remontan a la noche de los tiempos.
Así, en las Lupercales romanas ya había actores ataviados con pieles de animales que golpeaban con un látigo a la multitud. Y bastantes años más atrás, en Mesopotamia, aparecen máscaras con bichos dibujados a los que se otorga una variada gama de atributos.
Si en vez de rastrear el ovillo del jeroglífico con eruditas divagaciones, uno observa con atención el comportamiento del peliqueiro, se llega a una serie de conclusiones. En primer lugar, la vistosidad, la pulcritud y lo costoso del traje están marcando las diferencias entre el señorito y la plebe. A todo el mundo le gusta ser jefe, aunque sólo sea por unos días, y el peliqueiro ofrece esa posibilidad. Por otro lado, ese protagonismo, acompañado del anonimato y unos cuantos tragos de vino, ayuda a ligar, deporte del que nadie se cansa.
En Laza hay una regla de oro: está prohibido enfadarse. Advertencia importante para todos aquellos botarates y mosqueones que siempre encuentran disculpa para la camorra.
El domingo, con las carreras de los peliqueiros y el reparto de la bica (una torta de dimensiones gigantescas), la fiesta transcurre por cauces más o menos pacíficos. El lunes, día de los maragatos, las calles viven una auténtica batalla campal. Luz verde para arrojarse de todo: trapos mojados, harina, agua sucia, barro apestoso y, sobre todo, un arma que no falta en ningún carnaval de Laza: las hormigas carniceras. Son rojas, con la cabeza muy grande, y se las rocía de vinagre para que se enfurezcan y muerdan con más ganas.
Un grupo de jóvenes me tomó por intruso y, en un abrir y cerrar de ojos, me pusieron perdida la chaqueta de tweed y el sombrero de fieltro. Luego me arrojaron hormigas. Me dejé hacer. Les dije: «Más, por favor». Al instante cambiaron de actitud. Me obligaron a que les acompañara a un bar. Les invité a una ronda, ellos me invitaron a diez y acabamos abrazados, en un corro, cantando La Virgen de Guadalupe.
Me contaron que hace veinte años salía por las calles una máscara zarrapastrosa que representaba al maragato y a la que se podía vejar, golpear e insultar sin descanso. Solía representarlo el hombre más fuerte del pueblo, pero la posibilidad, admitida por todos, de encerrarle y abandonarle en una cuadra a su suerte, dejó la plaza vacante.
Otra figura que no falta a la cita es La Morena, una vaca loca y lujuriosa que arremete contra las mozas y les levanta las faldas. La Morena se compone de un individuo tapado con un saco —que hace de armazón—, una máscara con cuernos y una rama por rabo. El personaje intenta ser simpático, pero sus evoluciones resultan sosas y reiterativas. A mí me parece que el señor-armazón debe de acabar un poco harto de tanto hacer el ganso. Harto y, seguramente, con tortícolis.
El carnaval muere con la quema del muñeco de paja —símbolo de estas fiestas—, que se pasea en un carro. Antes tiene lugar el Testamento del burro, donde se recitan coplas burlescas y satíricas que aluden a los acontecimientos o cotillerías de la localidad.
Cuando se acaba el carnaval, Laza no parece un pueblo, parece el último reducto de una campaña militar, como si allí se hubiera encontrado el general Custer con un contingente de indios. No importa. Las manchas se quitan y la porquería se barre. El pueblo ha sido feliz y la diversión permanece en el recuerdo.
Me habían hablado tanto del carnaval de Laza —«esos días el pueblo es un caos de periodistas, antropólogos, fumadores y curiosos»— que decidí acercarme a esta localidad orensana para ver lo que allí ocurría.
Y lo primero que vi, nada más llegar, es que la gente bebe mucho y duerme poco, pero quitando este impulso, muy común a todos los festejos, lo que ocurre en Laza es distinto.
Normalmente, en los carnavales, uno se divierte si participa. En Laza, aunque te sientes en una silla, no hay momento ni ocasión para el bostezo.
La figura central, sobre la que rotan todas las miradas, es el peliqueiro. La vestimenta de este fantoche, compuesta por una máscara de gesto sarcástico, una mitra napoleónica, una piel en la nuca, unos pantalones abullonados y unos cencerros en la cintura, cuesta alrededor de las doscientas mil pesetas. De peliqueiro se puede vestir cualquiera siempre que sea de Laza (no es obligatorio, pero sí aconsejable) y tenga el dinero suficiente para hacerse el traje o alquilarlo.
Este personaje es intocable. En sus manos lleva una fusta con la que flagela a los transeúntes que se meten con él (la gracia está en meterse con él), pero la gente no le puede responder con un empujón o un mamporro. Tampoco participa en las batallas callejeras de barro y hormigas. Él es un ser sagrado que corre y trota y cuyo comportamiento está perfectamente ritualizado.
¿Qué simboliza el peliqueiro? Cada lugareño sostiene una teoría diferente. Hay una historia muy bonita que lo asocia con los antiguos recaudadores de impuestos. El recaudador, para no ser reconocido, se ponía una careta y al que no quería pagar le propinaba una paliza. Esta hipótesis, sin embargo, ha sido descartada, pues hay antecedentes del disfraz y actitudes del personaje que se remontan a la noche de los tiempos.
Así, en las Lupercales romanas ya había actores ataviados con pieles de animales que golpeaban con un látigo a la multitud. Y bastantes años más atrás, en Mesopotamia, aparecen máscaras con bichos dibujados a los que se otorga una variada gama de atributos.
Si en vez de rastrear el ovillo del jeroglífico con eruditas divagaciones, uno observa con atención el comportamiento del peliqueiro, se llega a una serie de conclusiones. En primer lugar, la vistosidad, la pulcritud y lo costoso del traje están marcando las diferencias entre el señorito y la plebe. A todo el mundo le gusta ser jefe, aunque sólo sea por unos días, y el peliqueiro ofrece esa posibilidad. Por otro lado, ese protagonismo, acompañado del anonimato y unos cuantos tragos de vino, ayuda a ligar, deporte del que nadie se cansa.
En Laza hay una regla de oro: está prohibido enfadarse. Advertencia importante para todos aquellos botarates y mosqueones que siempre encuentran disculpa para la camorra.
El domingo, con las carreras de los peliqueiros y el reparto de la bica (una torta de dimensiones gigantescas), la fiesta transcurre por cauces más o menos pacíficos. El lunes, día de los maragatos, las calles viven una auténtica batalla campal. Luz verde para arrojarse de todo: trapos mojados, harina, agua sucia, barro apestoso y, sobre todo, un arma que no falta en ningún carnaval de Laza: las hormigas carniceras. Son rojas, con la cabeza muy grande, y se las rocía de vinagre para que se enfurezcan y muerdan con más ganas.
Un grupo de jóvenes me tomó por intruso y, en un abrir y cerrar de ojos, me pusieron perdida la chaqueta de tweed y el sombrero de fieltro. Luego me arrojaron hormigas. Me dejé hacer. Les dije: «Más, por favor». Al instante cambiaron de actitud. Me obligaron a que les acompañara a un bar. Les invité a una ronda, ellos me invitaron a diez y acabamos abrazados, en un corro, cantando La Virgen de Guadalupe.
Me contaron que hace veinte años salía por las calles una máscara zarrapastrosa que representaba al maragato y a la que se podía vejar, golpear e insultar sin descanso. Solía representarlo el hombre más fuerte del pueblo, pero la posibilidad, admitida por todos, de encerrarle y abandonarle en una cuadra a su suerte, dejó la plaza vacante.
Otra figura que no falta a la cita es La Morena, una vaca loca y lujuriosa que arremete contra las mozas y les levanta las faldas. La Morena se compone de un individuo tapado con un saco —que hace de armazón—, una máscara con cuernos y una rama por rabo. El personaje intenta ser simpático, pero sus evoluciones resultan sosas y reiterativas. A mí me parece que el señor-armazón debe de acabar un poco harto de tanto hacer el ganso. Harto y, seguramente, con tortícolis.
El carnaval muere con la quema del muñeco de paja —símbolo de estas fiestas—, que se pasea en un carro. Antes tiene lugar el Testamento del burro, donde se recitan coplas burlescas y satíricas que aluden a los acontecimientos o cotillerías de la localidad.
Cuando se acaba el carnaval, Laza no parece un pueblo, parece el último reducto de una campaña militar, como si allí se hubiera encontrado el general Custer con un contingente de indios. No importa. Las manchas se quitan y la porquería se barre. El pueblo ha sido feliz y la diversión permanece en el recuerdo.
CUENTOS, Gianni Rodari
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GIANNI RODARI, Cuentos, Edebé, Barcelona, 2006, 190 páginas.
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LA MUCHACHA DE LA LUNA
Había una vez, en Yakutia, una pobre niña huérfana de padre y madre. La niña era demasiado pequeña para bastarse a sí misma, así que la adoptó un rico mercader ruso y la llevó a su casa. Allí debía fregar el suelo, lavar los platos, ir a buscar agua, hacer la colada, cocinar, cuidar a los niños y, a cambio de todo este trabajo, sólo recibía techo y comida. Nadie se preocupaba de que la pequeña tuviese que trabajar más que los adultos, sin un momento siquiera de descanso y sin poder jugar nunca con otros niños. El mercader era un malvado y su mujer, peor que él.
Una noche en que la Luna resplandecía muy clara en el cielo y la helada hacía castañetear los dientes, la mujer del mercader mandó a la niña a buscar agua a una fuente lejana. Aunque la muchacha tenía frío, cogió el cubo de madera y una hachuela y se puso en marcha. Estaba aterida, cuando al fin llegó a la fuente. Con la hachuela hizo un hueco en el hielo, llenó de agua el cubo y se dio prisa en volver. Pero el camino era escabroso y resbaladizo. La niña, ya muy cerca de la casa del mercader, tropezó, cayó y derramó toda el agua.
¿Y ahora? No le pasaba por la cabeza desandar el camino hasta la fuente. Se sentía demasiado débil y hacía demasiado frío. ¿Volver a la casa sin agua? No se habría atrevido. Mientras estaba así, triste y tiritando, sin saber qué hacer, alzó los ojos, vio a la Luna que atravesaba el cielo y clamó:
—Luna, hermosa Luna, eres testigo de mi desdicha y no me agudas. Sácame de aquí, donde es de noche y hace frío, donde viven el malvado mercader y su mujer peor aún, llévame contigo por el cielo azul.
La Luna la escuchó, bajó a la Tierra y adoptó el aspecto de un bello joven vestido de plata.
Pero el hermano mayor de la Luna, el Sol, se dio cuenta enseguida de lo que ocurría. Bajó también a la Tierra y adoptó el aspecto de un bello joven vestido de oro. Le dijo entonces a la Luna:
—He venido a llevarme a la niña que no conoce la felicidad en la Tierra y que quiere subir al cielo. Como soy tu hermano mayor, naturalmente tendrás que dejarme actuar a mí primero.
Pero la Luna respondió:
—Es verdad, hermano, eres el mayor. Pero ahora es de noche y de noche mando yo. La niña me ha pedido aguda a mí, no a ti. Por tanto, seré yo la que la lleve al cielo conmigo.
Dicho esto, cogió a la muchacha y se la llevó consigo. La niña yakutia vive ahora en la Luna. Mirad un momento hacia arriba, observad la Luna llena y quizá también vosotros podréis verla.
Había una vez, en Yakutia, una pobre niña huérfana de padre y madre. La niña era demasiado pequeña para bastarse a sí misma, así que la adoptó un rico mercader ruso y la llevó a su casa. Allí debía fregar el suelo, lavar los platos, ir a buscar agua, hacer la colada, cocinar, cuidar a los niños y, a cambio de todo este trabajo, sólo recibía techo y comida. Nadie se preocupaba de que la pequeña tuviese que trabajar más que los adultos, sin un momento siquiera de descanso y sin poder jugar nunca con otros niños. El mercader era un malvado y su mujer, peor que él.
Una noche en que la Luna resplandecía muy clara en el cielo y la helada hacía castañetear los dientes, la mujer del mercader mandó a la niña a buscar agua a una fuente lejana. Aunque la muchacha tenía frío, cogió el cubo de madera y una hachuela y se puso en marcha. Estaba aterida, cuando al fin llegó a la fuente. Con la hachuela hizo un hueco en el hielo, llenó de agua el cubo y se dio prisa en volver. Pero el camino era escabroso y resbaladizo. La niña, ya muy cerca de la casa del mercader, tropezó, cayó y derramó toda el agua.
¿Y ahora? No le pasaba por la cabeza desandar el camino hasta la fuente. Se sentía demasiado débil y hacía demasiado frío. ¿Volver a la casa sin agua? No se habría atrevido. Mientras estaba así, triste y tiritando, sin saber qué hacer, alzó los ojos, vio a la Luna que atravesaba el cielo y clamó:
—Luna, hermosa Luna, eres testigo de mi desdicha y no me agudas. Sácame de aquí, donde es de noche y hace frío, donde viven el malvado mercader y su mujer peor aún, llévame contigo por el cielo azul.
La Luna la escuchó, bajó a la Tierra y adoptó el aspecto de un bello joven vestido de plata.
Pero el hermano mayor de la Luna, el Sol, se dio cuenta enseguida de lo que ocurría. Bajó también a la Tierra y adoptó el aspecto de un bello joven vestido de oro. Le dijo entonces a la Luna:
—He venido a llevarme a la niña que no conoce la felicidad en la Tierra y que quiere subir al cielo. Como soy tu hermano mayor, naturalmente tendrás que dejarme actuar a mí primero.
Pero la Luna respondió:
—Es verdad, hermano, eres el mayor. Pero ahora es de noche y de noche mando yo. La niña me ha pedido aguda a mí, no a ti. Por tanto, seré yo la que la lleve al cielo conmigo.
Dicho esto, cogió a la muchacha y se la llevó consigo. La niña yakutia vive ahora en la Luna. Mirad un momento hacia arriba, observad la Luna llena y quizá también vosotros podréis verla.
CUENTOS DEL OLIVO, Catherine Gendrin
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CATHERINE GENDRIN, Cuentos del olivo, Vicens Vives, Barcelona, 2019, 126 páginas.
El joven Jeha vivía en el barrio de La Goleta, a las afueras de Túnez. Un hermoso día de primavera se levantó con ganas de ver el mar, así que echó a andar por la carretera y, en cuanto pasó un carro, se subió a él de un salto.
Gracias a esta treta, Jeha llegó en un periquete a Sidi Bou Said, el barrio en el que vivía la gente más rica de la región. Las puertas y ventanas de las casas estaban pintadas de un azul intenso, y las buganvillas trepaban por las paredes blancas de los edificios creando formas caprichosas.
A Jeha aquel barrio se le antojó un lugar de ensueño. Mientras recorría sus pintorescas calles, soñaba con los frescos patios que sin duda escondían en su interior todas aquellas casas tan hermosas. La imaginación de Jeha echó a volar y el joven se vio a si mismo recostado en un mullido cojín de seda, paladeando el delicioso té con menta que le acababa de servir un criado.
De repente, a Jeha le llegó un suculento olor a pimientos rellenos y carne a la brasa. El aroma procedía de un bonito restaurante cuya terraza con azulejos dominaba la inmensidad del mar. A Jeha se le había abierto el apetito, pero, por desgracia, no tenía ni un céntimo.
Después de reflexionar durante unos instantes, el joven se metió en una oscura callejuela. De vez en cuando se agachaba para recoger algo de los adoquines polvorientos. Al cabo de un rato, salió del callejón, se dirigió al restaurante y se sentó en una mesa.
Jeha pidió cuscús con verduras, cordero asado, zanahorias y calabacines, además de berenjenas y pimientos fritos, unos pasteles de miel y almendra, y un vaso de té con menta. Cuando terminó de comer, el amo del restaurante se le acercó con la cuenta, pero Jeha lo detuvo con un gesto.
—Todavía no he terminado —dijo—. Tráigame un cuenco de sopa.
Al amo le extrañó la exigencia, pero, como el cliente siempre tiene la razón, le sirvió sin rechistar un cuenco de sopa humeante. En cuanto el amo se dio la vuelta, Jeha se sacó un puñado de cucarachas del bolsillo y las echó en la sopa con disimulo. Entonces se puso a gritar:
—¿Se puede saber qué significa esto? ¡Es intolerable!
El jefe del restaurante acudió muy alarmado.
—¿Qué ocurre, señor? —preguntó, presa del nerviosismo.
—Mire: ¡hay cucarachas en la sopa! —exclamo' Jeha—. Yo Pensaba que este era un restaurante decente.
El amo se dio cuenta de que el resto de clientes empezaba a prestar atención a las quejas y aspavientos del joven. Y como no quería escándalos, le dijo a Jeha:
—Señor, lo siento mucho, no entiendo qué ha podido pasar. Para compensarle, invita la casa, pero hágame el favor de marcharse.
Y Jeha se marchó del restaurante como un rey, sin pagar. Con la panza llena y el corazón alegre, fue a dar una vuelta por la playa. Allí se encontró con un amigo de su barrio que era tan pobre como él.
—Jeha, pareces contento —le dijo el muchacho.
Y él le explicó cómo se había dado un verdadero festín sin gastar ni un céntimo.
El amigo escuchó con atención y se acercó al mismo callejón en el que había estado Jeha. Luego se dirigió al restaurante. Encargó cuscús con verduras, cordero asado, zanahorias y calabacines, además de berenjenas y pimientos fritos, unos pasteles de miel y almendra, y un vaso de té con menta.
Cuando llegó el momento de pagar, pidió un cuenco de sopa. Pero, para su sorpresa, el patrón le dijo:
—Lo siento muchísimo, señor, hoy no servimos sopa.
El muchacho se levantó furioso, se sacó un puñado de cucarachas del bolsillo y gritó:
—¿Y se puede saber qué hago ahora con todos estos bichos?
En La Goleta, la gente todavía cuenta esta historia para reírse... ¡y para no pensar en las cucarachas que corretean por las calles!
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Acompañan a estos Relatos de la tradición judía y musulmana las ilustraciones de Judith Gueyfier.
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SOPA DE CUCARACHAS
Cuento de Túnez
El joven Jeha vivía en el barrio de La Goleta, a las afueras de Túnez. Un hermoso día de primavera se levantó con ganas de ver el mar, así que echó a andar por la carretera y, en cuanto pasó un carro, se subió a él de un salto.
Gracias a esta treta, Jeha llegó en un periquete a Sidi Bou Said, el barrio en el que vivía la gente más rica de la región. Las puertas y ventanas de las casas estaban pintadas de un azul intenso, y las buganvillas trepaban por las paredes blancas de los edificios creando formas caprichosas.
A Jeha aquel barrio se le antojó un lugar de ensueño. Mientras recorría sus pintorescas calles, soñaba con los frescos patios que sin duda escondían en su interior todas aquellas casas tan hermosas. La imaginación de Jeha echó a volar y el joven se vio a si mismo recostado en un mullido cojín de seda, paladeando el delicioso té con menta que le acababa de servir un criado.
De repente, a Jeha le llegó un suculento olor a pimientos rellenos y carne a la brasa. El aroma procedía de un bonito restaurante cuya terraza con azulejos dominaba la inmensidad del mar. A Jeha se le había abierto el apetito, pero, por desgracia, no tenía ni un céntimo.
Después de reflexionar durante unos instantes, el joven se metió en una oscura callejuela. De vez en cuando se agachaba para recoger algo de los adoquines polvorientos. Al cabo de un rato, salió del callejón, se dirigió al restaurante y se sentó en una mesa.
Jeha pidió cuscús con verduras, cordero asado, zanahorias y calabacines, además de berenjenas y pimientos fritos, unos pasteles de miel y almendra, y un vaso de té con menta. Cuando terminó de comer, el amo del restaurante se le acercó con la cuenta, pero Jeha lo detuvo con un gesto.
—Todavía no he terminado —dijo—. Tráigame un cuenco de sopa.
Al amo le extrañó la exigencia, pero, como el cliente siempre tiene la razón, le sirvió sin rechistar un cuenco de sopa humeante. En cuanto el amo se dio la vuelta, Jeha se sacó un puñado de cucarachas del bolsillo y las echó en la sopa con disimulo. Entonces se puso a gritar:
—¿Se puede saber qué significa esto? ¡Es intolerable!
El jefe del restaurante acudió muy alarmado.
—¿Qué ocurre, señor? —preguntó, presa del nerviosismo.
—Mire: ¡hay cucarachas en la sopa! —exclamo' Jeha—. Yo Pensaba que este era un restaurante decente.
El amo se dio cuenta de que el resto de clientes empezaba a prestar atención a las quejas y aspavientos del joven. Y como no quería escándalos, le dijo a Jeha:
—Señor, lo siento mucho, no entiendo qué ha podido pasar. Para compensarle, invita la casa, pero hágame el favor de marcharse.
Y Jeha se marchó del restaurante como un rey, sin pagar. Con la panza llena y el corazón alegre, fue a dar una vuelta por la playa. Allí se encontró con un amigo de su barrio que era tan pobre como él.
—Jeha, pareces contento —le dijo el muchacho.
Y él le explicó cómo se había dado un verdadero festín sin gastar ni un céntimo.
El amigo escuchó con atención y se acercó al mismo callejón en el que había estado Jeha. Luego se dirigió al restaurante. Encargó cuscús con verduras, cordero asado, zanahorias y calabacines, además de berenjenas y pimientos fritos, unos pasteles de miel y almendra, y un vaso de té con menta.
Cuando llegó el momento de pagar, pidió un cuenco de sopa. Pero, para su sorpresa, el patrón le dijo:
—Lo siento muchísimo, señor, hoy no servimos sopa.
El muchacho se levantó furioso, se sacó un puñado de cucarachas del bolsillo y gritó:
—¿Y se puede saber qué hago ahora con todos estos bichos?
En La Goleta, la gente todavía cuenta esta historia para reírse... ¡y para no pensar en las cucarachas que corretean por las calles!
DE ALGUNOS ANIMALES, Rafael Sánchez Ferlosio
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RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO, De algunos animales. Bestiario ilustrado, Literatura Random House, Barcelona, 2019, 208 páginas.
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El último libro en el que trabajó Sánchez Ferlosio presenta una miscelánea de textos (artículos, pecios o fragmentos ensayísticos, entre otros géneros) protagonizados por animales, acompañados por las ilustraciones del escritor y zoólogo alemán Alfred Edmund Brehm.
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(Águilas y leones) Echan ahora en ciertos cines un anuncio en el que, mientras se proyecta una preciosa foto de un halcón, se dice en off: «La naturaleza es funcional». La estética funcional, la estética de la eficacia, dominante en Occidente desde antiguo, ha hecho que los animales de mayor prestigio, incluso estético, sean los de garra y los de zarpa, rapaces y felinos; es una estética predatoria que no remite, al fin, sino a la admiración y al culto de la fuerza y el poder. Aguilas y leones son, con mucho, los animales que más frecuentemente se han encaramado a los blasones de la más antigua y más moderna heráldica, emblemas de la fuerza y de su orgullo, hasta llegar -por lo que hace a las águilas- a abrazarlos y sujetarlos por entero. La tan ponderada belleza estratégica del ataque alemán a Francia en mayo de 1940 quedaba resaltada ya en el nombre que, a causa de su figura, le pusieron sus autores: Sichelschnitt, o sea golpe de hoz, y he aquí que la hoz es también, a semejanza de la garra y de la zarpa, curva y cortante.
PELEA COMO UNA CHICA, Sandra Sabatés
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SANDRA SABATÉS, Pelea como una chica, Planeta, Barcelona, 2019, 176 páginas.
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Ana Juan ilustra este compendio de semblanzas de «mujeres de marcaron los puntos cruciales de la evolución del feminismo en nuestro país y que, por ello, soportaron burlas, críticas, ofensas y humillaciones».
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“Una mujer que no fuese feminista sería un absurdo tan grande como un rey que no fuese monárquico».
María rompía con el estereotipo de mujer de finales del XIX. Era culta, ejercía como maestra, hablaba idiomas y tenía grandes dotes para la escritura. Muy joven publicó Cuentos breves, el primer y último libro que firmó con su nombre. Fueron varias las razones que la llevaron a tomar esta decisión. En primer lugar, la desgana y poco interés que mostró su familia con su primera obra, mientras que a su futuro marido, en cambio, sus allegados le hicieron una fiesta y todo fueron halagos tras su primera publicación. La diferencia es que ella era una mujer, y escribir suponía extralimitarse en su rol de esposa y madre y convertirse en una «literata», término que solía usarse de forma despectiva para referirse a las que consideraban simples aficionadas con aspiraciones literarias. Y eso podía mancillar su excelente trayectoria como profesora. Por esta razón, muchas escritoras del momento publicaron bajo seudónimo; otras, con el aval de algún escritor reconocido; y María, que tampoco estaba dispuesta a dejar de escribir, decidió utilizar el nombre de su esposo, convencida de que así juzgarían su obra como se merecía.
Tenía veintitrés años cuando conoció a Gregorio Martínez Sierra, que contaba entonces diecisiete. María era una mujer independiente, trabajaba ya en el colegio, así que, al casarse, dependía de ella el sueldo que entraba en casa: cumplía de madrugada con sus labores domésticas, iba luego a la escuela y por las noches escribía los textos que después él se encargaría de firmar. En algunos, Gregorio colaboró. En otros, ni siquiera eso.
Juntos, fundaron las revistas Helios y Renacimiento. María redactaba artículos. Gregorio estampaba su rúbrica y se colgaba las medallas del éxito y la fama. Llegó a alcanzar incluso notoriedad internacional gracias a los libretos de El amor brujo y El sombrero de tres picos, que ella escribió para su gran amigo Manuel de Falla.
Crearon la editorial Renacimiento. El auténtico mérito de Gregorio era su labor como gestor, que destacó notablemente dentro del modernismo español. Montaron una compañía teatral. María redactaba disciplinada, sin tregua, mientras alzaba a su marido, entre aplausos y alabanzas, a lo más alto de la dramaturgia española del siglo XX. Se estableció entre ambos una perfecta relación de simbiosis: él necesitaba los textos de María para seguir siendo el extraordinario escritor que los demás creían que era; ella aceptaba y escribía sin parar, cumpliendo las exigencias de su marido con tal de complacer al hombre que amaba mientras daba rienda suelta a su pasión. Y los dos guardaban con celo su secreto. A María nunca se le ocurrió, aun demostrado ya su talento, reivindicar la autoría de sus obras. Ni siquiera cuando Gregorio se enamoró de una joven actriz, Catalina Bárcena. Un duro golpe para la riojana, que sin embargo acabó aceptando con resignación. Y así, mientras los amantes tonteaban entre bambalinas, ella seguía escribiendo, ahora para los dos: para que su marido se llevara la gloria y su amante se luciera en los escenarios. Es lo que sucedió con la exitosa Canción de cuna, que, con el tiempo, tendría su versión cinematográfica en Hollywood; también José Luis Garci hizo su propia adaptación.
La relación se fue afianzando y Gregorio y Catalina tuvieron una hija. María quiso entonces alejarse de ellos y se marchó llevándose un documento firmado por Gregorio en el que acreditaba la colaboración de la riojana en todas sus obras, para que pudiera cobrar también los derechos. Pero ni siquiera la distancia cambió su relación. María siguió redactando conferencias para él, escribiendo novelas, Tú eres la paz, teatro, Primavera en otoño, e incluso ensayos feministas como Feminismo, feminidad y españolismo y artículos que se publicaron en la sección «La Mujer moderna» de la revista Blanco y Negro. Puso en boca de su marido verdaderos alegatos denunciando la situación de la mujer: «Las mujeres callan por miedo a la violencia del hombre; callan por costumbre de sumisión; callan, en una palabra, porque en fuerza de siglos de esclavitud han llegado a tener alma de esclavas». Y mientras escribía esto, María seguía sumida en el silencio.
Se dice que fue uno de sus libros, Cartas a las mujeres de España, firmado por Gregorio, el que impulsó la fundación del Lyceum diez años después, del que María formó parte hasta 1931, cuando fundó y presidió La Cívica, sociedad dedicada a promover la cultura entre mujeres de clase obrera. Fue tras caer la monarquía cuando María escribió, entre otros libros, La mujer española ante la República y empezó a firmar con su nombre, aunque manteniendo los apellidos de su marido.
Empezaba una nueva etapa política, muy esperanzadora para la mujer, y María se involucró de forma activa. Se incorporó al Patronato de Protección de la Mujer, y más tarde se afilió al PSOE. Se presentó a las elecciones de 1933, las primeras con participación femenina, y fue elegida diputada por Granada. Defendió el voto femenino y reivindicó la igualdad de derechos. Y como vicepresidenta de la Comisión de Instrucción Pública organizó conferencias destinadas a la formación de la mujer. Una feminista convencida que, sin embargo, permanecía escondida como escritora tras la figura de su marido. Su compromiso social la llevó a renunciar a su escaño para echar una mano a los mineros en la Revolución de Asturias y a evacuar a los niños a Bélgica en plena Guerra Civil.
También ella se exilió. Se trasladó a Francia, donde permaneció durante la Segunda Guerra Mundial. Vivía en la miseria, escondida bajo el nombre de Madame Martínez y sobreviviendo a base de bordar zapatillas, a pesar de que la ceguera amenazaba seriamente su vista. Gregorio se había olvidado de ella. Aun así, continuó escribiendo para él hasta su muerte en 1947. Y en ese momento, vio cómo el 50 por ciento de los derechos de sus obras pasaron a manos de su hija.
Lo que estaba claro es que, a partir de entonces, María sería la única dueña de sus nuevas creaciones. O eso creía, porque pronto experimentó un nuevo revés, esta vez por parte de la industria cinematográfica. Mandó a Hollywood, sin éxito, el guion de una comedia para niños, Merlín y Viviana o la gata egoísta y el perro atontado. Poco después, Walt Disney estrenaba La dama y el vagabundo, con un argumento bastante similar. De nuevo parecía que le arrebataban su obra, ahora sin su consentimiento.
Su delicada salud la llevó a vivir los últimos años en Buenos Aires. Allí escribió Una mujer por los caminos de España, obra en la que ahora ella pedía a las mujeres que se rebelaran, que no se callasen. Algo que ella misma acabó haciendo en cierta manera poco después, con la publicación de su autobiografía, Gregorio y yo, en la que dejaba entrever esa renuncia intencionada a su autoría. Consideraba que su obra era como un hijo del matrimonio y por lo tanto era lógico que llevara los apellidos del padre. Nada que echar en cara al que fuera su marido. Ni una crítica, ni un solo reproche.
Mantuvo siempre a salvo su secreto, pero guardó las cartas que le mandó Gregorio suplicándole, en multitud de ocasiones, que siguiera escribiendo para él. Quizás era el único recuerdo que la mantenía cerca del hombre al que amó. O simplemente, su manera de contarle al mundo la verdad: que tras esas exitosas obras de teatro, novelas, libretos, conferencias, artículos y ensayos feministas, se escondía ella, una mujer: María de la O Lejárraga.
CUENTOS, Gianni Rodari
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GIANNI RODARI, Cuentos, Edebé, Barcelona, 2006, 192 páginas.
POR QUÉ LA GENTE SE MUERE Y NO VUELVE A NACER
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POR QUÉ LA GENTE SE MUERE Y NO VUELVE A NACER
Hace mucho, mucho tiempo, la Luna, que muere y renace cada cuatro semanas, le dijo un día a la liebre:
—Ve y anuncíales a los hombres que, así como yo muero y vuelvo a nacer, ellos también morirán y renacerán.
La liebre, sin embargo, al comunicar a la gente el mensaje de la Luna, cayó en una gran confusión. Y esto fue lo que dijo:
—Como yo muero y no vuelvo otra vez a la vida, también vosotros moriréis y no volveréis a nacer.
Cuando la liebre estuvo de vuelta, la Luna le preguntó qué le había dicho a la gente.
—Que como yo muero y no vuelvo otra vez a la vida, también vosotros moriréis y no volveréis a nacer.
—Pero ¿por qué has dicho semejante cosa? —gritó la Luna y, furiosa, le arrojó encima un palo que la golpeó en el hocico y le
partió el labio.
La liebre se escapó y, desde aquel entonces, siempre ha tenido el labio partido que, mira tú por dónde, se llama leporino.
Y los seres humanos, desde aquella época, mueren y no vuelven a nacer.
VAMOS A MÁS, Isaías Griñolo
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ISAÍAS GRIÑOLO, Vamos a más, Ajuntament d'Alfafar, Alfafar, 2004, sin paginar.
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Veintiún meacuerdos de Isaías Griñolo para denunciar el salvaje desafecto con el que, desde la ignorancia y la crueldad, se desconsidera al ser humano.
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Me acuerdo de la Ley de Extranjería y de sus sucesivas modificaciones, de cómo la ley está directamente vinculada con las medidas de seguridad y el blindaje de El Estrecho, y de cómo esto a su vez está vinculado con el incremento de las empresas de Seguridad Privada y de sus beneficios y de la repercusión que está teniendo en la publicidad.
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Me acuerdo de cómo en un anuncio de lámparas, una mujer como mi madre lleva la bolsa de la compra en una mano y en la otra sostiene un bate de béisbol.
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Me acuerdo de la carretera de Mazagón, a la altura de
Las Madres junto a la gasolinera, veo la carretera dias antes del 10 de Junio de 2002 llena de hoinbres con bolsas de plástico, otros con maletas y algunos sin nada, todos iban a encerrarse a la U. Pablo de Olavide, los veo desfilar lentamente por la carretera avanzando y me acuerdo de
La expulsión del Paraíso.
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Me acuerdo de cómo la gente tenía miedo porque sus pueblos estaban llenos de inmigrantes africanos a los que nadie contrataban, se impuso la norma tácita de contratos en origen con países del Este. También me acuerdo del panfleto de Cartaya, veo en todo esto uno de los fantasmas que recorren Europa; de todos, el Miedo es el más peligroso, hace que la multitud salga a la calle con palos, con barras de hierro, con bates de béisbol —aquí que nadie juega— y se lleve por delante a alguien que duerme en una chabola de plástico.
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Me acuerdo de cómo al sentarme un domingo en la terraza de un bar en Mazagón —20 de Abril de 2003—, vi a un grupo de muchachos sentados tomando unas cervezas en la mesa de al lado, uno de ellos llevaba una camiseta con una frase en su espalda, recuerdo que me llamó la atención su tipografía —gótico alemán—, eso hizo que la leyera: Luchando por la nación... contra el moro invasor!!
14/88;
recuerdo cómo la policía pasó por delante de la terraza y se detuvo a multar un coche mal aparcado, quizás el del chico de la camiseta, signos de normalidad diría un amigo.
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Me acuerdo de la madrugada del Jueves Santo —18 Abril de 2003— mientras unos encapuchados sacan la Pasión de Cristo por las calles de Huelva, otros encapuchados agraden a tres marroquíes que dormían entre cartones en la estación de autobuses, uno de ellos MAHAMED Z. de 60 años, muere al día siguiente a causa de los golpes recibidos.
MARAVILLOSOS MUNDOS LITERARIOS, Laura Miller
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LAURA MILLER, Maravillosos mundos literarios, Blume, Barcelona, 2017, 320 páginas.
DELLAS, UN MUNDO FEMENINO [1915]
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Hallará el lector en este magnífico libro subtitulado Un viaje por los principales lugares de ficción jamás creados valiosos ensayos que lo aproximarán a los mundos cerados por la imaginación de Homero, Tomas Moro, Lovecraft, Borges, Neil Gaiman o Bernardo Atxaga.
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DELLAS, UN MUNDO FEMENINO [1915]
El país Deltas, al igual que el mundo perdido de Arthur Conan Doyle, que se había publicado tres años antes, está situado en una meseta inaccesible rodeada por selva. Creado por la escritora, redactora y feminista activista estadounidense Charlotte Perkins Gilman (1860-1935), se trata de una utopía de calma, tolerancia y abundancia, aunque su rasgo distintivo es la población: este lugar de fantasía está habitado solo por mujeres, las cuales se reproducen asexualmente y nunca han entablado contacto con los hombres, al menos hasta la llegada de los tres exploradores varones. Gracias al contraste que hay entre la vida en Dellas y las descripciones que hacen los tres hombres del mundo que han dejado atrás, Gilman logra demostrar la falsedad de los prejuicios masculinos de la época sobre la inteligencia, la aptitud y, dado que se escribió en 1915, cuando la campaña por los derechos de la mujer estaba en su apogeo, la capacidad política de las mujeres. Aún habrían de pasar otros cinco años antes de que la Decimonovena Enmienda de la Constitución de Estaidos Unidos le concediera el sufragio a las mujeres; en el Reino Unido, se les concedió este derecho a las mujeres de más de treinta años en 1918.
Las mujeres con las que se encuentran los exploradores cuando los capturan
tras llegar a Dellas son «tranquilas, graves, sabias, totalmente seguras de sí mismas y determinadas», y todo ello sin las supuestas características «femeninas» que los exploradores esperaban encontrar. Llevan el pelo corto, no les interesan las ropas finas ni la decoración y, aunque les espantan las exhibiciones de violencia, no tienen miedo e imponen su voluntad sobre los intrusos con la fuerza bruta de su gran número (ayudado cuando hace falta por unas dosis de cloroformo hábilmente aplicadas).
Las guerras y los desastres naturales habían acabado con todos los hombres del lugar hacía dos mil años, y la población actual descendía de una única mujer que se había quedado embarazada de forma milagrosa y había dado a luz a cinco hijas. La comunidad con la que se encuentran los exploradores está organizada a modo de una sola y gigantesca familia cuya propiedad es comunal. La autoridad política se aplica sobre la base de la experiencia, la sabiduría y el respeto. Las mujeres, que son vegetarianas, se quedan consternadas por el derroche del mundo que les describen sus invitados.
Dellas se publicó originalmtnte por entregas en la revista Forerunner, editada y redactada por Gilman, que fue una de las principales activistas por la igualdad de la mujer, en especial en el matrimonio. En 1898, había aseverado en su libro Mujeres y economía que las mujeres necesitaban la independencia económica total así como el derecho a votar, y en el estudio de 1903 titulado The Home: its Work and Influence (El hogar: su trabajo e influencia) había llamado ta atención sobre la opresión de las mujeres confinadas al ámbito de lo doméstico.
En Dellas estas injusticias ya no existen; y Van, el narrador, que es uno de los exploradores, se convierte por completo a la filosofía feminista del país. Aunque su colega Jeff acepta la superioridad de la vida de Dellas, su reacción tiene un toque de caballerosidad idealista que parece pasar por alto el atletismo, la fuerza y la resistencia de las mujeres que allí viven. El tercer explorador, Terry, es incapaz de aceptar la idea de que las mujeres se puedan gobernar por sí mismas como los hombres.
La actitud hacia el sexo es un punto clave de la diferencia entre las habitantes de Dellas y los tres exploradores. Las mujeres sostienen que el único valor de las relaciones sexuales es el de la procreación y la transmisión de rasgos personales deseables para fortalecer la comunidad, mientras que para los hombres también son importantes como fuente de placer y de expresión del amor. Los tres contraen matrimonio con habitantes de Dellas animados por estas, ya que creen que, al participar los hombres en la comunidad, la sociedad mejorará, pero Terry, que se tiene por un hombre «dominante», provoca una crisis al intentar imponerse a la fuerza sobre su reacia esposa.
Gilman, cuya vida estuvo marcada por varios brotes depresivos, se suicidó en
1935 tras diagnosticarle un cáncer de mama terminal. Hubieron de pasar cuarenta y cuatro años antes de que, en 1979, Dellas se publicara en forma de libro, aunque gracias a su tranquila e insistente ironía, hoy en día se considera una temprana e influyente visión feminista de un mundo pacifico y tolerante.
UN MUNDO DE MUJERES EXTRAORDINARIAS, Eva Prada
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EVA PRADA, Un mundo de mujeres extraordinarias, Algar, Alzira, 2018, 82 páginas.
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Eva Prada ilustra estas semblanzas de mujeres de todos los tiempos que llenaron, con su valentía y arrojo, la vida de los otros.
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LAS HERMANAS TOUZA
¿Sabías que tres hermanas de Ribadavia, en el interior de Galicia, no tejos de Portugal, salvaron a cientos de judíos durante la Segunda Guerra Mundial? A pesar de ser una historia impresionante, se trata de un episodio casi desconocido hasta ahora. Lola, Amparo y Julia Touza organizaron una red para salvar a judíos de la persecución nazi desde su quiosco de Ribadavia, situado frente a la vía del tren. Gracias a este medio de comunicación, las hermanas establecieron un sistema que permitió que cientos de judíos dejaran Europa y huyeran de tos territorios ocupados por los nazis o gobernados por sus aliados (como era el caso de España). Las tres se jugaron la vida, y, probablemente por eso, decidieron guardar silencio sobre su gran acto de solidaridad. Al cabo de muchos años,de manera casual, se supo que estas tres gallegas habían sido unas mujeres extraordinarias. Diferentes libros y una película devolverán al presente este ejemplo de coraje, imaginación y empatía.
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