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EL JARDÍN DE LAS DELICIAS, Francisco Ayala

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FRANCISCO AYALA, El jardín de las delicias, Seix Barral, Barcelona, 1973 (1971), 185 páginas.
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ESCASEZ DE LA VIVIENDA EN EL JAPÓN

   Un pintoresco suceso ocurrido en Tokio pone de relieve la gravedad que en aquel país ha alcanzado el problema de la vivienda. La policía detuvo días atrás en un parque céntrico a una pareja que, al abrigo de un seto, estaba entregándose a las efusiones más íntimas. Conducidos a la comisaría los fogosos amantes, su identificación dio a conocer que los detenidos eran marido y mujer. Ante circunstancia tan insólita, quiso saber el comisario qué motivo había impulsado a la pareja a ejercer en lugar público sus actividades genéricas en vez de reservarlas para el sagrado del domicilio conyugal; y entonces el esposo, no sin orientales circunloquios y embarazadas sonrisas, hubo de explicarle que dicho domicilio consistía en una sola habitación donde se alojaban, con el matrimonio y tres hijitos, su suegra y dos cuñadas, cuya presencia continua ofrecía más penoso impedimento a las naturales expansiones que el eventual paso de algún extraño por los arriates del parque.

LA DISPERSIÓN, Eugenio Trías

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EUGENIO TRÍAS, La dispersión, Taurus, Madrid, 1971, 206 páginas.


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Escribir, pintar, crear o producir formas, máscaras: eso es vivir otra vez y a más altura... 
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El hombre inocente nunca escarmienta. Por eso no "madura" jamás.
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LA MUERTE. Un espacio en blanco, ese que separa, por ejemplo, un aforismo de otro.
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Escribir es aventurarse en la tundra, esa tundra del papel recién estrenado, nieve virgen a punto de salvarse.
¿Ved cómo avanza, ella, la pluma! 
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El espacio que separa un aforismo de otro es una invitación a olvidar.
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Una odisea en el espacio es mi vida, un dardo lanzado más allá del infinito.
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El hombre de teatro sabe acerca del cambio de papeles; a veces su profesión le devora y uno se pregunta. ¿Qué hay detrás...? 
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El pensamiento utópico se alimenta de la nostalgia de una "unidad perdida" que el futuro rescatará.

HASTA QUE LA MUERTE, José B. Adolph

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JOSÉ B. ADOLPH, Hasta que la muerte, Moncloa-Campodónico, Lima, 1971, 138 páginas.

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NOSOTROS NO

   Aquella tarde, cuando tintinearon las campanillas de los teletipos y fue repartida la noticia como un milagro, los hombres de todas las latitudes se confundieron en un solo grito de triunfo. Tal como había sido predicho doscientos años antes, finalmente el hombre había conquistado la inmortalidad en 2168.
   Todos los altavoces del mundo, todos los transmisores de imágenes, todos los boletines destacaron esta gran revolución biológica. También yo me alegré, naturalmente, en un primer instante.
   ¡Cuánto habíamos esperado este día!
   Una sola inyección, de cien centímetros cúbicos, era todo lo que hacía falta para no morir jamás. Una sola inyección, aplicada cada cien años, garantizaba que ningún cuerpo humano se descompondría nunca. Desde ese día, solo un accidente podría acabar con una vida humana. Adiós a la enfermedad, a la senectud, a la muerte por desfallecimiento orgánico.
   Una sola inyección, cada cien años.
   Hasta que vino la segunda noticia, complementaria de la primera. La inyección solo surtiría efecto entre los menores de veinte años. Ningún ser humano que hubiera traspasado la edad del crecimiento podría detener su descomposición interna a tiempo. Solo los jóvenes serían inmortales. El gobierno federal se aprestaba ya a organizar el envío, reparto y aplicación de la dosis a todos los niños y adolescentes de la tierra. Los compartimentos de medicina de los cohetes llevarían las ampolletas a las más lejanas colonias terrestres del espacio.
   Todos serían inmortales.
   Menos nosotros, los mayores, los formados, en cuyo organismo la semilla de la muerte estaba ya definitivamente implantada.
   Todos los muchachos sobrevivirían para siempre. Serían inmortales, y de hecho animales de otra especie. Ya no seres humanos; su psicología, su visión, su perspectiva, eran radicalmente diferentes a las nuestras. Todos serían inmortales. Dueños del universo para siempre. Libres. Fecundos. Dioses.
   Nosotros, no. Nosotros, los hombres y mujeres de más de 20 años, éramos la última generación mortal. Éramos la despedida, el adiós, el pañuelo de huesos y sangre que ondeaba, por última vez, sobre la faz de la tierra.
   Nosotros, no. Marginados de pronto, como los últimos abuelos de pronto nos habíamos convertido en habitantes de un asilo para ancianos, confusos conejos asustados entre una raza de titanes. Estos jóvenes, súbitamente, comenzaban a ser nuestros verdugos sin proponérselo. Ya no éramos sus padres. Desde ese día éramos otra cosa; una cosa repulsiva y enferma, ilógica y monstruosa. Éramos Los Que Morirían. Aquellos Que Esperaban la Muerte. Ellos derramarían lágrimas, ocultando su desprecio, mezclándolo con su alegría. Con esa alegría ingenua con la cual expresaban su certeza de que ahora, ahora sí, todo tendría que ir bien.
   Nosotros solo esperábamos. Los veríamos crecer, hacerse hermosos, continuar jóvenes y prepararse para la segunda inyección, una ceremonia -que nosotros ya no veríamos- cuyo carácter religioso se haría evidente. Ellos no se encontrarían jamás con Dios. El último cargamento de almas rumbo al más allá, era el nuestro. ¡Ahora cuánto nos costaría dejar la tierra! ¡Cómo nos iría carcomiendo una dolorosa envidia! ¡Cuántas ganas de asesinar nos llenaría el alma, desde hoy y hasta el día de nuestra muerte!
   Hasta ayer. Cuando el primer chico de quince años, con su inyección en el organismo, decidió suicidarse. Cuando llegó esa noticia, nosotros, los mortales, comenzamos recientemente a amar y a comprender a los inmortales.
   Porque ellos son unos pobres renacuajos condenados a prisión perpetua en el verdoso estanque de la vida. Perpetua. Eterna. Y empezamos a sospechar que dentro de 99 años, el día de la segunda inyección, la policía saldrá a buscar a miles de inmortales para imponérsela.
   Y la tercera inyección, y la cuarta, y el quinto siglo, y el sexto; cada vez menos voluntarios, cada vez más niños eternos que implorarán la evasión, el final, el rescate. Será horrenda la cacería. Serán perpetuos miserables.
   Nosotros, no.

CUENTOS PARA LEER SIN RIMMEL, Poldy Bird

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POLDY BIRD, Cuentos para leer sin rimmel, Sudamericana, Buenos Aires, 1971, 174 páginas.

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LAS DISTANCIAS

   Será por eso, porque los dos llegaron al lugar cargados con su historia, porque los dos llegaron al beso con el mismo hermetismo, encerrándolo adentro de la piel.
   No se entregaron.
   Hubo un intento, apenas un intento.
   Un barco que quiso llegar a puerto pero se dejó arrastrar corriente aguera, hacia cualquier tormenta, o hacia la misma tormenta de siempre.
   Ella llevaba en sí largas caminatas por mañanas de sol, desolados cansancios de tardes amarillas, el oído alerta para la llamada del despertador, la mano preparada para sacar el boleto del tren del bolsillo interior de la cartera, la lengua fría por un helado de frutilla saboreado sin prisa.
   Él llevaba pegado a sus talones el polvo de las mismas baldosas andadas y desandadas varias veces al día, un aplazo en un examen de la Facultad, cinco novias distintas y repetidas hasta el aburrimiento, las ganas de no haber devuelto, aquella vez, la billetera que encontró en la calle.
   Y además llevaban otras cosas.
   Ropas que fueron usadas y después regaladas.
   Canciones de moda que se les pegaron y canturrearon bajo la ducha, quizás las mismas canciones a un mismo tiempo, pero en lugares diferentes.
   Tal vez algún asomo de alegría vivido a un tiempo, pero separados.
   Tal vez alguna tristeza inmensa en una misma noche, pero bajo techos distintos.
   Lo sabían todo el uno del otro.
   ¿Qué puede haber de misterioso en la vida de una persona?
   Y, sin embargo, no sabían nada, porque ignoraban nombres y fechas y lugares donde habían pasado los veranos.
   Hubieran tenido que contarse todo.
   Hubieran tenido que hacer una larga lista de cosas, de sorpresas, de lágrimas, de sonrisas, de sobresaltos, agonías, desencantos, temores, de películas y libros y poemas sabidos de memoria, de casualidades, descubrimientos, de aceptación y de rechazo. Hubieran tenido que pronunciar cientos de miles de palabras que fueran descascarando la soledad hasta dejar el cuerpo preparado para la entrega, para la confianza. Hubieran tenido que atreverse a jugar una carta, el todo por el todo, quitarse la máscara, esconder la reverencia, decir la verdad, sea cual fuere, mostrar las lastimaduras, las arrugas, las vetas de oro, las napas de barro.
   Pero no se animaron.
   Les faltó valor.
   Ellos dijeron que les faltó tiempo. Pero les faltó valor.
   Estaban engolosinados en su propia tristeza, estaban prisioneros bajo el caparazón de la comodidad, no querian tomarse el trabajo de quitarse los siete velos y ver la desnudez de la felicidad... porque temían que después del séptimo velo apareciera de nuevo la soledad, la terrible, la zorra, despiadada.
   Y entonces caminaron juntos unos pasos. Y entonces se estrecharon fuerte, se besaron, cerrando los ojos porque cada uno quería mirarse a sí mismo, nada más que a sí mismo y no al otro.
   Estuvieron acariciando el limite, lo exterior, la impenetrable puerta, la puerta con cien cerrojos; y ninguno de los dos quiso buscar las llaves, ninguno de los dos quiso empezar a abir, ninguno de los dos quiso saber que había en realidad detrás de la puerta que los separaba.
   Por eso fracasó el encuentro.
   Porque cada uno fue a encontrarse consigo mismo.
   Porque cada uno fue a alimentar con llanto su propia soledad.
   Porque cada uno llevó a su distancia y la puso en el medio.
   Y a pesar de los besos, y a pesar de ser un hombre y una mujer llenos de posibilidades, se dijeron adiós y lloraron, pensando que lloraban por decirse adiós, pero sabiendo que cada uno lloraba por sus viejos dolores, otros adioses, por otros intentos y otras historias. Y porque ya nunca podrian borrar las distancias que los separararían de ellos y de los otros que quisieran, alguna vez, acercarse a ellos.

CUENTOS, Hermanos Grimm

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HERMANOS GRIMM, Cuentos, Editorial Juventud, Barcelona, 1971 (1935), 156 páginas. Ilustraciones de Arthur Rackham.
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EL ZORRO Y EL CABALLO

   Un campesino tenía, una vez, un Caballo fiel, pero que se había vuelto viejo y ya no podía trabajar. Su amo le escatimaba la comida. Y al fin le dijo:
   —Ya no puedo utilizarte, aunque todavía te tengo cariño; si me demostraras que tienes fuerza suficiente para traer un León hasta nuestra casa, te mantendría hasta el fin de tus días. Pero, ahora, vete de mi establo.
   Y le abrió la puerta y lo dejó en medio del campo.
   El pobre Caballo estaba muy triste, y buscó en el bosque un cobijo donde resguardarse del viento y la lluvia. Pasó por allí un Zorro, que le dijo:
   —¿Por qué bajas la cabeza y vagas solitario por el bosque?
   —¡Ay de mí! —contestó el caballo—. La avaricia y la honradez no pueden vivir juntas. Mi amo se olvida de todos los servicios que le he prestado durante largos años, y como ya no puedo trabajar, no quiere mantenerme y me ha echado de su establo. 
   — ¿Sin ninguna consideración? —preguntó el Zorro.
   —El único consuelo que me ha dado ha sido decirme que si yo tuviese fuerza bastante para llevarle hasta casa un León, me guardaría y me mantendría; pero bien sabe él que esta hazaña no la puedo hacer.
   Dijo el Zorro:
   —Te quiero ayudar. Échate aquí y estira las patas como si estuvieras muerto.
   El Caballo hizo lo que el otro le dijo, y el Zorro se fue en busca del León, y le contó:
   —En el bosque hay un Caballo muerto. Ven conmigo y verás qué rico bocado.
   El León le siguió, y, cuando hubieron encontrado al Caballo, el Zorro le dijo:
   —Aquí no podrías comértelo cómodamente. Yo te diré lo que tienes que hacer. Te ataré al caballo y así podrás llevártelo a tu guarida y comértelo a tu placer.
   El plan agradó al León, que se colocó muy quieto cerca del Caballo, mientras el Zorro le ataba a él. Ataba el Zorro las cuatro patas del León con la cola del caballo, tan juntas y tan prietas y con unos nudos tan fuertes, que a la fiera le era imposible moverse. Cuando acabó su trabajo, dio una patada en el lomo del Caballo y dijo:
   —¡Vamos, amiguito! ¡Adelante!
   Entonces el Caballo se alzó y echó a correr, arrastrando al León tras de sí. Enfurecido el León, rugía tan fuerte que todos los pájaros del bosque se aterrorizaron y echaron a volar. Pero el Caballo le dejó rugir y no se detuvo hasta estar ante la puerta de su amo.
Y cuando el amo le vio llegar con el León prisionero, se entusiasmó y le dijo:
   —Ahora te quedarás conmigo por todos los días de tu vida.
   Y le alimentó, hasta que el Caballo murió.

LOS NIÑOS TONTOS, Ana María Matute

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ANA MARÍA MATUTE, Los niños tontos, Destino, Barcelona, 1971, 68 páginas.

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Ésta es la primera edición en Destino, la segunda tras la original de 1956 en la madrileña Arión. Cuenta con las ilustraciones de José María Prim.
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EL INCENDIO

El niño cogió los lápices color naranja, el lápiz de color amarillo, y aquel por una punta azul y la otra rojo. Fué con ellos a la esquina, y se tendió en el suelo. La esquina era blanca, a veces la mitad negra, la mitad verde. Era la esquina de la casa, y todos los sábados la encalaban. El niño tenía los ojos irritados de tanto blanco, de tanto sol cortando su mirada con filos de cuchillo. Los lápices del niño eran naranja, rojo, amarillo y azul. El niño prendió fuego a la esquina com sus colores. Sus lápices -sobre todo aquel de color amarillo, tan largo- se prendieron de los postigos y las contraventanas, verdes, y todo crujía, brillaba, se trenzaba. Se desmigó sobre su cabeza, en una hermosa lluvia de ceniza, que le abrasó.

JUAN DE MAIRENA, Antonio Machado

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ANTONIO MACHADO, Juan de Mairena: sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo, Castalia, Madrid, 1971, 284 páginas.

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José María Valverde repasa en la Introducción biográfica y crítica cómo las influencias de Nietzsche, Valéry o Scheler se hallan detrás de estos "apuntes ágiles, bienhumorados y profundos", que constituyen "un logro expresivo mayor que su verso".

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Hay escritores cuyas palabras parecen lanzarse en busca de las ideas; otros, cuyas ideas parecen esperar las palabras que las expresen. El encuentro de unas y otras, ideas y palabras, es muchas veces obra del azar. Hay escritores extraños -y no son los peores- en quienes la reflexión improvisa y la inspiración corrige.
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Uno de los medios más eficaces para que las cosas no cambien nunca por dentro es renovarlas —o removerlas— constantemente por fuera. Por eso —decía mi maestro— los originales ahorcarían si pudieran a los novedosos, y los novedosos apedrean cuando pueden sañudamente a los originales.
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Cuando nuestros políticos dicen que la política no tiene entrañas, aciertan alguna vez en lo que dicen y en lo que quieren decir. Una política sin entrañas es, en efecto, la política hueca que suelen hacer los hombres de malas tripas.
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Poco he de decir de la vejez, porque no creo haberla alcanzado todavía. Noto sin embargo, que mi cuerpo se va poniendo en ridículo; y esto es la vejez para la mayoría de los hombres. Os confieso que no me hace maldita la gracia.
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Uno de los signos que mas acusan cambio de clima espiritual es la constante degradación de lo cómico y su concomitante embrutecimiento de la risa. La verdad es que nunca ha habido en el mundo, como hay en nuestros dias, tantas gentes que parezcan rebuznar cuando ríen.

PALINDROMA, Juan José Arreola

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JUAN JOSÉ ARREOLA, Palindroma, Joaquín Mortiz, México D.F., 1974 (1971), 160 páginas.

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RECETA CASERA

   Haga correr dos rumores. El de que está perdiendo la vista y el de que tiene un espejo mágico en su casa. Las mujeres caerán como las moscas en la miel.
   Espérelas detrás de la puerta y dígale a cada una que ella es la niña de sus ojos, cuidado de que no lo oigan las demás, hasta que les llegue su turno.
   El espejo mágico puede improvisarse fácilmente, profundizando en la tina de baño. Como todas son unas narcisas, se inclinarán irresistiblemente hacia el abismo doméstico.
   Usted pude entonces ahogarlas a placer o salpimentarlas al gusto.

CUENTOS FILO-SÓFICOS, Kostas Axelos

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KOSTAS AXELOS, "Cuentos filo-sóficos", en El lenguaje y los problemas del conocimiento, Rodolfo Alonso, Buenos Aires, 1971 (1962), pp. 135-141.

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Acompañado por ensayos de Roman Jakobson, Jean Starobinski, Olivier Loras, Joseph Gabel, Frédéric François y Roland Barthes, se encuentra en este volumen Kostas Axelos y sus 12 Cuentos filo-sóficos (onto-teo-mito-gnoseo-psico-socio-tecno-escato-lógicos).

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LAS VOCES DEL SILENCIO
(el fin tecno-lógico y escatológico y el comienzo) 

Por fin la energía atómica se ha liberado y ha destruido toda vida humana sobre el planeta. Sólo se ha escapado un habitante de un rascacielo de Chicago. Después de haber comido y bebido todo lo que tenía en su heladera, leído, visto, mirado y escuchado su biblioteca ideal, su museo imaginario y su discoteca real, desesperado al ver que no se moría, decide suprimirse y se tira al vacío desde el piso cuarenta. Justo en el momento en que pasa por el departamento del primer piso, oye sonar el teléfono.