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CANTOS AL CAMINO, Isabel Alamar

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ISABEL ALAMAR, Cantos al camino, Playa de Ákaba, Madrid, 2017, 92 páginas.

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Tarde invernal
a solas con mis recuerdos
apresuro el paso

EN POCAS PALABRAS, Manuel Casal

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MANUEL CASAL, En pocas palabras. Aforismos, Playa de Ákaba, 2016, 112 páginas.
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Hay que saber amar, como hay que saber hacer el pan, apreciar el vino, cuidar de las plantas o educar a los hijos.
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Hacer algo sin saber no es más que fabricar un disparate o una tragedia.
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El baile es una forma creativa de materializar visiblemente el sonido de la música.
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La elegancia no es ninguna pose, sino la expresión honesta de una manera de entender la vida.
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Hay unos raros momentos en los que la línea recta y la línea curva se encuentran y comienzan a danzar juntas. Unas veces la curva se desliza sobre la recta y otras veces es al revés. Son capaces, entonces, de crear una belleza sublime.
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La línea curva es capaz de abrazar aquello que se encuentra. La línea recta, en cambio, siempre pasa de largo.
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Quisieron ser todos diferentes, pero lo intentaron de maneras tan similares que terminaron siendo muy parecidos.
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Todos los minutos tienen sesenta segundos, pero no duran lo mismo para todas las personas.
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Lo malo de la soledad no es que no nos quiera nadie, sino que no tenemos a nadie a quien querer.

EL CORRIDO DE WASHINGTON JARAMILLO, Juan Manuel Sánchez Moreno

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JUAN MANUEL SÁNCHEZ MORENO, El corrido de Washington Jaramillo, Playa de Ákaba, Madrid, 2016, 160 páginas.
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EL AMOR DE WASHINGTON JARAMILLO POR EL PLANETA EN EL QUE VIVIRÍA HASTA LA MUERTE

   Vaciar las papeleras no es la tarea con la que sueñan los niños, pero alguien tenía que ocuparse, y fue entonces cuando Jaramillo quiso ahorrarle al mundo otra cicatriz. Mientras ordenaba los papeles tirados, observó que todos estaban más arrugados que de costumbre, lo que, además de darle más trabajo que habitualmente, le hizo pensar que había sido una jornada de enormes decepciones, y se dijo que la frustración era mayor cuanta más esperanza se había depositado en esos boletos sin premio.
   Aunque eso le llevara unas horas robadas a su descanso, decidió alisar uno a uno los décimos, de modo que así ocuparan menos espacio. Sin saberlo, a cada pasada de su mano por el papel, el planeta le agradecía esas inesperadas caricias.