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LA GRAN BONANZA DE LAS ANTILLAS, Italo Calvino

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ITALO CALVINO, La gran bonanza de las Antillas, Siruela, Madrid, 2012, 288 páginas.

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PASARLO BIEN

   Érase un país donde todo estaba prohibido.
   Como lo único que no estaba prohibido era el juego de la billarda, los súbditos se reunían en unos prados que quedaban detrás del pueblo y allí, jugando a la billarda, pasaban los días.
   Y como las prohibiciones habían empezado con poco, siempre por motivos justificados, no había nadie que encontrara nada que decir o no supiera adaptarse.
   Pasaron los años. Un día los condestables vieron que ya no había razón para que todo estuviera prohibido y mandaron mensajeros a anunciar a los súbditos que podían hacer lo que quisieran.
   Los mensajeros fueron a los lugares donde solían reunirse los súbditos.
   —Sabed —anunciaron— que ya no hay nada prohibido.
   Los súbditos seguían jugando a la billarda.
   —¿Habéis comprendido? —insistieron los mensajeros—. Sois libres de hacer lo que queráis.
   —Está bien —respondieron los súbditos—. Nosotros jugamos a la billarda.
   Los mensajeros se afanaron en recordarles cuántas ocupaciones bellas y útiles existían a las que se habían dedicado en el pasado y a las que podían dedicarse nuevamente de ahora en adelante. Pero los súbditos no hacían caso y seguían jugando, un golpe tras otro, casi sin respirar.
   Comprobando la inutilidad de sus intentos, los mensajeros fueron a comunicarlo a los condestables.
   —Muy sencillo —dijeron los condestables—. Prohibamos el juego de la billarda.
   Fue la vez que el pueblo hizo la revolución y los mató a todos.
   Después, sin perder tiempo, volvió a jugar a la billarda.

LA GRAN BONANZA DE LAS ANTILLAS, Italo Calvino

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ITALO CALVINO, La gran bonanza de las Antillas, Siruela, Madrid, 1993, 288 páginas.

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LA OVEJA NEGRA

   Érase un país donde todos eran ladrones.
   Por la noche cada uno de los habitantes salía con una ganzúa y una linterna sorda, para ir a saquear la casa del vecino. Al regresar, al alba, encontraba su casa desvalijada.
   Y todos vivían en concordia y sin daño, porque uno robaba al otro y éste a otro y así sucesivamente, hasta llegar al último que robaba al primero. En aquel país el comercio sólo se practicaba en forma de embrollo, tanto de parte del que vendía como del que compraba. El gobierno era una asociación creada para delinquir en perjuicio de los súbditos, y por su lado los súbditos sólo pensaban en defraudar al gobierno. La vida transcurría sin tropiezos, y no había ni ricos ni pobres.
   Pero he aquí que, no se sabe cómo, apareció en el país un hombre honrado. Por la noche, en lugar de salir con la bolsa y la linterna, se quedaba en casa fumando y leyendo novelas.
   Llegaban los ladrones, veían la luz encendida y no subían.
   Esto duró un tiempo; después hubo que darle a entender que si él quería vivir sin hacer nada, no era una buena razón para no dejar hacer a los demás. Cada noche que pasaba en casa era una familia que no comía al día siguiente.
   Frente a estas razones el hombre honrado no podía oponerse. También él empezó a salir por la noche para regresar al alba, pero no iba a robar. Era honrado, no había nada que hacer. Iba hasta el puente y se quedaba mirando pasar el agua. Volvía a casa y la encontraba saqueada.
   En menos de una semana el hombre honrado se encontró sin un céntimo, sin tener qué comer, con la casa vacía. Pero hasta ahí no había nada que decir, porque era culpa suya; lo malo era que de ese modo suyo de proceder nacía un gran desorden. Porque él se dejaba robar todo y entre tanto no robaba a nadie; de modo que había siempre alguien que al regresar al alba encontraba su casa intacta: la casa que él hubiera debido desvalijar. El hecho es que al cabo de un tiempo los que no eran robados llegaron a ser más ricos que los otros y no quisieron seguir robando. Y por otro lado, los que iban a robar a la casa del hombre honrado la encontraban siempre vacía; de modo que se volvían pobres.
   Entre tanto los que se habían vuelto ricos se acostumbraron a ir también al puente por la noche, a ver correr el agua. Esto aumentó la confusión, porque hubo muchos otros que se hicieron ricos y muchos otros que se volvieron pobres. Pero los ricos vieron que yendo de noche al puente, al cabo de un tiempo se volverían pobres. Y pensaron: “Paguemos a los pobres para que vayan a robar por nuestra cuenta”. Se firmaron contratos, se establecieron los salarios, los porcentajes: naturalmente siempre eran ladrones y trataban de engañarse unos a otros. Pero como suele suceder, los ricos se hacían cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres.
   Había ricos tan ricos que ya no tenían necesidad de robar o de hacer robar para seguir siendo ricos. Pero si dejaban de robar se volvían pobres porque los pobres les robaban. Entonces pagaron a los más pobres de los pobres para defender de los otros pobres sus propias casa, y así fue como instituyeron la policía y construyeron las cárceles.
   De esa manera, pocos años después del advenimiento del hombre honrado, ya no se hablaba más de robar o de ser robados sino sólo de ricos o de pobres; y sin embargo todos seguían siendo ladrones.
   Honrado sólo había habido aquel fulano, y no tardó en morirse de hambre.

LAS CIUDADES INVISIBLES, Italo Calvino

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ITALO CALVINO, Las ciudades invisibles, Minotauro, Barcelona, 1974 (1983), 176 páginas.

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LAS CIUDADES Y LOS OJOS. 4

   Al llegar a Fillide, te complaces en observar cuán­tos puentes distintos uno del otro atraviesan los canales: convexos, cubiertos, sobre pilastras, sobre barcas, colgantes, de parapetos calados; cuántas va­riedades de ventanas se asoman a las calles: en ajimez, moriscas, lanceoladas, ojivales, coronadas por lunetas o por rosetones; cuántas especies de pavimentos cubren el suelo: cantos rodados, lastro­nes, grava, baldosas blancas y azules. En cada uno de sus puntos la ciudad ofrece sorpresas a la vista: una mata de alcaparras que asoma por los muros de la fortaleza, las estatuas de tres reinas sobre una ménsula, una cúpula en forma de cebolla con tres cebollitas enhebradas en la aguja. «Feliz el que tiene todos los días a Fillide delante de los ojos y no termina nunca de ver las cosas que contiene», exclamas, con la pesadumbre de tener que dejar la ciudad después de haberla sólo rozado con la mirada.
   Te ocurre a veces que te detienes en Fillide y pasas allí el resto de tus días. Pronto la ciudad se decolora a tus ojos, se borran los rosetones, las estatuas sobre las ménsulas, las cúpulas. Como to­dos los habitantes de Fillide, sigues líneas en zigzag de una calle a la otra, distingues zonas de sol y zonas de sombra, aquí una puerta, allá una esca­lera, un banco donde puedes apoyar el cesto, una cuneta donde el pie tropieza si no te fijas. Todo el resto de la ciudad es invisible. Fillide es un espacio donde se trazan recorridos entre puntos suspendi­dos en el vacío, el camino más corto para llegar a la tienda de aquel comerciante evitando la ventanilla de aquel acreedor. Tus pasos recorren lo que no se encuentra fuera de los ojos sino adentro, sepulto y borrado: si entre dos soportales uno sigue pare­ciéndote más alegre es porque por él pasaba hace treinta años una muchacha de anchas mangas bor­dadas, o bien sólo porque recibe la luz a cierta hora, como aquel soportal que ya no recuerdas dónde estaba.
   Millones de ojos se alzan hasta ventanas puentes alcaparras y es como si recorrieran una página en blanco. Muchas son las ciudades como Fillide que se sustraen a las miradas, salvo si las atrapas por sorpresa.

LAS CIUDADES INVISIBLES, Italo Calvino

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ITALO CALVINO, Las ciudades invisibles, Siruela, Madrid, 1994 (1972), 176 páginas.

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LAS CIUDADES Y LA MEMORIA. 2

   Al hombre que cabalga largamente por tierras agrestes le asalta el deseo de una ciudad. Finalmente llega a Isidora, ciudad donde los palacios tienen escaleras de caracol incrustadas de caracolas marinas, donde se fabrican con todas las reglas del arte catalejos y violines, donde cuando el forastero está indeciso entre dos mujeres siempre encuentra una tercera, donde las peleas de gallos degeneran en riñas sangrientas entre los que apuestan. En todas estas cosas pensaba el hombre cuando deseaba una ciudad. Isidora es, pues, la ciudad de sus sueños; con una diferencia. La ciudad soñada lo contenía joven; a Isidora llega a edad avanzada. En la plaza hay un murete desde donde los viejos miran pasar la juventud: el hombre está sentado en fila con ellos. Los deseos ya son recuerdos.