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ENTRE LÍNEAS: EL CUENTO O LA VIDA, Luis Landero

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LUIS LANDERO, Entre líneas: el cuento o la vida, Tusquets, Barcelona, 2001, 168 páginas.

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Las secuencias pares de esta narración admiten ser leídas como relatos independientes.
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SOBRE LA BREVEDAD

   Pero tampoco hay que fiarse mucho de la brevedad. Contra la brevedad convendría recordar que, en una guerra, un soldado encontró en la mochila de un cadáver dos libros, a saber: El viaje al centro de la fábula, de Augusto Monterroso, y El conde de Montecristo. Como llevarse los dos le pareció ya rapiña, y por no agravar la soledad del muerto, decidió apoderarse sólo de uno. Tras muchas dudas, y por ir más ligero de equipaje, eligió el de Monterroso. Lo acomodó bajo la guerrera y, andando que te andarás, continuó su camino. Y he aquí que, más allá, siente un golpe en el pecho. Da un traspiés, suspira, se desploma: una bala perdida lo ha acertado de lleno. En el último instante saca el libro y observa que la bala lo ha atravesado limpiamente desde el copyright hasta el código de barras, y que además le ha llegado hasta el centro mismo del corazón. Viaje al centro del corazón, es el sarcasmo que se le ocurre antes de morir, y aún alcanza a pensar que si hubiese elegido el de de Dumas a estas horas estaría vivo, y que su mala suerte se debe exclusivamente a la excesiva concisión del autor.
   He aquí uno de los peligros de la brevedad.
   Claro que, de haber tenido tiempo para más sarcasmos, también la víctima podría haber pensado que quizá casi todas las novelas extensas son en el fondo breves, e incluso brevísimas, por la sencilla razón de que casi nadie las lee. Allí donde las balas se equivocan, la sociología no yerra: si uno compra una novela de quinientas páginas y lee sólo treinta, para ese lector la novela constará exactamente de treinta páginas. Lo que ocurre es que, para muchos, los libros voluminosos ofrecen al menos dos ventajas: una, que al ser caros, el prestigio y el placer del consumo son también mayores; y otra, que al ser muy extensos, el comprador compra de paso una coartada para no leerlos. Pero con los libros breves no hay escapatoria. Quien adquiere un libro breve contrae de rebote el engorro de tener que leerlo.
   A mí, particularmente, hay muchos libros breves que me han engañado muchas veces, y así, por ejemplo, hubo un tiempo en que lograron convencerme de que tenían sólo por ejemplo cien páginas. A la cuarta vez que los leí, me di cuenta, sin embargo, de que encubrían cuatrocientas, y como todavía no he acabado releerlos, resulta que el autor me ha vendido como prosa breve lo que en realidad es un libro poco menos que interminable. Pero la verdadera brevedad es saber callar cuando no hay nada que decir. Esto es muy difícil ¡Con qué coraje escribía Kafka en sus Diarios el día 22 de septiembre de 1917: «Nada»! Y, sin embargo, Kafka, y en definitiva cualquiera, podía haber llenado una hoja de ocurrencias pasajeras. No es difícil escribir algo cuando se tiene oficio y un poquito de orgullo. Ese «nada» de Kafka, ¡qué extraña flor resulta!, ¡cuántas lluvias y soles habrá necesitado para florecer en el baldío! ¡Qué lección literaria! Porque detrás de «nada» esta la convicción de que no se puede decir cualquier cosa sino algo que se desea con una intensidad excluyente: algo esencial, y que no admite sucedáneos. Algo muy concreto y muy perseguido y anhelado, y por eso es tan difícil atreverse a esa última resignación de decir «nada».

69 / MODELO PARA AMAR, Julián López-Carrillo

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JULIÁN LÓPEZ-CARRILLO, 69 / Modelo para amar, DVD / Actual Eterno, Barcelona, 2001, 224 páginas.

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Eduardo Moga anota en el Prólogo (pp. 7-11): «La creación poética exige un uso cristalino del lenguaje, ya sea éste hermético o figurativo; es decir, un nombrar que purifique, que devuelva las cosas —sublimes o intestinales— a su centro y desollado ser. Los poemas de López-Carrillo logran este objetivo». López-Carrillo compone con estos poemas visuales un ejercicio de permutaciones.
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PALABRAS DE VIDA Y PALABRAS DE MUERTE EN EL ANTIGUO DAHOMEY, Gbeme-ho, Kutome-ho

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GBEME-HO, KUTOME-HO, Palabras de vida y palabras de muerte en el antiguo Dahomey, Edhasa, Barcelona, 2001, 160 páginas. Edición de Manuel Serrat Crespo.
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El ojo que no ha sido arrancado podrá ver muchas cosas.
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Aunque su aliento sea fétido, el hombre sigue tragando saliva.
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También mañana existe.
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El hombre puede cambiar de lengua pero no de mejilla.
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No corráis detrás de la felicidad. La tenéis a vuestra espalda.
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Sólo tienes la palabra que te imponen.
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No es posible ocultar la herida que se lleva en el rostro.
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La paciencia es el talismán de la vida.
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Una buena acción nunca se pierde.
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Mientras no se haya muerto, todo es posible.

VIAJES Y VIAJEROS, Virginia Woolf

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VIRGINIA WOOLF, Viajes y viajeros, Plaza y Janés, Barcelona, 2001, 204 páginas.

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Marta Pesarrodona en La otra Virginia Woolf recuerda que la obra de Woolf no gozó de una buena difusión en vida. Recoge este volumen ensayos dedicados al viaje.
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VIAJES POR ESPAÑA (1905)

   Antes de emprender un viaje, el tema de qué guía elegir surge por sí solo de forma natural. Lo que necesitas no es, en conjunto, algo sencillo y, aunque muchas manifiestan que van a suministrártelo, pocas encuentras, cuando se las pone a prueba, que lo consigan. Una Baedeker te asegura el hotel y el monto de la propina que se espera que des al camarero, pero nadie sospecha de una Baedeker que sea un crítico de arte. El asterisco con el que te dirige hacia el mejor cuadro y las alabanzas que señala que debes invertir, parecen una solución demasiado simple a las dificultades de la crítica. Aunque la consultes subrepticiamente, a menudo acabas dependiendo sólo de ella. Como generaciones de viajeros agradecidos pueden atestiguarlo, se trata de una necesidad, aunque apenas de un lujo. Nadie piensa en leerla por placer, porque quizá sea el más impersonal de los libros, e incluso a los turistas les gusta que los traten como a seres humanos. Proporciona datos en abundancia, pero espera que el lector saque sus propias conclusiones. Así, cuando el viajero acaba por escoger se encuentra con que las guías se dividen en dos clases, y ninguna de ellas le procura de forma total y compacta lo que él quiere. Libros de la clase que tenemos ante nosotros rechazan, si no desprecian, el nombre de guía. Cuando Sterne se inventó el título de «Viaje sentimental», no que creó un tipo de libro que parece ser más popular cuanto más viajamos y más sentimentales acabamos siendo. Su intención es procurar lo que Baedeker ignora; pero como su intención es más ambiciosa, así su éxito rara vez es tan completo. Los viajes sentimentales que lo consiguen se encuentran entre los libros más deliciosos de la lengua; Sterne lo consiguió, y también Borrow, y lord Dufferin, y Mr. Henry James. Pero la lista, si contamos a los rivales, no es muy larga. Los suyos son libros que podemos leer casi con el mismo placer en el país del que hablan que sentados a miles de kilómetros sin ninguna perspectiva de ver nunca tal lugar, excepto con la imaginación. Deben su éxito no sólo a la rareza de las cosas que vieron o a las aventuras con que toparon en el viaje, sino a su facultad de ver e interpretar esa visión para los otros. Un libro de semejantes características es tanto una guía de la mente del hombre que lo escribió como lo es de cualquier región determinada de la superficie de la tierra. Al mismo tiempo, se mantiene el equilibrio; no se permite que el sentimiento reemplace al hecho, aunque lo coloree profundamente. La Biblia en España, por ejemplo, es tanto un claro retrato de Borrow como de España, pero resultaría difícil decir dónde acaba España y dónde empieza Borrow. Una amalgama de esta guisa reclama un raro genio literario, y no es una dura crítica a los escritores que nos precedieron si decimos que el secreto no es suyo.
   El señor Thirlmere nos ofrece dos sustanciosos volúmenes de Letters of Catalonia, en los que hay considerablemente más información sobre el señor Thirlmere que sobre Cataluña. Deducimos que Cataluña es un lugar que, como muchos otros, posee crepúsculos y estrellas y mosquitos y catedrales. El senor Thirlmere tiene muchas cosas agradables que decir sobre todos estos temas, y dan lugar a reflexiones que nos llevan en muchas direcciones que no figuran en el mapa de España. El sentimiento es totalmente desproporcionado respecto del viaje. Sin embargo, es justo admitir que se nos advierte previamente de que se tratarán muchos temas, «tales como crepúsculos, el ingenio de los campesinos, Alemania, política, y así sucesivamente»; y cuando llega a la página ochocientas, el señor Thirlmere se sorprende ingenuamente al comprobar que raramente le ha parecido necesario aludir a Cataluña. En consecuencia, el libro consiste en una variada colección de meditaciones, datos y opiniones personales que esconden detrás de un velo movedizo cualquier posible perfil definitivo de Cataluña. El viajero aún precisará de su Murray, pero los dos grandes volúmenes, aunque no reclaman nada en especial de los viajeros, puede leerlos con agrado cualquiera a quien le guste la lectura ligera de carácter variado. El valor del libro aumenta gracias a muchas reproducciones excelentes de pinturas y fotografías de España, destacando en este aspecto los dibujos de Mr. Frank Brangwyn.
   El volumen de Mr. Somerset Maugham, The Land of the Blessed Virgin, es delgado y reticente. En él se escribe sobre Andalucía y, por decirlo de alguna manera, se hace una versión cuidadosa del país. El autor selecciona ciertas escenas que han quedado en su pensamiento como típicas e ilustrativas del país que tan bien conoce, y que no son necesariamente las que prescribe una guía. En su obra también prepondera el elemento personal: en más de un caso se contenta con dejar que surja una impresión, como una relación permanente que fue coloreada por hechos de significado puramente personal. Pero posee un dominio total de su pluma, y aquí y allí consigue imágenes que son auténticas en sí mismas y, no obstante, sólo podía haberlas visto una persona. «¡Ay, las cosas bonitas que yo he visto y que otros hombres no han visto!», exclama, y tiene un sincero deseo de encontrar la palabra justa para la belleza que él sinceramente quiere y que, en consecuencia, le interesa más que toda peculiaridad del individuo que la observa. Por lo tanto, su libro, aun cuando el deseo esté más allá del poder de satisfacerlo, es valioso tanto para el viajero como para el lector que sigue en la butaca de su estudio.

TURURÚ...Y OTRAS PORFÍAS, Andrés Trapiello

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ANDRÉS TRAPIELLO, Tururú... y otras porfías, Península, Barcelona, 2001, 172 páginas.

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En el Tiernas estampitas de color sepia (pp. 13-15) Trapiello sostiene que «lo único importante en literatura no es que ésta hable o no de la realidad, sino que salga verdadera». 
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LA ATLÁNTIDA

   Durante la guerra civil española, en la que todos les pedían a los escritores un compromiso con la causa popular, Juan Ramón Jiménez no se cansó de repetir que el único compromiso del escritor era hacia su obra, que tarde o temprano acabaría llegándole al pueblo para su mejor provecho. Y eso era así, porque en una guerra uno ha de dar lo más valioso de sí mismo, el soldado el valor, el político la responsabilidad y la honradez y el poeta, su poesía. No entendía que el político se pusiera a escribir discursos poéticos ni que el soldado quisiera hacer política ni tampoco que el poeta empezara a escribir versos políticos o bélicos.
   Juan Ramón Jiménez se exilió en las primeras semanas de guerra porque su vida corrió serio peligro entre las mismas gentes a las que defendía (abrió incluso con sus propios recursos pisos de acogida para niños sin amparo), siguió escribiendo de rosas, de atardeceres, pájaros, primaveras, estrellas de oro y de todas esas cosas que suelen poner nerviosos a los intelectuales comprometidos y a los políticos, pero lo cierto fue que «pese a todo», o sea, a su fe inquebrantable en la belleza (a la que muchos suponen, no se sabe por qué razón, sin seso, caprichosa, alocada, como una putilla de las que salen por la noche a hacer la ronda), «pese a todo», Juan Ramón nunca quiso volver a la España de aquellos que atacaron con las armas la ética y la estética al mismo tiempo, suprimiéndolas, o intentándolo al menos, de la vida española.
   Cada vez que estalla una nueva guerra deberíamos acordarnos del consejo juanramoniano: política, pero en las rosas.
   La poesía de Juan Ramón, sus rosas puras y renovadas, sus atardeceres únicos, dorados, irrepetibles, los más dulces pájaros, todas las primaveras y todas sus estrellas de oro fueron represaliadas de forma despiadada durante años, una vez más por nuevos intelectuales comprometidos que llegaron incluso a mofarse de aquella superioridad natural suya y a atacarle por donde menos se podía pensar: llamándole señorito de pueblo, a él, loco, pobre y errante durante los últimos veinte años de su vida, los peores, los de la vejez, la enfermedad, la soledad y la muerte.
   Las imágenes de kosovares, locos, pobres y errantes como el propio Juan Ramón se multiplican y acumulan. Vienen acompañadas ya de un sordo zumbido, de un siniestro aleo, quién sabe si de las brujas de Macbeth o de moscas obstinadas y sepulcrales, aquellas de las que decía precisamente Shakespeare que su mayor obscenidad hacía que llegasen a este mundo copulando. Los únicos que pueden decir, pues, si esta guerra es o no justa serían todos aquellos en los que más se ha ensañado. Lo preguntaban las lágrimas de aquel viejo que acababa de perder su casa, su país y a sus cinco hijos: «Nos echaron a la fuerza. Sólo volveremos a la fuerza. Si nos quitan la guerra, ¿qué nos queda?».
   A ellos, sí, les queda aún lo más amargo de una guerra, recuerdos y ausencias. Podrían repetir como el poeta Vallejo: Kosovo, aparta de mí este cáliz, pero saben que lo deberán apurar. A nosotros también nos ayudan algunas cosas de valor, junto a lo doloroso de las imágenes: del propio Juan Ramón nos ha llegado un libro hermosísimo, sus últimos poemas, Lírica de una Atlántida, editada hace unos días por el Círculo de Lectores tal y como a él le hubiera gustado, tanto como le gustaban los libros bien hechos. Con eso estuvo él comprometido, y así nos llega ahora, cincuenta años después, una Atlántida emergente, casi una Arcadia, patria también de esos pobres kosovares que tanto se parecen a nuestros padres en 1936 y en 1939, y que esperan de cada uno de nosotros lo mejor nuestro, las rosas o el valor, y no otra cosa, y hoy esta Atlántida en la que todos viviremos un día.

EL PABELLÓN DE AZOGUE, El Roto

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EL ROTO, El pabellón de azogue, Círculo de Lectores, Barcelona, 2001, 96 páginas.

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En Contemplar es completar (pp. 5-10), la entrevista que Andrés Rábago concede al editor, Felipe Hernández Cava, El Roto declara: «La libertad consiste justamente en que uno se mueva a sus anchas y en las direcciones que le interesan, y no en crear anclajes sobre cosas.
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AYUDA HUMANITARIA

MIL AÑOS DE CUENTOS. MITOLOGÍA,

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Mil años de cuentos. Mitología, Edelvives, Zaragoza, 2001, 384 páginas.

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Organizado en seis bloques (la creación del mundo, mitos sobre los orígenes, mitos osbre el amor, astucias y peleas de héroes, tretas y peleas de dioses y el reino de los muertos), contiene relatos de diversas mitologías (adaptados para nuevos lectores) con ilustraciones de Sourine. 
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UN VIENTO ABRASADOR SOBRE El HIELO

   En el principio, todo era un abismo sin fondo que se extendía entre el Norte, el país de los hielos y las tinieblas eternas, y el Sur, el país del fuego. Los ríos que corrían desde el Sur hacia el país de los hielos fueron llenando poco a poco el abismo. Los vientos abrasadores del Sur acabaron por encontrarse con las nieves del Norte y, como consecuencia, el hielo se transformó en gotas de agua que cada vez fueron más abundantes. Estas gotas de agua fría, fecundadas por el calor, produjeron el gigante Ymir. Su parte cálida transpiraba mientras dormía y las gotas de sudor generaron otros gigantes, machos y hembras.
   
   Los gigantes no estuvieron solos durante mucho tiempo, pues otra forma de vida había nacido del hielo fecundado por el viento del Sur: era la vaca Odimla, y de sus ubres brotaron cuatro ríos de leche que nutrieron a los gigantes. Incluso la vaca se alimentó con leche helada que tenía un sabor salado.
   La noche del primer día en que la vaca echó leche al hielo, apareció la cabellera de un ser con forma humana; al día siguiente, la cabeza del hombre emergió del hielo y, el tercer día, salió el cuerpo entero.
   Este ser nacido del hielo no era de la estirpe de los gigantes nacidos del sudor de Ymir. Y sin embargo, tuvo un hijo. Desde su más tierna infancia, este hijo dio muestras de un valor excepcional y de poseer grandes cualidades. Los gigantes le aceptaron y le dieron a una de sus hijas por esposa. De esta unión nacieron los primeros dioses y, concretamente, Odín.
   Pero de todas maneras, pasado un tiempo, la guerra entre los dioses y los gigantes explotó. Odín y sus compañeros mataron a Ymir. La sangre que salió de su inmenso cuerpo se precipitó hacia el abismo original, lo inundó por completo y los gigantes se ahogaron. De este océano de muere sólo consiguió escapar uno con su mujer. Esta pareja engendró otros gigantes que más adelante lucharían de nuevo contra los dioses.
   Mientras tanto, fueron los únicos amos del mundo, ¡pero menudo mundo! Por un lado, frío desolador y, por otro, fuego abrasador... Los dioses, entonces, tomaron el cuerpo de Ymir y lo pusieron en medio del abismo: de su carne surgió la tierra; de su sangre, el mar y los lagos; de sus huesos, las montañas, y de sus dientes, las piedras. Sus cabellos dieron lugar a los bosques. Con su cráneo, los dioses hicieron el cielo en el que colgaron las estrellas que sacaron de las chispas del fuego del Sur y las fijaron en la bóveda celeste para que iluminaran al mundo; la más grande y brillante se convirtió en el sol. Desde entonces existe el día y la noche. Sacaron también el cerebro de Ymir y lo lanzaron al aire y así se formaron las nubes. Con las cejas del gigante hicieron una muralla para proteger su territorio. Por fin, el universo estaba en orden y la casa de los dioses perfectamente delimitada.
   Cuando querían distraerse, los dioses bajaban a darse un paseo por la tierra. Y como estaba debajo de su morada, construyeron el arco iris, un puente gigantesco entre el cielo y la tierra. Pero su trabajo no había terminado todavía: les faltaban los seres humanos. Hasta ahora sólo vivían en la tierra los enanos, una estirpe de seres pequeños que salieron de la carne de Ymir como los gusanos surgen de un cuerpo en descomposición. Criaturas de las sombras, pasan la mayor parte del tiempo construyendo galerías subterráneas y forjando metales.
   Un día, tres dioses estaban paseando por la orilla del mar. Se trataba de Odín, Hoenir y Lodur. Vieron dos tocones de madera y decidieron crear con ellos a los seres humanos. Odín les dio el hálito vital, Hoenir, el movimiento y Lodur, la facultad del hablar, oír y ver. Los vistieron y después les pusieron nombre, al hombre le llamaron Ask y a la mujer, Embla. Y la descendencia de esta pareja pobló completamente la tierra.


VOCES ABANDONADAS, Antonio Porchia

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ANTONIO PORCHIA, Voces abandonadas, Pre-Textos, Valencia, 2001 (1992), 106 páginas.

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Laura Cerrato, responsable de la edición y el Prefacio (pp. 9-16), señala que Porchia «restituye al aforismo su exacta dimensión de aforismo, su identidad que no consiste en una mera enunciación abreviada, sino que responde a leyes propias en esa necesidad de proveer a la lectura múltiple, que hace del aforismo un género poético irreductible a otras formad del discurso». 
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Si no existiese lo breve, no existirían las flores.
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El engaño me engaña cuando no sabe engañarme.
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Cuando algún dardo es lanzada para herirme, se encuentra con la herida hecha y... no puede herirme.
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Por salvar lo que hemos sido, nunca llegamos a ser lo que somos.
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Mis pasados hoy despiertan todavía, pero mis hoy, no despiertan más.
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Al río del llanto no lo ves, porque le falta una lágrim tuya.
***
En el recuerdo de nuestras cosas, nuestras cosas son como una vaso de agua en un mar de agua.
***
Cuando me parece que todo está sin mí, ¡qué extraordinario me parece todo!


GLORIERÍAS (PARA QUE OS ENTERÉIS), Gloria Fuertes

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GLORIA FUERTES, Glorierías (para que os enteréis), Torremozas, Madrid, 2001, 160 páginas.

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Presumid de no presumir.
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Hay que humanizar a la humanidad.
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La patria no es una bandera
ni una pistola.
La patria es un niño que nos mira.
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La vejez es la niñez de la muerte.
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Escribir poesía 
es una manera de rezar.
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Los pulmones 
de los fumadores
llevan vida de perros
y ladran por las noches.
***
Para saber de mí
tenéis que ir a mis raíces
y mis raíces están arriba.
***
Nunca nos morimos la víspera.

MÁS CUENTOS INFANTILES POLÍTICAMENTE CORRECTOS, James Finn Garner

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JAMES FINN GARNER, Más cuentos infantiles políticamente correctos, Circe, Barcelona, 2001, 134 páginas.

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En la Introducción (pp. 9-12) que precede a su segunda entrega el autor se disculpa por el éxito obtenido.
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LA CIGARRA Y LA HORMIGA

   En el mundo de los antiguos griegos, la agricultura se encontraba aún en avanzado estado de precariedad. Los ecosistemas rurales eran variopintos y saludables, y abundaban en plantas indígenas de granja y prósperas colonias de insectos que compartían su espacio con los cultivos domésticos. Como resultado, las cosechas de trigo y de uvas se hallaban repletas de una numerosa variedad de insectos vigorosos, optimistas y comedidos. De todos ellos, la más laboriosa era la hormiga. Durante todo el verano, trabajaba bajo el ardiente sol, almacenando semillas y grano como reserva “para el largo invierno.
   En el mismo campo vivía una cigarra de vida notablemente libre de preocupaciones, ya que hacía tiempo que había rechazado el codicioso concepto burgués del «éxito». Para la cigarra, la existencia ideal consistía en disfrutar de la naturaleza de un modo desestructurado y lúdicamente experimental, y con frecuencia aprovechaba su generosidad para pasar la mayor parte del día durmiendo. En otras ocasiones, cantaba alegremente en la pradera, rassss, rassss, rassss, perpetuando así la rica tradición oral de su especie.
   Tal actitud alternativa no pasó desapercibida para la hormiga mientras se afanaba bajo el calor y el polvo. Ésta, cada vez que veía a la cigarra disfrutando de la vida a su modo, sentía estrecharse con fuerza cada orificio de su exoesqueleto.
   —Fíjate en esa cigarra —mascullaba la hormiga para sus adentros—. Todo el día repantigada sobre su abdomen, cantando esas malditas canciones. ¿Cuándo piensa mostrar algún sentido de la responsabilidad? Calificarla de sanguijuela equivaldría a insultar a las laboriosas lombrices segmentadas que pueblan el país. Se limita a vigilarme y a aguardar la ocasión de asaltarme y arrebatarme todo aquello para lo que tan duramente he trabajado. Así funciona esta filiforme.
   La cigarra, por su parte, observaba igualmente a la hormiga, si bien bajo una línea de pensamiento totalmente distinta.
   —Fíjate en la hormiga —meditaba—. Trabaja sin cesar para acumular su pequeña reserva de grano. ¿Y para qué? Si tan sólo se limitara a adoptar una actitud más próxima al Zen… Quizá comprendería que para la piedra un grano de trigo es lo mismo que ciento, y que la lluvia nunca se preocupa por su caligrafía.
   Así transcurrió el verano. La hormiga, quintaesencia de una personalidad del tipo «A», trabajó frenéticamente día tras día, pero su actitud egoísta y socialmente irresponsable terminó por cobrarse su precio: se le declaró una úlcera péptica, tuvo algún que otro susto provocado por dolores de tórax y perdió la mayor parte del cabello. A mediados de septiembre, su esposa la abandonó y se llevó consigo a las pupas, pero ella apenas lo advirtió. Se hallaba hasta tal punto obsesionada con su almacén de grano que llegó al extremo de instalar en torno a su montículo un complicado sistema de seguridad dotado de cámaras de vídeo y detectores de movimiento destinados a sorprender la presencia de cualquier posible ladrón.
   Entre siesta y siesta, la cigarra observaba todo aquello con despreocupada curiosidad. Asimismo, estudiaba hatba-yoga, recorría la zona en busca del mejor café capuchino, aprendía a tocar la guitarra (en realidad, una única canción: un cuasi blues de inspiración propia limitado a tres notas) y, en general, salía por ahí cuanto podía. Intentaba mantener su estilo de vida centrado en el ocio y adaptado al paso de las estaciones. Proyectaba viajar a Australia para practicar el surf tan pronto como el tiempo se tornara menos clemente.
   Pero, aquel año, el invierno llegó con demasiada anticipación (o el verano no alcanzó su duración habitual, dependiendo de la orientación climática de cada uno), por lo que los campos no tardaron en verse yermos. La desdichada cigarra, víctima del capricho de las alteraciones meteorológicas, brincaba por el campo en busca de cualquier forma de sustento.
   Habría aceptado con gusto una migaja, una cáscara, un trozo de tofu… pero no lograba hallar nada comestible.
  La cigarra no tardó en avistar a la hormiga, que arrastraba ávidamente tras de sí un tallo de maíz. El hambre que experimentaba le hizo olvidar su orgullo y se aproximó a ella, dispuesta a rogarle que le permitiera compartir parte de su inmensa reserva. La hormiga, sin embargo, prorrumpió en gritos tan pronto como divisó a la cigarra.
   —¡Aaaahhhhhh! ¿Qué quieres? ¿Qué estás haciendo aquí? Pretendes arrebatarme mi maíz, ¿no es cierto? ¡Sé muy bien que has estado planeando robarme algún día cuanto poseo! ¡Todas las de tu género sois iguales!
La cigarra intentó interrumpirla, pero la hormiga prosiguió su diatriba:
   —¡No digas nada! ¡No intentes convencerme con tus artimañas, tus lacrimosas historias y tus vacuas promesas! ¡He trabajado duramente para conseguir lo que tengo, por más que tal actitud no esté bien vista en determinados círculos!
   Repuso cortésmente la cigarra:
   —Sin embargo, Hermana Hormiga, no cabe duda de que posees más de lo que jamás podrías consumir.
   —Eso es asunto mío —dijo la hormiga—, y aquí no vivimos en ningún estado socialista chupasangres… ¡por ahora! ¡Ponte al día, saltamontes! El único lugar en el que el éxito viene antes que el trabajo es en el diccionario.
   —Verás, yo tenía pensado marcharme a Australia, pero el tiempo, no sé, ha cambiado, y el alimento ha desaparecido…
   —Así funciona el libre mercado, colega. Que te sirva de lección.
   —Perdóname, Hermana Hormiga, pero siento que es mi obligación decirte que opino que deberías practicar más el karma. El aura que desprendes está llena de una energía negativa que nada te costaría convertir en positiva sin tan sólo…
   —Escucha, si lo que pretendes es ponerte mística conmigo, dime: ¿Sabes qué ruido produce un bicho al morirse de hambre? ¡Ja, ja!
   De pronto, el sonido de un carraspeo interrumpió la estéril discusión entre la cigarra y la hormiga. Al volverse, vieron a una corpulenta mantis cuyo tamaño sobrepasaba el de ellas dos juntas. (Aquella mantis había sido en otros tiempos religiosa, si bien había visto prohibidas sus prácticas por una orden judicial. A pesar de ello, su carácter aún conservaba un aspecto profundamente espiritual.) La cigarra y la hormiga se asustaron, no por el tamaño de la mantis —muy superior a la media—, sino por su actitud franca y pragmática. Iba vestida con un traje gris de poliéster y unos zapatos marrones con borlas, y en las patas delanteras llevaba un portafolios, una bolsa de papel de estraza con su almuerzo y una calculadora.
   —¿La hormiga, por favor? —inquirió la mantis, aunque sabía perfectamente cuál de las dos era aquella a la que estaba buscando—. Señora Hormiga, vengo a realizar una auditoría.
   Con aquellas siete palabras ominosas cambia el curso de nuestro relato. Omitiremos los detalles de la operación, el rechazo de los cargos presentados, el juicio, la apelación y el intento de la hormiga por huir en un vuelo con destino a las islas Caimán: baste decir que el codicioso insecto, tras su ingreso en el sistema correccional, vio su despensa confiscada y puesta al servicio de otros intereses comunitarios más responsables. La cigarra, entretanto, puso en práctica un programa para jóvenes insectos locales interesados en realizar intercambios culturales con países de clima más cálido. De este modo, gracias a la redistribución estatal de las rentas (y a la fortuna de la hormiga), la cigarra se dedica desde entonces a organizar excursiones de surf.

CUENTOS INFANTILES POLÍTICAMENTE CORRECTOS, James Finn Garner

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JAMES FINN GARNER, Cuentos infantiles políticamente correctos, Circe, Barcelona, 2001, 150 páginas.
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En la Introducción (pp. 9-11) el autor confiesa su propósito de cumplir con la obligación «de replantearnos estos cuentos "clásicos" de tal modo que reflejen la ilustración de la época en que vivios».
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LOS TRES CERDITOS

   Había una vez tres cerditos que vivían juntos en armonía y mutuo respeto con el entorno que les rodeaba. Sirviéndose de los materiales propios de la zona que habitaban, se construyeron cada uno una hermosa casa. Un cerdito se la construyó de paja, otro de madera y el último de ladrillos fabricados a base de estiércol, arcilla y zarcillos y posteriormente cocidos en un pequeño horno. Al terminar, los tres cerditos se sintieron satisfechos de su labor y siguieron viviendo en paz e independencia.
   Pero su idílica existencia no tardó en verse desbaratada. Un día, pasó por allí un enorme lobo malo con ideas expansionistas. Al ver a los cerditos, se sintió sumamente hambriento, tanto desde un punto de vista físico como ideológico. Cuando los cerditos vieron al lobo, se refugiaron en la casa de paja. El lobo corrió hasta ella y golpeó la puerta con los nudillos, gritando:
   —¡Cerditos, cerditos, dejadme entrar!
   Pero los cerditos respondieron:
   —Tus tácticas de bandidaje no te servirán para amedrentar a unos cerditos empeñados en la defensa de su hogar y su cultura.
   Pero el lobo se negaba a renunciar a lo que consideraba su destino ineludible. En consecuencia, sopló y sopló hasta derribar la casa de paja. Los cerditos, atemorizados, corrieron a la casa de madera con el lobo pisándoles los talones. El solar en el que se había alzado la casa de paja fue adquirido por otros lobos para organizar una plantación bananera.
   Al llegar a la casa de madera, el lobo volvió a golpear la puerta y gritó:
   —¡Cerditos, cerditos, dejadme entrar!
   Pero los cerditos gritaron a su vez:
   —¡Vete al infierno, condenado tirano carnívoro e imperialista!
   Al oír aquello, el lobo se rió condescendientemente para sus adentros. Pensó para sí: «Va a ser una lástima que tengan que desaparecer, pero no se puede interrumpir la marcha del progreso.»
   A continuación, sopló y sopló hasta derribar la casa de madera. Los cerditos huyeron a la casa de ladrillo con el lobo pisándoles nuevamente los talones. Al solar que había ocupado la casa de madera acudieron otros lobos y fundaron una urbanización de recreo en multipropiedad destinada a lobos en período de vacaciones, diseñando cada unidad como una reconstrucción en fibra de vidrio de la antigua casa de madera e instalando tiendas de recuerdos típicos de la localidad, clubes de submarinismo y delfinarios.
   El lobo llegó a la casa de ladrillos y, una vez más, comenzó a aporrear la puerta, gritando:
   —¡Cerditos, cerditos, dejadme entrar!
   Esta vez, y a modo de respuesta, los cerditos entonaron cánticos de solidaridad y escribieron cartas de protesta a las Naciones Unidas.
   Para entonces, al lobo comenzaba a irritarle la obcecación de los cerditos en su negativa a contemplar la situación desde una perspectiva carnívora, por lo que sopló y resopló y volvió a soplar hasta que, de repente, se aferró el pecho con las manos y se desplomó muerto como consecuencia de un infarto producido por el exceso de alimentos ricos en grasas.
   Los tres cerditos celebraron el triunfo de la justicia y realizaron una breve danza en torno al cadáver del lobo. Su siguiente paso consistió en liberar sus tierras. Reunieron a un ejército de cerditos que se habían visto igualmente expulsados de sus propiedades y, con su nueva brigada de porcinistas, atacaron la urbanización con ametralladoras y lanzacohetes y dieron muerte a los crueles opresores lobunos, transmitiendo con ello un mensaje inequívoco al resto del hemisferio de no entrometerse en sus asuntos internos. A continuación, los cerditos fundaron un modelo de democracia socialista dotado de educación gratuita, un sistema universal de seguridad social y viviendas asequibles para todos.

Nota del autor: El lobo de este relato representa una imagen metafórica. Ningún lobo real ha sufrido daño alguno durante la redacción de esta historia.


CON OJOS Y ALAS, Ana María Monty de Kiorcheff

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ANA MARÍA MOPTY DE KIORCHEFF, Con ojos y alas, Universidad Nacional de Tucumán, San Miguel de Tucumán, 2001, 92 páginas.

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SUEÑO

   Cada noche fabrico, como puedo, un ala azul y le preparo un viaje al lugar que más desee. Le exijo a su regreso: alegrías de otras tierras, brisa del río y un canto para mi otra mitad sin alas.

LA PROSA DEL BASTARDO, José Viñals

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JOSÉ VIÑALS, La prosa del bastardo, Montesinos, Barcelona, 2001, 110 páginas.

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RES NON VERBA

   Pasemos a otro asunto: ¿Son reales las vacas? Yo las encuentro inconsistentes, a punto de evanescencia, Tenazmente he buscado sus sombras; no tienen sombra; vale decir, no tienen cuerpo. ¡Imaginarias creaturas, dadoras de leche fantasmal! Adoro ver cómo se dibujan y desdibujan con las luces del día. Sus excrementos verdes y viscosos son asimismo puro ectoplasma, quintaesencia de la fantasía. El que afirme que ha visto una vaca es un asqueroso fullero. Imágenes de vacas si, vacas concretas no. Chesterton que les vio el alma, dice que era toda roja. ¿Y tú qué miras con esos ojos de vaca desdichada? Si con esos ojos miras la realidad todo lo hallarás posible, hasta el invierno, que es una completa ficción del clima, y aun hasta Dios, que es una incompleta ficción de la Historia.

UNA MUJER, Péter Esterházy

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PÉTER ESTERHÁZY, Una mujer, Alfaguara, Madrid, 2001, 200 páginas.

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El escritor húngaro compone un catálogo de noventa y siete mujeres que alternan el amor y el odio.
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UNA MUJER [16]

   Hay una mujer. Me odia. Rompe conmigo una y otra vez. Me manda a paseo. Me tira a la basura, como si fuera un limón exprimido. De una manera inteligente, lógica e irrefutable me explica por qué tenemos que dejarlo. Por qué se ha acabado ya. Estamos siempre ocupados, ella y yo, así que estos diálogos, estos actos normalmente se desarrollan en la cama. Por decirlo así, yo me dejo convencer por sus argumentos. Yo, por mi parte, no veo nada terrible en el hecho de que nuestros cuerpos no se encandilen, porque aun a desgana se engastan piezas bonitas. A mí, me gusta incluso estar simplemente acostado a su lado, dejando reposar mi mano en su regazo. Ella no se refiere a eso, se refiere a todo en general, mientras que yo siempre hablo de los detalles, y los detalles, por su naturaleza, siempre están bien, de una forma fragmentada, pero no en su totalidad. «Hemos estado lamentables», así suele empezar. A lo que yo le levanto un poco los muslos. Que por otra parte son largos. «Ha sido tan bonito durante tantos años», me dice. Yo no digo nada, simplemente la vuelvo hacia mí, vuelvo sus pechos hacia mí. «No estaría mal dejar a un lado todos esos pensamientos oscuros sobre la plenitud, y ocuparnos tan sólo de la carne, de los huesos, de los tendones.» Que ella no está hablando de eso, sino de algo inevitable; de que todo parezca absurdo, peor que aburrido, peor que cotidiano, o sea, peor que un cliché.
   «¡No me siento realizada en la cama!»
   A lo que la quito de encima de mí, con sus pechos y con todo, dejo mis órganos al descubierto, entre ellos mi cola: «¡Aquí estoy!, ¡hola!». No dice nada. «Si me abandonas, te mataré», le digo, y aprieto su cabeza contra la almohada. «Esa frase está muy bien, suele funcionar —dice gimiendo—, pero de una manera absurda, aunque me fueras a matar, sería sólo como si lo imaginaras». «A lo mejor te vas a enfadar con lo que te voy a decir: perdóname», le respondo. «No hay por qué», me dice.

RELATOS MEXICANOS POSMODERNOS, Lauro Zavala

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LAURO ZAVALA, Relatos mexicanos posmodernos, Alfaguara, México, 2001, 136 páginas.


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Lauro Zavala reúne 23 relatos breves marcados por la propuesta de "un universo ficcional lo suficientemente irónico y fragmentario, preciso y a la vez indeterminado", que permita al lector el privilegio de "la interpretación de sus múltiples dimensiones".

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ROCÍO BAILA

Olga baila en la ventana...
Salomón Villaseñor Otero

   Rocío baila bajo la tela frágil de su vestido negro una danza de certezas que obliga a su cuerpo a formar constantes símbolos inéditos del transcurrir; los puntos blancos del vestido en la noche ajena y en la de Rocío son un delicado, frívolo, ágil, decadente, fugitivo cosmos que dibuja los femeninos malabares de sus brazos, las bondadosas contorsiones de la cintura y los gestos dolorosos y cálidos de su faz.
   Crean en el aire de sombras una mágica sucesión de esculturas móviles, configuraciones cambiantes del erotismo.
   Rocío baila en el borde de esta noche, sus muslos morenos penetran y abandonan la penumbra; a momentos son parte de la oscuridad y la traicionan luego para ser ellos la noche misma, las firmes y ligeras piernas de la noche.
   Rocío baila en el fin de los giros oscuros y sobre el piso sus pies delinean novedosos signos del zodiaco.

Guillermo Samperio

SOMBRAS DE LUNA, Fernando Menéndez

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FERNANDO MENÉNDEZ, Sombras de luna, Llibros del Pexe, Xixón, 2001, 70 páginas.

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Otra mañana
Se pega a mi cristal
Y yo te espero.

A CAPPELLA, Ian Crofton & Donald Fraser

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IAN CROFTON & DONALD FRASER, A cappella, Ma non troppo, Barcelona, 2001, 336 páginas.

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En el Prefacio (pp. 13-14)  loa autores explican la estructura de la obra: más de tres mil citas organizadas alfabéticamente en temas y autores.
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No puedes enseñar a componer a un compositor joven, como no puedes enseñar a crecer a una planta delicada, pero puedes guiarle un poco poniéndole un palo aquí y otro allá.
Frederik Delius
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La música es el ojo del oído.
Thomas Draxe
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Sólo conozco dos tipos de público: el que tose y el que no tose.
Artur Schnabel
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Ningún argumento de una buena ópera puede ser sensato, puesto que la gente no canta cuando desborda sensatez.
W.H. Auden
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La música es el lenguaje universal de la humanidad.
Christopher North
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Los cisnes cantan antes de morir. No estaría mal que ciertas personas murieran antes de cantar.
Samuel Taylor Coleridge
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La música nació libre, y ganarse su libertad es su destino.
Ferruccio Busoni


CUENTOS PARA CONTAR EN 1 MINUTO, Victoria Bermejo & Miguel Gallardo

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VICTORIA BERMEJO & MIGUEL GALLARDO, Cuentos para contar en 1 minuto, RBA, Barcelona, 2001, 98 páginas.

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Cada uno de los relatos de Bermejo están acompañados por unos cuantos dibujos de Gallardo.
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EL NIÑO QUE NO SOÑABA

   Dos niños estaban hablando apasionadamente en el recreo. Uno, Ignacio, le decía al otro: «Es imposible que no hayas soñado nunca». Ramón contestaba: «En la vida. Nunca he tenido ni el mas mínimo sueño, es que no sé lo que es eso». Ignacio le explicaba lo divertido que es soñar, él había soñado que era un guerrero tipo Asterix que ganaba una batalla repartiendo nubes de caramelo, porque todos se despistaban y preferían comer chuches que darse con la lanza... Otro día había soñado que volaba y que se paseaba por sitios increíbles. Desde arriba iba viendo a chinos recolectando arroz, a animales peleándose en la selva, el rodaje de una película de Will Smith..., en fin, que era apasionante.
   Ramón le preguntó qué podría hacer para soñar, si se le ocurría alguna idea.
  Ignacio empezó a consultar en su archivo mental y de repente encontró algo interesante, había oído que sí comes aceitunas sueñas más y así se lo dijo a Ramón.
   Llegó la noche y, como Ramón se había olvidado de preguntar cuántas tenía que comer, se comió cinco aceitunas y se puso a dor­mir. Al tener tantas ganas de dormirse, no podía pegar ojo de los nervios. Al final se durmió y, al despertarse, al abrir los ojos, se dio cuenta que recordaba que había soñado toda la noche con una esco­ba, una triste escoba solitaria en un rincón.
   —Vaya —dijo a Ignacio—, tanta historia para soñar con una humilde escoba...
   —¿Cómo eran las aceitunas? —le preguntó Ignacio.
   —Verdes.
   —Pues no, tienen que ser negras y tómate más: diez o quince.
   Y así lo hizo Ramón. Se metió en la cama y la verdad es que se durmió enseguida. Y empezó a soñar en películas, él era Batman o Indiana Jones. Pasaba de una a otra y hablaba perfectamente inglés, y mira que despierto sólo sabía decir hello y goodbye.
   Se lo contó a Ignacio enseguida:
   —¿Ves?, han sido las aceitunas...
   —Sí, pero me molesta una cosa: aunque haya soñado con pelícu­las modernas, en mi sueño todo pasaba en blanco y negro... ¿tú cómo sueñas, en blanco y negro o en color?
   —¡Ah, amigo!, ésta es la pregunta del millón, no se sabe o depende.
   Ramón lleva tiempo investigando el tema. Y yo os propongo un juego, preguntad a vuestros amigos primero si sueñan y después cómo sueñan, si en colorines o en blanco y negro.


EL ESPEJO DE LAS IDEAS, Michel Tournier

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MICHEL TOURNIER, El espejo de las ideas, Acantilado, Barcelona, 2001, 240 páginas.

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En la introducción el autor desvela su proyecto: presentar, siguiendo un esquema binario, cien conceptos clave para entender el pensamiento humano.
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LA PALABRA Y LA ESCRITURA

   El hombre que escribe es un solitario que se dirige a un lector solitario, tanto si escribe una carta de amor como si compone una novela de aventuras. Por el contrario, el hombre que habla necesita de un oyente, pues la palabra solitaria es palabra de loco. El orador político quiere un público multitudina­rio, el predicador religioso una parroquia recogida, el cuentista una asamblea aldeana reunida junto a la chimenea, el hombre que reza el inmenso e invisible oído de Dios.
   La palabra recorre un espacio corto y se borra al instante, mientras que la escritura viaja a través del tiempo y del espacio. Es que la palabra está viva, mientras que la escritura está muerta. La escritura no puede prescindir de la palabra para ser vivifica­da. En la Antigüedad, sólo se leía en voz alta, de manera que un hombre afónico no podía abrir un li­bro. Así, el primer estadio del aprendizaje de la lec­tura es la lectura en voz alta. La lectura muda—o mental o interiorizada—corresponde a un segundo estadio.
   La palabra es lo primero. Dios creó el mundo al nombrarlo. Es el Verbo creador. La escritura, que apareció muchos milenios después, se desprende de la palabra y tiene necesidad de ella para que la irri­gue. Toda la historia de la literatura está hecha de retornos de la escritura a ese manantial vivo y vivifi­cante que es el lenguaje hablado. Un gran autor es aquel cuya voz reconocemos en cuanto abrimos un libro suyo. Ha conseguido fundir habla y escritura. Es cierto que existe el peligro de que la escritura se haga demasiado tributaria del habla. La escritura excesivamente «hablada» corre el peligro de dislo­carse, tal como un camino inundado de agua deja de ser transitable. Precisemos que cuando Flaubert de­clamaba en voz alta sus bosquejos en el «aulladero», no pretendía irrigar su escritura con el habla, sino, como mucho, limar de su texto todas las asperezas que pudieran dificultar su pronunciación. Pues po­cas prosas hay tan alejadas del habla como la de Flaubert. La voz de Flaubert hay que buscarla más bien en su correspondencia, y por eso algunos la si­túan por encima de sus novelas.
   Los sermones de los grandes predicadores cuyo texto conservamos nos plantean un problema muy interesante: ¿En qué medida esos sermones eran improvisados—como exigiría la auténtica elocuen­cia—y los textos correspondientes no fueron redac­tados de memoria, con posterioridad, y por tanto «en frío»? La cuestión se plantea de manera muy es­pecial en el caso de Bossuet.

Cita:

La palabra humana está a medio camino entre el mu­tismo de los animales y el silencio de Dios.

LOUIS LAVELLE

MONTEDIDIO, Erri de Luca

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ERRI DE LUCA, Montedidio, Akal, Madrid, 2001, 144 páginas.


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Erri de Luca dispone esta deliciosa novela de aprendizaje mediante una estructura de secuencias yuxtapuestas. Este fragmentarismo consciente permite la lectura de algunas de ellas como microrrelatos.
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A don Liborio lo asustan hasta los buenos deseos. La tercera semana de agosto cierra la tipografía y se va a respirar aire puro al Matese. Justo cuando está metiendo la maleta en el taxi para ir a coger el autobús, aparece don Ferdinando, el de las pompas fúnebres, que le manda los avisos de luto y es además buen amigo suyo. Don Ferdinando ve la maleta y le dice: «Que tenga buen viaje, don Liborio», y don Liborio responde: «Gracias, pero no me voy, acabo de llegar», y baja la maleta del taxi y entra en su casa. Se marchó al día siguiente. Él mismo se lo contó al maestro Errico, que por la noche vio la tipografía abierta y le preguntó qué hacía aún en la ciudad. «¿Y cómo me iba a ir con los buenos deseos del sepulturero?» Y el maestro Errico, olvidándose del periódico y de comentar las noticias, soltó entonces un conjuro de carpintero: «San Giusè, passace ‘a chianozza», o sea: pásales el cepillo a estas palabras.