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FLORA Y FAUNA, Gilda Manso

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GILDA MANSO, Flora y Fauna. Antología personal, Micrópolis, Lima, 2015.

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PUNTOS DE VISTA

   El hombre diminuto que vive desde siempre adentro del reloj de arena y el hombre no tan diminuto que vive desde siempre adentro del vientre de la ballena tienen algo en común: ambos creen que eso que ven es todo el mundo.


TEMPLE, Gilda Manso

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GILDA MANSO, Temple, El 8vo. Loco, Buenos Aires, 2013, 96 páginas.

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FLORES

   De pronto, el aire se llenó con el olor de las flores del árbol que mi abuela tenía en el fondo de su casa. Lo reconocí al instante; era un olor con textura de brea, pesado, que se sentía con la garganta más que con la nariz.
   En aquellos veranos, cuando mi abuela vivía y nosotros nos quedábamos a cenar en su casa, el olor de las flores del árbol del fondo llegaba hasta el comedor y nos impedía comer en paz. Demasiado intenso para resultar agradable. Hasta mi abuela, que nunca se quejaba, protestaba por la invasión. Y yo no había sentido ese olor desde que mi abuela murió y tuvimos que vender la casa; yo había olvidado ese olor, esas flores casi insoportables.
   —¿Sentís? –me preguntó mi hermano, y entonces me asusté. Si sólo yo olía las flores, cabía la posibilidad de que se tratara de un truco de mi imaginación, que siempre se caracterizó por no padecer el vértigo de las alturas extraordinarias; pero si mi hermano también las sentía, significaba que el olor de las flores de la casa remota de mi abuela muerta era algo real. Real y aquí, en mi casa, donde el olor –por una cuestión de tiempo y espacio— no tenía lógica, a menos que se tratara de una lógica que escapaba a mi entendimiento; tampoco voy a cometer la vanidad de creer que comprendo todo.
   Mi hermano y yo salimos a la calle para tratar de localizar el punto de partida del olor de aquellas flores. No intentamos tirarle el salvavidas de la excusa a nuestra racionalidad: será un perfume similar, nos habrá parecido pero no. Mi abuela decía que todos los sentidos pueden ser estafados, excepto el olfato; eso que olíamos, entonces, era el olor de las flores que ya no estaban y que nunca estuvieron ahí. De más está decir que no encontramos nada, el olor era omnipresente y, como antaño, casi tangible.
   De a poco nos fuimos acostumbrando. Mi hermano y yo seguíamos con nuestras vidas, y el olor nos molestaba cada vez menos. No es que hubiera menguado su poder sino que nos habíamos acostumbrado a él. No hay narcótico más eficaz que la costumbre.
   Un día de esos, entré a la pieza de mi hermano a buscar las llaves del auto. Yo no entraba en su pieza desde la muerte de mi abuela: mi hermano insistía en guardar la caja con sus cenizas en la mesa de luz, y eso era algo que yo no podía aguantar. No podía ver la caja, no podía concebirla hecha cenizas. Mi temeraria imaginación tenía su talón de Aquiles. Ese día, sin embargo, no esperé a que llegara mi hermano para pedirle las llaves. Ese día entré. Las llaves estaban en la mesa de luz, al lado de la caja. Respiré hondo, respiré hondo de verdad, y el olor de las flores –que nunca se había ido— volvió con toda su potencia, volvió a mi garganta, se hizo bola de llanto y estalló, fuerte y poderoso como había entrado. Miré la caja de cenizas, la miré fijo por primera vez en mi vida y sentí que ahí –ahí— no había nadie.

PRIMITIVO RAMO DE ORQUÍDEAS, Gilda Manso

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GILDA MANSO, Primitivo ramo de orquídeas, Libros en Red, Buenos Aires, 2008, 74 páginas.

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RUIDO DE ALACRANES

   Me despertó el camión de la basura, y los pájaros insomnes que chillaban en las ramas del tilo. Pensaba que podría volver a dormirme, pero por la calle, justo al lado de mi ventana, pasó la vieja chiflada, la de las palomas, insultando a su troupe de perros pacientes; tal vez orinaban demasiado despacio. Me desvelé casi sin remedio, dormitando de a ratos, diez minutos como mucho. Ya al amanecer, oí que del ropero salía un sonido como de tambor ahogado. Sólo esto me faltaba, alcancé a pensar, sumergida en el limbo del sueño postergado. Abrí el placard y el espectro que se refugia entre mis perchas me miró, los ojos bien abiertos; él tampoco podía dormir.
   —¿Te parece que es una hora lógica para ponerte a latir? – le pregunté. Me dijo que lo había despertado el ruido de los alacranes, los de su propia cabeza, y ahí me apiadé. Yo sé cómo se siente eso.
   —Vení, que te acuno un rato —le dije. Me acosté y él se aovilló en mi pecho.
Me desperté horas más tarde, sin rastros del espectro, aturdida por el estrépito del sol sobre mi cama.