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IMÁGENES MOMENTÁNEAS, Georg Simmel

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GEORG SIMMEL, Imágenes momentáneas, Gedisa, Barcelona, 2008, 160 páginas.
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VACAS AMARILLAS 

   Ante las puertas de una antigua ciudad hanseática. Amplias, fértiles praderas bajo un cielo de lluvia totalmente poblado de nubes. Aquí y allá rebaños de vacas formando perfectos círculos que, pese a estar en movimiento, parecen echadas o paralizadas. La entera visión del mundo que se tiene en este lugar guarda algo de melancólico; aquélla es muy vasta, pero allí donde alguna vez hay alambrados, los animales también están inmóviles. 
   Una mujer de mediana edad y su hija pasan por delante de mí. La muchachita dice: 
   —Mamá, ¡qué desagradables son las vacas amarillas! 
   La madre: 
   —Sí, hija; pero tampoco hay tantas. 
   La muchacha entonces no supo qué contestar; pero no pareció nada satisfecha. 
   ¡Y tenía razón! Aunque ella misma no sabía evidentemente cuán incomprendidas habían sido sus palabras. La entristecía que semejante deformidad fuera posible, que la naturaleza en absoluto hubiese impedido eso. ¡Y la madre pensaba compensar esa imperfección en la idea de la realidad con la cuestión de la cantidad! Como si no fuera por completo indiferente con qué frecuencia se confirma ese faux-pas de la naturaleza, y no dependiera todo del hecho de que se produzca, de que la naturaleza se haya olvidado de crear la especie de las vacas amarillas, que con un solo ejemplar dan prueba de la no idealidad de los entes tan cabalmente como con miles. Más allá de la realidad, fuera de toda dimensión, moran los arquetipos de los entes; el mito judío los tocó de cerca en los días de la creación del Paraíso, como el mito platónico en el reino de las ideas. En ellos descansa el sentido del mundo, y si los accidentes de la naturaleza se producen incontables veces, esto altera su valor tan poco como el modelo del acuñador de monedas a causa de que éstas resulten más bellas o más feas por usarlas a menudo o cada tanto. Pero este valor de la idea que vive en las cosas queda sumergido en el alma del hombre bajo el burdo cuánto, cuántas veces, como si todas las cosas no fueran más que mero dinero y cuanta cosa hubiera dependiese del cuánto. Pero en la joven muchacha vivía un idealismo, una noción de que el sentido o el sinsentido del mundo habita en las ideas que él produce y no en la cantidad de veces con que lo hace.

EL ORIGEN DE LOS SUEÑOS, Francesco Alberoni

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FRANCESCO ALBERONI, El origen de los sueños, Gedisa, Barcelona, 2000, 220 páginas.



LA AMISTAD

Milán, enero de 1983

   Mientras el enamoramiento surge del estado naciente y se impone al individuo antes de que él haya podido verificar la reciprocidad, la amistad se forma poco a poco, con la sucesión de los encuentros, sobre la base del principio de realidad.
   El amigo, el verdadero amigo, es aquel que te comprende, con el que puedes tener confianza, del que puedes fiarte, que está de tu parte, que te hace justicia. Por eso, la amistad es amor, pero amor moral. De aquí la definición: la amistad es la forma ética del eros. En consecuencia, si el amigo traiciona la confianza, la amistad desaparece. Y ya no puede ser restablecida.
   Mientras que el enamoramiento es incertidumbre y zozobra, la amistad es certidumbre y confianza. Mientras el tiempo del enamoramiento es compacto y espasmódico, el de la amistad es granular.
   Los enamorados, lejos, sufren y, al volver a encontrarse, quieren saber todo lo que ha hecho el otro. En cambio, dos amigos que se vuelven a encontrar incluso después de mucho tiempo, tienen la impresión de que siguen la conversación en el punto en que la habían dejado. El enamoramiento es exclusivo, la amistad es reticular. Podemos tener más de un amigo que, a su vez, tiene otros, y no sufrimos por ello.
   Contrariamente a lo que muchos piensan, la amistad está presenté tanto en los varones como en las mujeres, tanto en los adultos como en los niños. Y su estructura sigue siendo la misma.

IMÁGENES MOMENTÁNEAS, Georg Simmel

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GEORG SIMMEL, Imágenes momentáneas, Gedisa, Barcelona, 2007, 136 páginas.

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En Aguafuertes simmelianas (pp. 9-22) Esteban Vernik cimenta un perfecto pórtico para acceder a esta selección de artículos publicados entre 1897 y 1907 por el filósofo alemán en Jugend. Estas Imágenes momentáneas sub specie aeternitatis contienen "pequeñas narraciones, cuentos, sátiras, fábulas, aforismos y hasta un poema". Otthein Rammstedt en Las imágenes momentáneas de Georg Simmel (pp. 121-135) considera que estas "Imágenes momentáneas sub specie aeternitatis ya no pueden serguir considerándose marginales".
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EL MURO DE LA FELICIDAD

   Estaba de visita en casa de unos viejos amigos a los que había visto por última vez hacía una década. En aquel entonces no llevaban todavía muchos años de casados —habían tenido que esperar bastante tiempo para hacerlo y ya no eran jóvenes—y la felicidad emanaba de ellos en cada movimiento, cada pala­bra y mirada, y formaba un aura resplandeciente a su alrede­dor. Aunque ponían toda la voluntad en ser discretos, no podían reprimir por completo el fuego de su pasión, de manera tal que no siempre se saliera de cauce. Esto no tenía nada de desagra­dable o indecoroso: aquella bienaventuranza justamente no los encerraba en sí mismos y que ella irradiara en su entor­no era para ellos tan natural como que las estrellas dieran luz. Ahora era evidente que esto había terminado hacía tiempo. La felicidad, que antaño los embriagaba y desbordaba, cristalizó en una figura rígida, inmóvil. La comunión de las almas ya no se nutría de la sabia de los sentidos: se volvieron prácticamen­te personas ancianas, cuya felicidad reposaba dentro de sí co­mo un ser inconsciente y no los envolvía ya en la llamas de la pasión.
   Pero en medio de esa impresión, en la calma de los días que pasé en su casa, se reveló para mí de golpe algo de lo más sor­prendente. Entraron casualmente en la crepuscular sala de es­tar en la que me hallaba sentado en un rincón oscuro y, antes de que pudiese hacerme notar, cayeron el uno en brazos del otro con una pasión, una impetuosidad~ una entrega mutua, como si hoy mismo fueran jóvenes. Salieron enseguida del cuarto, de modo que nos ahorramos la incómoda situación y ellos nunca se dieron cuenta de que eran espiados. Pero en ese instante se abrió todo un mundo: ¡la felicidad que ningún otro puede comprender! En contraste con ella, la felicidad de la ju­ventud que todo el mundo conoce y comprende tenía algo de compartido, cada cual tenía una parte. De ahora en adelante  fue su total posesión, la más profunda, la más secreta, lo único que ellos entonces comprendieron, porque la tenían y ningún otro podía escrutarla. Me pareció como si toda la pasión de la juventud fuese totalmente impersonal, pues el sentimiento y la felicidad que el joven tiene que dar pueden en definitiva ser recibidos y gozados por muchos otros. Ahora, sin embargo, en la vejez, sólo había un ser humano a quien dar y de quien reci­bir la felicidad. Desde ese momento ella se volvió completa­mente personal, las miles de oportunidades que permanecían detrás de la entrega incondicional de la juventud se hundieron y la entera extensión de los sentimientos se reunió sobre ese uno inseparable. Esa felicidad de vivir se volvió realmente “increíble”; la naturaleza había hecho levantar un muro alrede­dor que la hacía invisible a plena luz del sol, que la protegía mejor de lo que podían hacerlo los más apasionados celos. Pa­ra mí fue como si hubiera escuchado sólo ahora la última pala­bra del amor.