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22 CARTAS EXTRAORDINARIAS DE ESCRITORES MUY REALES, María Negroni

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MARÍA NEGRONI, 22 cartas extraordinarias de escritores muy reales, Impedimenta, Madrid, 2016, 126 páginas.

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Edita Impedimenta este libro bellamente ilustrado por Jean-François Martin. En el Prólogo Negroni recuerda un dicho de Clarice Lispector: «Perderse es un encontrarse peligroso.» El lector puede guiarse teniendo como brújula estas epístolas.
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 Westport,7 de julio de 1937

Oona,

Tu mundo, lleno de bares y gente rica, me produce pavor. No logro entender qué puede atraerte de un medio tan vulgar. Y encima, esos tipos pretenciosos con los que te gusta codearte, esos sátrapas, más allá de toda redención, que siempre se las ingenian para vincular cada maldita cosa que sucede con sus pequeños egos. Vaya manga de cretinos. Y pensar que siempre me trataron con desprecio, como a un chico judío. Ellos que no tienen, ni tendrán jamás, una sola idea en la cabeza.

Siempre quise impresionarte, Oona, lo confieso. Hubiera hecho cualquier cosa por conseguir tu admiración, incluso asesinar. Por suerte, no lo hice. Al héroe inadaptado de mi futura novela, no le habría gustado. Además, un hecho tal me habría obligado a pasar el resto de mi vida dando explicaciones a gente deleznable. Prefiero parecer intempestivo, incluso quedarme mirando a los chicos que giran en la calesita, mientras paso revista a las delicias de este conmovedor planeta.

Puede ser que, como dices, esté loco (y ahora te esté escribiendo desde un psiquiátrico). También es posible que no tenga otro mundo que el jardín manchado de mi infancia y que pase el resto de mis sosteniendo que la mejor función del arte es no tener ninguna. No estaría mal: yo siempre preferí la condición desafiliada. Por lo demás, no quiero ser un pequeño Hemingway. Tengo, para eso, que publicar poco. Publicar, además, es un maldito engorro. El pobre tipo que lo hace se las tiene que ver, más temprano que tarde, con la casta de alacranes-con-orejas-de-lata que son los críticos.

Eso no me impedirá ganar dinero. Miles de personas van a leerme, me daré maña, ya verás. Y eso ocurrirá, te lo aseguro, sin que me vuelva un farsante como tus amigos.

¿Tendrás tiempo de venir algún día a visitarme a Nueva York? Me gustaría ver de nuevo tus ojos que miran, al mismo tiempo, a todas partes y a ninguna. Podríamos pasear por esta ciudad nerviosa, visitar el zoo de Central Park, recorrer el Museo de Ciencias Naturales y averiguar adónde van los patos del lago cuando llega el invierno y todo se vuelve tan horrible que es casi hermoso.

Sin duda, te idealicé como una chica sigilosa, además de frívola, sin ver que tenías tan buen corazón como una maldita loba.

Ahora sólo me resta esperar una amnesia romántica, una amnistía de mis errores amorosos. No puedo ya perder el tiempo. Tengo que escribir, tengo que enclaustrarme fuera del alcance de los observadores de pájaros. Si es necesario, construiré un bunker —o varios, uno adentro de otro— para que nadie pueda dejar huellas de neumáticos en mis rosales. Así me protegeré de los intrusos, nadie traspasará mi mundo suspendido adentro de un diorama, salvo mi perro Benny, porque a un Perro no tienes que explicarle, ni siquiera con monosílabos, que algunas veces un hombre necesita estar solo con su máquina de escribir.

Sé que vas a decir que tengo un problema con la raza humana. Puede ser. Mi problema es que cuando quise entrar a la raza humana, ya no quedaban hombres y el mundo me pareció un poco baldío. ¡Bah! ¡Por mí, se vaya todo al diablo!

Te deseo lo mejor, con amor y sordidez,

Salinger



22 CARTAS EXTRAORDINARIAS DE ESCITORES MUY REALES, María Negroni

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MARÍA NEGRONI, 22 cartas extraordinarias de escritores muy reales, Alfaguara, Buenos Aires, 2014, 192 páginas.

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En el Prólogo a esta edición ilustrada por Fidel Sclavo, Negroni dice de estas cartas que, «aunque inventan con descaro, no descartan la cita escondida ni intentan disimular un vínculo estrecho con las circunstancias biográficas, históricas y sociales que las rodearon.»
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Turín, 25 de abril de 1911

Queridos hijos,

   Esta carta no la escribí nunca, pero sé que vosotros la leeréis, infinitas veces, cada vez que intenten entender quién fui o quise ser. A ese enigma me he enfrentado yo mismo muchas veces, sin encontrar más respuesta que el dibujo que agregan las rayas de un tigre a una jungla negra. A esas horas de enfrentamiento con el misterio las he llamado escribir. También: confiar en el diseño inexplicable (pero no incomprensible) de la nada.
   Tres ideas me han sostenido siempre: l'altrove, l'acqua, il dissenso. Combinadas, son todo lo que tuve. Si no fuera por ellas, habría sucumbido al miedo, ese fuego que se encendió, para no apagarse más, con el suicidio de mi padre. El agua, en cambio, fue cuna de muchos viajes, apertura a un lejos que se alejaba con mi acercamiento, distancia que se interponía entre mi corazón y mis ojos para que yo pudiera inventar lo inexistente. La insubordinación no es otra cosa. Hay que romper el contrato con lo cotidiano para poder ser quien se es, vale decir, un desconocido para los demás y sobre todo, para uno mismo.
   Estas reflexiones me tomaban tiempo. Las hacía a orillas del Po, saliendo de la ciudad y adentrándome como hoy por los vecinos bosques para pensar algún nuevo episodio de mi corazón. ¡Cuántas aventuras me dieron esos paseos! Turín, engalanada para la Exposición Universal, se me antojaba una nave espléndida y yo la montaba dispuesto a cruzar los siete mares y dirigirme a Borneo, donde peleaba el gran príncipe Sandokán, con sus tigres de Mompracén.
   Allí me esperaba una pasión malsana, esencial. Rebelarme contra las fuerzas inglesas de ocupación, lo descubrí muy pronto, era otra forma de reclamar mi propia independencia. A la sangría del colonialismo, le oponía mi ensoñación, la decisión altiva y un poco tímida de un muchacho dispuesto a no dejarse interpretar, traducir, reducir a una versión legible de su propio caos. Entre corsarios rojos, fieras salvajes, digamos, me volvía invisible de un modo retorcido, así podía mover mis piezas como si fueran miniaturas, soñar mundos y nomenclaturas, escandir mi vida como si ella misma fuera un folletín, tapizándola de páginas cuyos secretos sólo a mí concernían. He sido infeliz. ¿Pero qué hombre no lo es? Los odiosos monstruos de la realidad son duros de enfrentar. En mi caso, no fue suficiente que mis editores se enriquecieran a mi costa, forzándome a escribir sin descanso, en condiciones humillantes, para poder alimentar a mi familia; tuve que ver cómo se llevaban a Aída, oír sus alaridos, aceptar que la encerrasen en un manicomio, dejándome a mí sin mujer y a ustedes, sin madre. Me siento agotado, quebrantado, sin palabras, sin fuerzas. He llegado al final y ahora camino, atormentado por la ceguera que me persigue hace tiempo, en dirección a las verdaderas tinieblas, ese destino fatal que conoció mi padre y que, sin duda, ustedes también heredarán.
   Este año la primavera es lluviosa y ahora, mientras escribo, todo es gris en torno a mí, lo cual está bien. Quizá la humedad del bosque me penetre cuando realice el seppuku, y la novela renazca una vez más en mi fantasía, lúcida y precisa, para alumbrar un mundo menos despiadado.
   Os dejo, además de esta carta, mi modesta y popular literatura, la locura generosa de mis héroes, mi orgullo de italiano y mi irrevocable apuesta a los reinos de lo extraño.
   Mañana no existiré.

Os ama,

Vuestro padre,

Emilio Salgari