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POSTALES DE NEW YORK, Isabel Parreño Pena

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ISABEL PARREÑO PENA, Postales de New York, Ediciones del Viento, A Coruña, 2019, 128 páginas.

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Eduardo Baamonde acompaña con sus imágenes el paseo de Dorothy Parker, E.E. Cummings, Allan Poe, Dylan Thomas, Louis Armstrong, Marjorie Eliot García Lorca, Pardo Bazán o Woody Allen por los rincones de Nueva York.
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Sunnyside, Queens Dylan: 

   He llegado hasta Chelsea a través de un sendero de flores flotando entre los pisos altos de los edificios. No, no he descubierto un nuevo cóctel ni me han vendido esa condenada hierba mexicana. Ni siquiera es una metáfora de esas que tanto abominas. El mundo sigue siendo en muchas cosas un lugar inexplicable. High Une era una estructura de hierro construida a principios del siglo pasado para transportar ganado y mercancías al distrito de Meatpacking. Es posible que tú la recuerdes así, como una vía de tren elevándose en medio de los almacenes, sobrevolando el tráfico diabólico de camiones y carros, rodeada del olor a muerte y a sangre de los mataderos vecinos. Pero el tiempo pasa también sobre las ciudades que se arrugan o se sobreponen a las cicatrices del pasado. La vieja vía cayó en desuso en los años sesenta y, a punto de ser demolida, se reconvirtió gracias a la presión de los vecinos. Lo que antes eran hierros oxidados y zarzas se ha transformado en un parque aéreo, frondoso. Meatpacking es ahora un barrio de moda. En los antiguos almacenes prosperan restaurantes vanduardistas y en las calles donde se acumulaban las vísceras de las reses sacrificadas, florecen los parterres y los árboles junto a tiendas exclusivas y galerías de arte. El edificio del nuevo Whitney Museum termina este paseo volátil en un cubo acristalado abriéndose sobre el río. Desde los ventanales que sustituyen a las paredes en la zona oeste del museo, se domina el vasto territorio de New Jersey, el caudal poderoso, casi oceánico, del Hudson y los muelles de descarga con su perfil de grúas como pajarracos gigantes al borde del agua. Es agradable sentirse a salvo dentro del museo, rodeada de pintura norteamericana, como en un refugio. Camino de una sala a otra como si estuviera en medio de una calle transitada; me detengo frente algunos cuadros, intento retener sensaciones, colores, formas...pistas que no deberé olvidar y que tal vez algún día me lleven a un conocimiento más sosegado de esas obras y autores. ¿Viviré tanto tiempo?
   Desde aquí puedo llegar paseando sin prisas hasta el Chelsea Hotel. En realidad, eso es lo que estoy buscando todo el día, no puedo engañarte. Una neblina ligera difumina la luz y la distancia creando la ilusión de invierno a pesar de que es un día bochornoso de julio. Esta parte del barrio tiene avenidas amplias, ruidosas, con una actividad frenética y un ir y venir impersonal. El hotel está cubierto por andamios y una tela de obra de color negro. Es casi imposible distinguir el cartel vertical que cuelga en la fachada. Después de todos los rumores sobre su cierre o demolición, parece que finalmente van a rehabilitarlo. Siempre me ha parecido un sitio muy siniestro, con un aspecto demasiado lúgubre como para resultar atractivo y, sin embargo, es incalculable el número de artistas que han pasado por sus habitaciones: Burroughs, Arthur Miller, Gore Vidal, Tennessee Williams, Allen Ginsberg, Simone de Beauvoir, Jimmy Hendrix, Janis Joplin, Bob Dylan... pintores, diseñadores, actores... en torno a la puerta se acumulan las placas de bronce recordando a unos y otros. Como una gran necrópolis urbana, un monumento funerario que honra a sus muertos. Tú también tienes tu placa, Dylan, aunque a diferencia de muchos otros que pasaron por aquí, tú te quedaste para siempre un 9 de noviembre de 1953.
   Los andamios de la obra han dejado despejada la entrada y puedo leer un cartel que prohíbe el paso y prohíbe las fotografías. Veo un pequeño trozo del vestíbulo, con sillones de cuero polvorientos y mesas bajas de estilo indefinido. En el techo, un ventilador dorado gira con lentitud. Puedo distinguir al fondo la cabeza de un hombre rubio detrás de un mostrador de madera. Toda la habitación es de una desnudez sórdida, ajada, como el paisaje de una pesadilla o una película de Linch.
   Hace unos días, estuve en la White Horse Tavern: allí también se acordaban de ti. Sigue manteniendo ese aire de pub irlandés del que me hablabas: las paredes oscurecidas por el humo y el tiempo, la madera desgastada y la barra coronada de jarras de cerveza. En una de las salas interiores cuelga un retrato tuyo. Seguramente te alegrará saber que eres el pequeño dios de este templo de alcohol. El record, según dicen los libros, dieciocho whiskies seguidos, demasiados whiskies incluso para ti. Me estremece ese retrato. Estás sentado en la barra de ese mismo lugar, rodeado de gente y mirando fijamente al objetivo, como si alguien te hubiera sorprendido en ese instante. Tus mofletes de niño grande, el pelo revuelto y ese desaliño tan encantadoramente tuyo. Pero tus ojos grandes y tristes parecen haber enloquecido. ¿Qué estabas viendo, Dylan? No querías morir de convención ni de mentira, como dijiste en tus versos, aunque en esa mirada sólo se intuye el vacío, la certeza del fin, acaso el pánico, un grito silencioso. Qué abismo de soledad entre esa mirada tuya y la alegre indiferencia de este bar, la música, las voces, las risas, las rubias melenas de jóvenes esplendorosas: 
   Sí eso bastase, bastaría para calmar el sufrimiento. 
Qué feliz fui mientras duró el gozar. 
   No sé cómo pudiste llegar desde el White Horse hasta el Chelsea Hotel, si te trajo alguien, si estuviste tirado en la acera, si volviste a despertar, si lo último que viste fue este ventilador renqueante en el techo de tu habitación. El hombre del fondo levanta la cabeza al notar mi presencia, su mirada me taladra cuando saco el móvil para hacer una fotografía. No entres dócilmente en la noche. Enfurécete, enfurécete ante la muerte de la luz. Suenan las sirenas de una ambulancia, tal vez la policía, no distingo bien los sonidos. Pasa un vehículo blanco a toda velocidad dejando una estela de luces intermitentes que se pierde en el tráfico de la calle 23.
   Recibe un eterno abrazo, mi querido Dylan.

LA MARCA DE CRETA, Óscar Esquivias

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ÓSCAR ESQUIVIAS, La marca de Creta, Ediciones del Viento, A Coruña, 2008, 176 páginas.
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Con estos dieciséis cuentos, de distinta extensión, que contiene La marca de Creta, Esquivias obtuvo el Premio Setenil al mejor libro de relatos publicado en España en 2008.
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LA REINA DEL PURÉ

   Era la reina del puré. Purés multicolores, de toda clase, de toda especie. Reducía legumbres y verduras a potajes masticados, calientes, de sabores dudosos pero riquísimos en vitaminas, que la familia tragaba sin rechistar: ella, porque adoraba el puré, su marido, porque no podía dar mal ejemplo a los chicos, y ellos, porque desde la tiernísima infancia sabían que toda resistencia era inútil. Así, aquel hombre a quien el matrimonio y la paternidad habían hecho espejo de virtudes (ya no fumaba, no bebía, no eructaba en la mesa) no podía menos, al cavar su pequeño huerto, que tener la sensación de estar ahondando su propia fosa: aquellos calabacines tan hermosos, las alubias verdes, pintas o blancas, daba igual, las acelgas, las zanahorias, los puerros, sus patatitas de secano, todo-todo-todo iba a acabar triturado por las aspas de la batidora. La verdura que pierde el accidente y se sirve en su viscosa esencia, filosofaba a golpe de azada. A veces había que adivinar el secreto del sabor, decía la reina del puré, y ellos, que procuraban tragar sin sacar ningún gusto y que por nada del mundo retendrían aquello en la lengua, no podían descubrir los ajetes fritos, tan sabrosos, o los quesitos, que lo hacían tan suave, y la reina del puré servía entonces dos cucharones adicionales, para que lo notaran. Jamás la desalentó el silencio de desgracia que invadía en aquellos momentos la mesa: era irreductible.
   El paquete que nos dejó aquella mañana el cartero parecía inofensivo. Pero resultó una bomba atómica, conseguida, al parecer, con cien tapas de yogures: el papel de estraza escondía un libro, ah, un libro, pero qué libro, El mundo del puré y la compota se titulaba. Unas doscientas páginas. Todo fotos y recetas. Estalló cuando nos íbamos a sentar a la mesa: mi madre desenvolvió el paquete y, entusiasmada, nos leyó el título. Buuum: Hiroshima. Lo repitió: El mundo del puré y la compota.
   Nos quedamos todos en silencio. Mi padre se metió la mano entre dos botones de la camisa, napoleónico, y se rascó el ombligo. Mi hermana pequeña veía cómo naufragaba poco a poco la cuchara en el lago de puré de su plato. Mi hermano mayor suspiraba, como alelado. Entonces fue cuando, desde la atalaya de mi adolescencia, tuve la sensación de que éramos una familia de derrotados y que la vida nos iba a tratar mal, muy mal.
   —Qué interesante —decía mi madre, ajena a todo, al leer alguna línea del libro que, sobre su regazo, abría y cerraba al azar, como una Biblia—. Mira qué interesante, interesantísimo, oye.
   Ella es la reina del puré y su optimismo, en aquel momento, me pareció heroico.

SOBRE LA IMPOSIBILIDAD DE PUBLICAR, Antonio Fernández York

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ANTONIO FERNÁNDEZ YORK, Sobre la imposibilidad de publicar, Ediciones del Viento, A Coruña, 2017, 128 páginas.
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Algunos de los treinta relatos que componen esta ópera prima de Fernández York son microrrelatos.
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TOLSTOIEVSKI

   Tras presentarme a las oposiciones de profesor de Lengua Castellana y Literatura tuve la desdicha de ser calificado con la nota más baja jamás obtenida por un opositor en España.
   Aunque no pude conocer todos los criterios que motivaron la decisión del tribunal, un amigo mío, que a su vez es amigo de uno de los miembros del jurado, me comentó que mi pésima calificación se atribuía a una subversiva y deplorable interpretación de la Literatura. Transcribo algunos fragmentos de anotaciones del tribunal a las que mi amigo pudo tener acceso:
   «El opositor pretende hacernos creer que algunos escritores, fusionados, serán más fácilmente comprendidos por el alumno». «El presidente [del tribunal] le pregunta:
   —¿Quién es ese del que usted habla? —el opositor menciona con desasosegante naturalidad a un tal Tolstoievski.
   —Tolstoievski —responde el opositor— es Tolstoi y Dostoyevski. Los he unido por su afinidad. Así son más asequibles para el alumnado, que en vez de estudiar a dos autores por separado se limita al estudio de uno. Tolstoievski es autor de obras como Crimen y castigo o Guerra y paz».
   «Otros autores a los que cita el opositor son Pío Galdós Baroja y Adolfo Borges Casares. Un compañero [del tribunal] comienza a sentirse indispuesto. La prueba ha de suspenderse durante veinte minutos».
   «Cuando el opositor menciona a Camilo Asimov Cela Eisenhower, un compañero le propone al presidente dar por concluida la exposición».
   «El desatino carece de límite. La mención de que la Generación del 27 al completo forma un único autor vuelve a detener la prueba, esta vez durante casi cuarenta minutos. El motivo es la crisis de ansiedad de un examinador».
   «No podemos hacerlo callar porque ha pagado las tasas del examen y porque no nos ha faltado al respeto a ninguno de los examinadores».
   Si conservo estas anotaciones se debe más a un no querer repetir mis errores que a un mero deseo de mortificarme. Lo iconoclasta y novedoso, ahora lo sé, no es bien recibido en el ámbito académico.

EL DECAMERÓN NEGRO, Leo Frobenius

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LEO FROBENIUS, El Decamerón negro, Ediciones del Viento, A Coruña, 2012, 392 páginas.

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En El otro Decamerón (pp. 9-11) Luis Alberto de Cuenca agradece al editor Eduardo Riestra la edición íntegra de esta colección de relatos recogidos de labios de los bardos de los pueblos del Sahel.
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EL HIJO MIMADO
Muntshi



Un hombre se casó. La mujer quedó embarazada. La mujer dio a luz a una criatura: era varón. La mujer se llevó el niño a la granja. El niño creció en la granja. Trabajaba siempre con la madre. El niño se convirtió en un joven fuerte. La madre le hacía siempre la comida y el joven trabajaba siempre en la granja. El joven se convirtió en un hombre grande y fuerte y la madre le daba siempre la comida y él trabajaba siempre en la granja de la madre.
Llegó gente a la granja. La gente vio al joven. La gente dijo: «¡Qué joven más grande y vigoroso!» La gente le preguntó al joven: «¿No quieres casarte?» El joven dijo: «No, sólo quiero tener comida y con mi madre tengo comida buena y suficiente.»
Un día el padre fue a la granja en donde el joven vivía con su madre. El padre le dijo al joven: «¿No quieres casarte para que puedas engendrar un hijo? ¡Ven, iremos juntos al pueblo!» El padre llevó al joven a su pueblo. El padre le cortó el cabello al hijo. Después que terminó de hacer esto, le dio hermosas perlas. Le colgó collares de perlas al cuello. Le colgó pulseras de perlas alrededor de los dedos de los pies y de los tobillos. Le puso hermosas pulseras en los brazos. Le untó el cuerpo con cintura roja. Le regaló un taparrabo nuevo. Después, el padre le dijo:«Ahora ve y elígete una mujer con la que puedas engendrar un hijo.»
El joven fue. Anduvo por aquí y por allá y miró a las muchachas. Encontró una que le gustó. La llevó a la casa de su padre. Le dijo a su padre: «¡Quiero casarme con esta muchacha!» El padre dijo: «Está bien.» El padre llevó al joven a una choza con la muchacha. El padre dijo: «Esta es tu casa. Entra con la muchacha y duerme con ella para que quede embarazada.» El joven entró con la muchacha. Pero cuando hubo acostado a la muchacha en la cama, salió y corrió a la granja de su madre. Le dijo a su madre: «Madre mía, tengo hambre, hazme una buena comida.» La madre le preparó comida al hijo. Entonces, él se quedó con ella.
La muchacha casada salió de su choza. La muchacha corrió adonde estaba el padre del joven y le dijo: «Tu hijo no ha dormido conmigo. Me llevó a la choza y después se escapó!» El padre se puso en camino. Fue a la granja de su mujer. Le preguntó a su mujer: «¿Está aquí mi hijo?» La madre dijo: «Sí, tu hijo está aquí. Vino anoche y dijo:“¡Madre mía! ¡Tengo hambre! ¡Hazme una buena comida!” Entonces. yo le preparé una buena comida. La comió y se quedó aquí.»
El padre dijo: «Mi hijo se casó ayer. Pero anoche no durmió con su mujer. Corrió junto a ti y te pidió comida. Eso es algo que hay que cambiar. Opino que, si vuelve por comida, le des sólo comida mala o no le des nada. Entonces, regresará con su mujer.» La madre dijo: «Así lo haré.» El padre se fue a la ciudad.
Al cabo de un tiempo, el joven fue adonde estaba su madre y le dijo:«¡Madre mía! ¡Tengo hambre! ¡Hazme una buena comida!» La madre dijo: «¿No te has casado ayer con una mujer?» El joven dijo: «Sí, ayer me casé con una mujer.» La madre dijo: «Si te has casado, entonces ve con tu mujer y haz que ella te prepare comida.» El joven fue. El joven fue adonde estaba su padre y le dijo: «¡Mi madre no me quiere dar más comida!» El padre dijo: «¿No te has casado ayer? ¿Dormiste ayer con tu mujer?» El joven dijo: «No, no dormí con mi mujer.» El padre dijo: «Entonces ve con tu mujer y duerme con ella. Después, dile que te prepare una buena comida. Entonces tu mujer también re dejará satisfecho.»
El joven se fue a su casa. Durmió con su mujer. Después la mujer se lavó y preparó una buena comida. El joven la contemplaba. La joven mujer le llevó la comida. El joven la comió. Cuando terminó de comer,le dijo a su mujer: «¡Entra en la casa! Quiero dormir de nuevo contigo.» Al poco tiempo la mujer estaba embarazada. Dio a luz a un niño. El padre debe educar a su hijo para que sea hombre y marido: pues con la madre sólo aprende a comer.

AGUA DURA, Sergi Bellver

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SERGI BELLVER, Agua dura, Ediciones del Viento, A Coruña (Sub-Urbano Ediciones, Miami), 2013, 124 páginas.
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La segunda de las tres secciones en que se estructura el libro es el cauce donde fluyen los relatos más breves.
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LA MANADA

   Domingo, invierno. El sótano parece un congelador y Cervera sale a la portería. Es una finca antigua, no pasa un alma, pero sube por las escaleras para evitar cruzarse con alguien en el ascensor. En sus ratos libres, Cervera suele entrar en los pisos del edificio que sabe vacíos: mientras no le pillen, prefiere no helarse el espinazo en su sótano. Hace semanas que frecuenta el de una anciana medio ciega, convaleciente en el hospital. El piso está lleno de figuritas de tortugas que la anciana colecciona y tiene por costumbre regalar. Una espantosa, de porcelana, luce también en el mostrador de la portería.
   Cervera, tumbado en el sofá, ve un documental sobre elefantes. Una manada hambrienta ha invadido las cosechas y los campesinos intentan ahuyentarla con antorchas y estruendo de cacerolas, mientras los elefantes forman un círculo para proteger a sus crías.
   Un ruido atropellado de llaves despierta a Cervera, que se seca la mejilla de saliva. La anciana, deduce, que ni siquiera acierta al abrir. Cervera se esconde, no le costará salir sin que se dé cuenta. Oye rumor de bolsas y se escabulle por el pasillo, pero tropieza con un hombre. Junto a él, una mujer de bata blanca, tras la que se refugian dos niñas. La menor abraza una tortuga de peluche. Cervera camina con cuidado hacia la puerta mientras el hombre empuña un destornillador. Se vigilan los pasos, como animales acorralados. Tras el portazo, Cervera ve la cerradura forzada y sabe entonces que todos callarán.

EL NIÑO QUE DIBUJABA GATOS Y OTROS CUENTOS JAPONESES, Lafcadio Hearn

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LAFCADIO HEARN, El niño que dibujaba gatos y otros cuentos japoneses, Ediciones del Viento, A Coruña, 2004, 260 páginas.

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Los veintitrés relatos, procedentes de Japanes fairy tales (1918) y The boy who drew cats (1963), cuentan con las bellas ilustraciones de Mariana Riestra.
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EL VIEJO Y LOS DEMONIOS

   Hace mucho tiempo había un viejo que tenía un bulto en la mejilla derecha. Un día subió a la montaña para cortar leña, cuando de repente empezó a llover y a soplar el viento de tal forma que, al ver que era imposible regresar a casa, y muy asustado. se refugió en el hueco de un viejo árbol.
   Allí acurrucado e incapaz de conciliar el sueño, oyó un confuso sonido de varias voces que se iban acercando hacia donde él estaba. Se dijo a sí mismo: «¡Qué raro! Creía que era el único que estaba en la montaña, sin embargo oigo voces de más gente». Se atrevió a asomarse y vio una muchedumbre de extraños seres. Algunos eran rojos vestidos de verde; otros eran negros vestidos de rojo; algunos tenían un solo ojo; otros no tenían boca; la verdad es que era difícil describir su rara apariencia.
   Encendieron un fuego que dio tanta luz como si fuera de día. Se sentaron en dos filas cruzadas y comenzaron a beber vino y divertirse como si fueran humanos. Se pasaron las copas de vino tantas veces que algunos se emborracharon mucho. Uno de los jóvenes demonios se levantó y comenzó a cantar una alegre tonada y a bailar, e igual hicieron muchos otros; algunos bailaban muy bien, otros fatal. Uno dijo:
   —Lo estamos pasando inusualmente bien esta noche, pero me gustaría ver algo nuevo.
   El viejo, perdiendo el miedo, pensó que le gustaría bailar y diciendo:
   «Que sea lo que sea, si muero por ello, por lo menos habré bailado», se arrastró fuera del hueco del árbol, y con su gorra cayéndole sobre la nariz y el hacha en el cinturón, comenzó a bailar.
   Los demonios saltaron sorprendidos exclamando: «¿Quién es éste?» Y como el viejo bailaba adelante y atrás, balanceándose y haciendo contorsiones a un lado y otro, hacía reír y disfrutar a todos, que dijeron:
   —Qué bien baila este viejo. Tienes que venir siempre y unirte a nuestras fiestas; pero tememos que no vuelvas, así que debes prometernos que lo harás.
   Los demonios se reunieron a deliberar, y pensando que el bulto de su cara era señal de riqueza, demandaron que se lo entregara. El viejo replicó:
   —He tenido este bulto durante muchos años y no me separaré de él si no es por una buena razón; pero podéis quedároslo, o un ojo, o la nariz, si es vuestro deseo.
   Así que los demonios lo agarraron, retorciéndolo y tirando de él, y se lo sacaron sin hacerle el menor daño, y lo guardaron como señal de que cumpliría su promesa de regresar. Cuando comenzó a amanecer y los pájaros empezaron a cantar, los demonios desaparecieron apresuradamente.
   El hombre se acarició la cara y la notó suave y sin rastro del bulto. Se olvidó de cortar la leña y corrió hacia su casa. Su mujer, al verlo, exclamó sorprendida:
   —¿Qué te ha sucedido?
   Y él le narró lo acontecido.
   Entre los vecinos había otro viejo que tenía un bulto en la mejilla izquierda. Al oír cómo el viejo se había librado de su bulto, tomó la determinación de hacer lo mismo para ver si él se libraba también del suyo. Así que fue y se metió dentro del hueco del árbol a esperar la llegada de los demonios. Y tal como le dijeron, los demonios llegaron. Se sentaron, bebieron vino y se divirtieron como la otra vez. El viejo asustado y tembloroso salió del hueco del árbol. Los demonios le dieron la bienvenida diciendo:
   —El viejo ha vuelto, veamos cómo baila.
   Pero este viejo era torpe y no bailaba tan bien como el otro. Y los demonios le gritaron:
   —Bailas mal, y cada vez peor, te devolveremos el bulto que tomamos como prenda de tu promesa.
   Y diciendo esto, uno de los demonios trajo el bulto y se lo colocó en la otra mejilla; por lo que el viejo volvió a casa con un bulto en cada mejilla.


CONTENTO DEL MUNDO, José Sánchez Pedrosa

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JOSÉ SÁNCHEZ PEDROSA, Contento del mundo, Ediciones del Viento, La Coruña, 2008, 112 páginas.
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CATARATAS

   Tras quince años de ceguera, la señora Marcela Pazos accedió, con la promesa de ser llevada del hospital a casa el mismo día de la intervención, a operarse de cataratas. En la sala de espera de los quirófanos aguardan noticias del resultado sus tres hijos y su único nieto, Rafael Bello. Tiene trece años y desde que guarda memoria, ha sido el lazarillo de su abuela.
   Por las tardes le acompaña a misa si hace malo y al parque, si hace bueno. Allí, sentados en un banco, le lee el ABC. A cambio, la abuela le hace en navidades y por su cumpleaños unos regalos espléndidos. Rafael, sin embargo, hace de destrón con agrado. No necesita regalos. Le gusta salir todas las tardes con su abuela. Es, según él, una señora elegante, educada y, sin duda, bella. Además, cuando canta en misa, demuestra una gran sensibilidad artística.
   La señora Marcela Pazos sale por su propio pie del quirófano. Lleva los dos ojos vendados y pregunta por Rafael. Su nieto le da la mano y la guía por los pasillos del hospital hacia la salida. Su abuela lo ha llamado a él, no a sus padres o a alguno de sus tíos. Rafael lo siente como una victoria. Mientras camina por los corredores, su abuela le informa de que al día siguiente, por la tarde, ya no va a necesitarlo porque podrá quitarse las vendas a mediodía.
   Al otro día, Rafael va de todas formas a casa de su abuela por si necesita algo. A las cinco de la tarde, como todos estos años pasados, llama al timbre. Sale ella misma a la puerta.
   —¿Quién eres? —pregunta.
   —Soy Rafael —responde él sonriendo y mostrando sus asquerosos dientes amarillentos, desiguales y mal encajados en una mandíbula prognática.
   —¿Rafael? —duda ella. Se fija sin disimulo en esos ridículos ojos de batracio y no oculta una mueca de asco ante la visión de un resto de saliva que le ha quedado al niño en la comisura de los labios.
   —¡Jesús, chico! ¿Pero a quién has salido tú, tan feo?
   Rafael se da la vuelta y entra de nuevo en el ascensor. Sale a la calle y se pregunta, ahora que su abuela se comporta como sus compañeros de colegio, dónde podrá refugiarse por las tardes.

EL LIBRO DEL VOYEUR, Pablo Gallo

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PABLO GALLO, El libro del voyeur, Ediciones del Viento, La Coruña, 2010, 168 páginas.

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Destilando conjuntamente erotismo y literatura, los 69 dibujos de Pablo Gallo se asoman al lector en compañía de los microrrelatos y poemas que inspiraron, firmados por autores pertenecientes al panorama reciente de la brevedad en español.

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TIZA BLANCA

Señala las víctimas el francotirador con marcas de tiza desde su escondite en la ciudad en ruinas.
Imagina las vidas de aquellos que buscan, ciegos, refugio.
Quienes les esperan en casa: el llanto de los hijos, el lamento de los padres, el ansia del amante…
Proyectado a través de la mirilla, sale lanzado con la bala hasta que, ambos, penetran en la carne.
Así llega el gozo, que explota y se expande por el cuerpo.
En llamas.