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50 COSAS QUE HAY QUE SABER SOBRE LITERATURA, John Sutherland

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JOHN SUTHERLAND, 50 cosas que hay que saber sobre literatura, Ariel, Barcelona, 2014, 222 páginas.

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En la Introducción (pp. 8-9) Sutherland afirma: "Ninguna crítica ni teoría puede explicar una obra literaria". Su libro se propone como una caja de herramientas con las que el lector pueda encarar uno de "los mayores placeres que puede ofrecernos la vida": la literatura.
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POSMODERNISMO

   Lo posmoderno es un epíteto, inicialmente aplicado a las obras subversivas, que empezó a extenderse y ahora se encuentra por todos lados. Hay una teoría jurídica posmoderna, una arquitectura posmoderna, un periodismo («gonzo») posmoderno e, incluso, una cocina posmoderna.

Abrazo autorial Hay algunos términos de la crítica que los es­critores creativos nunca utilizan para referirse a ellos mismos. Por ejemplo, ningún novelista se describiría a sí mismo como «hetero­glósico». Por el contrario, novelistas como William Gibson no sólo se alegran de ser etiquetados sino que se autoproclaman como practicantes de ciencia ficción «ciberpunk» o «posmoderna». Como el romanticismo, el modernismo es un término escurridizo que puede indicar a la vez un periodo específico y una escuela, o ­un grupo estilístico que comparte características aplicables a cual­quier periodo.
   Para los historiadores, el comienzo del «modernismo» se sitúa al­rededor del periodo llamado Renacimiento. Los historiadores de la literatura utilizan una cronología diferente y aplican el término a un conjunto de vanguardistas internacionales (Pound, Eliot, Yeats, Stein, Woolf, Joyce), activos entre 1890 y 1930 (el primer escritor que usó el término «modernista» fue el poeta francés, Charles Baudelaire).
   Los modernistas no sólo escribían, sino que también teorizaban sin parar sobre lo que escribían. En este sentido, superaron a sus pre­decesores. Charles Dickens nunca habría proclamado «Soy un realista victoriano». Sin embargo, los modernistas se autodenomi­naban alegremente modernistas. Su lema era el «hacedlo nuevo-. de Ezra Pound.
   Los modernistas tenían en común su deseo de romper con las vie­jas formas y el estilo angloamericano y, con gran audacia polémica, prescindir del gran público, cuyo elevado número ejercía una presión «burguesa» en la mente creativa. Otro de sus lemas era «Civilización de masas y Arte de minorías».
   El «modernismo» implica que lo nuevo no sólo es nuevo sino me­jor (y es tan necesario mejorarlo como la sanidad moderna o los trenes). La literatura no sólo cambia de generación en generación; también progresa. La vanguardia siempre va por delante del anti­guo régimen. También existe la conspiración en el corazón del modernismo. Hay algo que va a ser derribado, En resumen, la gui­llotina reluce. La conspiración tomó forma de expresión metafóri­ca en el manifiesto modernista de D. H. Lawrence, «Cirugía para la novela moderna... (o una bomba)». Estaba pensando en las bombas higiénicas de los anarquistas rusos. «¡Bolchevismo litera­rio!», protestaba Alfred Noyes (autor del poema «The Highway­man») contra James Joyce (autor del Ulises). En general, a la so­ciedad no le gustan mucho los lanzadores de bombas, de manera que, al principio, tampoco le gustó el modernismo.
Lo moderno frente a lo contemporáneo El poeta Ste­phen Spender (de la segunda generación modernista) trazó una distinción útil entre lo simplemente contemporáneo y lo verdade­ramente moderno, en su polémica monografía The Struggle of the Modern (La lucha de la modernidad). Los primeros fueron escritores como Alfred Noyes o John Galsworthy, que lograron abrirse paso a través de los surcos dejados por la historia. Los modernistas (Woolf, Joyce, Eliot) saltaron por encima de los surcos en direc­ción al futuro. El salto supone un combate. Entonces, ¿dónde sitúa esto al posmodernismo? Al igual que el modernismo (término del que proviene), también tiene un doble filo, pues describe aquello que viene después. Pero además de la cronología hay otras cosas implicadas. Después del impacto que provocaron los modernistas, lo «nuevo» ya no impacta, el mo­dernismo está domesticado, debilitado, neutralizado. El Ulises y La tierra baldía forman parte de los exámenes escolares. El crítico Fredric Jameson observa la paradoja del enfriamiento de los mo­dernismos; Picasso y Joyce, que abrumaron e impactaron en su primera aparición, «ahora nos impactan, más bien, por su realis­mo». Para las generaciones más jóvenes, no son más que «un conjunto de clásicos muertos»; lo que tienes que estudiar en el colegio.
Posmodernismo En este contexto apareció el posmodernis­mo. El momento histórico de su comienzo fue 1968: «el año de los jóvenes rebeldes», como lo calificó Stephen Spender, de forma grandilocuente.
   El posmodernismo se definía no sólo como heredero del modernis­mo sino como su violenta revancha. Fue una ruptura deseada (se suele preferir el término francés coupure) con lo que hubo antes. Y la ruptura trajo consigo un resquebrajamiento o una fractura in­tencionada.
   Entonces, ¿qué es la literatura posmoderna? Ihab Hassan, quien popularizó el término a principios de la década de 1970, evoca la imagen de Orfeo, el mítico cantor destrozado por las Ménades, que seguía cantando mientras su lira, rota en mil pedazos, yacía a su lado.
    La esencia de la discusión entre el posmoder­nismo y sus progenitores era que, a pesar de todas sus apasionantes novedades, el modernismo era fundamentalmente racional. Por debajo de la ondulante superficie narrativa de La señora Dalloway, de Virginia Woolf, había la doctrina de la «corriente de conciencia». Se podría argumentar, como hizo Woolf, que esa doctrina ayudaba a dar sentido a lo que estaba ocurriendo en «el suelo de la mente» mejor que las antiguas técnicas del realismo clásico (es decir, que era más verdadera que lo que ocurría realmente en la mente humana). Sin embargo, la objeción la pusieron a la frase «dar sentido».
   La batalla del posmodernismo fue más allá del modernismo, llegó hasta la propia Ilustración. Se suele citar la máxima de Adorno, «La Ilustración es totalitaria». La Revolución francesa y su Terror irracional emanó de principios racionales (Libertad, Igualdad, Fra­ternidad). El Holocausto fue considerado como algo eminente­mente racional (una solución definitiva), como lo fue el Archipié­lago Gulag («restablecimiento de la población»).
   La ruptura del posmodernismo fue radical. Se desconfiaba de toda estructura, de todo lo que pudiera crear sentido o racionalizar. Pa­radójicamente, la única posibilidad de avanzar era «desarticulan­do» y fragmentando. Sin embargo, ¿qué significa «avanzar»? Ihab Hassan observa dos manifestaciones «puras» del posmodernismo: el silencio de Beckett, y las infinitas y absurdas permutaciones de la lujuria, en las extravagancias pornográficas del Marqués de Sade.
   Podríamos añadir el vandalismo a los ejemplos de Hassan: el bigo­te de Duchamp en la Mona Lisa, y las nuevas desviaciones irracio­nales del mundo de las Webs. En este nuevo contexto tecnológico es difícil saber lo que significa «post», «después», o «siguiente». Probablemente signifique la decadencia de la posmodernidad que se agota en sí misma: sus conclusiones lógicas explotan y regresa a la corriente dominante. Habrá sido un apasionante interludio.

50 COSAS QUE HAY QUE SABER SOBRE LA HISTORIA DEL MUNDO, Ian Crofton

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IAN CROFTON, 50 cosas que hay que saber sobre la historia del mundo, Ariel, Barcelona, 2011, 226 páginas.

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En la Introducción (p. 7) Crofton subraya una obviedad necesaria: conocer el pasado es imprescindible para aproximarnos a entender "la forma en que vivimos en la actualidad". Éste es su paseo desde Los inicios de la agricultura a El 11 de septiembre y sus consecuencias
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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ

   La disputa entre el estado judío de Israel, los palestinos y otros pueblos árabes ha resultado ser uno de los conflictos más largos e intratables de la historia moderna. También es un conflicto que ha demostrado tener un impacto poderoso más allá de Oriente Medio, ya sea en el precio del petróleo o en el crecimiento del terrorismo global.
   Los asentamientos judíos en Palestina —por entonces parte del imperio turco otomano— se iniciaron a principios del siglo XX. Los colonos estaban inspirados por los ideales del sionismo, un movimiento fundado a finales del siglo XIX por Theodor Herzi, que sostenía que el pueblo judío —repartido por todo el mundo durante un milenio— debía crear un estado judío en su patria bíblica.
   La creación de Israel La causa sionista  recibió un gran impulso en 1917, cuando el secretario de Exteriores británico, A.J. Balfour, declaró que su gobierno «vería favorablemente el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío». El objetivo de Balfour era conseguir el apoyo de la población judía en Gran Bretaña para la causa británica en la primera guerra mundial, que estaba entonces en marcha. Tras la derrota de Turquía en 1918, el viejo imperio otomano se rompió en pedazos, y Palestina se convirtió en un mandato de la Liga de las Naciones, administrado por Gran Bretaña.
   Los asentamientos judíos en Palestina aumentaron durante la década de 1920, provocando enfrentamientos violentos con la población árabe que ya vivía allí. Estos últimos no sólo estaban preocupados por la pérdida de sus tierras, sino que también estaban influidos por el nuevo espíritu del nacionalismo árabe. En la primera guerra mundial, los árabes habían ayudado a los Aliados al organizar revueltas contra los turcos y, en recompensa, esperaban conseguir la independencia. En su lugar, la mayor parte del antiguo imperio otomano se dividió entre británicos y franceses.
   La violencia continuó en la década de 1930, y los planes para dividir Palestina entre judíos y árabes se archivaron con el estallido de la segunda guerra mundial. La experiencia del Holocausto impulsó a muchos judíos europeos supervivientes a buscar refugio en Palestina, pero los británicos mantuviera su política de antes de la guerra de restringir la inmigración. En Palestina, los grupos guerrilleros sionistas como Irgun y el Stern Gang desarrollaron una campaña de violencia contra las fuerzas británicas, de manera que Gran Bretaña anunció en 1947 que entregaría su mandato a las Naciones Unidas, sucesora de la Liga de las Naciones. Las NU votaron por la partición de Palestina entre judíos y árabes, pero esto sólo sirvió para intensificar la lucha entre ambas partes. El 14 de mayo de 1948, un día antes de finalizar el mandato británico, los judíos en Palestina proclamaron el estado de Israel.
   Las guerras árabe-israelíes Los vecinos árabes de Israel —Egipto, Jordania, Siria y Líbano— atacaron inmediatamente al nuevo estado. La lucha fue feroz, pero tras el acuerdo de un cese el fuego en 1949, Israel se encontró en posesión de más territorios de los que le habían concedido las NU: alrededor del 80 por ciento de la tierra de Palestina. La creación de Israel tuvo un coste humano terrible: la violencia de los extremistas judíos contra los civiles árabes obligó a 500.000 árabes palestino a huir del país en lo que se conoce como la nakba (la palabra árabe para «catástrofe»), quedando sólo 200.000 en el país. Estos refugiados fueron alojados en campos en Gaza y Cisjordania, con la esperanza de que podrían regresar pronto. Su causa se convirtió en la causa del nacionalismo panárabe, un movimiento que se fue fortaleciendo por toda la región, en especial después de la segunda guerra árabe-israelí: la crisis de Suez de 1956.
   La tercera guerra árabe-israelí tuvo lugar en junio de 1967. Alarmado por los movimientos de tropas egipcias en el Sinaí, y por sus demandas de una retirada de las fuerzas de las NU desplegadas durante la crisis de Suez, Israel organizó un ataque preventivo contra sus vecinos. En seis días, las fuerzas israelíes arrebataron el Sinaí a Egipto, los Altos del Golán a Siria y Cisjordania a Jordania. Israel decidió conservar estos territorios capturados, porque así tenía unas fronteras más defendibles, pero esto sólo sirvió para generar más refugiados árabes y más rencor.
   La cuarta guerra árabe-israelí se produjo en 1973, durante la fiesta judía del Yom Kippur, cuando Egipto y Siria lanzaron un ataque contra Israel en los dos frentes. Le siguieron combates feroces y EE.UU. aumentó su alerta nuclear cuando creyó que la URSS estaba a punto de enviar fuerzas en apoyo de Egipto y Siria. Sin embargo, se acordó un alto el fuego, dejando a Israel en posesión de los «Territorios Ocupados». Para castigar el apoyo de Occidente a Israel, las naciones árabes productoras de petróleo impusieron un gran aumento de los precios del crudo, que provocó una grave recesión económica mundial. EE.UU., al darse cuenta de lo cerca del desastre que había estado el mundo, presionó a Israel y a Egipto para que firmasen la paz, dando como resultado el acuerdo de Camp David en 1978, por el cual Israel devolvía el Sinaí y Egipto reconocía el derecho a existir de Israel.
   Esto no significó el fin del conflicto. En 1982 Israel invadió el Líbano con el objetivo de aplastar a la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), que seguía organizando ataques contra Israel. La complicidad israelí en la masacre de civiles palestinos en el Líbano no hizo más que reforzar la hostilidad árabe, al igual que su política de construir asentamientos judíos en los Territorios Ocupados, desafiando a las NU. Mientras los palestinos se levantaron en una intifada (revuelta) en los Territorios Ocupados, el líder de la OLP Yasser Arafat empezó a buscar una solución diplomática, aunque se le oponían grupos palestinos islamistas radicales como Hamas y Hezbollah, apoyados por Siria e Irán. Una opinión política más moderada en Israel también favoreció la negociación, y en 1993 el primer ministro israelí, Yitzhak Rabin, llegó a un acuerdo con Arafat para establecer un autogobierno palestino en los Territorios Ocupados, y para una retirada gradual de Israel. Elementos en Israel se opusieron radicalmente y Rabin fue asesinado por un extremista judío.
   Desde entonces, el progreso hacia una paz duradera en la región se ha visto dificultado por una serie de factores. Israel no se ha retirado de Cisjordania y sigue construyendo asentamientos, mientras que Harnas y Hezbollah siguen atacando a civiles en Israel, lo que provoca con frecuencia una feroz respuesta militar israelí. Todo esto sirve para aumentar el odio a Israel —y a EE.UU., que se ve como el principal apoyo de Israel— por todo el Oriente Medio, alimentando las ambiciones asesinas de grupos como al-Qaeda.