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CONSUELO PARA MORIBUNDOS Y OTROS MICRORRELATOS, Gabriel Jiménez Emán

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GABRIEL JIMÉNEZ EMÁN, Consuelo para moribundos y otros microrrelatos, Ediciones Rótulo, San Felipe, 2012.

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EL VÉRTIGO LÚCIDO
A Ricardo Domínguez

   Vive solo en una cabaña junto al río. Duerme hasta tarde en la mañana, pues apenas si logra conciliar el sueño por la noche. Se levanta, no se mira nunca a un espejo, se despereza y va al río donde se da un buen chapuzón; se distrae en el bosque, observa los pájaros, los panales de avispas en los troncos de los árboles, las lagartijas que reptan junto a las piedras. Regresa y pone un sartén en la leña con huevos y tocino, que saborea lentamente. Después va a la casucha de su amigo el arriero a tomar un poco de café; se entera por éste de los recientes pormenores del pueblo, los escucha sin hacer ninguna pregunta ni emitir opinión. Después regresa por un camino solitario hasta su cabaña, acaricia al perro y juega con los bigotes del gato, mientras su mirada se pierde en la corriente del río.
   Se dirige al ropero, toma la capucha, las botas y el grueso cinturón de cuero, y los introduce en una maleta. El hacha la afila en un amolador rústico, la guarda en un estuche, bien limpia y desinfectada con un chorro de aguardiente.
   Antes de dirigirse a su trabajo en el patíbulo, va a visitar a una hermana mayor, que le sirve un buen tazón de café retinto, y a ella le comenta el acontecimiento acerca de un mínimo cambio en el estado del tiempo. Hay un incidente que le preocupa y a veces le perturba, pero no comenta nada. Termina su café, y en ese instante es asaltado por un rapto de lucidez: se da perfecta cuenta de todo cuanto ocurre en el pueblo, y dentro de si mismo. Revisa en su mente el dictamen del juez acerca del hombre que va a ser decapitado. Recuerda entonces a su madre, su mujer y su hijo muertos. Constata que existe una lamentable equivocación en el fallo que acaba de hacer la suprema corte. Se cerciora de que el dictamen de los jueces ha estado errado en otras ocasiones: la lucidez se mete en su cuerpo y recorre todos los intersticios de su cabeza; su mente se puebla de ideas que explotan en el interior de su cerebro como pequeñas bombas de agua, salpicando gotas en todas direcciones.
   Va al cuarto de su hermana. Se quita la ropa y saca de la maleta las botas, el pantalón negro, la correa y la capucha, y se las coloca. Bebe un largo trago de aguardiente. Saca el hacha del estuche y se dirige al patíbulo. Su figura, recortada en la vastedad del campo contra el cielo índigo, cobra una fuerza poderosa.
   Apura el paso y cruza el tumulto de gente que va a asistir al máximo evento. Entra a la parte inferior de la tarima del patíbulo a revisar los últimos detalles de la decapitación. Sube a la tarima y espera la orden del alcalde. El acusado está por llegar; lo están trayendo en este momento desde la prisión. El verdugo espera con paciencia; su pulso está perfecto.
   Hay una hora de retardo, y el acusado no llega. La gente está alterada, exige a gritos que traigan al acusado. Los ánimos se van caldeando hasta que todo aquello se vuelve una turba histérica.
   Entonces el verdugo lúcido sube a la tarima, levanta el hacha y la deja caer sobre el cuerpo del hombre que nunca llega. Se quita la capucha para que todos presencien la placentera sonrisa que se dibuja en su rostro.

EN MICRO: ANTOLOGÍA DEL MICRORRELATO VENEZOLANO, Gabriel Jiménez Emán

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GABRIEL JIMÉNEZ EMÁN, En micro: Antología del microrrelato venezolano, Alfaguara, Caracas, 2011, 246 páginas.

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Gabriel Jiménez Emán es el responsable de la selección de sus veintiocho narradores: de pioneros como José Antonio Ramos Sucre y Julio Garmendia a los continuadores: Juan Carlos Méndez Guédez o Wilfredo Machado.
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MI ESQUIZOFRENIA

   Mi esquizofrenia va de mal en peor: mi segunda personalidad dice que, como no se lleva bien con la primera, se aliará con la tercera para mitigar su soledad. La primera, entretanto, alega que, por más esfuerzos que hace, no logra congeniar con la segunda, razón por la cual formará alianza con la cuarta, habida cuenta de que si la tercera se lleva bien con la segunda, es imposible que se lleve bien con ella. Afortunadamente, me he podido mantener al margen de esta absurda disputa y no he sido involucrado en lo que, a todas luces, es una malsana maraña de incomprensiones.

Armando José Sequera

LOS DIENTES DE RAQUEL Y OTROS TEXTOS BREVES, Gabriel Jiménez Emán

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GABRIEL JIMÉNEZ EMÁNLos dientes de Raquel y otros textos brevesMonte Ávila, Caracas, 1993, 204 páginas.

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Abre esta antología Juan Carlos Santaella El resplandor de lo imaginario (pp. 9-14). La cierra Las tragedias metafísicas de Gabriel JIménez Emán (pp. 201-203), el epílogo de Luis Britto García. Ambos coinciden en elogiar la singularidad de la escritura de Jiménez Emán. En medio los relatos procedentes de Los dientes de Raquel (1972), Saltos sobre la soga (1975), Los 1001 cuentos de 1 línea (1981) y Relatos de otro mundo (1987). A modo de feliz postre, nueve relatos inéditos.
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JOROBADO

   En un pueblo existió un jorobado que sentía mucho amor por la gente. Sin embargo, la gente lo molestaba.
   «Hoy no has estornudado, jorobado», le decían los niños. Estás desgastado, jorobado», le decían los adultos. Y al jorobado no le importaba. Toda su vida había escuchado insultos, y como no le herían, él seguía cultivando su amor por los demás.
   Ante aquella indiferencia del jorobado, la gente se cansó y más nadie le dijo nada. Y él comenzó a sentirse inquieto, pues ya se había acostumbrado a ese saludo de los otros. Se sintió ignorado por sus burlones de siempre. No encontraba forma de llamar la atención, y como casi nunca hablaba, optó por dejarse crecer más la joroba, a ver si alguien se percataba. Pero no. La gente siguió ignorándolo a pesar de que la joroba ya había alcanzado dimen¬siones considerables. Ya no era su cuerpo el que andaba, sino una protuberancia que se trasladaba pesadamente por las calles del pueblo.
   El jorobado no pudo soportar el peso de su joroba, tampoco el peso de su amargura. Y cierto día, estando a punto de sucumbir de tanta tristeza, se le ocurrió una idea: organizar una gran fiesta y un banquete en su casa, e invitar a los habitantes del pequeño pueblo. Todos fueron, y brindaron con él por la esplendidez de la fiesta, donde podían probarse finas bebidas y exquisitos manja¬res. La gente estaba alegre, y el jorobado, más feliz que nunca, quiso darles una sorpresa. «Atención», dijo, «les tengo una sorpresa».
   Muy cuidadosamente el jorobado se quitó la camisa. Después, con lentitud, se quitó la joroba y la puso sobre la mesa del banquete.
   «Ya ven», dijo, «la joroba no me ha defraudado».
   Al día siguiente todos los invitados abandonaron el pueblo.

EL HOMBRE DE LOS PIES PERDIDOS, Gabriel Jiménez Emán

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GABRIEL JIMÉNEZ EMÁN, El hombre de los pies perdidos, Thule, Barcelona, 2005, 128 páginas.
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LA TRISTE HISTORIA DE FINIA, UNA GALLINA ENAMORADA

A Orlando Flores y Orlando Barreto

   Una gallina rara de esas que se alejan de las demás después de comer y se pegan a los alambres del gallinero a hacer la digestión y a reflexionar sobre su triste destino, no es conocida por todos. Cualquiera que la vea ahí, con el pico entre los alambres, susurrando una inaudible canción de amor, debe por reglas del alma, conmoverse. 
   Busquémosle un nombre para identificarnos con ella: Finia, por ejemplo. Pues bien, Finia, además de ser muy hermosa y muy triste, está también muy enamorada de un gallo que oye cantar todas las mañanas, y deduce que por su canto debe ser el gallo más amoroso y comprensivo de la tierra.
   El canto del gallo le traspasa el alma, y ella, encerrada en su triste y húmedo gallinero, llora sin lágrimas, pues ya sabemos que a las gallinas no le salen lágrimas por los ojos, ni siquiera cuando les tuercen el pescuezo.
   Finia, al fin, fortalecida por su amor, logra pasar increíblemente por un orificio demasiado estrecho para su cuerpo, rompiéndose así las plumas, parte de la cabeza, e inutilizándose por completo una pata. Después con el plumaje lleno de sangre, espera que despunte el alba y aguarda el canto de su gallo; luego, guiada por su corazón y conducida por el canto más melodioso de la tierra, llega hasta el hogar de su gran gallo, poseedor de sus infinitas ilusiones. Y allí está él, con las alas extendidas al viento y al mundo, con un plumaje que podría desafiar a los pavos reales, con el pico hacia el cielo. Y allí está ella, llorando, porque Finia es la única gallina que ha llorado, y ahora está parada ahí, al final de su vida, porque en ese momento alguien le agarra el pescuezo y se lo tuerce.
   Después, el señor de la casa comentará: «Qué gallina más buena», sin saber, ahora ni nunca, que estaba llena de amor hasta los huesos.

LOS 1001 CUENTOS DE UNA LÍNEA, Gabriel Jiménez Emán

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GABRIEL JIMÉNEZ EMÁN, Los 1001 cuentos de 1 línea, Playco, Caracas, 2004, 92 páginas.


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ÚLTIMA CARTA DE AMBROSE BIERCE

   Esta es la última carta que te escribo. No porque quiera, sino porque materialmente no puedo hacerte otra. La tinta está cara, lo sé, y tampoco ahora fabrican los lápices que me gustan. Ya no hay cuadernos como los de antes, muy anchos y de páginas blancas y suaves. Las estampillas han subido mucho, pero de cualquier modo ahora no las necesito, ni siquiera un sobre para meter la carta cuando esté terminada, porque en verdad ahora lo urgente es el tiempo, se acaba el tiempo y todavía no he empezado a escribir todas las cosas que debo decirte, aunque me exijo un enorme esfuerzo para mover las manos y sacarme el lápiz y el papel que llevo en los bolsillos.
   Me cuesta solamente intentarlo, pero todo estará recompensado sabiendo que leerás mi carta como si fuese la primera misiva de amor que te envié desde aquella ciudad remota cuyo nombre olvidé; además en este instante todo se me borra en la memoria debido a la escasez del aire y a cierta incomodidad que no debiera representar un problema en un momento tan importante para nosotros como éste.
   También me apena molestarte porque debes ser tú la que debes venir a buscar la carta, pues a mí me da vergüenza presentarme con esa corbata y este traje negro que no me pertenecen. Perdóname, desde el comienzo no he hecho nada más que lamentarme y hay tantas otras cosas en las cuales no es justo culparte de nada, pero has debido fijarte bien, cuando me viste en la cama no estaba muerto sino dormido, y delante de ti me taparon y metieron en este ataúd donde me cuesta mucho escribirte porque no hay luz y es bastante incómodo gritar en esta posición y sin el aire suficiente para rogarte que me saques de aquí.