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ESCRITURA Y SECRETO, Luisa Valenzuela

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LUISA VALENZUELA, Escritura y secreto, FCE, Madrid, 2003 (2002), 176 páginas.
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En la segunda sección de este libro, que recoge diversos ensayos de Valenzuela, hallará el lector el Taller de escritura breve.
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I.  Escritura y secreto   [9] 


Introducción [11]
Alrededor del secreto [13]
Cuatro ventanas hacia el secreto [31]
Encuentro y memoria, olvido y misterio [57]             
Incursiones antropológicas [74]

II. Taller de escritura breve   [85]

Apuntes para el «apunten: ¡fuego»   [109]

ADDENDA

LEOPOLDO BRIZUELA: Las dos travesías de Luisa Valenzuela   [123]
SHARON MAGNARELLI: Espejos/espejismos: cuentos de hadas y el poder de los reflejos en Simetrías   [145]  
La Cátedra Alfonso Reyes   [165]

BREVS, Luisa Valenzuela

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LUISA VALENZUELA, Brevs. Microrrelatos completos hasta hoy, Alción, Córdoba (Argentina), 2004, 122 páginas.

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OTRO

   Ella va caminando por el parque, su pelo al viento, cuando aparece el otro surgido de la nada. Un muchachito con idénticos pantalones negros y la cara totalmente pintada de blanco, una máscara sobre la cual de manera inexplicable se sobreimprime la máscara de ella: sus mismas cejas elevadas, sus ojos azorados. Ella sonríe con timidez y él le devuelve exactamente la misma sonrisa en un juego de espejos. Ella mueve la mano derecha y él mueve la izquierda, ella da un paso amplio y él da el mismo paso, el mismo modo de andar, los idénticos gestos, las cadencias.
   Empieza el juego de proyectos, proyecciones. Fantasías como la de lavarle la cara al otro y encontrar tras la pintura blanca la propia cara. O acoplarse  con él como una forma un poco torpe de completarse a sí misma. O dejarlo partir y quedarse sin sombra.
   Vanos proyectos mientras el otro la va siguiendo por el parque, reflejando cada uno de sus gestos. Adentrándose cada vez más en la espesura  a dos pasos de distancia. Las mismas expresiones. Hasta que él cruza, sin avisar, sin proponérselo, el abismo separador de los dos pasos y ocupa el lugar de ella. Para siempre.

ZOORPRESAS ZOOLÓGICAS, Luisa Valenzuela

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LUISA VALENZUELA, Zoorpresas zoológicas, Macedonia, Morón, 2013, 104 páginas.

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ELEMENTOS DE BOTÁNICA

   En primera instancia eligió la más bella y dorada de las hojas del bosque; pero estaba seca y se le resquebrajó entre los dedos. Con la roja, también muy vistosa, le ocurrió lo contrario: resultó ser blandita y no conservó la forma. Una hoja notable por sus simétricas nervaduras le pareció en exceso transparente.
   Otras hojas elegidas acabaron siendo demasiado grandes, o demasiado pequeñas, o muy brillantes pero hisurtas, ásperas o pinchudas.
   No debemos compadecer a Eva. Pionera en todo, fue la primera mujer en pronunciar la frase que habría de hacerse clásica por los siglos de los siglos: «¡No tengo nada que ponerme!»

ABC DE LAS MICROFÁBULAS, Luisa Valenzuela

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LUISA VALENZUELA, ABC de las microfábulas, La Vaca, Buenos Aires, 2011.

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Esta edición incluye las ilustraciones de Lorenzo Amengual.

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C

   Claudio, caballo coscojero, corre carreras cuadreras en Catamarca con cascos centellantes. Celeste la colorada lo cala y se le cuelga del cogote. 
   Camino al corral lo calma con caricias en la cabeza, caricias en la crin. Cierra la compra y con cariño lo coge al caballo del cabestro y lo conduce a su campo en Catriló. 
   Cuando Claudio, caballo coscojero, comprende el cambio compórtase cual caballero, come con cuidado, corre con clase. Compite en Campo Central colocándose. Corónanlo. Con un clamor lo consagran. 
   Colmado, su corazón crepitante canta como caja coplera. 


   MORALEJA 

           Con amor se corre igual de rápido 
                                      pero se llega más lejos y mejor.

AQUÍ PASAN COSAS RARAS, Luisa Valenzuela

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LUISA VALENZUELA, Aquí pasan cosas raras, Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 1991 (1975), 126 páginas.

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PAVADA DE SUICIDIO

   Ismael agarró el revolver y se lo pasó por la cara despacito. Después, oprimió el gatillo y se oyó un disparo. Pam. Un muerto más en la ciudad; la cosa ya es un vicio. Primero agarró el revólver que estaba en un cajón del escritorio; después se lo pasó suavemente por la cara. Después, se lo plantó sobre la sien y disparó. Sin decir palabra. Pam. Muerto.
   Recapitulemos: el escritorio es bien solemne, de veras ministerial (nos referimos a la estancia-escritorio). El mueble escritorio también, muy ministerial y cubierto con un vidrio que debe haber reflejado la escena y el asombro. Ismael sabía donde se encontraba el revólver; él mismo lo había escondido allí. Así que no perdió tiempo en eso, le bastó con abrir el cajón correspondiente y meter la mano hasta el fondo. Después, lo sujeto bien, se lo pasó por la cara con una cierta voluptuosidad antes de apoyárselo contra la sien y oprimir el gatillo. Fue algo casi sensual y bastante inesperado.
   Hasta para él mismo pero ni tuvo tiempo de pensarlo. Un gesto sin importancia y la bala ya había sido disparada.
   Falta algo: Ismael en el bar con un vaso en la mano, reflexionando sobre un futura acción y las posibles consecuencias.
   Hay que retroceder más aun si se quiere llegar a la verdad: Ismael en la cuna llorando porque está sucio y no lo cambian. No tanto.
   Ismael en la primaria peleándose con un compañerito que mucho más tarde llegaría a ser ministro, seria su amigo, seria traidor.
   No. Ismael en el ministerio, sin poder denunciar lo que sabía, amordazado. Ismael en el bar, con el vaso en la mano y la decisión irrevocable: mejor la muerte.
   Ismael empujando la puerta giratoria de entrada al edificio, empujando la puerta vaivén de entrada al cuerpo de oficinas, saludando a la guardia, empujando la puerta de entrada a su despacho. Una vez en su despacho, siete pasos hasta su escritorio. Asombro. La acción de abrir el cajón, retirar el revólver y pasárselo por la cara, casi única y muy rápida. La acción de apoyárselo contra la sien y oprimir el gatillo. Pam. Muerto. E Ismael, saliendo aliviado de su despacho aun previendo lo que le esperaría fuera.

JUEGO DE VILLANOS, Luisa Valenzuela

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LUISA VALENZUELA, Juego de villanos, Thule, Barcelona, 2008, 128 páginas.

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NARCISA

   Como quien mira por la ventana del bar, miro la ventana. El tipo que me ve desde afuera entra para interpelarme.
   —Me gustas.
   —Lo mismo digo yo.
   —¿Yo también te gusto?
   —Nada de eso, me gusto yo. Me estaba mirando en el reflejo.