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CONTAR ES ESCUCHAR, Ursula K. Le Guin

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URSULA K. LE GUIN, Contar es escuchar. Sobre la escritura, la lectura, la imaginación, Círculo de Tiza, Alcobendas, 2018, páginas. Traducción de Martín Schifino.
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SER TOMADA POR GRANITO

   A veces me toman por granito. A todos nos toman por granito alguna vez, pero no estoy de humor para ser justa con los demás. Estoy de humor para ser justa conmigo. Me toman por granito bastante a menudo, y me molesta y me aflige, porque no soy granito. No estoy segura de qué soy, pero granito sé que no. He conocido a algunas personas de granito, como todos: con un carácter de piedra, rectas, inamovibles, inmutables, con opiniones del tamaño y la forma de las Montañas Rocosas, cantera que hay que excavar durante cinco años para extraer una sola sonrisita pétrea. Eso está bien, es admirable, pero no tiene nada que ver conmigo. Lo recto está bien, pero yo soy más bien retorcida.
   No soy granito, y no debería tomárseme por tal. No soy sílex ni diamante ni ninguna de esas estupendas materias duras. Si soy piedra, soy una clase de piedra de pacotilla y quebradiza como la arenisca o la serpentina, o quizá el esquisto. O ni siquiera roca sino arcilla, o ni siquiera arcilla sino barro. Y ojalá los que me toman por granito me tratasen de vez en cuando como al barro.
   El barro es realmente muy distinto del granito, y debería tratarse de otro modo. El barro se queda en su sitio, húmedo y denso y pringoso y productivo. El barro está bajo los pies. La gente deja huellas en el barro. Como barro acepto los pies. Acepto el peso. Trato de dar apoyo, me gusta ser acomodaticia. Los que me toman por granito dicen que no es así, pero no han prestado atención a dónde ponían los pies. Por eso la casa está toda sucia y llena de pisadas.
   El granito no acepta las huellas. Las rechaza. El granito crea pináculos, y luego la gente se ata con cuerdas y pone clavos en sus zapatos y escala los pináculos con mucho esfuerzo, costes y riesgos, y quizá sienten una gran emoción, pero el granito no. No se produce nada en absoluto, y nada en absoluto cambia.
   Cosas enormes y pesadas vienen y se instalan sobre el granito y el granito simplemente se queda en su sitio sin reaccionar ni ceder ni adaptarse ni ser complaciente, y cuando las cosas enormes y pesadas se mandan mudar el granito sigue en su sitio igual que antes, exactamente igual, admirablemente. Para alterar el granito hay que hacerlo estallar.
   Pero cuando la gente camina por encima de mí se ve exactamente dónde han puesto los pies, y cuando vienen y se instalan encima de mí cedo y reacciono y respondo y dejo pasar y me adapto y acepto. No se precisan explosivos. Tengo mi propia naturaleza y le soy fiel tanto como el granito o incluso el diamante lo son a la suya, pero la mía no es dura, ni recta, ni parecida a una gema. No se fragmenta. Es muy impresionable. Es blandengue.
   Tal vez la gente que se ata con cuerdas y las cosas enormes y pesadas no se llevan bien con un suelo tan adapta-ble e incierto porque las hace sentirse inseguras. Tal vez tienen miedo de ser chupadas y tragadas. Pero a mí no me interesa chupar, y no tengo hambre. Solo soy barro. Cedo. Trato de acomodarme. Y así, cuando la gente y las cosas enormes y pesadas se marchan, no han cambiado, salvo porque tienen barro en los pies, pero yo sí he cambiado. Sigo aquí y sigo siendo barro, pero estoy llena de pisadas y huecos hondos y huellas y alteraciones. Me han cambiado. Tú me cambias. No me tomes por granito.

LEER ES UN RIESGO, Alfonso Berardinelli

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ALFONSO BERARDINELLI, Leer es un riesgo, Círculo de Tiza, Madrid, 2016, 252 páginas.

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En Un francotirdor de la crítica (pp. 13-17) Salvador Cobo recuerda el lugar que, según Berardinelli, ha de ocupar el crítico «al margen de partidos políticos, la industria cultural, modas intelectuales, instituciones o departamentos universitarios».  
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¿SOMOS TODOS POETAS? LA DERIVA DEMAGÓGICO-POPULISTA SOBRE LA POESÍA

   «La poesía está viva, ¡que viva la poesía!». De tal guisa sonaba el pasado domingo, en el suplemento literario del Corriere della Sera, el jovial grito dominical con el que había sido titulado un extenso artículo de Paolo di Stefano. El tranquilizador mensaje (golosinas lanzadas al pueblo de los poetas) se especificaba en el subtítulo: el número y la calidad de los poetas contradicen a los catastrofistas, hay «editores heroicos, los espacios están a salvo, los versos encuentran lectores, pero se ha perdido el diálogo entre las generaciones de escritores». 
   Es decir, primero una mentira afable y acto seguido una sencilla verdad: entre los abundantes y diligentes poetas de hoy y los escasos poetas de ayer «se ha perdido el diálogo», o lo que es lo mismo, que la continuidad se ha interrumpido y que lo que hoy llamamos poesía, en la mayor parte de los casos, tiene poco que ver con lo que ayer se entendía por poesía. ¿Ha habido acaso una radical revolución formal? ¿Como aquella que, un siglo atrás, alejara la poesía del siglo XX de la del siglo precedente? No, no ha habido revolución formal, sino más bien una revolución social: el pueblo ha tomado el poder poético. ¡Hurra! Todos somos libres de crear, de expresarnos y de publicar. Además del derecho a tener derecho a ser considerados poetas si lo deseamos con mucha fuerza, si estamos firmemente convencidos de serlo. Sentirse poeta y conseguir que te publiquen equivale al derecho a ser considerado poeta, «independientemente» de lo que hayamos escrito. Todo aquel que tenga algo que objetar a lo sustancial (la calidad, el valor o el interés de los poemas) es un catastrofista.
   En política el populismo tiene sus contraindicaciones, porque da coba a los deseos y los sueños de la mayoría. No obstante, tiene razón de ser en todo sistema democrático en que el poder, en teoría, pertenezca al pueblo. El populismo poético, en cambio, es meramente ridículo. Merecería una sátira surrealista (¡Ay, si los surrealistas aún existiesen!), o una escena de teatro del absurdo, en la que un único e inocente lector se viera perseguido por veinte poetas reivindicando el derecho a que los lea... En la poesía, como en todos los rincones de la sociedad, a día de hoy está vigente una paradoja: la pretensión de pertenecer a un club exclusivo que, sin embargo, abre sus puertas a todo el mundo.
    Nicola Crocetti, editor de la revista Poesía, se pregunta cómo distinguir los «valores auténticos» en los «centenares de libros que se publican». Un señor problema. Es más, el único problema. Pero todo el mundo puede comprobar cómo prácticamente no hay un solo crítico que sea capaz de ponerse de acuerdo con otro, aunque solo sea para dar los nombres de los diez poetas más fiables. Si unos dan cincuenta y cuatro nombres, otros sesenta y cuatro, y otros ciento diez, reina la confusión, pero también hace que se tambalee la demagogia poético-populista, porque el pueblo de los poetas excluidos de elencos tan generosos es al menos igual de amplio que el de los incluidos.
  En cuanto a la legibilidad de los poetas, no habría que pasarse de listo. Se puede ser gramaticalmente muy claro y, sin embargo, ser ilegible, en el sentido de que, después de leerlo, la lectura haya resultado inútil. En la actualidad el número de poetas claros ha aumentado. Se leen sus poemas y no es que no se entiendan: lo que no se entiende es por qué se dice de esa manera lo que se dice, puesto que nada más leerlos, a uno le entran ganas de decirlo de otra manera, o incluso de no decirlo. La ilegibilidad es esto.

¿DÓNDE VAMOS A BAILAR ESTA NOCHE?, Javier Aznar

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JAVIER AZNAR, ¿Dónde vamos a bailar esta noche?, Círculo de Tiza, Madrid, 2017 (2015), 288 páginas.

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En el prólogo El veraneo del alma (pp. 11-12) David Gistau dice: «Resulta obvio al leer estas estampas suyas vitales, ligeras, sofisticadas, urbanas y bien vestidas» que Javier Aznar «todavía vive en estado de veraneo».
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TOSTADAS

   A veces me acuerdo. Nadando en la piscina. Viendo la vida pasar en un atasco. Mientras espero en algún bar a que un amigo vuelva con la segunda ronda. O en el andén del metro. 
   Es un fogonazo que apenas dura unos segundos. Un flash. Un latigazo. Pero tiene efecto retardado, similar al de esas bombas que llevan enterradas en alguna playa de Normandía desde la Segunda Guerra Mundial. 
   Y me acuerdo. De todo. Nítidamente. De su camiseta. De la silla metálica del jardín pintada de verde. Del tintineo acompasado de sus pulseras y de su napia de tucán. Del olor. Del olor de todo. Del olor a leña y a hierba mojada. Y me acuerdo de su té. Y de mi disco de Enrique Urquijo sonando lejos en la cocina. Y de las revistas sobre la mesa. 
   Pero, sobre todo, me acuerdo de sus tostadas.
   Raspaba ligeramente la superficie quemada con un cuchillo de plata algo gastada. Ras, ras. Luego lo hundía en la mantequilla, que esparcía con mucha delicadeza por la tostada, dejando que se deslizara por encima como haría una patinadora sobre hielo. Y cubría las esquinas. Daba muchísima importancia a las esquinas. Porque «la gente siempre se olvida de las pobres esquinas». Tal era su concentración y su perfeccionismo que, momentos, parecía que me encontrara desayunando con un francotirador de los SEAL que poniendo a punto su rifle de mira telescópica.
   A continuación, abría el frasco de la mermelada —poniendo una cara de sobreesfuerzo propia de una levantadora de peso búlgara— y remataba el proceso con una capa de mermelada de naranja.
   Finalmente, echaba un último vistazo a su creación desde distintas perspectivas. Y solo cuando quedaba satisfecha con su obra, solo cuando era digna de ser presentada a un certamen de miss tostada del año, solo en ese momento, sonreía. Y entonces me daba la tostada. Y continuaba leyendo despreocupada su revista, dando pequeños sorbas a su té.
   Ahora solo desayuno un café con leche. Pero en ocasiones veo tostadas.
   ¿Es grave, doctor?