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MAGACÍN RADIOFÓNICO, Sławomir Mrożek

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SŁAWOMIR MROŻEK, Magacín radiofónico y «El agua (pieza radiofónica», Acantilado, Barcelona, 2019, 176 páginas. Traducción de Anna Rubió y Jerzy Slawomirski.

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EL PERVERTIDO

   Corrió la voz de que un pervertido andaba pululando por el parque municipal. Se acercaba a los transeúntes al socai­re de la oscuridad, les entregaba un billete de quinientos złote a toda prisa y desaparecía sin dejar rastro.
   La primera víctima fue nuestro cajero. Llegó a la taber­na pálido como la cera, con un flamante billete de quinien­tos en la mano. Nos contó lo ocurrido y, acto seguido, nos pagó una ronda a todos para recobrar el ánimo. 
   La noticia sobre el incidente se propagó como un regue­ro de pólvora, causando el consabido revuelo. Los más alar­mados eran los padres. Temían que las correrías del per­vertido fuesen un mal ejemplo para la juventud y pusiesen en peligro su integridad moral. El individuo misterioso fue apodado «el Monstruo de la Alameda».
   El parque es un lugar desierto y mal iluminado, de modo que no resultaba nada extraño que acabara siendo el esce­nario de alguna cochinada. A pesar de todo, decidí jugár­mela y al día siguiente fui a dar un paseo. Al fin y al cabo, no soy un cobarde.
   La noche estaba oscura como boca de lobo, pero, desde la entrada misma, advertí que una gran multitud deambula­ba por allí. ¡Al fin y al cabo, somos una nación valiente y un pervertido cualquiera no nos va a meter miedo en el cuerpo! Por lo visto, quien se asustó fue aquel cerdo, porque, a pe­sar de recorrer el parque una y otra vez, no pude dar con él. 
   «Ya verás, miserable—pensé—. Tengo todo el tiempo del mundo. Esperaré a que se marchen todos y te daré una buena lección».
   Ya era pasada la medianoche cuando por fin me quedé solo. Frío, llovizna, una noche otoñal...: el ambiente ideal para un pervertido. Me sentía intranquilo. 
   Finalmente, miré, y vi una silueta que emergía entre los arbustos. Se me acercó.
   —¿Te gustaría tener quinientos złots?—me preguntó.
   —De acuerdo—dije—, pero que conste que estoy some­tido a violencia. 
   —Pues a mí también me gustaría—contestó—. ¡Suelta medio talego y lárgate!
   Me di cuenta de que estaba ante uno de nuestros ciuda­danos de pro, un hombre normal y corriente con su puño americano, nada que ver con un pervertido. El desconoci­do tuvo que conformarse con ochenta y dos złote y treinta groszy, porque aquello era todo lo que yo llevaba encima. 
   Pero no lamento haber perdido el dinero. Lo más impor­tante es que nuestra sociedad sea sana y que entre nosotros no haya pervertidos de ninguna clase.

LA VENGANZA DEL CIEGO Y OTROS CUENTOS, Víctor García Baquero

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VÍCTOR GARCÍA BAQUERO, La venganza del ciego y otros cuentos, Edición de autor, 2016, 104 páginas.
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UN MUERTO MUY VIVO
  

 
   El motor del Rolls—Royce rugía mientras remontaba la empinada colina. Las ramas de los sauces se doblaban más tristes de lo normal a causa del peso de la incesante lluvia. La deslumbrante luz de un rayo anunció la llegada del detective. Pisó la gravilla del jardín con sus botas negras, se ajustó la gabardina y se cubrió con su sombrero a lo Bogart.
   Uno de sus ayudantes le indicó que el cadáver se encontraba en el despacho situado a la derecha, frente a la escalera de caracol.
   Cuando el agente entró en la habitación, esta se encontraba completamente vacía. En el suelo aparecía la silueta dibujada en tiza blanca, pero el cuerpo sobre el que se había dibujado se había evaporado.
   Sus compañeros del departamento habían descuidado la escena de crimen; confiados en que el cadáver no se movería. 
   Aquel suceso tenía difícil explicación; sin embargo, era seguro que alguien cargaría con el mochuelo, eso incluía la bronca del jefe.

14 MICRORRELATOS FANTÁSTICOS Y OTROS RELATOS, Mark Debrest

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MARK DEBREST, 14 microrrelatos fantásticos y otros relatos, Caligrama, Barcelona, 2019, 120 páginas.

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EL ASCENSOR

   El ascensor de nuestro bello, señorial y antiguo edificio ya no funciona; y no tiene arreglo posible. El ascensor, que conoció a tantos y variados vecinos tantísimos años, y que era el nexo entre ellos, con sus charlas alegres, algunas tristes y otras monótonas, ya no estará con nosotros. Tenía noventa años, como yo, que nací en 1925. 
   El ascensor, de madera clara y acero brillante, bellamente decorado por fuera y por dentro, un poco oscuro en su interior y que bajaba y subía con lentitud, con majestuosidad, se ha ido para siempre y sin hacer ruido. 
   Para mí ha sido un disgusto enorme, pues lo vi y utilicé toda mi vida: con mis padres, hermanos y abuelos, y luego, con mi mujer, mis hijos, nietos y biznietos. Hizo un gran servicio a la comunidad de tantísimos vecinos durante muchos años, no estropeándose casi nunca. Era casi como un milagro que durara tanto tiempo, aunque no era de extrañar, pues era uno de los mejores y de los más caros de la ciudad. Pero todo tiene su final, todos lo tenemos, sin llegar nunca a acostumbrarnos a su ausencia. 
   El ascensor será reemplazado por otro. ¿Por otro? No quiero, no. Mi ascensor no puede reemplazarse. Debe quedarse ahí, pues forma parte de la historia del edificio, de mi edificio. Y que no, que no lo toquen, por favor. ¡Que no lo toquen! El ascensor ha muerto. 
   Sí, ha muerto.
   Y yo...
   Un poco con él.

CUENTOS, Leopoldo Lugones

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LEOPOLDO LUGONES, Cuentos, Ediciones Mínimas, Buenos Aires, 1916, 32 páginas.

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FLORES DE DURAZNO

   Junto al rancho medio arruinado, hay tres durazneros de avanzada edad, que tiritan de frío al vientecillo de la tarde, porque la escarcha los ha dejado completamente desnudos. El campo, amarillento en la extenuación de sus hierbas marchitas; la casa color de tierra, bastante ladeada, como un animal que cojea; los árboles deshojados, cuyos varillajes recuerdan vagamente destrozados miriñaques del tiempo ido: la inmensidad del horizonte, del cielo claro, bajo el cual se fatiga el silencio, sugieren indefinibles tristezas. El calor prematuro de los últimos días no ha podido conmover la austera taciturnidad de los campos, que continúan pensando en la muerte. Y como apenas una cosa se pone triste, adquiere algo de humano, aquel paisaje cobra aspecto de viudez y los bueyes flacos que por él cruzan, tienen paso de personas. Una carreta ha puesto el colmo a esa melancolía de la triste campaña. Cruzó, rechinando nostalgias, dando barquinazos: parecía reumática. Rudamente, quejábase la madera, achacaba torturas á la azuela indocta. Entre los rayos de las ruedas enormes había pedazos de cielo. Y cuando el vehículo pasó, sus anchos surcos dejaron en la llanura una interminable paralela, que semejaba la persecución infinita de un pensamiento geométrico. Aquello está decididamente melancólico. Lleva mal cariz la meditación de las cosas. Por el lejano camino, el polvo reseco se arremolina con bruscos giros, baila la tromba en pequeño, furioso, mas deshecho, a poco andar, en la aburrida laxitud del ambiente. Pero, ¿no hay algo que se mueve bajo los árboles desnudos, allí, cerca del rancho, al amor de la perezosa resolana? Diríase que son la muchacha dueña de casa y un mozo, que de seguro no pertenece a ésta. Tomados están de las manos, y parece que respetan el vasto silencio de las campiñas, pues no hablan. No hablan, porque tienen los labios ocupados en una deliciosa ocupación. Usted, señorita, creerá que se están besando. Yo no lo sé; pero es lo cierto que los viejos árboles, quienes, no obstante su grave aspecto, sienten la inquietud del extemporáneo calor, á la muchacha, que acaba de apoyarse en ellos distraídamente, los viejos árboles le han cubierto las manos de besos en forma de florecillas rosadas.
   Y este año ya no habrá frutos... es decir duraznos, a los menos... 

HACE TIEMPO QUE VENGO AL TALLER Y NO SÉ A LO QUE VENGO, Jorge de Cascante

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JORGE DE CASCANTE, Hace tiempo que vengo al taller y no sé a lo que vengo, Blackie Books, Barcelona, 2019, 256 páginas.

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LAS PERSONAS

   De todas las tiendas de mi calle la única que no ha colgado la decoración de Halloween es la tienda de congelados La Sirena: el último refugio, un lugar que puedes atravesar de principio a fin sin ser molestado, nunca hay nadie, no hay empleados, sólo hay luz blanca y paredes vacías. La Sirena es como si Las Vegas se dedicase a la comida congelada. Un cadáver con un ojo guiñado para siempre. Dentro no hay tiempo ni espacio, sólo estás tú con tus pensamientos. Si me dejaran casarme con mi amor en una franquicia de La Sirena me casaría sin pensármelo dos veces y después entraríamos de la mano en una de esas cámaras frigoríficas que tienen y no saldríamos jamás. Hace un minuto, en la calle, una chica ha ido a tirar una bolsa llena de periódicos a un contenedor y el chico que iba con ella le ha dicho que ni se le ocurriese hacerlo. «¿Has visto alguna vez un contenedor ardiendo, Adriana?», le ha dicho. «Los contenedores no se queman solos, ¿sabes?, los queman las personas».
   Los queman las personas.

LA LIEBRE QUE SE BURLÓ DE NOSOTROS, Andrea Camilleri

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ANDREA CAMILLERI, La liebre que se burló de nosotros, Duomo, Barcelona, 2019, 186 páginas.

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Paolo Canevari ilustra esta colección de relatos que componen, en opinión de Aramburu,  un libro delicioso.
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 LOS PAVOS NO DAN LAS GRACIAS

   En Estados Unidos cada cuarto jueves de noviembre es una gran fiesta porque se celebra el Thanksgiving Day, es decir, el día de Acción de Gracias. Los Padres Peregrinos, los que habían desembarcado del Mayflower, después de la primera cosecha abundante al año siguiente de su llegada, decidieron dar gracias al Señor sirviendo en la mesa un gran pavo, un animal hasta entonces desconocido para ellos pero muy apreciado desde que habían visto que los indios se lo comían.
   Desde aquel día, la tradición manda que, en esa fecha, cada mesa en las casas de los norteamericanos esté presidida por un pavo relleno gordo y dorado recién salido del horno. Pero no solo esto: la gran bandeja que lo contiene debe estar repleta de guarniciones, banderines y delicias varias. Cuando aparece en el comedor siempre estalla el aplauso entusiasta de los presentes. Es, en resumen, una especie de invitado de honor.
   Millones de pavos, pues, cada cuarto jueves de noviembre, se dejan literalmente, y no metafóricamente, la piel en esta celebración.
   Abro un pequeño paréntesis. También en América, en la época de la guerra entre los estados del norte y los del sur, se libró en Gettysburg un combate muy sangriento que dejó millares de cadáveres sobre el campo de batalla. Permanecieron mucho tiempo sin enterrar y, por consiguiente, se convirtieron en presa de los cuervos. Estos no olvidaron nunca más aquella comida abundante, hasta el punto de que, incluso sus descendientes, durante décadas y décadas, siguieron presentándose, cada mañana, en el campo que había sido el escenario de la batalla con la esperanza de encontrar más carne fresca. En fin, el recuerdo de aquel extraordinario banquete se había grabado de un modo indeleble en su ADN.
   Pero, cerrado el paréntesis, queda abierta una pregunta: ¿cómo es que en el ADN de los pavos, después de casi cuatrocientos años, no se ha grabado la fecha que marca anualmente su ineluctable matanza?
   Una vez vi en un documental centenares de miles de pavos esperando a ser sacrificados, desplumados y descuartizados.
   No tenían la menor idea del terrible destino que les aguardaba al cabo de pocas horas. En los ojos abiertos de par en par de muchos animales llevados al matadero he podido leer el terror por el final próximo, tal vez olían la sangre de las víctimas que los habían precedido. Los pavos, en cambio, no mostraban el menor indicio de inquietud.
   ¿Estupidez absoluta o suprema dignidad?
   Cuanto más reflexiono sobre ello más tiendo a pensar que puede tratarse de suprema dignidad.
   Porque, si aquel día los norteamericanos dan las gracias, los pavos no tienen nada que agradecer.
   Y, de hecho, que recuerden los norteamericanos, no ha habido nunca ningún pavo que, antes de ser sacrificado, haya pedido la palabra para declarar, ni en su nombre ni tampoco en el de sus colegas, que se alegra de inmolarse para contribuir a la felicidad de los norteamericanos.
   Alabada sea, pues, la dignidad de los pavos que mueren pero no dan las gracias. Mientras tanto hay numerosos jefes de Estado que, sentados a la mesa del poderoso aliado norteamericano como invitados de honor, terminan igual que los pavos. Y ellos, encima, dan las gracias.

CUENTOS REUNIDOS, Alberto Fuguet

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ALBERTO FUGUET, Cuentos reunidos, Literatura Random House, Barcelona, 2018.

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PERDIDO

   En un país de desaparecidos, desaparecer es fácil. El esfuerzo se concentra en los muertos. Los vivos, entonces, podemos esfumarnos rápido, así. No se dan ni cuenta, ni siquiera te buscan. Si te he visto no me acuerdo. La gente de por allá, además, tiene mala memoria. No se acuerdan. O no quieren acordarse.
   Una vez, una profe me dijo que estaba perdido. Le dije: para perderse, primero te tienes que encontrar.
   Luego pensé: ¿y si es al revés?
   Llevo quince años borrado. Abandoné todo y me abandoné. Tenía una prueba y no la di. Mi novia estaba de cumpleaños, pero no aparecí. Me subí a un bus que iba a Los Vilos. No lo tenía planeado. Sólo pasó. Pasó lo que tenía que pasar. Ya no había marcha atrás.
   Al principio, me sentí culpable; luego, perseguido. ¿Me andarán buscando? ¿Me encontrarán? ¿Y si me topo con alguien?
   Nunca me topé con nadie.
   El mundo, dicen, es un pañuelo. No es cierto. La gente que dice eso no conoce el mundo. El mundo es ancho y, sobre todo, ajeno. Puedes vagar y vagar y a nadie le importa.
      Ahora soy un adulto. Algo así. Ahora tengo pelo en la espalda y a veces el cierre no me cierra. He estado en muchas partes, he hecho cosas que jamás pensé hacer. Pero uno sobrevive. Uno se acostumbra. Nada es tan terrible. Nada.
   He estado en muchas partes. ¿Han estado alguna vez en Tumbes? ¿En el puerto de Buenaventura? ¿En San Pedro Sula? ¿Han estado alguna vez en Memphis, Tennessee?
   Seguí, como un cachorro, a una cajera de un K-Mart hasta El Centro, California, un pueblo que huele a fertilizante. El comienzo de la relación fue mejor que el fin. Después trabajé en los casinos de Laughlin, Nevada, frente al río Colorado. Viví con una mujer llamada Francis y un tipo llamado Frank en una casa al otro lado, en Bullhead City, pero nunca nos veíamos. Nos dejábamos notas. Los dos tenían mala ortografía.
   Una vez, en una cafetería de Tulsa, Oklahoma, una mujer me dijo que le recordaba a su hijo que nunca regresó. ¿Por qué crees que se fue? Le dije que no sabía, pero quizá sí.
   O quizá no.
   Terminé, sin querer, enseñando inglés a niños hispanos en Galveston. La bandera de Chile es casi igual a la de “Texas. Una de las niñas murió en mis brazos. Se cayó del columpio. La empujé demasiado alto y voló. Voló como dos minutos por el húmedo cielo del Golfo. Yo no quise herirla y, sin embargo, lo hice. ¿Qué puedes hacer al respecto?
   ¿Qué puedes hacer?
   ¿Han estado en Mérida, Yucatán? En verano hacen 48 grados y, los domingos, cierran el centro de la ciudad, para que la gente baile. A veces me consigo una muchacha y bailo.
   El año pasado decidí googlearme. Quizá me estaban buscando. No me encontré. Sólo encontré un tipo que se llama igual que yo que vive en Barquisimeto, Venezuela, y tiene un laboratorio dental. El tipo que se llama igual que yo tiene tres hijos y cree en Dios.
   A veces sueño que vivo en Barquisimeto, que tengo tres hijos, que creo en Dios. A veces sueño que me encuentran.

SOBRE NUPCIAS Y AUSENCIAS, Y OTROS CUENTOS, Lenito Robinson-Bent

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LENITO ROBINSON-BENT, Sobre nupcias y ausencias, y otros cuentos, Ministerio de Cultura, Bogotá, 2010, 130 páginas.

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DILE QUE... ME MORÍ DE VIEJA

   «Dile que... me morí de vieja». Y estoy esperando con el lápiz sostenido a una cierta distancia sobre el papel, mirándola fijamente con la esperanza de ver alguna señal de retractación, aguardando q1ue ella corrija la fórmula de introducción de la carta. Ella se da cuenta de mi vacilación. «Eso mismo. Dile que me morí de vieja». Ella permanece inmóvil en la antigua mecedora de mimbre mientras medita y sopesa cada palabra antes de dictarla. «Tal vez con esa frase logre deshelarle ese corazón de mármol». Yo me apresto a transcribir la frase cuando me interrumpe. «No pongas esto». No lo transcribo y quedamos en silencio, ella meditativa, yo expectante. «Dile que tengo noventa años, con un pie en la iglesia y el otro en el cementerio, y el corazón con él. Ya no veo casi nada, solo masas, masas grandes y amorfas rodeadas de sombras; tengo telarañas creciendo en los ojos. Dile que no recuerdo muy bien cómo es su cara; debe haber cambiado mucho y no lo reconocería aunque no fuera cegata...». Una larga pausa, un suspiro profundo, otra pausa corta. «No escribas esto. Tengo que tratar de revolver el recuerdo para ver si encuentro algo útil para poner en esta última carta, porque tú te vas pronto y no habrá quien me haga otras líneas... Aquel domingo por la noche llegó corriendo a casa, casi sin aliento; tenía mucha prisa porque se embarcaba al alba. Tendría unos veintitrés años bien cumplidos y un sueño loco mal guardado. Dijo que quería escaparse del servicio militar. Yo me opuse tajantemente a su decisión, sin embargo él estaba dispuesto contra viento y marea a dejar atrás mujer, hijos y madre, y esa noche se embarcó al silencio. Prometió escribir y enviarme muchas cosas, promesa que cumplía sagradamente al comienzo de su ausencia, luego lo hacía de cuando en cuando, y ahora, nada. Nada. Dile... –me sobresaltó por estar concentrado en el relato y distraído en sus gestos dignos de lástima– que su hijo mayor contrajo matrimonio, que el otro ya se fue de casa como él. Dile que la casa se me está cayendo encima, está podrida la madera y el techo gotea; cuando llueve duermo de pie en el rincón donde él tenía su cama, si aún lo recuerda; que los lagartos anidan en la almohada donde pongo la cabeza, el verano sol, el invierno lluvia... dile que estoy decrépita, ya no soy la madre grande y fuerte que cargaba con los tres hermanos cruzando el arroyo para llevarlos a la escuela. Tiene que venir a verme, me va a encontrar como una ciruela pasa llena de canas y caspas». Trato de moderar la expresión, ella ve que yo vacilo. «Dile eso mismo». Sin arrepentimiento lo escribo. «Pregúntale qué le he hecho para merecer tanto olvido. Todavía tengo limpia mi conciencia de buena madre. He perdido todo menos eso. Recuérdale que también le fui un padre tierno. Madre, padre y mártir en una sola víctima; sí, mártir del recuerdo del sufrimiento, de la espera. Dile que nunca le pude presentar a su padre sino por vagas descripciones, no porque no lo conociera, sino que la voluntad de Dios me lo impidió». Hace una pausa larga mientras mira lejos sobre el mar como si escrutara los arrecifes lejanos para señalar algo, pero ya no ve nada. Y yo la miro callada y fijamente; veo en los bordes de sus ojos, por entre las pestañas canosas dos gotitas de lágrimas empezar a descender lentamente. Hay una pausa larga.
   «No escribas esto. Su padre salió una noche a pescar. Soplaba el viento del norte; yo dormía y soñé con él, cosa rara en ese tiempo. En el sueño escuché el ruido acostumbrado de los canaletes al ser descargados encima del techo de zinc de la cisterna, abrí la ventana y allí estaba él parado en el patio, vestía un viejo pantalón de paño negro y una camisa escocesa roja, estaba descalzo, con la cara pálida y triste, y flotando a media yarda sobre el suelo. Me desperté a la deriva en un sudor espeso, y delirando de pesadilla. Me costó tiempo y trabajo llegar a acertar si fue un sueño o si fue de verdad que lo había visto y oído todo, luego me quedé acostada, temblando y así permanecí hasta el amanecer, pensando en él, esperándolo a sabiendas de que no volvería, y desde aquel día, aguardando sin esperar a nadie, y cuando los hijos crecieron yo nunca encontré la forma de juntar las palabras para decirles cómo era su padre. Solo pude decirles que él era bueno y los quería a todos... Aquí todo llega por mar y por mar se va».
   «Dile que si cree en Dios, por favor venga a verme, no por mí, sino por él. Que todos mis hermanos y hermanas se han muerto, los nietos se fueron de casa y me he quedado completamente sola en este mundo poblado de sombras; ya no me acuerdo de casi nada, a veces me paso la noche entera buscando a tientas la cajita de fósforos para encender la linterna de queroseno, me voy tropezando con sillas, mesas, camas, y luego de la búsqueda infructuosa me acuesto en la oscuridad para darme cuenta solo al día siguiente de que durante todo ese tiempo la tenía crispada en la mano. También estoy perdiendo la cabeza, confundo nombres con fechas y números con lugares. Dile que... anoche vino su padre –detengo el lápiz y la veo dormitando– dile que vino su padre con los canaletes al hombro y los sedales en la mano y los puso encima de la cisterna; llegó empapado y se metió en mi cama debajo de la cobija, dijo que tenía frío y sueño, se sentía solo. Preguntó por qué no has venido aún. Los dos queremos verte, pero mucho. Dile que... el pastor de la escuela dominical pregunta por él, que repase las lecciones, que venga con los zapatos embolados...». La despierto de sus sargazos de delirio con el fin de avisarle de la terminación de la carta. Abre los ojos y asiente con un movimiento de cabeza sin mirarme. Comienzo a escribir el sobre y veo que ella llora en silencio, sus dedos tiemblan sobre los brazos de la mecedora. Doblo el pliego de papel en cuatro, lo meto en el sobre y cuando procedo a cerrarlo ella me interrumpe con sus sobresaltos y su gesto consternado: «Se me olvidó algo. Dile que me morí de vieja». No se te olvidó –le digo cariñosamente– con eso mismo empezamos la carta.

CUENTOS, Gianni Rodari

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GIANNI RODARI, Cuentos, Edebé, Barcelona, 2005, 190 páginas.

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EL MANITAS

   Lejos, lejos, muy lejos, más allá de los océanos y de todos los mares, más allá de los lagos y de todos los ríos, incluso más allá de las montañas de cristal y de bizcocho, y aún un poco más lejos, vivía una vez un carpintero.
   Este carpintero había aprendido tan bien a hacer herrajes que ningún sastre del mundo habría podido superarlo. Tejía hogazas y cacerolas como ningún otro carretero en el universo y, por decirlo en pocas palabras, era el mejor de todos los curtidores.
   Y cuando enganchaba los caballos podía decir enseguida, mirando a los terneros, qué cerda estaba a punto de parir gatitos.
   ¡Menudo manitas era!

CUENTOS, Gianni Rodari

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GIANNI RODARI, Cuentos, Edebé, Barcelona, 2005, 190 páginas.

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NASREDDIN SALVA A LA LUNA

   Una vez, al anochecer, Nasreddin fue a buscar agua. Inclinándose sobre el pozo, vio que se reflejaba en el agua, bien al fondo, el rostro de la luna.
   —Pobres de nosotros —exclamó Nasreddin—, la luna se ha caído en el pozo. Deprisa, deprisa, saquémosla de allí.
   Y fue a su casa a coger cuerda y un gancho.
   El buen Nasreddin hizo varios esfuerzos, pero no lograba enganchar a la luna para sacarla del pozo. Por fin tuvo la impresión de que el gancho la había alcanzado y comenzó a tirar.
   —Caramba, cómo pesa... —suspiraba.
   Y seguía tirando con todas sus fuerzas, afirmando los pies contra el parapeto del pozo. De repente, el gancho se desprendió. Nasreddin se cayó de espaldas, miró hacia arriba y vio a la luna en medio del cielo.
   —Loado sea Dios —exclamó Nasreddin satisfecho—, me he hecho algún chichón, pero la luna ha vuelto a su sitio.

CUENTOS, Gianni Rodari

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GIANNI RODARI, Cuentos, Edebé, Barcelona, 2006, 190 páginas.


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LA MUCHACHA DE LA LUNA

   Había una vez, en Yakutia, una pobre niña huérfana de padre y madre. La niña era demasiado pequeña para bastarse a sí misma, así que la adoptó un rico mercader ruso y la llevó a su casa. Allí debía fregar el suelo, lavar los platos, ir a buscar agua, hacer la colada, cocinar, cuidar a los niños y, a cambio de todo este trabajo, sólo recibía techo y comida. Nadie se preocupaba de que la pequeña tuviese que trabajar más que los adultos, sin un momento siquiera de descanso y sin poder jugar nunca con otros niños. El mercader era un malvado y su mujer, peor que él.
   Una noche en que la Luna resplandecía muy clara en el cielo y la helada hacía castañetear los dientes, la mujer del mercader mandó a la niña a buscar agua a una fuente lejana. Aunque la muchacha tenía frío, cogió el cubo de madera y una hachuela y se puso en marcha. Estaba aterida, cuando al fin llegó a la fuente. Con la hachuela hizo un hueco en el hielo, llenó de agua el cubo y se dio prisa en volver. Pero el camino era escabroso y resbaladizo. La niña, ya muy cerca de la casa del mercader, tropezó, cayó y derramó toda el agua.
   ¿Y ahora? No le pasaba por la cabeza desandar el camino hasta la fuente. Se sentía demasiado débil y hacía demasiado frío. ¿Volver a la casa sin agua? No se habría atrevido. Mientras estaba así, triste y tiritando, sin saber qué hacer, alzó los ojos, vio a la Luna que atravesaba el cielo y clamó:
   —Luna, hermosa Luna, eres testigo de mi desdicha y no me agudas. Sácame de aquí, donde es de noche y hace frío, donde viven el malvado mercader y su mujer peor aún, llévame contigo por el cielo azul.
   La Luna la escuchó, bajó a la Tierra y adoptó el aspecto de un bello joven vestido de plata.
   Pero el hermano mayor de la Luna, el Sol, se dio cuenta enseguida de lo que ocurría. Bajó también a la Tierra y adoptó el aspecto de un bello joven vestido de oro. Le dijo entonces a la Luna:
   —He venido a llevarme a la niña que no conoce la felicidad en la Tierra y que quiere subir al cielo. Como soy tu hermano mayor, naturalmente tendrás que dejarme actuar a mí primero.
   Pero la Luna respondió:
   —Es verdad, hermano, eres el mayor. Pero ahora es de noche y de noche mando yo. La niña me ha pedido aguda a mí, no a ti. Por tanto, seré yo la que la lleve al cielo conmigo.
   Dicho esto, cogió a la muchacha y se la llevó consigo. La niña yakutia vive ahora en la Luna. Mirad un momento hacia arriba, observad la Luna llena y quizá también vosotros podréis verla.

CUENTOS DEL OLIVO, Catherine Gendrin

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CATHERINE GENDRIN, Cuentos del olivo, Vicens Vives, Barcelona, 2019, 126 páginas.

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Acompañan a estos Relatos de la tradición judía y musulmana las ilustraciones de Judith Gueyfier.
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SOPA DE CUCARACHAS


Cuento de Túnez

     El joven Jeha vivía en el barrio de La Goleta, a las afueras de Túnez. Un hermoso día de primavera se levantó con ganas de ver el mar, así que echó a andar por la carretera y, en cuanto pasó un carro, se subió a él de un salto.
   Gracias a esta treta, Jeha llegó en un periquete a Sidi Bou Said, el barrio en el que vivía la gente más rica de la región. Las puertas y ventanas de las casas estaban pintadas de un azul intenso, y las buganvillas trepaban por las paredes blancas de los edificios creando formas caprichosas.
   A Jeha aquel barrio se le antojó un lugar de ensueño. Mientras recorría sus pintorescas calles, soñaba con los frescos patios que sin duda escondían en su interior todas aquellas casas tan hermosas. La imaginación de Jeha echó a volar y el joven se vio a si mismo recostado en un mullido cojín de seda, paladeando el delicioso té con menta que le acababa de servir un criado.
   De repente, a Jeha le llegó un suculento olor a pimientos rellenos y carne a la brasa. El aroma procedía de un bonito restaurante cuya terraza con azulejos dominaba la inmensidad del mar. A Jeha se le había abierto el apetito, pero, por desgracia, no tenía ni un céntimo.
   Después de reflexionar durante unos instantes, el joven se metió en una oscura callejuela. De vez en cuando se agachaba para recoger algo de los adoquines polvorientos. Al cabo de un rato, salió del callejón, se dirigió al restaurante y se sentó en una mesa.
   Jeha pidió cuscús con verduras, cordero asado, zanahorias y calabacines, además de berenjenas y pimientos fritos, unos pasteles de miel y almendra, y un vaso de té con menta. Cuando terminó de comer, el amo del restaurante se le acercó con la cuenta, pero Jeha lo detuvo con un gesto.
   —Todavía no he terminado —dijo—. Tráigame un cuenco de sopa.
   Al amo le extrañó la exigencia, pero, como el cliente siempre tiene la razón, le sirvió sin rechistar un cuenco de sopa humeante. En cuanto el amo se dio la vuelta, Jeha se sacó un puñado de cucarachas del bolsillo y las echó en la sopa con disimulo. Entonces se puso a gritar:
   —¿Se puede saber qué significa esto? ¡Es intolerable!
   El jefe del restaurante acudió muy alarmado.
   —¿Qué ocurre, señor? —preguntó, presa del nerviosismo.
   —Mire: ¡hay cucarachas en la sopa! —exclamo' Jeha—. Yo Pensaba que este era un restaurante decente.
   El amo se dio cuenta de que el resto de clientes empezaba a prestar atención a las quejas y aspavientos del joven. Y como no quería escándalos, le dijo a Jeha:
   —Señor, lo siento mucho, no entiendo qué ha podido pasar. Para compensarle, invita la casa, pero hágame el favor de marcharse.
   Y Jeha se marchó del restaurante como un rey, sin pagar. Con la panza llena y el corazón alegre, fue a dar una vuelta por la playa. Allí se encontró con un amigo de su barrio que era tan pobre como él.
   —Jeha, pareces contento —le dijo el muchacho.
   Y él le explicó cómo se había dado un verdadero festín sin gastar ni un céntimo.
   El amigo escuchó con atención y se acercó al mismo callejón en el que había estado Jeha. Luego se dirigió al restaurante. Encargó cuscús con verduras, cordero asado, zanahorias y calabacines, además de berenjenas y pimientos fritos, unos pasteles de miel y almendra, y un vaso de té con menta.
   Cuando llegó el momento de pagar, pidió un cuenco de sopa. Pero, para su sorpresa, el patrón le dijo:
   —Lo siento muchísimo, señor, hoy no servimos sopa.
   El muchacho se levantó furioso, se sacó un puñado de cucarachas del bolsillo y gritó:
   —¿Y se puede saber qué hago ahora con todos estos bichos?
   En La Goleta, la gente todavía cuenta esta historia para reírse... ¡y para no pensar en las cucarachas que corretean por las calles! 


FÁBULAS Y LEYENDAS DE CHINA, Norman Hinsdale Pitman

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NORMAN HINSDALE PITMAN, Fábulas y leyendas de China, Quaterni, San Fernando de Henares, 2016, 216 páginas. Traducción de Eva González Rosales.
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EL ARRIERO Y LA TEJEDORA

   El arriero era muy pobre. Cuando tenía doce años entró al servicio de un ganadero para ocuparse de su vaca. Después de un par de años, la vaca estaba grande y gorda, y su pelaje brillaba como el oro amarillo. Debía ser una vaca sagrada.
   Un día, cuando la sacó a pastar a las montañas, de repente habló al arriero con voz humana.
   —Este es el Séptimo Día. Hoy las nueve hijas del Rey de Jade Blanco se bañarán en el Mar del Cielo. La séptima hija es hermosa y muy lista; hila las nubes de seda para los regentes del cielo y vigila el hilado que hacen las doncellas en la tierra. Esa es la razón por la que la llaman «la Tejedora». Si vas y te llevas su ropa mientras se baña, te convertirás en su marido y obtendrás la inmortalidad.
   —Pero ella está arriba, en el cielo —replicó el arriero—. ¿Cómo voy a llegar hasta allí?
   —Yo te llevaré —le respondió la vaca rubia.
   Así que el arriero subió a la grupa de la vaca y, en un momento, empezaron a salir nubes de sus pezuñas y se elevó en el aire. Mientras volaban tan rápidamente como el rayo, se escuchaba un silbido parecido al sonido del viento. De repente, la vaca se detuvo.
   —Ya hemos llegado —dijo.
   El arriero estaba rodeado de bosques de crisoprasas y árboles de jade. La hierba era de jaspe y las flores de coral. En el centro de todo aquel esplendor había un enorme mar de unos quinientos acres. Sus olas verdes subían y bajaban, y peces con escamas doradas nadaban en él. Además, había un sinfín de aves mágicas que lo sobrevolaban. Incluso a lo lejos, el arriero podía ver a las nueve doncellas en el agua. Habían dejado sus ropas en la orilla.
   —Llévate el vestido rojo, rápido —le ordenó la vaca—, y escóndete en el bosque con él. Por muy dulce que sea al pedirte que se lo devuelvas, no lo hagas hasta que te haya prometido que será tu esposa.
   El arriero bajó rápidamente de la grupa de la vaca, agarró el vestido rojo y huyó con él. En ese mismo momento, las nueve doncellas lo vieron y se asustaron mucho.
   —Oh, joven, ¿de dónde vienes y cómo te atreves a llevarte nuestra ropa? —exclamaron—. ¡Suéltala de inmediato!
   Pero el arriero no dejó que sus palabras lo afectaran y se agachó tras uno de los árboles de jade. Ocho de las doncellas salieron a la orilla rápidamente para vestirse.
   —Ha querido el cielo que nuestra séptima hermana esté destinada a ser tuya —le dijeron—. Te dejaremos a solas con ella.
   La Tejedora estaba aún metida en el agua, pero el arriero se presentó ante ella, riéndose.
   —Si me prometes que serás mi esposa —le dijo—, te devolveré la ropa.
   Pero a la muchacha no le pareció bien.
   —Soy la hija del mayor de los dioses y no me casaré si él no lo ordena. ¡Devuélveme mi ropa, rápido, o mi padre te castigará!
   —El destino ha querido que os pertenezcáis el uno al otro y para mí será un honor arreglar tu matrimonio —se ofreció la vaca rubia—. Tu padre no pondrá objeción alguna, de eso estoy segura.
   —¡Tú eres un animal sin raciocinio! —exclamó la Tejedora—. ¿Cómo vas tú a arreglar nuestro matrimonio?
   —¿Ves aquel viejo sauce allí en la orilla? Pregúntale a él. Si el sauce habla, entonces es que el cielo desea vuestra unión.
   Y la Tejedora preguntó al sauce.
   —¡Este es el Séptimo Día, el día en el que el Arriero hace la corte a la Tejedora! —contestó el sauce con voz humana.
   La muchacha quedó satisfecha con el veredicto. El arriero le devolvió la ropa y se alejó. La joven se vistió y lo siguió. Y, de este modo, se convirtieron en marido y mujer.
   Pero, siete días después, ella lo abandonó.
   —Mi padre me ha ordenado que me ocupe del telar —dijo al arriero—. Si me retraso demasiado, temo que me castigue. Aunque ahora tengamos que separarnos, nos encontraremos de nuevo.
   Tras decir estas palabras, se marchó. El arriero corrió tras ella pero, cuando estaba a punto de alcanzarla, la Tejedora se sacó del cabello una larga aguja con la que dibujó una línea en el cielo que se convirtió en el Río de Plata. Y así continúan ahora, separados por el río, observándose el uno al otro.
   Desde entonces se encuentran cada año en la víspera del Séptimo Día. Cuando llega ese momento, todos los cuervos del mundo de los hombres alzan el vuelo para formar un puente por el que la Tejedora cruza el Río de Plata. Y ese día no se ve un solo cuervo en los árboles debido a la razón que he mencionado. Además, a menudo cae una fina lluvia el atardecer. Entonces, las mujeres y las abuelitas se dicen unas a otras:
   —¡Esas son las lágrimas que vierten el Arriero y la Tejedora al despedirse!
   Y, por esta razón, el Séptimo Día se celebra en China el Festival de la Lluvia.
   Al oeste del Río de Plata está la constelación de la Tejedora, que consiste en tres estrellas. Y justo delante hay otras tres estrellas con forma de triángulo. Se dice que el Arriero se enfadó una vez porque la Tejedora no quería cruzar el río y le lanzó su yugo, que cayó justo a sus pies. Al este del río está la constelación del Arriero, formada por seis estrellas. A un lado hay un sinfín de estrellitas que forman una constelación afilada en ambos extremos y más ancha en el centro. Se dice que la Tejedora, en respuesta, lanzó su huso al Arriero; pero no lo golpeó y el huso cayó a su lado.

CUENTOS, Gianni Rodari

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GIANNI RODARI, Cuentos, Edebé, Barcelona, 2006, 192 páginas.

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POR QUÉ LA GENTE SE MUERE Y NO VUELVE A NACER

   Hace mucho, mucho tiempo, la Luna, que muere y renace cada cuatro semanas, le dijo un día a la liebre:
   —Ve y anuncíales a los hombres que, así como yo muero y vuelvo a nacer, ellos también morirán y renacerán.
   La liebre, sin embargo, al comunicar a la gente el mensaje de la Luna, cayó en una gran confusión. Y esto fue lo que dijo:
   —Como yo muero y no vuelvo otra vez a la vida, también vosotros moriréis y no volveréis a nacer. 
   Cuando la liebre estuvo de vuelta, la Luna le preguntó qué le había dicho a la gente.
   —Que como yo muero y no vuelvo otra vez a la vida, también vosotros moriréis y no volveréis a nacer.
   —Pero ¿por qué has dicho semejante cosa? —gritó la Luna y, furiosa, le arrojó encima un palo que la golpeó en el hocico y le partió el labio.
   La liebre se escapó y, desde aquel entonces, siempre ha tenido el labio partido que, mira tú por dónde, se llama leporino.
   Y los seres humanos, desde aquella época, mueren y no vuelven a nacer.


CHISPAS, Luis Goytisolo

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LUIS GOYTISOLO, Chispas, Anagrama, Barcelona, 2019, 136 páginas.

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EL JOYCE ESE

   —En una biografía de Joyce he leído que, cuando vivía en Zúrich, se dedicaba a espiar a una vecina de la galería de enfrente para pillarla cuando iba al retrete: ella acabó dándose cuenta y entonces empezó a demorarse tanto antes de entrar como al salir, gestos de lo más expresivo respecto a lo que iba a hacer o ya había hecho. Todo un flirteo.
   —¡Anda! ¿Y tú te lo crees?
   —Tratándose de Joyce, por supuesto. ¡Si era un voyeur! Fíjate cómo al comienzo de Ulises ya se cuenta que Leopold Bloom, el protagonista, se va a evacuar después del desayuno. Luego, en la playa, observando a unas adolescentes, acaba acariciándose el pito a través del bolsillo. Y ya de noche, un tanto colocado, la visita a la casa de putas. Y sobre el final, cuando acaba besando el culo de su mujer, ya dormida, y que ha estado follando con otro, como él bien sabe.
   —Lo leí hace ya mucho y un poco por encima, pero eso del beso lo recuerdo perfectamente. Supongo que abriéndole un poco las nalgas. ¡Menudo guarro!
   —Pero ¿por qué te escandalizas? Es un tipo de erotismo de lo más extendido: sexo anal.
   —¿Con una mujer? Yo creía que eso era entre hombres, cosa de gays, vamos. Al no poder hacerlo por delante...
   —Qué dices! Claro que es algo de lo que no se habla mucho, pero a las mujeres suele encantarles.
   —Y qué me dices de la coprofagia?
  —Son cosas que no tienen nada que ver una con otra. Ni siquiera con eso de que hay quien se excita viendo a una mujer haciendo caca y, a partir de ahí, se pone a hacer una serie de porquerías.
   —Pues, por lo que cuentas, Joyce podría haber sido uno de esos.
   —No te diré que no.
   —¡Pero bueno! ¿Se puede saber quién es ese Joyce del que estáis hablando? ¿Cómo y cuándo le habéis conocido?

CUENTOS, Gianni Rodari

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GIANNI RODARI, Cuentos, Edebé, Barcelona, 2006, 192 páginas.

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POR QUÉ EL BÚHO SE ESCONDE DE DÍA

   Hace muchísimo tiempo, el búho trabajaba de tintorero. Todos los pájaros acudían a él para hacerse teñir las plumas. El búho se las teñía de los colores más hermosos, atendiendo a sus deseos. Todos estaban satisfechos de él, excepto el cuervo, que despreciaba el arte del búho tintorero y se jactaba siempre del candor inmaculado de sus plumas. Pero un buen día se cansó de tanta blancura y voló hacia el búho para decirle:
   —Tiñe también mis plumas. Pero las quiero de un color especial, ningún otro pájaro en el mundo debe tenerlas igual.
   El búho pensó un poco antes de decidir qué color daría a las plumas del cuervo. Y al final eligió el negro:
   —Ahora tus plumas son de un color único en el mundo.
   Cuando el cuervo se dio cuenta de que, en realidad, eran completamente negras, como si hubiese entrado por una chimenea, montó en cólera. Pero ¿qué podía hacer ahora? Desde aquel día, todos los cuervos salieron vestidos de negro.
   Pero no perdonaron nunca al búho. Cada vez que lo ven, se le echan encima y, si pudiesen, acabarían con él. Éste es el motivo de que el búho se oculte durante todo el día y vuele en busca de sus presas sólo de noche, cuando todos los cuervos duermen.

LA MUERTE Y EL DUELO, Carmen Moreno Lorite

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CARMEN MORENO LORITE, La muerte y el duelo, Kolima, Madrid, 2016, 170 páginas.

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Carmen Moreno compone una magnífica antología de relatos de distintas tradiciones que permiten contemplar la muerte y el duelo con la serenidad que se ha perdido en las sociedades urbanas contemporáneas.  
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LO INEVITABLE

   Cuentan que una mujer pobre se acercó a Buda para su favor. Su hijo había sido picado por una serpiente, y el veneno, decían los médicos, lo mataría irremediablemente. El Buda, imperturbable, le dijo:
   —Mujer, ve al pueblo y pide un grano de mostaza negra en aquella casa donde no haya habido ninguna muerte. Si me lo traes, tu hijo no morirá.
   La mujer, desesperada, fue de casa en casa. Pero, ante la pregunta, en todas las casas le respondían lo mismo: que allí había habido una muerte. Así que en ningún sitio pudo conseguir el grano de mostaza negra para llevárselo al Buda.
   Cuando regresó ante su presencia, le dijo:
   —No he encontrado ni una sola casa en la que no hubiera habido alguna muerte.
   El Buda, compasivamente, le dijo:
   —¿Te das cuenta? Es inevitable. Todos hemos de morir. Anda, ve ahora mismo al lado de tu hijo y no te separes de él. Cuando muera, entierra su cuerpo.

CUENTOS SALVAJES, Ednodio Quintero

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EDNODIO QUINTERO, Cuentos salvajes, Atalanta, Vilaür, 2019, 544 páginas.

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TATUAJE

   Cuando su prometido regresó del mar, se casaron. En su viaje a las islas orientales, el marido había aprendido con esmero el arte del tatuaje. La noche misma de la boda, y ante el asombro de su amada, puso en práctica sus habilidades: armado de agujas, tinta china y colorantes vegetales dibujó en el vientre de la mujer un hermoso, enigmático y afilado puñal.
   La felicidad de la pareja fue intensa, y como ocurre en esos casos: breve. En el cuerpo del hombre revivió alguna extraña enfermedad contraída en las islas pantanosas del este. Y una tarde, frente al mar, con la mirada perdida en la línea vaga del horizonte, el marino emprendió el ansiado viaje a la eternidad. En la soledad de su aposento, la mujer daba rienda suelta a su llanto, y a ratos, como si en ello encontrase algún consuelo, se acariciaba el vientre adornado por el precioso puñal.
   El dolor fue intenso, y también breve. El otro, hombre de tierra firme, comenzó a rondarla. Ella, al principio esquiva y recatada, fue cediendo terreno. Concertaron una cita. La noche convenida ella lo aguardó desnuda en la penumbra del cuarto. Y en el fragor del combate, el amante, recio e impetuoso, se le quedó muerto encima, atravesado por el puñal. 

NUESTRO PERSONAJE EN PRÁCTICAS, Mercedes Alfaya

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MERCEDES ALFAYA, Nuestro personaje en prácticas, Edición de autor, 2019, 68 páginas.

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MOVERSE EN AUTOMÁTICO

   Llevo algunos años que no siento la navidad; algo que me parece ficticio, un teatro, una farsa. 
   Por imposición, hay que celebrar unas fechas que ni siquiera concuerdan con la verdad (Jesús no nació el 24 de diciembre). Las familias se reúnen en torno a una mesa donde a veces muchos de sus miembros ni se aguantan. La movilidad, el gasto y el derroche se multiplican, los mercados se desbordan y la gente se lanza a comprar y consumir de una manera frenética. A mí no me importa lo que hagan o deshagan los demás, pero yo he decidido ser coherente conmigo misma: quiero decir que lo que pienso, lo que siento y lo que hago debe concordar para que mi cuerpo no se resienta ante el caos que desencadena la falta de equilibrio entre las partes. 
   Conozco personas que enferman por estas fechas debido a que no saben cómo manejar algunas situaciones que plantea el tener que reunir a la familia con la falta de espacio, dinero o motivación. Y si hablamos de los adornos navideños…, la tienda de abajo ya flanqueó la entrada con los arbolitos del año pasado cargados de bolas, guirnaldas y luces, todo colocado de forma automática, sin imaginación ni esmero. Si llegara un extraterrestre y preguntara para qué los arbolitos con adornos, imagino que la respuesta sería esta: Es navidad. Y ese "Es navidad" lo justificaría todo. Así nos volvemos más entrañables, emotivos, más gastosos, más glotones, más falsos, más ciegos, más hipócritas… Echamos de menos a los que ya no están con mucho más empeño que en otros momentos y, como es sabido, recurrimos a la rueda del consumismo con la intención de alimentar carencias y socorrer nostalgias. Porque, a ver, si de verdad te apetece reunir a la familia, traer de Santander a la tía Matilde (que no hay quien la aguante) y almorzar todos juntos una noche, repartir regalos, brindar, incluso tener presente a Jesús, a Buda o a tu ídolo de adoración predilecto, ¿necesitas esperar a que te digan cuándo hacerlo?..., ¿necesitas que los precios se disparen, las calles se iluminen, las tiendas modifiquen sus horarios, los mercados se colapsen y los rótulos parpadeen anunciando el “pistoletazo de salida”: ¡¡¡Es navidad!!! 
   Bueno, no sé si mi familia entenderá que yo no voy a continuar con esta farsa ni voy a celebrar las fiestas, con lo que habrá que trasladar el escenario a otra parte si ellos quieren seguir con esto. Lo que sí espero es que lo respeten, como yo respetaré a todo aquel que decida moverse en automático.

LA PRIMERA VEZ QUE VI UN FANTASMA, Solange Rodríguez Pappe

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SOLANGE RODRÍGUEZ PAPPE, La primera vez que vi un fantasma, Candaya, Barcelona, 2019, 144 páginas.

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CUENTO ANTES DE IR A LA CAMA

   –Ten cuidado, está cargada –dice él, mientras se seca el rostro, y la luz que baila en el espejo choca contra sus ojos. Logra ver en el vidrio turbio la silueta desnuda del adolescente que juega con el arma, venciendo la oscuridad en un eclipse furioso. 
   Concentrado en proyectar el brillo de la pistola contra el cristal, el chico pregunta: 
   –¿Me dijiste que es para tu esposa? 
   –Sí, pero voy a contratar a un profesional. 
   El pasatiempo del resplandor en el espejo empezó a molestarlo y cerró los ojos. Casi nunca recogía muchachos en la calle, pero esta vez... 
   –¿Por qué no me usas a mí? 
   –Interesante propuesta. Pero ¿quién sería tan ingenuo como para contratar a un niño?  
   Escuchó una risa. Levantó los párpados.
   La pistola siguió brillando mientras lo apuntaba. 
   –Tu esposa.