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CUENTOS REUNIDOS, Kjell Askildsen

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KJELL ASKILDSEN, Cuentos reunidos, Lengua de Trapo, Madrid, 2010, 298 páginas.

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Fogwill, en la presentación de su edición, señala que «Askildsen no teme reiterarse (no es improbable que jamás haya temido algo)».
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LA SEÑORA M

   Una de las pocas personas que saben que aún existo es la señora M., de la tienda de la esquina. Dos veces por semana me trae lo que necesito para vivir, pero no es que se mate por el peso. La veo muy de tarde en tarde, porque tiene una llave del piso y deja la compra en la entrada, es mejor así, de ese modo nos protegemos mutuamente, y mantenemos una relación pacífica, casi diría amistosa.
   Pero una vez que la oí abrir la puerta con su lave, me vi obligado a llamarla. Me había caído y me había dado un golpe en la rodilla, y era incapaz de llegar hasta el diván. Por suerte, era uno de los días en que le tocaba subirme la compra, así que sólo tuve que esperar cuatro horas. La llamé cuando llegó. Quiso ir a buscar un médico inmediatamente, su intención era buena, sólo es la familia más allegada la que llama al médico de mala fe, cuando quiere librarse de la gente mayor. Le expliqué lo necesario sobre hospitales y residencias de ancianos sin retorno, y la buena mujer me puso una venda. Luego hizo tres sándwiches que me dejó en una mesa junto a la cama, además de una botella de agua. Al final, llegó con una vieja jarra que encontró en la cocina. «Por si la necesita», dijo.
   Y se marchó. Por la noche me comí un sándwich, y mientras me lo estaba comiendo vino a verme. Su visita fue tan inesperada que he de admitir que me vencieron los sentimientos, y dije: «Qué buena persona es usted». «Bueno, bueno», dijo escuetamente, y se puso a cambiarme la venda. «Esto le irá bien», dijo, y añadió: «Así que no quiere saber nada de las residencias de ancianos; por cierto, supongo que sabe que ahora no se llaman residencias de ancianos, sino residencias de la tercera edad». Nos reímos los dos de buena gana, el ambiente era casi alegre. Es un placer encontrarse con personas que tienen sentido del humor.
   La pierna me estuvo doliendo durante casi una semana, y ella vino a verme todos los días. El último día dije: «Ahora estoy bien, gracias a usted». «Bueno, no se ponga solemne —me interrumpió—, todo ha ido perfectamente». En eso tuve que darle la razón, pero insistí en que, sin ella, mi vida podría haber tomado un desgraciado rumbo. «Bah, se las hubiera arreglado de una u otra manera —contestó—, es usted muy terco. Mi padre se parecía a usted, así que sé muy bien de lo que hablo». Me pareció que estaba sacando conclusiones sobre una base demasiado endeble, pues no me conocía, pero no quise que pareciera una reprimenda, de modo que me limité a decir: «Me temo que piensa demasiado bien de mí». «Oh, no —contestó—, debería usted haberlo conocido, era un hombre muy difícil y muy testarudo». Lo decía completamente en serio, admito que me impresionó, me entraron ganas de reírme de alegría, pero me mantuve serio y dije: «Comprendo. ¿También su padre llegó a muy mayor?». «Ah sí, muy mayor. Hablaba siempre mal de la vida, pero nunca he conocido a nadie que se esforzara tanto por conservarla». A eso podía sonreír sin problemas, resultó liberador, incluso me reí un poco, y ella también. «Supongo que usted también es así», dijo, y me preguntó impulsiva si le dejaba leerme la mano. Le tendí una, no recuerdo cuál de las dos, pero quiso la otra. La miró muy atenta durante unos instantes, luego sonrió y dijo: «Justo lo que me figuraba, debería usted haber muerto hace mucho tiempo».

TAJOS, Rafael Courtoisie

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RAFAEL COURTOISIE, Tajos, Lengua de Trapo, Madrid, 1999, 224 páginas.

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EL VENDEDOR DE ELEFANTES

   No vende elefantes de África o Asia. Vende nubes, nubes de aire soplado en recipientes grises de polietileno, de plástico, en grandes bolsas que una vez infladas se parecen a Dumbo.
No vende otra cosa, sólo elefantes inflables, de plástico.
Los vende en las ferias vecinales, a veces monta un puesto en la avenida 8 de Octubre, pero los otros vendedores, los oficiales u oficiosos, cuando falta lugar, lo corren.
Los elefantes tienen grandes orejas. La piel gris, lisa y dormida, apariencia de ratón iluso de juguetería.
   —¡Mira, mamá, ese elefante!
   —¿Cuánto cuesta?
   —Doscientos pesos.
   —Muy caro, Raúl.
   El vendedor baja la cabeza, mira al niño entusiasmado.
   —Para usted ciento ochenta —dice.
   La mujer piensa.
   —Muy caro —responde al fin.
   El niño se pone a gritar:
   —El elefante, mami, ¡quiero el elefante!
   Se emperra, porfía, patea el piso.
   —¡Callate, Tito!
   —¡No quiero!
   —Se lo dejo por ciento sesenta, inflado y todo...
   —Está bien —concede la madre.
   Y el niño y la madre se van satisfechos con el elefante hinchado, de la mano, alegres por la selva del mundo.

LA ISLA DE LOS ANTROPÓLOGOS Y OTROS RELATOS, Iban Zaldua

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IBAN ZALDUA, La isla de los antropólogos y otros relatos, Lengua de Trapo, Madrid, 2002, 160 páginas.

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EL EXAMEN DEL SEÑOR DE PAULI

      El tiempo, señores, es muy importante. En un examen, cómo les diría yo, el tiempo es casi lo primero, y no me estoy refiriendo al atmosférico, lo digo por los graciosos que se han puesto a mirar por la ventana. El tiempo, redundo, es casi más importante que el contenido. Hablo, como pueden ustedes suponer, más de su ahorro que del transcurrir de los minutos en sí. La rapidez, la agilidad que ustedes lleguen a desarrollar son, por lo tanto, factores fundamentales. Son el reflejo más neto y exacto de su actividad mental, el barómetro que mide si han aprovechado o no el curso. La sal de la evaluación. Por supuesto, espero que no osen copiar a sus compañeros, ni hacer uso alguno de esos adminículos que el vulgo denomina «chuletas»: les advierto que les estaré vigilando desde la sala contigua, y que el circuito cerrado de televisión me informará de cualquier anomalía. Si les cojo en falta se lo han oído contar a sus compañeros de los cursos anteriores ya saben a lo que se exponen. Sé que me excusarán que alargue esta exposición más de lo habitual: quiero que todo esto quede especialmente nítido. Un examen es, por lo tanto, la gloria del tiempo: en él se conjugan su capacidad de síntesis, su audacia en la búsqueda de la respuesta precisa, su habilidad para escribir velozmente a la vez que exhiben una caligrafía perfecta. Es, efectivamente, la prueba suprema. Mas no le demos vueltas, señores. Para responder a las siete preguntas de que consta el ejercicio que en estos momentos les está entregando el señor ayudante, disponen de media hora. A las once menos cuarto exactamente aun les será posible abandonar, arrastrándose, el aula. A las diez y cuarenta y siete minutos sólo los más delgados usted, Fanjul, y acaso usted, Uribe podrán lograrlo. Recuerden que el techo desciende a razón de ocho centímetros por minuto, y que no hemos previsto la posibilidad de una prórroga. Bien, si no tienen ninguna pregunta, sólo me resta desearles mucha suerte. 

PIEDRAS NEGRAS, Jesús Zomeño

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JESÚS ZOMEÑO, Piedras negras, Lengua de Trapo, Madrid, 2013, 162 páginas.

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CRUEL

   Las tropas se han acantonado en el pueblo. Los batallo­nes siguen un turno rotatorio. Descansan unas semanas y vuelven a las trincheras. Vivir aquí es una gracia tran­sitoria.
   Al atardecer inicia la marcha el relevo. Cuando los sol­dados reciben la orden, se les encoge el corazón y compri­men el cuerpo para meterse dentro de sus mochilas. El petate les protege, delimita lo que es suyo de lo que no les pertenece. Afuera, el mundo es inmenso y está lleno de peligros; en cambio, lo de dentro es escaso, concreto y fiable. En el interior de sus mochilas todo tiene una fina­lidad y nada provoca duda alguna. No hay espacio para lo abstracto ni para divagaciones. Solo cabe lo que es im­prescindible, y son tan pocas cosas que al verlas compren­des el escaso valor de la vida. Si tuviéramos que juzgar, no podríamos dar mucho valor ni trascendencia a un hom­bre que al morir se presenta únicamente con un abrela­tas, un cuchillo, una cuchara-tenedor, un cabo de vela, un peine, un espejo chico, medio frasco pequeño de colonia, un lapicero, una caja de cerillas mojadas en la que solo queden dos, un ovillo de hilo gris con una aguja, tres pal­mos de cuerda, un trozo de hule para la lluvia y un reloj. Nadie sabe si el reloj funciona, porque el soldado tiene miedo de darle cuerda.

   Los del relevo marchan al atardecer. Con suerte, si no llueve ni se pierden, llegarán pasada la medianoche a las trincheras de primera línea. Las bombas les harán un tanteo en el camino. Les esperan los supervivientes de las compañías a las que sustituyen y que ahora van a re­gresar. En el petate de los que vuelven sobra espacio, por­que ellos tienen ambiciones y esperanza y no precisan nada de lo que traen.

Cuando pasan camino del frente por la puerta de mi casa, los soldados se asoman a la ventana y sonríen. No es alegría, sino nostalgia. La paz se refleja en su cara, una paz que no tienen pero anhelan. Yo entonces levanto del plato la cuchara de madera y dejo que las gachas se enfríen sin prisa, no les soplo por no diluir la satisfacción del momento. La cuchara oculta mi sonrisa.

Ellos regresan al frente y yo me mantengo a salvo.

Enciendo el fuego y dejo abierto el portón de la ven­tana para que me vean cuando pasan camino de las trincheras. Tengo un poder sobre ellos, porque saben que yo sobreviviré a pesar de los próximos ataques. Yo quisiera que no acabase nunca esta guerra: no quiero volver a ser un pobre tullido sin piernas que provoque lástima. Ahora me envidian.

Los soldados pasan por delante y arrastran los pies como si lamentasen tenerlos cuando vuelven a las trin­cheras. A mí también me aprietan los zapatos que guardo debajo de la cama. El del pie izquierdo tiene rota la suela y abre paso al polvo y a las piedras del camino, además me entra agua cuando llueve. Son de piel rígida, me están pequeños. Odio esos zapatos negros, soy afortunado de que me hayan amputado las piernas.

Un hombre cruel, soy un hombre cruel. Afilo cuchillos, tijeras y guadañas de los campesinos. Me gusta mi tra­bajo. Cuido sobre todo del filo en la punta, me recreo en sus posibilidades. Cualquier cosa que corten después se igualará a los muñones de mis piernas y hará del mundo un lugar un poco más equilibrado y justo.

Mi mujer escupe dentro de mi plato de sopa y yo le digo que la quiero, porque es su obligación cuidarme hasta que yo deje de decirle que la quiero. Los hijos que no tenemos reposan en el fondo de la ciénaga, entre los sapos y los otros cadáveres junto a los que volaron mis testículos.

Mi mujer es feliz porque sabe que no le queda otro re­medio. Se agacha para fregar el suelo de pizarra, a salvo de la patada que le daría si tuviese piernas. Mi esposa es gorda como una vaca y sus pechos enormes y blancos, como de interior desbordado. La textura de esas tetas es blanda y derretida, apretarlos no proporciona más satisfacción que la de sostener en la mano el contenido de un vaso de leche que se derrama entre tus dedos y mancha el suelo. Piel ma­cilenta, de engrudo mal diluido. Ella tiene además un culo espantoso: aplastado y estrecho, claramente desproporcio­nado con la anchura de los hombros y el grosor de los mus­los. Ella presume de sus pezones, porque piensa que a los hombres nos gusta masticarlos, y es que los soldados que conoce se los muerden con tanta fuerza que cualquiera diría que les repugna tener que amarla.

Lamería la boca sin dientes de los borrachos si traba­jase en un burdel de París, pero aquí puede fingir casti­dad, sorpresa, indignación.., antes de ceder. Se permite incluso una clara preferencia por los oficiales. Sobran pa­labras, pobre mujer: gorda, perversa y deformada ante tantos hombres desesperados. Es feliz en esta guerra y prefiere este a cualquier otro lugar del mundo. En nin­guna parte sería tan hermosa ni tan deseada.

Ella me quiere porque mi mutilación justifica su in­continencia. Miente si dice que hace el amor conmigo por la noche, porque yo duermo dentro de una caja de galle­tas y ella cierra la tapa antes de irse a la cama con otro.

Pasan los soldados con los petates a la espalda, si­guiendo el turno rotatorio con el que les convoca la muerte en las trincheras. Mi esposa finge no verlos cuando se aso­man, acaso porque tema haber olvidado a más de uno. Yo, en cambio, pido que enciendan en casa otra lámpara, y no por alumbrarles el camino, sino para que la penumbra no impida que les duelan los detalles. Muestro orgulloso los muñones de mis piernas, para que les quede claro que yo, a diferencia de ellos, nunca volveré a las trincheras.

Hay quienes hacen negocio con las tropas. Mis vecinos les venden vino y comida, les alquilan mesas, sillas, la bañera o incluso una cama. Es porque con esa riqueza se previenen para cuando acabe la guerra. En cambio, nosotros no tenemos futuro. Vendrá el circo a llevarnos cuando acabe esta guerra y seremos exhibidos a la com­pasión del público, pero hasta que eso ocurra nosotros seremos los afortunados.

¡Ojalá nunca termine la guerra!

UN VASTO Y DESIERTO PAISAJE, Kjell Askildsen

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KJELL ASKILDSEN, Un vasto y desierto paisaje, Lengua de Trapo, Madrid, 2002, 112 páginas.

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LA COLISIÓN

   Llevaba un rato junto a la ventana abierta mirando la acera. Estaba vacía, era domingo a primera hora de la tarde, y también él se sentía vacío por dentro, como si lo desierto de la acera hubiese penetrado en él, y cuando su mujer, desde el sillón al fondo de la habitación, le preguntó algo que sólo requería un sí o un no por respuesta, él no contestó. No contestó, él mismo era una acera completamente vacía. Salió de la habitación sin mirarla, y al cerrar la puerta le oyó decir: «Anton, Anton, ¿qué te pasa?». Él salió a la entrada, bajó los cuarenta y ocho desgastados escalones de la escalera y se adentró en el terrible domingo. Me he marchado, pensó, así de fácil. Entonces se percató del calor y de la intensa luz solar. Cruzó la calle en busca de la sombra de la acera de enfrente. Allí se detuvo. Levantó la vista y miró hacia las ventanas, no la vio. Echó a andar, a la sombra de los edificios de cuatro plantas. Tras unos cien metros, se detuvo en un cruce para dejar pasar un coche blanco. En dirección contraria se acercaba un coche gris; por lo demás, apenas había tráfico. Los dos coches iban muy despacio. Será porque es domingo, pensó. Y porque hace mucho calor. Al llegar los dos coches al cruce, chocaron. El coche gris giró hacia la derecha, y el blanco, al girar hacia la izquierda, golpeó la puerta trasera izquierda del coche gris. Resultó cómico. El conductor del coche gris empezó a soltar improperios por la ventanilla bajada.
   —¡Me cago en Dios, hombre! ¿No sabes mirar o qué, joder?
   —No te he visto.
   —¿Que no me has visto? ¿Pero cómo coño has hecho para no verme? —No lo sé. No me he fijado. ¿No puedes abrir la puerta?
   —No, joder, se ha bloqueado.
   —Inténtalo con la otra.
   —Pero, por Dios, ¿crees que soy tan idiota como tú o qué?
   —Te he dicho que no te he visto. Ni siquiera he frenado. Sal y compruébalo. No hay rastro de huellas de frenos. Reconozco que soy culpable, pero no he podido remediarlo.
   —¡No he podido remediarlo! ¿No has podido remediarlo? Pues no estarás bien de la cabeza, joder.
   Se desplazó al otro asiento y logró salir del coche. Fue a contemplar los desperfectos. Se golpeó la cabeza con el puño. El otro conductor se le acercó. Anton Hellmann ya no podía oír lo que decían. Se puso a desandar el camino por el que había venido. Sudaba. Le parecía que tenía polvo en la cara. Tendré que darme una ducha, pensó. Vio a su mujer asomada a la ventana mirando. Hizo como si no la viera. No me ha hecho nada, pensó. Pero que no grite. Miró la acera bajo sus pies. La pobre no puede remediarlo. Pero que no diga nada hasta que me haya duchado. Cruzó la calle y se metió en el portal, luego subió por la escalera.
   Ella estaba en la entrada. 
   —¿Qué pasa, Anton?
   —Nada.
   —Sí, Anton, algo tiene que pasar. No me contestaste cuando te hablé antes, te marchaste sin más. Dime lo que pasa, por favor.
   —No es nada. Vaya darme una ducha.
   —Por favor, Anton. Me preocupas, no sé qué pensar.
   —Pues no pienses nada. Voy a ducharme.
   Se metió en el baño. Se desnudó. No hay nada que decir, pensó, ella no lo entendería, no tiene ningún abismo dentro. Abrió los grifos y los reguló hasta que el agua salió casi fría. Se quedó de pie bajo el chorro hasta que tuvo tanto frío que fue incapaz de pensar en otra cosa que en aguantar un poco más. Luego ya no pudo aguantar más. Cerró los grifos y se sentó sobre la tapa del váter. Puedo poner como pretexto que es domingo, pensó. Permaneció sentado inmóvil durante unos minutos, luego se secó el pelo y se vistió. Su mujer había hecho café y se había puesto pinzas en el pelo. Lo miró y le sonrió infeliz. Él recapacitó.
   —Me ha venido bien —dijo, y se sentó.
   Ella echaba el café en las tazas mientras decía:
   —¿Te has cansado de mí?
   —Pero, Vera, qué susceptible eres. No tiene nada que ver contigo. 
   —¿Hay otra?
   —No, en ese caso sí tendría que ver contigo.
   —Tiene que ver conmigo. Fue a mí a quien no contestaste dos veces, y de mí te marchaste sin una palabra.
   —Sólo tiene que ver conmigo, conmigo y con estos jodidos domingos. 
   —No digas palabrotas, por favor.
   —Sabes muy bien cómo me siento algunos domingos.
   —Son los únicos días en que estamos solos.
   Él no contestó. Sí, pensó. La miró. Ella lo miró a él.
   —No contestas —dijo ella.
   —No sirve de nada. Gracias por el café.
   Y se levantó.
   —Pero si no te lo has tomado.
   —Sí, lo he hecho —dijo él.
   —Pero Anton, no seas infantil. No te lo has tomado.
   —Sí que me lo he tomado.

ÚLTIMAS NOTAS DE THOMAS F. PARA LA HUMANIDAD, Kjell Askildsen

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 KJELL ASKILDSEN, Últimas notas de Thomas F. para la humanidad, Lengua de Trapo, Madrid, 2003, 128 páginas.

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THOMAS

   Soy terriblemente viejo. Ya me resulta casi tan difícil escribir como andar. Voy despacio. No logro más que unas cuantas frases al día. Y hace poco me desmayé. Se estará acercando el final. Fue mientras estaba resolviendo un problema de ajedrez. De repente, me sentí extenuado. Tuve la sensación de que la vida misma se estaba extinguiendo. No dolía. Sólo era un poco incómodo. Y luego debí de perder el conocimiento, porque cuando lo recobré, tenía la cabeza sobre el tablero de ajedrez. Reyes y peones tirados. Es exactamente como desearía morirme. Será pedir demasiado, supongo, poder morirse sin dolores. Si cayera enfermo con muchos dolores y supiera que la enfermedad y los dolores iban a ser para siempre, me gustaría tener un amigo que pudiera facilitarme la entrada en la nada. Es cierto que las leyes lo prohíben. Desgraciadamente, las leyes son conservadoras, de modo que los médicos alargan los dolores de un ser humano, incluso cuando saben que no hay esperanza. Eso se llama ética médica. Pero nadie se ríe. Las personas que tienen dolores no suelen reírse. El mundo no es misericordioso. Se dice que, durante las grandes depuraciones en la Unión Soviética, a los condenados a muerte se los mataba de un tiro en la nuca, camino del tiempo de espera en sus celdas. De repente, sin previo aviso. A mí eso me parece un atisbo de humanidad en medio de tanta miseria. Pero el mundo protestó: a menos habrían de tener derecho a morir de cara al pelotón de ejecución. El humanismo religioso no es poco cínico, ay, o el humanismo en general.
   Pero como dije, me desperté con la cara entre las fichas de ajedrez. Por lo demás, era casi como despertarse después de un sueño normal y corriente. Me sentía un poco aturdido. Sólo se me ocurrió volver a colocar las fichas, pero era incapaz de concentrarme. Estaba a punto de sentarme junto a la ventana cuando llamaron a la puerta. No abro, pensé. Será un evangelista para hacerme creer en la vida eterna. Últimamente han proliferado mucho. Parece que la superstición esta viviendo un auge. Pero volvieron a llamar y empecé a dudar. Los evangelistas suelen llamar sólo una vez. De manera que grité «Un momento» y fui a abrir. Tardé. Era un chico. Vendía lotería de la banda de música del colegio local. Los premios constituían una burla no intencionada hacia los viejos: bicicleta, mochila, botas de fútbol y cosas así. Pero no quise mostrarme negativo y le compré un boleto. Y eso que no me gusta la música de banda. Pero el monedero estaba encima de la cómoda, y tuve que decirle al chico que entrara conmigo. De otro modo, hubiera tenido que esperar muchísimo. Iba justo detrás de mí. Seguro que jamás había andado tan despacio. De camino hacia la habitación, acorté el tiempo preguntándole qué instrumento tocaba. «Bueno, no sé», contestó. Me pareció una respuesta extraña, pero supuse que era tímido. Yo podría ser su bisabuelo. Tal vez incluso lo fuera. Sé que tengo muchos bisnietos, pero no conozco a ninguno de ellos. «¿Te duelen mucho las piernas?», preguntó el chico. «No, lo que pasa es que son muy viejas», contesté. «Ah, bueno», dijo, probablemente más tranquilo. Ya habíamos llegado a la cómoda, y le di el dinero. Entonces me invadió un ataque de sentimentalismo. Me pareció que el chico había empleado mucho tiempo para vender un solo boleto. De modo que le compré otro más. «No hace falta», dijo él. En ese instante sentí un mareo. La habitación empezó a dar vueltas. Tuve que agarrarme a la cómoda, y el monedero abierto se me cayó al suelo. «Una silla», dije. Cuando me la hubo dado, el chico se puso a recoger el dinero, que estaba disperso por el suelo. «Gracias, chico», dije. «De nada», contestó. Dejó el monedero encima de la cómoda, me miró muy serio y dijo: «¿Nunca sales?». En ese momento me di cuenta de que seguramente había salido por última vez. No quiero correr el riesgo de desmayarme en la acera. Eso significaría hospital o residencia de ancianos. «Ya no», contesté. «Ah», dijo él, de un modo que me hizo ponerme sentimental de nuevo. No soy ya más que un viejo bufón. «¿Cómo te llamas?», pregunté, y la respuesta no hizo más que empeorar el asunto. «Thomas». Por supuesto, no quise decirle que yo me llamaba igual, pero me dejó con una sensación muy rara, casi solemne. Bueno, no era de extrañar, pues las campanas acababan de doblar por mí, por así decirlo. De manera que de repente se me ocurrió darle al chico algo para que se acordara de mí. Ya lo sé, ya lo sé, pero yo no era yo. Le dije que cogiera de la biblioteca el búho tallado. «Es para ti —dije—, es aún más viejo que yo». «Ah, no —dijo él—, ¿por qué?». «Por nada, chico, por nada. Gracias por tu ayuda. Cierra la puerta cuando salgas, por favor». «Muchas gracias». Luego se marchó. Parecía muy contento. Pero tal vez estaba disimulando.
   Desde entonces he tenido más mareos. Pero he colocado las sillas en lugares estratégicos. La habitación parece muy desordenada así. Da la impresión de que no vive nadie. Pero yo aún vivo aquí. Vivo y espero.

LA CIUDAD ROSA Y ROJA, Carlo Frabetti

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CARLO FRABETTI, La ciudad rosa y roja, Lengua de Trapo, Madrid, 1999, 136 páginas.

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LA PESADILLA DE ARISTÓTELES

   En cierta ocasión, le preguntaron a Aristóteles: “Si pudieras pedir un deseo en beneficio de la humanidad, ¿qué les pedirías a los dioses?”, y él contestó que les pediría que unificaran el significado de las palabras, de forma que todos las entendiéramos exactamente de la misma manera. Y se podría decir que los dioses complacieron parcialmente a Aristóteles, pues con las matemáticas disponemos de un lenguaje exento de ambigüedades e interpretaciones subjetivas. Y esta precisión, esta unificación de significados, se ha ido haciendo cada vez más extensiva (sobre todo a partir de Newton, nuestro invitado de la columna anterior) al discurso científico en general.
   Pero Aristóteles se refería al lenguaje común, y soñaba con eliminar los continuos malentendidos a los que su uso da lugar, la paradójica incomunicación verbal (precariamente suplida por la comunicación no verbal) que condena a los seres humanos a una juanramoniana “soledad sonora”. Y, por suerte, los dioses no escucharon la petición del filósofo. Porque para que dos hablantes se entendieran a la perfección, es decir, para que entendieran todas las palabras –con todos sus matices y connotaciones– de idéntica manera, tendrían que ser prácticamente la misma persona. En el plano denotativo del lenguaje podemos lograr niveles de acuerdo relativamente satisfactorios; de lo contrario, hablar no serviría de nada y las sociedades humanas no existirían como tales. Pero el plano connotativo es, en gran medida, un universo personal e intransferible (o de muy difícil transferencia: por eso existe la literatura, y muy especialmente la poesía). Eso nos causa numerosos problemas, así como una irreductible sensación de alteridad (que Kafka expresó magistralmente: “A mí me conozco, en los demás creo; esta contradicción me separa de todo”). Puede que sea muy alto, pero ese es el precio de la individualidad.
   El pensamiento es fundamentalmente (aunque no exclusivamente) lingüístico. Somos lenguaje, incluso cuando callamos. Continuamente nos recorre un río de palabras, y somos los ecos innumerables que esas palabras multiplican en el irrepetible laberinto de nuestra mente. Por eso el sueño de Aristóteles, como tantos otros sueños filantrópicos, se resuelve en pesadilla. Si las palabras significaran exactamente lo mismo para todos, solo habría un individuo repetido millones de veces, y entonces sí que su soledad, atrapada en un laberinto de espejos, sería terrible: tan absoluta y vertiginosa como la soledad de Dios.

ELEGÍAS A DIOS Y AL DIABLO, Samuel Solleiro

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SAMUEL SOLLEIRO, Elegías a Dios y al Diablo, Lengua de Trapo, Madrid, 2007, 128 páginas.

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LA TROMPETA AFILADA DEL SEGUNDO ÁNGEL

   El día que Xosefina Hermelinda García-Teixeira Pérez cumplió doscientos veintitrés años, decidió que la muerte se había olvidado de ella definitivamente, que era el momento de dejar de ser la vieja que había sido durante un siglo y medio y empezar de nuevo. Así que bajó a la peluquería de la esquina a arreglarse el pelo y hacerse la manicura, y regresó a casa dos horas después hecha una niña de once años.
   Murió al cabo de un mes, del segundo sarampión de su vida.

ALMA, Javier Moreno

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JAVIER MORENO, Alma, Lengua de Trapo, Madrid, 2011, 141 páginas.

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Encuadrados en el lienzo donde el narrador, a modo impresionista, va reflejando con maestría las luces y sombras de su alma, se encuentran María y Eduardo, dos personajes que, como satélites solitarios, giran alrededor de una existencia análoga sin que por ello sus destinos dejen de ser caprichosamente irreconciliables. Además de los perfiles y grupos que comparten en las redes sociales, el vínculo pervive a través de los correos electrónicos que María envía a su lista de contactos. En cada ocasión, la estructura se repite: una vieja foto respaldada por la historia que ella misma fabula, pero que podría haber sucedido o realmente sucedió barajando otros rostros, tiempos y lugares. La pequeña colección de microvivencias trepa con igual intensidad por la bandeja de entrada de Eduardo y los ojos cómplices de un lector que, como reflejo inevitable de las palabras que con tenaz brillo rezuma cada línea de la novela, siente poco a poco su alma desnudándose en silencio.

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Rosa tiene diecisiete años y se hizo esta fotografía. Con esta ya son tres, a añadir a la de su primera comunión y a otra en la que aparece junto a sus primas Manolita y Paquita (las segundas generaciones siempre se atribuyen el diminutivo), durante la boda de su tía Enriqueta. En las otras se le bien la cara. Pero ahora es distinto. Tenía las encías enfermas y los dientes le bailaban como si fueran las teclas de un viejo órgano. El médico le dijo que tenía que arrancárselos. Todos los de arriba. Por eso se hizo la fotografía, antes de ir al dentista, para poder mirarlos cuando ya no los tuviera. Ella podría llorar por el novio que se ha ido a la guerra (le tocó irse con los nacionales como podía haberse ido con los otros, porque como afirma el dicho, «hecho el amigo, hecho el enemigo»), pero prefiere llorar por los dientes perdidos. Aunque la verdad es que no le hace falta. Los dientes postizos le han quedado estupendos. Mucho mejor que los naturales. Además, ya no le duelen las encías. Ahora Rosa mira la fotografía y le parece una tontería echar de menos esos dientes podridos que no le dejaban ni comer. De hecho, no se la piensa enseñar a nadie. Mucho menos a ese chico que acude ahora a rondarla y al que descubrió su nueva sonrisa la primera vez que se cruzaron en la plaza.

CUENTOS DE X, Y, Y Z, F.M.

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F.M., Cuentos de X, Y, y Z, Lengua de Trapo, Madrid, 1997, 125 páginas. 

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MODOS DE TRANSPORTE

Es imprescindible que Y decida coger el automóvil para que su pelo se refleje en la ventanilla de Z, que va en autobús, ese día ha tomado el transporte público para desplazarse al trabajo. Un día después ocurrirá otro tanto, porque mientras Z está encabronado en el atasco, Y pasa debajo de él, a gran velocidad, apretada entre los viajeros anónimos del metro.
En este tipo de conexiones o desconexiones están los dos cuando llega el verano. Z planifica sus vacaciones en avión, por lo que sobrevuela el barco de Y, que miles de metros más abajo navega hacia una isla.
La isla resulta ser la misma para Y y Z, por lo que no es del todo extraño que casi se estrellen en un cruce, en el que la lentitud del burro de Z contrasta con la apresurada bicicleta de Y, que esquiva a Z con unos reflejos formidables. Ha bajado la cuesta sin tocar los frenos.
Tiempo más tarde, otra vez con el mismo país por destino, resulta que Z ruge en motocicleta por la costa, y cuando desvía la vista hacia el mar está mirando sin verla a Y, convertida en un punto, que se mece en una barca pesquera.
Así pasan los años hasta que un día, en el que la ausencia de horarios tolera coquetear con la pereza, los dos salen de paseo, a dar una vuelta. Entonces sí: se ven, se hablan, se tocan, se besan, se aman.

MATERIALES PARA UNA EXPEDICIÓN, Pedro Ugarte

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PEDRO UGARTE, Materiales para una expedición, Lengua de trapo, Madrid,  2002, 224 páginas.

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En Nota previa (pp. 9-10) el propio autor, además de explicar que este libro es una versión ampliada (161 microrrelatos) de Noticias de tierras improbables (Hierbaola, 1992), solicita atención para estos nuevos géneros narrativos.

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CARTOMANCIA

Hombres como Alejandro, o como César, jamás tolerarían tu insolencia. Observarían las cartas, escucharían tu augurio sombrío pero atraparían enseguida ese brazo que has dejado desprevenida sobre el tapete y lo retorcerían, y obligarían a que con tu mano libre buscaras apresuradamente en la baraja los signos que prometieran una fortuna deslumbrante.
Hombres como yo, en cambio, asisten silenciosamente al juego, pagan tu esotérico trabajo y se van luego, cabizbajos, a esperar que los naipes fatídicos se cumplan.