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ESCRITOS SOBRE PINTURA, Henri Michaux

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HENRI MICHAUX, Escritos sobre pintura, Vaso Roto, Madrid, 2018, 528 páginas.

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En la Introducción (pp. 15-47),  Chantal Maillard, editora y traductora, señala: «Nada más lejos de la intención de Michaux. Nada más lejos y más opuesto a su tarea. Michaux no es un artista sino un buscador de infinitos.»
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   Los libros son aburridos de leer. No se circula libremente. Se le invita a seguir. El camino está trazado, de vía única.
   Del todo diferente, el cuadro: inmediato, total. A la izquierda, también, a la derecha, en profundidad, como se quiera.
   No hay trayecto sino mil trayectos, y las pausas no están indicadas. En cuanto uno lo desea, el cuadro está ahí de nuevo, entero. En un instante, todo está ahí. Todo, pero nada aún es conocido. Entonces es cuando hay que empezar A LEER.
   Aventura poco apreciada, aunque apta para todos. Todos pueden leer una pintura. hay materia que descubrir (y meses después, materias nuevas) para todos, los respetuosos, los generosos, los insolentes, los que le son fieles a su efigie, los que están perdidos en su sangre, los de bata blanca con sus tubos de ensayo, aquéllos para quienes un trazo es como un salmón que se tira al agua y cualquier perro que se encuentren, un perro que poner en la mesa de operaciones con el fin de estudiar sus reflejos, aquéllos que prefieren jugar con el perro, conocerlo reconociéndose en él, aquéllos que en el otro no festejan con nadie más que consigo mismo, en fin, aquéllos que ven sobre todo la Gran Marea, portadora a un tiempo de la pintura, del pintor del país, del clima, del medio, de la época entera y de sus factores, de los acontecimientos aún no audibles y de otros que ya se ponen a tocar furiosamente las campanas.
   Sí, hay algo para todos en el lienzo, incluso para los ineptos que simplemente dejan girar en ella sus alas de molino sin ver en realidad la diferencia, pero existe y cuán instructiva.
   No se demoren mucho, sin embargo». Éste es el momento. Aún no hay reglas. Pero no tardarán...


LA HERIDA EN LA LENGUA, Chantal Maillard

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CHANTAL MAILLARD, La herida en la lengua, Tusquets, Barcelona, 2015, 184 páginas.

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Algunas secciones de excelente poemario, como "Polvo de avispas", se componen íntegramente de poemas mínimos.

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Caminar aventando el miedo
sin apenas pasado entre las alas

EL MONJE DESNUDO, Taneda Santôka

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TANEDA SANTÔKA, El monje desnudo (100 haikus), Miraguano, Madrid, 2006, 224 páginas.

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Vicente Haya y Akiko Yamada son los traductores de una colección de haikus aderezada con exquisitas especias que invitan a su lectura: a la inclusión de los poemas en su original japonés se añaden las líricas introducciones de José Manuel Martín Portales a cada bloque temático y Orinar en la nieve, un prólogo de Chantal Maillard que con acierto advierte, o tal vez recuerda, que "sólo una mirada inocente es capaz de admirarse y contemplar las cosas cotidianas como si las viera por primera vez y, viceversa, sólo un corazón cansado, un oído deteriorado, un ojo oscurecido pueden pasar de largo sin admirarse a cada paso".

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枯れゆく草のうつくしさにすわる

Kareyuku kusa no
utsukushisa ni suwaru



Me siento en la belleza
de la hierba
que va marchitándose

DIARIOS INDIOS, Chantal Maillard

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CHANTAL MAILLARD, Diarios indios, Pre-Textos, Valencia, 2005, 120 páginas.

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Divididos en tres secciones (Jaisalmer, Banglore y Benarés) "los cuadernos que componen este libro no son crónicas de viaje. [...] Son los diarios de una conciencia observadora que acaba siendo el objeto de su propia observación, la historia de una mirada que progresivamente se invierte para dar cuenta de sí misma", señala la propia autora en el Prólogo (pp.11-14).

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   El horizonte en la llanura. El horizonte tras la llanura. La llanura, y luego el horizonte. Siempre venimos de donde estamos. Nunca llegamos donde estamos. Los camellos se alejaron con paso silencioso, sus grandes pezuñas bífidas esbozando con extrema levedad el signo de lo grávido. El peso de un camello: la articulada densidad del mundo configurándose en la presión exacta.
   Aprendo mis límites cuando con paciencia mido el peso de mi cuerpo, el ángulo que traza su sombra en las paredes y esas líneas que procuro borrar a fin de no perturbar el orden de lo visible. Aprendo mis límites proporcionalmente al deseo que tengo de convertirme en mirada y descansar en ella.

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    Se golpean el vientre. Los niños de Bangalore se golpean el vientre para que los hombres ricos se avergüencen y dejen de orinar sobre su rastro. Los niños de Bangalore se han dado cita en el descampado que sirve de horizonte a las ventanas de un hotel de lujo. Ahuyentan a los perros que cuidan la basura, olfatean el viento y aprenden a ser cuervos: los cuervos se alimentan al amanecer.

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   El viaje: cada vez más adentro, cada vez más profundo. Viajar es tomar distancia del mí. Viajar es relativizar, desterritorializar, desidentificar. En el viaje, uno se queda con lo que importa, prescinde de lo superfluo. Cada vez es más lo superfluo, cada vez es menos lo que importa. Cada vez es más lo que se deja, cada vez menos lo que uno lleva.
   El viaje es siempre una franja intermedia. Aquel que de nuevo se establece, aunque sea muy lejos de su lugar de partida, deja de viajar. Se inicia entonces, nuevamente, el ritual del yo, el montaje de la vida, la identificación, la nueva identidad. Hará falta otro viaje. Un volver, tal vez, O una nueva salida.
   Cada viaje ahonda en la extrañeza, en la erradicación de lo supuesto, todo aquello que no cuestionamos y sostiene la vida de todos los mí que se agrupan en el nos.
   En cada viaje adelgazo más: algo del mí se me pierde.
   Voy quedando menos.