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CONFABULACIÓN
Hace unos meses rompió con el marido. No soportaba su mirada lujuriosa a través del ojo de la cerradura, ni sorprenderlo en plena observación de la mujer de al lado, cuando despertaba en las mañanas.
El continuo acoso del jefe, los chismes y murmullos de los compañeros, la envidia de las mujeres por su elegancia, el café frío a propósito para fastidiarla, los llamados de atención del vigilante por dejar el auto mal parqueado, fueron los motivos para que renunciara a su trabajo.
Como si fuera poco, los electrodomésticos se han confabulado. La aspiradora la persigue por toda la casa, ella dice que esa boca ruidosa, la quiere engullir por la costumbre cotidiana de empolvarse la nariz. El teléfono es un espía que no para de timbrar para enloquecerla, a ella tan serena. El horno microondas es uno de los peores enemigos, sube a temperaturas insoportables para ampollarle la piel, y a espaldas se burla en complicidad con el secador del pelo.
Ya no sabe qué hacer para escapar de sus perseguidores, sobre todo, de esa mujer que la mira con horror desde el fondo del espejo.
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BORGES Y LOS GATOS
Jorge Luis Borges amaba a los tigres y sentenció que Dios creó al gato para que el hombre pudiera acariciar al tigre. Es así que bajo la caricia de la lengua áspera de los pequeños felinos en sus manos, conoció la secreta escritura, el enigma que guardan en el fondo de sus ojos, la adoración que provocaron entre los faraones del antiguo Egipto.
Mi gato sube cadencioso las escaleras del altillo, se acerca, lame las manos del retrato de Borges, me mira, se acuesta a sus pies y para mi asombro, forma un círculo frente al sendero de miradas que se bifurcan.
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POESÍA Y CIENCIA
Mientras el emperador Adriano mira con dolor cómo su favorito Antínoo, fulgura como una estrella en el firmamento, en otro lugar, un astrónomo observa la misma estrella como el pasado remoto de una supernova.
ROGELIO GUEDEA,
Caída libre,
Colibrí, México D.F., 2005, 164 páginas.
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PASEO DE IDA Y VUELTA
He llegado a casa después de un paseo en bicicleta con mi hijo. Como cada tarde, anduvimos por las calles empedradas de la colonia, saludando aquí y allá a los árboles, los jardines, los perros y los niños que encontrábamos en el camino. Mi hijo goza como nadie los paseos en bicicleta, y más cuando subimos cuestas empinadas o entramos en terrenos escarpados. Mientras mi ser no resiste la tentación de pensar en el porvenir, las deudas de casa, los amigos perdidos, mis compromisos de trabajo, los pendientes de mañana, el suyo va colvado en el paisaje que va descubriendo a cada momento. Es curioso ver cómo nuestros pasos, tan distintos, tan distantes, se unen por un segundo en la misma senda, y cómo en un descuido el alma de mi hijo se funde y se confunde con la mía como si el destino no quisiera negarme la oportunidad irrepetible de vivir dos veces.