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LAS LEYENDAS TRADICIONALES GALLEGAS, Leandro Carré Alvarellos

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LEANDRO CARRÉ ALVARELLOS, Las leyendas tradicionales gallegas, Espasa-Calpe, Madrid, 1977, 304 páginas.

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Carré Alvarellos señala en el amplio estudio que precede a la colección: «La tradición de Merlín, el milagro del Cebreiro, la leyenda de la torre de Breogán y el descubrimiento de Irlanda por los gallegos, que allí llevaron la piedra de los reyes, sobre la que todavía son coronados los soberanos de Inglaterra siguiendo antiquísima tradición, prueban evidentemente que la cultura de Galicia era de tipo céltico».
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EL SANTO GRIAL DEL CEBREIRO

   En las altas cumbres de la sierra, en el Cebreiro, provincia de Lugo, frontera con León, hay una aldea, Pedrafita, compuesta por un pequeño grupo de pallozas: casas de planta baja, muy primitivas, de paredes de cachotería (o sea, piedras sin labrar, unidas con barro), de forma redondeada, y cubiertas de colmo, junco o paja gruesa cosida en fajas superpuestas. Por allí pasaba el camino francés de las peregrinaciones a Santiago; y como aquel lugar era muy difícil de subir por lo abrupto y costanero y más fatigoso por el frío de las nieves que lo cubren buena parte del año, dícese que San Giraldo, conde de Aurillac, hizo construir allí un hospital y una iglesia para que pudieran reposar y confortarse, corporal y espiritualmente, los peregrinos que de ello hubieran menester.
   Aconteció, allá por el año 1300, que un cura de la parroquia empezó a pensar en cómo era posible que la santísima hostia, pequeña hoja redonda de pan, y el vino de misar pudieran convertirse en carne y sangre de Jesús Dios al tiempo de la consagración, cumplida simplemente por un hombre mortal y pecador como era él.
   La duda mordía con frecuencia el corazón del sacerdote: la duda amargaba las horas solitarias de sus noches de insomnio.
   —Oh, Dios! —murmuraba el cura afligido—. La fe se debilita en mí. Mi ser enflaquece y mi cerebro estalla, pero no veo claro este misterio. ¿Unas leves cruces trazadas en el aire por mi mano y unas pocas palabras murmuradas por mi boca, no siempre limpia y pura, cómo pueden hacer tal milagro?
   Había un vecino de la parroquia que vivía a una media legua de Pedrafita y era tan devoto de la santa misa, que por ninguna cosa, ni aun por las tormentas o nevadas más fuertes, dejaba de acercarse allí para oír su misa.
   Un domingo estaba el cura celebrando el santo sacrificio. Nadie más estaba en la iglesia, porque la turbulenta cellista de aquel día era tal, que causaba pavor. Tenía ya consagrada la hostia y el cáliz, cuando oyó el ruido de alguien que entró apresuradamente en la iglesia.
   El sacerdote lo miró con sorpresa y, asombrado, murmuró: «¡Pobre hombre, venir con este tiempo de tan lejos, fatigosamente y exponiéndose a morir en el camino, sólo para postrarse ante un poco de pan y vino!»
   Pero entonces sintió un estremecimiento extraño. Miró para la patena y vio, horrorizado, cómo la blanca rodajita de blanco pan enrojecía, convirtiéndose en sangrante carne que parecía recién cortada de un cuerpo vivo; y el vino del cáliz se espesaba, adquiriendo un tono más bermejo, a sangre.
   El mísero cura cayó de rodillas al pie del altar y luego se desplomó sobre las gradas, desvanecido. El hombre que había llegado en aquel momento corrió el altar y trató de incorporar al sacerdote. Estaba muerto.
   Las reliquias de este milagro se conservan en dos ampollas de vidrio y plata en la iglesia de Pedrafita del Cebreiro.

KWAIDAN, Lafcadio Hearn

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LAFCADIO HEARN, Kwaidan (Cuentos fantásticos del Japón), Espasa-Calpe, Madrid, 1962 (1941), 166 páginas.

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A través de estos cuentos populares, el estudioso orientalista Lafcadio Hearn nos lleva a asomarnos al "mundo japonés, haciéndonos conocer sus hermosas leyendas e interpretándolas con palabras y conceptos de emotividad occidental, único medio de que pudiéramos admirar tan grandes bellezas". Frente a otras ediciones más recientes, esta traducción de Pablo Inesta destaca por incluir también los "Estudios de los insectos", centrados en mariposas, mosquitos y hormigas desde una perspectiva tanto biológica como literaria.

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UBAZAKURA

   Trescientos años atrás, en la villa de Asamimura, del distrito Onsengōri, provincia de Iyō, vivió un gran hombre llamado Tokubei. Era la persona más rica del pueblo, y ejercía de muraosa (autoridad mayor). En casi todos los asuntos fue bastante afortunado; pero llegó a los cuarenta años de edad y aún no había conocido la dicha de ser padre. Tanto él como su esposa, en su inmensa aflicción por la falta de hijos que los heredasen, dirigieron muchas plegarias a la divinidad Fudō Myō O, que tenía un famoso templo, llamado Saihōji, en Asamimura.
    Hasta que, al fin, el dios escuchó sus ruegos, y la esposa de Tokubei dio a luz una hermosa niña. Le pusieron de nombre O-Tsuyu. Los senos de la madre no producían la leche necesaria para criar a la niña, y además no era de buena calidad. Y hubieron de tomar una nodriza, llamada O-Sodé.

   O-Tsuyu llegó a ser de una belleza extraordinaria. A los quince años cayó enferma.  Y los médicos dijeron que no tenía salvación. Aquel mismo día, O-Sodé, que amaba a O-Tsuyu con verdadero cariño maternal, fue al templo Saihōji y rogó con gran fervor a Fudō-Sama para que devolviera la salud a la niña. Durante veintiún días suplicó por ella sin cesar. Al cabo de este tiempo O-Tsuyu recobró instantáneamente la salud.
   Con tan fausto motivo hubo grandes fiestas en casa de Tokubei, quien, para celebrar el suceso, dio un espléndido banquete a todos sus amigos. Pero en la noche del banquete cayó enferma O-Sodé. Avisaron al doctor, y éste, a la mañana siguiente, dijo que la nodriza se moría sin remedio.
   Entonces, la familia de O-Tsuyu se reunió en torno a la enferma,  para recibir su última despedida. A todos los dominaba una gran angustia. Pero ella habló con mucha serenidad y les dijo:
   —Ya es tiempo de que les diga algo que ustedes ignoran. Mis plegarias fueron oídas. Yo supliqué a Fudō-Sama que me permitiera morir en lugar de O-Tsuyu, y este gran favor va a serme concedido. Por esta causa no deben apenarse ni llorar mi muerte... Mas he de hacerles un ruego: yo prometí a Fudō-Sama que plantaría un cerezo en el jardín del Saihōji en acción de gracias y para conmemorar el hecho. Como ahora yo no podré llevar acabo el ofrecimiento, les suplico que lo hagan por mí para que el voto no quede incumplido... Adiós, ¡queridos amigos, adiós!..., y no olviden que soy muy feliz muriendo por O-Tsuyu...

   Después de los funerales de O-Sodé, los padres de O-Tsuyu plantaron en el jardín de Saihōji el cerezo más hermoso que pudo encontrarse. El árbol crecía y crecía. Y cuando llegó el día 16 del segundo mes del año siguiente (aniversario de la muerte de O-Sodé) floreció de una manera asombrosa. Y así continuó floreciendo por espacio de doscientos cincuenta y cuatro años, siempre en el mismo mes y en aquel día. Y sus flores, blancas y rosas, eran lo mismo que los pezones de los senos femeninos cuando están rociados de leche.
   La gente bautizó al árbol con el nombre de Ubazakura: “el cerezo de la nodriza”.

40 HISTORIAS DE BOLSILLO, Luigi Malerba

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LUIGI MALERBA, 40 historias de bolsillo, Espasa Calpe, Madrid, 1986, 149 páginas.

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Editadas por Enaudi en 1984, las 40 historias de bolsillo, traducidas por Elena del Amo cuentan con ilustraciones de Emilio Urberuaga.
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EL CHIQUITÍN

   A través de las paredes acolchadas llegaban ruidos, regañinas, lamentos y alguna que otra carcajada. Las paredes amortiguaban los ruidos, las aguas los reflejaban y creaban alegres efectos de eco en los que aparecían vocales, sílabas, silbidos, consonantes simples y dobles, diptongos, balbuceos, gorjeos y otros sonidos. El chiquitín estaba allí acurrucado al calor y dormitaba de la mañana a la noche sin preocupaciones, sin problemas. No sólo no se consideraba preparado para salir al mundo, sino que, por el contrario, había decidido que permanecería en su refugio el mayor tiempo posible.
   Las noticias que llegaban de fuera no eran nada buenas: frío en las casas porque faltaba el gas-oil, muchas horas a oscuras porque faltaba la electricidad, largas caminatas porque faltaba la gasolina. También faltaba la carne, el papel, el cáñamo, el carbón; faltaba la lana, la leche, el trabajo, la leña; faltaba el pan, la paz, la nata, la pasta; faltaba la sal, el jabón, el sueño, el salami. En resumen, faltaba casi todo e incluso un poco más. El chiquitín no tenía ningunas ganas de salir y de encontrarse en un mundo en el que solamente abundaba la catástrofe y el hambre, la especulación y los disparates, las tasas y las toses, las estafas y las contiendas, la censura y la impostura, la burocracia y la melancolía, el trabajo negro y las muertes blancas, las Brigadas Rojas y las tramas negras.
   “¿Quién va a obligarme a entrar en un mundo así? -se dijo el chiquitín-. Yo de aquí no me muevo, estoy muy a gusto, nado un rato, me doy la vuelta de vez en cuando y luego me adormezco. Hasta que no cambien las cosas yo de aquí no me muevo”, se dijo para sí. Pero no sabía que no era él quien debía decidir.
   Un día, mientras estaba dormitando como de costumbre, oyó un gran gorgoteo, extraños movimientos y crujidos, después un motor que silbaba, una sirena que pitaba, una voz que se quejaba. ¿Qué estaba ocurriendo? El chiquitín se acurrucó en su refugio, intentó agarrarse a las paredes porque notaba que se escurría hacia abajo y no tenía ningunas ganas de ir a un lugar del que había oído cosas tan terribles. Intentaba estar quieto y, en cambio, se movía, resbalaba. De repente notó que una mano robusta le cogía de los pies y tiraba, tiraba. Al llegar a cierto punto ya no entendió nada más; se encontró bajo una luz deslumbrante y tuvo que cerrar los ojos. Movió los brazos como para nadar, pero a su alrededor estaba el vacío, el aire, la nada, sólo dos manos que le sujetaban con fuerza por los pies, con la cabeza hacia abajo.
   “Pero ¿qué quieren de mí? -se preguntó el chiquitín-. ¡Qué maleducados! ¡Me tienen cogido como un pollo!”. De pronto le dieron dos azotes en el trasero desnudo. “Pero ¿qué mal os he hecho? ¿Por qué os metéis conmigo?”. Se puso a gritar con todas sus fuerzas. Quería protestar, aclarar la situación, contestar, criticar, pero de su boca sólo salieron dos vocales y dos signos de admiración. A su alrededor oyó voces de gente que parecía contenta, quién sabe por qué. Él, no, no estaba nada, nada, nada contento.


CUENTOS PARA LEER EN INVIERNO, Ánxel Fole

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ÁNXEL FOLE, Cuentos para leer en invierno, Espasa-Calpe, Madrid, 1986, 272 páginas.

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Además de realizar un repaso a la trayectoria literaria del autor gallego, Juan Soto, en su prólogo, ofrece un resumen de cada uno de los cuentos incluidos en esta antología, principalmente recogidos de Á lus do candil (1953) y Terra brava (1955).

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ANTÓN DE CIDRÁN

   Aunque les parezca mentira, el señor de Sabarei hablaba muchas veces conmigo, mano a mano, como si fuera mi igual. Era el hombre más cumplido del mundo. Me contó esto en Lugo, en una tasca de la Mosquera. Le gustaba mucho andar por las tascas, por muy bien trajeado que fuese. Muy plantado él, robusto y sanguíneo. Siempre venía a Lugo montado en un caballo blanco.
   Antón de Cidrán era un labrador de O Páramo que también trataba en maderas. El señor de Sabarei me dijo que era un hombre muy echado para adelante y que se arreglaba muy bien en su casa.
   Una vez vino a Lugo con su compadre Pedro. Vinieron los dos a caballo. Era por San Froilán y el tiempo estaba muy húmedo. Todavía no se había hecho el ferial que hay hoy. Ya sabéis que todos los labradores en tres leguas a la redonda van a Lugo por las fiestas de San Froilán. Aunque no vayan a comprar ni vender. Tan sólo por ver los fuegos y por comer el pulpo. Pero ellos habían ido a Lugo para rematar un contrato de traviesas para la vía del tren.
   Por la mañana habían hecho el contrato. Los dos estaban muy contentos, pues les quedaban libres más de siete mil reales. Se llevaban muy bien y hacía buenos negocios. Nunca habían reñido por sus asuntos. Eran hombres muy cabales, y no andaban uno ni otro con dimes y diretes, ni con bobadas. Tanto cuesta, tanto te doy. Compraron algunas cosas para las mujeres y se fueron a comer el pulpo a una taberna de la calle del Miño. Comieron y bebieron de buten, como dos curas. Y después se fueron al café Español y tomaron sus cafés y sus copas. Y otra vez a dar una vuelta por la feria para ver las barracas.
   Como las cosas les habían ido bien también había que merendar. Dejaron las caballerías en casa Cosme, en la misma plaza de la feria, que se llamaba la plazuela da Herba. Nadie como Cosme para preparar en seguida una merienda. ¡Y qué buen vino de Chantada tenía! Allí estuvieron otro buen rato bebiendo y charlando... El caso es que cuando llegaron a Canturín ya era noche cerrada.
   Camina que te camina, pronto llegaron a Paradela. Antón le proponía a su compañero que compraran una serrería que se vendía en la Puebla. Pedro le decía que era mejor tomar en aparcería el molino de Moscán. ¿Por qué no la serrería y el molino? Ganarían mucho más, que es de lo que se trataba. Los dos veían llover onzas del cielo.
   Tenían que atravesar la campa de Juan de la Cruz, ya que habían decidido dejar la carretera e ir por el atajo para estar más pronto en casa. Aquella campa es muy grande. Allí se remansa mucho el agua por el tiempo de las lluvias de otoño.
   Pedro le hablaba a Antón de los buenos duros que iban a ganar con el molino y la aparcería. El vino le hacía ver todo muy fácil. Ya estaban frente a la campa. Su compañero no le contestaba. Le tuvo que gritar:
   —¿Qué te pasa, hombre, que no dices nada?
   —Para —le respondió Antón.
   Pedro le notó algo muy raro en la voz. Como si tuviese miedo, vamos.
   Tiró de las riendas a la mula y le preguntó:
   —¿Acaso nos salen al camino? Llevo un buen revólver en la culera del pantalón.
   —¿No ves unas luces frente a nosotros, por la campa adelante? —le dijo a su compañero—. Por entre los robles llevan una caja de muerto en un carro.
   —Yo no veo luces ni nada —le contestó Pedro—. Ya te dije que no bebiéramos tanto. Tú tuviste la culpa.
   —Juraría que vi un entierro —le dijo Antón—. Ahora ya no veo nada. Aunque me diesen cuanto vale el mundo, no atravesaría la campa. Vamos por el camino de la Encomienda, aunque tengamos que dar un rodeo.
   Y diciendo esto, metió espuelas. Su compañero tuvo que seguirlo. Una hora después lo dejaba en casa.
   Al día siguiente Antón fue a varear castañas por la mañana temprano. Cuando estaba en la cima del castaño resbaló y se cayó. Debajo había un carro lleno de erizos. Se clavó uno de los teleras por la barriga y la punta le salió por la espalda. Lo llevaron a casa. Pero ya llegó muerto.
   Todo aquel día había llovido a mares. La campa de Juan de la Cruz estaba en el camino del cementerio. Se había inundado. Tuvieron que llevar la caja en un carro de bueyes.
   Es bien cierto que quien ve su entierro en vida ya está con un pie en el otro mundo.

AFORISMOS DEL SOLITARIO, José Camón Aznar

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JOSÉ CAMÓN AZNAR, Aforismos del solitario, Espasa-Calpe, Madrid, 1982, 144 páginas.

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En el Prólogo de Francisco José León Tello (pp. 7-22), que repasa la trayectoria bibliográfica del escritor, se destaca de estos aforismos su "concisión expresiva de las ideas: son como relámpagos esclarecedores e instantáneos que dejan tras de sí una cola de meditación. Ninguno de ellos termina en sí mismo. Y es esta trascendencia la mayor muestra de su espléndida significación".

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Un prejuicio es un pequeño atasco que impide que corra el agua de la verdad.
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¿Cuándo una obra es perfecta? Cuando la comienza el hombre y la termina el tiempo.
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La curiosidad, como la mariposa, se posa sobre instantes.
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La admiración es el amor desde la base de una montaña.
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La felicidad está a la vuelta de la esquina que no doblamos nunca.
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Lo terrible de la mentira no es que sea una falsedad. Es que es la verdad del mentiroso.
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El sol, cuando ya no calienta, deslumbra.
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La eternidad es la idea platónica del tiempo.
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No hay espada corta con un paso adelante.