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CAPILAR, Lilian Elphick

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LILIAN ELPHICK, Capilar, Eutôpia Ediciones, Santiago de Chile, 2018.
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CUATRO

   La calle era nuestra patria. Fuimos los perseguidos, los condenados a muerte, los exiliados, los asesinados por la espalda. No nos importó la lluvia ni el frío: siempre estuvimos ahí para caminar todo eso que nos faltaba.
   La calle era nuestra patria. Hacíamos el amor en la esquina de las revueltas. A mí me gustaba que acariciaras mi miedo, que pasaras la mano una y otra vez hasta llegar a la entrepierna. Nos miraban y nosotros reíamos, el pelo erizado ante el palo que golpeaba el deseo, el palo rabioso que mordía la luna caliente de tus labios.
   En la calle te perdiste, amante compañero. Los años te llevan conmigo.

EL CRUJIDO DE LA SEDA, Lilian Elphick

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LILIAN ELPHICK, El crujido de la seda. Antología de microrrelatos, Menoscuarto, Palencia, 2016, 88 páginas.
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Gemma Pellicer es la responsable de una edición que acerca al lector español la microficción de Lilian Elphick, a través de la selección de textos publicados por la autora chilena entre 2007 y 2013.

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EL CRUJIDO DE LA SEDA I

   —Entonces, ¿qué arma prefiere?
   —Navaja.

   —¿Dónde?

   —Aquí.
   —Ahí sale más caro.
   —No importa. ¿El cheque se lo hago cruzado o abierto?
   El hombre rió.
   —Sólo efectivo. Mire, allí hay un dispensador de dinero. La espero. No tengo apuro.
   La mujer puso el fajo de billetes en el bolsillo de la chaqueta del hombre. Él la llevó a un callejón sin salida para proceder con el encargo. Ella se sacó el pañuelo de la cabeza. Estaba totalmente calva. El hombre sintió lástima y fue rápido. Recogió el pañuelo haciéndolo crujir; luego, lo puso en la cara de la mujer y caminó hasta el terminal de buses. Antes, le regaló sus guantes a un pordiosero.

BELLAS DE SANGRE CONTRARIA, Lilian Elphick

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LILIAN ELPHICK, Bellas de sangre contraria, Mosquito, Santiago de Chile, 2009, 70 páginas.

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ADANA

   Mírame las costillas: hay cuatro rotas; te las doy así como están, y el ojo perpetuo en su tinta.
   Luego harán de mí la boca incendiaria, el paquete inservible que se lanza al vacío.
   Mira el sin refugio, la alambrada, la púa, el diente en el suelo.
   Adana es mi nombre.
   Repítelo.
   Guárdalo en tu corazón para que otros me recuerden como el primer verbo crucificado en las casas de tortura.

K, Lilian Elphick

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LILIAN ELPHICK, K, Ceibo Producciones, Santiago de Chile, 2014, 80 páginas.

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NICROPHORUS VESPILLO

   Soy como soy, señores del jurado. Mi familia es la más antigua del planeta. Ya en el año 1300 A.C., momificábamos los cadáveres de los otros, los inocentes que paseaban cerca nuestro, alardeando de sus élitros transparentes. Silphidus era el encargado de engañarlos. Hasta las ratitas caían en sus juegos de tenazas.
   Es cierto que maté a Gregorio. Se miraba todo el día en el espejo, esperando la transformación. Buenos días, Franz, decía frente a su imagen coleóptera, creyendo ver a un muchacho flaco y ojeroso.
   No alcanzó a sentir el golpe, lo juro. Escarbé la tierra, lo deposité en su lecho y comencé de inmediato a hacer la bola. Con ella se alimentaron mis larvas, que crecieron y crecieron hasta llegar a ser una multitud de jóvenes tísicos, pálidos y muy melancólicos, todos escritores.

LA ÚLTIMA CANCIÓN DE MAGGIE ALCÁZAR, Lilian Elphick

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LILIAN ELPHICK, La última canción de Maggie Alcázar, Mosquito, Santiago de Chile, 1990, 68 páginas.

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PÁRPADOS AZULES

   Hoy Marta lo mira más despacio, como queriendo averiguar algún sudor retrasado en la comisura de los labios. Al bajar la vista descubre un camino de hormigas cerca de la cabeza y luego vuelve a mirarlo de lleno. Nota cambios en la cara. Se ve más negra, es cierto; ayer los párpados estaban azules, quizás de tanto ver estrellas. Hasta que Marta los cerró con la yema de los dedos, presionándolos un poco para intentar nuevamente revivir esos ojos de felino solitario.
   —Soy un hombre solo y el desierto me gusta —le dijo un día, antes de que se mudaran a vivir a la mina abandonada.
   Y a ella le da miedo tomar la pala y comenzar a hacer el hoyo. No tiene fuerza para hundirla en esa tierra resquebrajada que aún sigue caliente debajo del cuerpo de su hombre. «Tierra muerta —piensa Marta—; siempre lo estuvo, y nosotros aquí naufragando desde el principio. Hundidos, como si el sol nos hubiese cargado con piedras.
   Por eso le da miedo cavar, no está segura, quizás él duerma solamente, aunque ponga su oído en el pecho y lo huela intenso a mar o a conchales, y le sienta un reventar de olas cerca del estómago.
   Allí estarían lejos del mundo. Nadie los molestaría, y el cuchicheo de las vecinas se tornaría en viento, el viento de la tarde que azota la piel y el alma, le escuchó decir. Ahora ya no habla, pero Marta le adivina el ulular que se desprende de su boca. «Déjame aquí, mujer, no hagas nada, déjame…» Ella no entiende, cómo no hacer nada sino espantar moscas y lagartijas insolentes; habrá que cavar antes de que oscurezca y llegue la noche desfigurándolo más aún, para que duerma tranquilo sin el brillo anémico de la luna arrastrándose por sus venas; habrá que cavar profundo hasta encontrar el agua que lo despierte y le despelleje el mal sueño. «Dios mío, reza Marta, dame fuerzas, que ya llevo dos días tratando de enterrarlo y él no me deja. ¿No oyes lo que me dice?». Sin embargo, Marta sigue de rodillas junto al hombre, inmóvil como una estatua desamparada, sintiendo sus pechos insomnes latir y latir al acordarse de que sólo hace una semana retozaba con él cerca de un cactus ciego.
   «¿Ves ese cerro blanco?; ahí mismo está la mina. La veta no se ha agotado como piensan los demás. Aprenderé rápido y tú me ayudarás», le decía entusiasmado. Eso y otras cosas le decía antes de que todo estallara y le dejara ese remedo de hombre, ese cuerpo sangrante que ya no buscaría más vetas que las de su recuerdo.
   Ahora el sol se esconde detrás del mismo cerro y Marta tiene frío. Mañana lo hará, hable o no. Casi sin cambiar de posición se acuesta al lado de él, respirando de a poco para no robarle más aire, sin importarle su carne que cambia de color ni los jugos que chorrean sus piernas dinamitadas; sin espantar a la soledad, Marta se duerme con la mano del hombre puesta entre sus pechos.

DIÁLOGO DE TIGRES, Lilian Elphick

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LILIAN ELPHICK, Diálogo de Tigres, Mosquito, Santiago de Chile, 2011, 120 páginas.

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FÁBULA DEL TIEMPO

   Fábola y Tigre han decidido tomarse un tiempo. Él es el primero en beberlo. Ella tiene un poco de miedo, pero Tigre la incita a coger la copita y tragarse el líquido de una sola vez.
   —Amargo
   —Más bien ácido.
   —Como el limón.
   —Pero con un toque de cicuta.
   —Oh, sí.
   Y así hablaban hasta que el tiempo surte efecto. Los devora de inmediato, sin el trivial acto de canibalismo.
   Fábola y Tigre se miran. Son un par de desconocidos en la enormidad de las praderas amarillas.

CONFESIONES DE UNA CHICA DE ROJO, Lilian Elphick

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LILIAN ELPHICK, Confesiones de una chica de Rojo, Mosquito, Santiago de Chile, 2013, 94 páginas.
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CURSO DE LINGÜÍSTICA GENERAL

   Le arranqué la camisa, le solté el cinturón y, cuando los pantalones caían al suelo, noté su cola larga, escamosa, terminada en punta de flecha.
   —¡Ay, Dios mío! —grité.
   —Llámame como quieras, a mí no me importa —dijo él, mostrándome el verdadero infierno de su lengua.

EL OTRO AFUERA, Lilian Elphick

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LILIAN ELPHICK, El otro afuera, Editorial Cuarto Propio, Santiago de Chile, 2002, 152 páginas.

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PIEZA CUATRO

Somos capaces de esperar que las palabras nos duelan...
Enrique Lihn

   Jesús Jiménez, alto, ojos nostálgicos por el trópico, de huesos firmes y largos, de oficio caracolero, deja el billete en la mesita del velador. Es sólo agradecer con realidades, una continuación del cariño feroz que ella, pieza cuatro, puede otorgarle.
   La muchacha dormita con la seducción añeja entre las sábanas, mueve un brazo y murmura las palabras de un sueño. Jesús la observa en la oscuridad asfixiante. Se viste.
   Ella pronto se despereza, canturrea algo hasta que le gritan desde afuera:
   —¡Pieza cuatro, desocúpate!
   Jesús no sabe su nombre. No le importa demasiado. No recuerda que la tristeza es el deseo concluido. Ella tampoco. Mientras se acomoda el vestido vuelve a cantar. Un mambo heredado de otro hombre, alguien que le cantó jadeando encima de su sonrisa.
   Afuera la apuran. Un puño enérgico golpea la puerta. Jesús saca de su bolsillo un caracol pequeño, un hijo de los gigantes que vende a los turistas que llegan a la isla.
   —Tome.
   Ella lo recibe y se sonroja.
   —Hace tiempo que no llegaban regalos —dice, alegre.
   Abre sus manos y lo hace rodar de un lado a otro. Lo acerca a su oído:
   —Para escucharlo a usted también.
   Jesús se acerca a ella y desliza un dedo por sus labios. Nuevamente ella siente la sal y el romper de olas azotando sus caderas.
   —Volveré —responde él dándole la espalda al oír los golpetazos.
   —No abra todavía. Déjela.
   Ella cubre el pestillo con su cuerpo.
   —Usted no va a volver, ¿verdad?
   Jesús Jiménez no le responde y la aparta con suavidad, sin mirarla.
   Al salir, una bocanada de aire caliente le indica la salida. Ella corre detrás de él.
   Una vieja la encara, agarra su hombro con fuerza hasta detenerla.
   —Cámbieme de pieza, Doña Octavia, no quiero la pieza cuatro —dice ella, molesta.
   Un hombrecillo le hace señas.
   —Ahí te quedas, muchacha —le contesta la vieja, haciendo pasar al siguiente.
   Antes de perderlo de vista, ella dice: No volverá.
   Él se aleja, atraviesa el jardín descuidado, elige el camino más corto para llegar a la playa y embarcar. De su bolsillo saca otro caracol diminuto, luego otro más, hasta tener muchos. Los tira a la arena para que se hundan en un naufragio seco y sin memoria.