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FUEGOS, Marguerite Yourcenar

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MARGUERITE YOURCENAR, Fuegos, Alfaguara, Madrid, 1982, 128 páginas.

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Existe entre nosotros algo mejor que un amor: una complicidad.
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Cuando estás ausente, tu figura se dilata hasta el punto de llenar el universo. Pasas al estado fluido, que es el de los fantasmas. Cuando estás presente, tu figura se condensa; alcanzas las concentraciones de los metales más pesados, del iridio, del mercurio. Muero de ese peso, cuando me cae en el corazón.
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Soledad... Yo no creo como ellos creen, no vivo como ellos viven, no amo como ellos aman... Moriré como ellos mueren.
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Lo único horrible es no servir para nada. Haz de mí lo que quieras, incluso una pantalla, incluso un metal buen conductor.
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Se dice: loco de alegría. También podría decirse: cuerdo de dolor.
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No me mataré. Se olvidan tan pronto de los muertos...
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No puede construirse una felicidad sino sobre unos cimientos de desesperación. Creo que voy a poder ponerme a construir.
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Que no se acuse a nadie de mi vida.

LA VOZ DE LAS COSAS, Marguerite Yourcenar

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MARGUERITE YOURCENAR, La voz de las cosas, Gadir, Madrid, 2005, 124 páginas.

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En traducción de Carlos Manzano edita Gadir este bello libro publicado por Gallimard en 1987. Yourcenar recoge textos de diversas tradiciones para componer un libro que "me ha servido de cabecera y de viaje durante tantos años y a veces para hacer acopio de valor". Hilvanan los textos las fotografías de Jerry Wilson.
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El árbol que llena el cielo nació de una mínima semilla; la torre de nueve pisos comenzó con un terrón del suelo; el viaje de mil leguas comienza con el primer paso fuera del umbral.
Tao Te King
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Un hombre bien nacido mira adentro. El vulgar mira a los demás.
Confucio
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No debemos desear nada distinto de lo que nos ocurre momento tras momento, pero manteniéndonos fieles al Bien.
Santa Caterina de Génova.
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¿Adónde va el alma después de la muerte? No es necesario que vaya a parte alguna.
Jacob Böhme
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Un barco puede quedar al abrigo en un cala y una nasa al abrigo en un lago, pero a medianoche puede acudir un hombre robusto y llevárselos. El ignorante no sabe que, sean cuales fueren los lugares en que pongamos un objeto al abrigo, los más pequeños dentro de los más grandes, lo que hemos escondido puede desaparecer y sernos arrebatado, pero, si ocultamos el universo en el universo, no hay peligro de que lo que nos resultaba precioso nos sea arrebatado y lo que poseemos es nuestro para siempre. Así, pues, el sabio sabe que la separación no es posible y que lo perdido no lo está en verdad.

Chuang Tzu, VI-6