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LA GUERRA, Ana María Shua

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ANA MARÍA SHUA, La guerra, Páginas de Espuma, Madrid, 2019, 168 páginas.

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Nueva entrega de microrrelatos de la gran maestra actual del género en castellano.
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EN LA GUERRA Y EN EL AMOR

   En la guerra y en el amor, todo vale. Vale embaucar y mentir: el arte de la guerra es el arte del engaño, dice Sun Tzu. Vale atacar y destruir, porque quien no nos ama como amamos se transforma en enemigo. Todo vale menos arrastrarse, menos rogar, menos pedir perdón, menos entregarse, rendirse, acobardarse, todo vale, nada vale, en la guerra y en el amor, salvo matar. Porque la finalidad de la guerra no es la muerte, sino la derrota del enemigo y la finalidad del amor no es matar, sino apoderarse de su territorio. Y sin embargo...

HERIDO LEVE, Eloy Tizón

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ELOY TIZÓN, Herido leve, Páginas de Espuma, Madrid, 2019, 662 páginas

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En el Prefacio (pp. 15-22) a este volumen que recopila Treinta años de memoria lectora, Tizón escribe: «Siempre he amado la literatura. Dejar constancia de este amor me parece un empeño hermoso y noble».
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LA SEDUCCIÓN DEL INSTANTE 

   De entre los escritores en español actuales, no conozco ningún ejemplo de versatilidad comparable con la de Andrés Neuman. Todavía joven, recién estrenado en la cuarentena, el autor hispanoargentino ya ha sido capaz de levantar un universo sólido y memorable, donde ha demostrado que sabe moverse con idéntico talento en registros tan diversos como el de lo ultrabreve (microcuento, aforismos), el cuento (El que espera, El último minuto, Alumbramiento, Hacerse el muerto), la poesía (Década, Poesía 1997-2007), la novela, tanto de dimensión media (Bariloche, Una vez Argentina, Hablar solos) como de largo aliento (El viajero del siglo), e incluso nos ha regalado dos artefactos tan inclasificables como la perfecta antiguía de Cómo viajar sin ver y el antidiccionario de Barbarismos.
   Lo que en otro autor con menos brillo podría haber significado arbitrariedad o dispersión, Andrés Neuman ha conseguido unificarlo bajo una voluntad de estilo implacable En sus páginas, en cualquiera de ellas derrocha olfato artístlco, sabiduría técnica, pasión, musicalidad, ingenio, amor genuino por la belleza, sentido del humor, movilidad sentimental, pulsión ética, guiños metaliterarios, entre otras cualidades, lo que, unido a su avidez por la pulcritud verbal y el detalle preciso, da como resultado un archipiélago literario exuberante y gozoso, al alcance de muy pocos.
   Fractura es una novela que se lee en un estado de disfrute continuo. Creo que es un libro que sorprenderá (para bien) a los incondicionales de Neuman. Consigue algo dificilísimo: seguir siendo él mismo, sin repetirse. La novela es de una ambición global que apabulla. Transcurre en varios países y en varias idiomas, en diferentes épocas, con cambios de voces en forma de cuatro monólogos femeninos distintos y un narrador omnisciente cuya identidad tal vez se oculte detrás de uno de los propios personajes de la novela, no diremos de cuál, para preservar el misterio.
   Es imposible dar cuenta, en el espacio de un breve comentario, de toda la complejidad estructural, moral, geopolítica y metafórica planteada por Fractura. Su riqueza humana es tanta, que casi desborda al lector. Digamos que la novela recorre diversos tramos de la biografía del japonés Yoshie Watanabe, coleccionista de banjos, muy amado por mujeres, cuya vida está enmarcada por dos sucesos trágicos: de niño, la explosión de la bomba atómica en Nagasaki (9 de agosto de 1945); en su vejez, la fuga radioactiva del reactor nuclear de Fukushima (11 de marzo de 2011).
   Se requiere mucho valor para abrir un libro con un seísmo en el metro de Tokio, que provocó un posterior tsunami y la catástrofe nuclear. Y no menos valor para volver a narrar, y que suene fresco, la mañana invidente en que un avión estadounidense cegó el cielo de Japón con sus bombas, según la experiencia de un niño nipón. A priori es un reto imposible, embargo Neuman se enfrenta a ello y lo consuma sin efectismos, de manera sobria, con una fe en la literatura y en la capacidad catártica de la palabra para restañar lo invisible que asombra y conmueve.
   Por momentos cercano y por momentos ausente, tan tibio como comprometido, se diría que Watanabe es un donjuán involuntario, casi a regañadientes, que ha sustituido la épica cinegética del mito egoísta por una sensualidad tranquila en la que tienen cabida y espacio la mirada del otro, la piel del otro y su tacto.
   Aquí hay algo hermoso: cuatro mujeres muy distintas, en cuatro ciudades alejadas unas de otras —la francesa Violet en París; la periodista Lorrie en Nueva York; la traductora argentina Mariela en Buenos Aires y la fisioterapeuta Carmen en Madrid—, leen en la intimidad a Yoshie, mientras nosotros las leemos a ellas. Cuatro idiomas, cuatro puntos de vista, cuatro inteligencias y cuatro cuerpos. La novela entera se erige como un juego de espejos y de miradas.
   En esto me recuerda a la ambición global de Guillermo Arriaga cuando escribió el guión de Babel. Ese tipo de locura caníbal. Y también me recuerda, un poco, a la manera de componer las novelas despiezadas de Milán Kundera: hay una metáfora central (el peso y la ligereza, por ejemplo), alrededor de la cual orbitan historias más o menos independientes, pero que se mantienen engarzadas por la fuerza centrípeta de la metáfora central, presente siempre. Y también es kunderiana la relación entre nuestras vidas cotidianas y el zarandeo feroz de la historia. Cómo los sucesos políticos modelan nuestra biografía y en buena medida la determinan.
   En el caso de Fractura, es la energía atómica, desde Hiroshima y Nagasaki hasta Fukushima. Que yo sepa, es la primera vez que la narrativa en nuestro idioma se ocupa con semejante rigor de la energía atómica. Ni siquiera los denominados narradores sociales han mostrado interés por este problema, pese a su capacidad para aniquilamos a todos en cualquier momento. Ese fuego de los dioses es acuciante. Detrás de Fractura se adivina, y las entrevistas con Andrés Neuman así lo confirman, un trabajo de documentación exhaustivo. Siete anos de escritura. Incontables versiones. Muchas frases subrayadas. Una de mis favoritas: «El miedo es una especie de amor torcido».
   Apelando a la técnica oriental del kintsugi, consistente en integrar (en lugar de disimular) las grietas y desperfectos de un objeto como parte de la biografía de ese mismo objeto, asoma el tema de fondo de Fractura, que es, si no me equivoco, la manera en que se rompen las cosas y la manera en que se recomponen.
   El resultado es una novela total, de espíritu globalizador, poderosa, que sin embargo no pesa en los hombros. Posee esa leggerezza preconizada por Italo Calvino en sus lecciones de Harvard. Creo, de hecho, que Calvino podría sentirse satisfecho de Fractura. Pese a su fondo traumático, abunda en ella el sentido del humor. Frases y situaciones graciosas. Finura de observación y delicados matices. Me he reído y me he emocionado. «La tarde parece serena, pero el tiempo está en guardia»: así arranca esta novela. Sereno y en guardia a la vez, Andrés Neuman tiene motivos para sentirse orgulloso de su creación. Fractura quedará como un libro mayor en la bibliografía de Neuman (en la que no hay libros menores) y como un título insoslayable en la literatura reciente en español. Por su importancia, hay que leer Fractura. Una novela colosal. Una novela vibrante. Una novela atómica.

LA MEMORIA DONDE ARDÍA, Socorro Venegas

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SOCORRO VENEGAS, La memoria donde ardía, Páginas de Espuma, Madrid, 2019, 112 páginas.

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EL FUEGO DE LA SALVACIÓN

   De niño me quedaba siempre a las orillas del misterio, en un rincón de la acera. Los que pasaban por ahí me daban dinero, cuando lo que yo quería en realidad era entrar. Las puertas de la cantina, alas destructoras, apenas me permitían atisbar, adivinar en la medusa del humo y la música los secretos más preciosos. Sólo miraba los pies que iban y venían, los zapatos de mujer con tacones raspados. El olor de la cantina: el humo del cigarro, el oxígeno viciado del alcohol, y aunque a veces sentía náuseas podía más mi curiosidad; de qué se reían, qué apostaban, por qué a veces lloraban ésos que al entrar parecían dioses y cuando salían estaban solos y perdidos. Y aquel letrero: Se prohíbe la entrada a niños, animales y uniformados. Otros letreros también incluían a las mujeres. A veces mi madre iba a buscarme, recorría cada cantina de Leandro Valle, bajaba por Matamoros hasta llegar a Galeana. Cada vez que se asomaba para tantear si me había colado, tenía que soportar rechiflas y majaderías, hasta que al fin me encontraba sentado afuera de alguna, distraído con mi trompo de colores. Me llevaba de las orejas a la casa y allá seguían los regaños, a veces un cinturonazo. 
   No comprendía por qué me gustaban las cantinas. Nadie te da esos malos ejemplos, decía. Era verdad. Solo me había aficionado a los teporochos mugrosos que entraban y salían, a los señores gordos que jugaban dominó con sus amigos, a las meseras que entraban rápido y con la cabeza gacha. Una vez un señor se bajó de un carrazo, se estuvo frente a la puerta de la cantina acariciándola con las puntas de los dedos, sin atreverse a dar un paso. Se volvió a mirarme, tenía los ojos muy abiertos. No puedo, me dijo a modo de disculpa. No sé cómo, pero comprendí que sufría, así que me levanté, empujé las puertas por él y las sostuve para darle paso. Sonrió aliviado. Me dio las gracias y entró. 
   Una tarde sacaron a un muchacho a que vomitara y me ensució los zapatos. Mamá me vio llegar a la casa. Dejó a un lado la tina de ropa ajena que lavaba, me quitó los zapatos, los limpió con mucho cuidado e hizo que volviera a ponérmelos. Estaba callada, pero yo sentí que en ella se encimaban muchas palabras. Me agarró de la mano para llevarme a la calle, casi a rastras. Llegamos a la cantina, la más fea, la más sucia, la más pobre. Precisamente aquella que prohibía la entrada a niños, mujeres y perros. Mi madre, que cargaba un cansancio muy viejo, irguió los hombros. Por primera vez me pareció hermosa, incomparable. Me guiñó un ojo y empujó la puerta, tranquila, nada de prisas. Me hizo entrar a mí primero. En la barra pidió dos cervezas.

LA BIBLIOTECA DE AGUA, Clara Obligado

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CLARA OBLIGADO, La biblioteca de agua, Páginas de Espuma, Madrid, 2019, 184 páginas.

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HISTORIAS DEL ARTE
(LLUVIA)

   En esas noches tan oscuras que no se ven ni los pensamientos, cuando nadie sale de casa y solo se oye el rebotar de la lluvia, la maja desnuda cuela su lienzo por debajo de la puerta del Prado y se agiganta. Si alguien se asoma a la ventana y ve uno de sus pezones estrábicos, lo confunde con la luna, si un insomne la atisba desde un segundo piso, cree que el matojo del pubis es una enredadera deshojada. La maja pasea con la melena suelta, los rizos descentrados. Su carne, lacada por la lluvia, se agita con un vigor colosal. De tanto estar expuesta, le duelen los brazos, los huesos sonrientes de la cara. Está harta de las miradas lascivas de los turistas, de las audioguías. Mientras pasea por el barrio, sueña con esa vida que no pudo ser, se alboroza con el vino de los bares, mece con su aliento las cunas de los niños, ojea un libro que alguien se dejó abierto sobre la mesilla. Al llegar a CaixaForum se abraza a los árboles y frota su cuerpo de muñeca hinchable contra el jardín vertical. Entonces escapa su orgasmo prisionero y el verde le devuelve el parque y sus confines, las cascadas de vidrio, los cisnes presuntuosos, las dulces tardes de conversaciones bobas, los galanteos de un artista que, para vengarse de su indiferencia, la castigó con la inmortalidad.

HACERSE EL MUERTO, Andrés Neuman

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ANDRÉS NEUMAN, Hacerse el muerto, Páginas de Espuma, Madrid, 2018, 140 páginas.


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En cualquier nueva edición de los libros de Andrés Neuman, encontrará el lector variaciones que enmiendan, enriquecen o mejoran la versión anterior. Esta dialoga con la publicada también por Páginas de Espuma en 2011.

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SINOPSIS DEL HOGAR

Amo a mi hermana.
Mi hermana ama a mi padre.
Mi madre amó a mi padre.
Mi padre no ama a nadie.

LA PIEL INTRUSA, Yanina Rosenberg

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YANINA ROSENBERG, La piel intrusa, Páginas de Espuma, Madrid, 2019, 152 páginas.
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SEPTIEMBRE EN LA PIEL

   Un aire a pasto mojado inundaba la habitación. Me di vuelta, estiré las piernas en busca del calor de Guapi, su piel suave, sus tetas acampanadas y calientes, pero encontré la punta filosa ¿de una astilla? que se clavó en mi abdomen, cerca del calzoncillo. Corrí las sábanas para destaparme, extendí un brazo para encender el velador: una espina, del largo de una aguja hipodérmica, estaba dolorosamente incrustada en mí. La sostuve con la pinza del índice y el pulgar, y después, con cuidado, tiré hacia afuera. Un punto de sangre engordó hasta reventar y extenderse por mi piel. Me limpié con los dedos y por un momento mantuve la mano sobre la herida, apretando con fuerza. Guapi, mi amor, dije, y para destaparla sacudí las sábanas con las piernas. Me quedé con la vista fija en ella, los ojos achinados para ver mejor, las palabras estancadas en la garganta: por la cara, el cuello, los brazos, el pecho, a Guapi le bajaba una sombra verdosa que, en las piernas, tenía la consistencia de una alfombra de pelo recortado. Me incliné hacia ella y la toqué con un dedo: áspera, esponjosa, húmeda. La toqué con la mano entera. Guapi, dije, pero ella seguía sin despertar; los brotes ¿de pasto? se erguían en su pecho con cada respiración. Guapi, Guapi, la sacudí hasta que al fin entreabrió los ojos. ¿Estás bien? Ella, los párpados todavía tironeados por el sueño, no conseguía volver a la realidad. Mirate, mira cómo estás, le dije, pero ella me gruñó con cara de rottweiler y volvió a cerrar los ojos, las manos tanteando en busca de las sábanas. No, mirate, dije y le llevé un brazo a la altura de su cara; le palmeé una mejilla con su mano inerte, y recién entonces volvió a abrir los ojos, de malhumor pero ya despierta. Se miró. Se miraba y parpadeaba en un esfuerzo por hacer foco, por desempañar la vista, por sacarse de encima los restos de sueño. Giraba la mano con una fascinación algo infantil hasta que de un envión, esforzado pero ágil, se incorporó, como quien de pronto entiende algo. Sentada y con ojos de animé no dejaba de mirarse. Con la yema de los dedos se acariciaba, peinaba las hojitas en una y otra dirección. Mantenía los labios entreabiertos en una mueca ¿asombrada, divertida? que, de un momento a otro, al darse cuenta de mi desconcierto, empujó hacia la vergüenza. No, mi amor, si estás hermosa, le dije sin saber bien qué decir mientras ella se rascaba el pasto alrededor del ombligo. Por cómo se rascaba, estaba claro que no me creía una sola palabra. 
   La familia de Guapi, al enterarse, nos trajo toda clase de regalos: regaderas, aireadores, palas, tijeras suizas, rastrillos graduables y hasta dos pares de guantes de algodón y puntilla, uno con estampado de lirios celestes y el otro de rositas rococó. La madre parecía especialmente encantada con la noticia: una bendición del cielo, decía mientras apoyaba con cuidado sus pies descalzos en las piernas de su hija, una bendición que, sin duda, esperaba desde hacía tiempo. Y con la excusa de cuidarla, poco menos que se instaló en casa. La bañaba cuatro o cinco veces al día, una ducha tibia y suave, y no la dejaba hacer sus tareas de siempre, como baldear la cocina, colgar la ropa o levantar cosas pesadas. Además, pasaba horas emparejándole el pasto debajo de las axilas y alrededor de los pezones, y con paciencia infinita le sacaba una por una las malas hierbas que se le encarnaban en la ingle. 
   Mi mamá, en cambio… Desde un principio dejó en claro que no estaba contenta con lo de Guapi. Apenas venía a visitarnos, y cuando venía, porque yo la llamaba y le ponía alguna excusa como que tenía ganas de comer sus varenikes, apenas se dignaba a hablar. Sentada en el sillón, respondía a todo con monosílabos. ¿Hace frío afuera? Sí. ¿Papá se siente mejor? Sí. ¿Preferís café o cortado? Sí. Estaba clarísimo que Guapi nunca le había caído bien, un caramelo ácido de esos que no 
pueden chuparse sin cara de asco. 
   Todavía no puedo identificar el momento exacto en que empezamos a hacer las cosas mal, si es que hicimos, o hice, algo mal. Tampoco entiendo qué pudo haber pasado. Porque después del shock, de la sorpresa, todo había vuelto a la normalidad, y hasta parecía mejor que antes. Con Guapi habíamos empezado a buscar una casa más grande para mudarnos, con jardín o patio andaluz, y aunque ninguna de las que nos gustaban se acercaba a nuestro presupuesto, ella todavía se mostraba radiante, feliz, de buen humor las veinticuatro horas, orgullosa de su nueva condición, como si hubiera sido alguna clase de elegida, el punto de inflexión hacia el progreso de una nueva humanidad o algo así. Incluso le habían brotado en los hombros unas margaritas que tenían un brillo especial. 
   Lo cierto es que no sé cómo, de un día para el otro, Guapi empezó a pudrirse. Sus hojas se pusieron primero amarillas y después pasaron a un marrón irreversible. Empezó a llenarse de parásitos y a largar un olor insoportable, que nos hizo olvidar cómo era el olor a pasto húmedo de sus primeros brotes. Probamos regarla cada cinco minutos, y también no regarla durante semanas; probamos con urea y con distintas proporciones de fósforo, nitrógeno y potasio; probamos con fertilizantes líquidos y sólidos, de liberación controlada y con Weed and Feed; compramos mezclas orgánicas e inorgánicas traídas de Tánger y de Moscú, y también distintas marcas de anticonceptivos orales que ella se negaba a tomar, pero que su madre le disolvía en el agua o le aplastaba entre la resaca. También probamos con ácido acético y jugo de limón, pero nada. Guapi seguía empeorando, y ya no sabíamos qué más hacer. 
   Una tarde llegué a casa y la encontré sola, sentada en el balcón. Estaba cubierta por una pelusa blanca, ¿de hongos, de moho?, que parecía la tela de una araña gigante; mantenía la cabeza inclinada entre los barrotes de la reja, la vista perdida en alguna expectativa lejana. Mi amor, llegué, le dije, pero ella ni se levantó ni giró para saludarme. ¿Cómo habíamos llegado a eso? ¿Cómo fue que, de un día para el otro, Guapi y yo habíamos dejado hasta de saludarnos? Me acerqué y la besé en la frente. Estaba húmeda y pegajosa, pero rígida. Inclinó apenas la cabeza hacia atrás, y me pareció que pretendía esquivarme, que su boca se torcía en un gesto de reproche y desprecio a la vez. Las hojas resecas de sus margaritas se desprendieron cansadas, vencidas. 
   No fue fácil cargarla por la calle en medio de la noche, caminar en el frío las dos cuadras hacia la plaza, sentir sus ojos negros que brillaban en la oscuridad mientras veían cavar. Tampoco fue fácil hundir la pala en la tierra, remover las durezas, doblarle las piernas y juntarle los brazos para que no tuviera frío, para que estuviera cómoda, para que volviera a ser quien era, para que al fin pudiera ser feliz. No sé si lo habré hecho bien o mal. Quizás no la cubrí lo suficiente, o quizás la cubrí demasiado y ya nunca florezca. Quizás ya no quiera, o no esté destinada a florecer. Yo, que la sigo queriendo tanto, me siento a esperar en el banco de la plaza, frente a ella. Le tiro los pellets de fertilizante, camuflados en migas de pan que simulo arrojar a las palomas, y espero, tan solo espero. 

LA VIDA AUSENTE, Ángel Zapata

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ÁNGEL ZAPATA, La vida ausente, Páginas de Espuma, Madrid, 2006, 102 páginas.

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MIGRACIONES 6

   De qué sirve una espiga. Una tormenta, puede. Dos tormentas, muchísimo mejor. Pero una espiga, para qué sirve: di. Repasa, cuando ya nadie quiera reprochártelo, la jerarquía de los meteoros. El arrepentimiento no está entre ellos. El verano tampoco. Ahora es de noche, las dunas tienen párpados, la sed le teme al rayo y a la tenacidad de las hormigas. Encuentras en tu cama una balsa de náufrago con el tamaño exacto del corazón. En ese caso: ¿vuelves a dormirte?

LUZ DE TORMENTA, Ángel Zapata

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ÁNGEL ZAPATA, Luz de tormenta, Páginas de Espuma, Madrid, 2018, páginas.

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LA SAVIA OCULTA

   En el amigo hay un silencio de agua, en su corazón hay un muro cubierto de limo, junto al río inapelable descansan los tesoros de la infancia, si un día el amigo no estuviera, la llamarada unánime de los mirlos seguiría ardiendo en la oscuridad. El río es ciego, la noche es ciega, yo mismo no consigo ver si no es a través de las lágrimas. El amigo sostiene que en la nervadura de cada hoja hay una luz que se ha calcificado. Yo creo más bien que la hoja misma es una formación calcárea, y que la luz tangible en ella es una refracción o un debilitamiento de algo que calificaría de más puro, pero que me resisto a calificar así. Yo no creo que haya luz. Ninguna luz. Sí creo, en cambio, que hay un sótano en donde ahora mismo está creciendo un árbol que sangra.

HOMBRES FELICES, Felipe R. Navarro

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FELIPE R. NAVARRO, Hombres felices, Páginas de Espuma, Madrid, 2016, 120 páginas.

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ARGOS

   El hombre que avanza oculto por andrajos que son en realidad restos de memoria que lo ocultan del doloroso presente encuentra al perro, y el perro entreabre los ojos y lo mira, cansado, apenas alcanza a olfatearlo y mover la cola de alegría, Y encuentra su pasado sentado al telar, pero también recuerda cómo el espacio lo enmarcan blancas, líquidas, gaseosas crestas, y vuelve a mirar al perro que otra vez dormita, camino de la muerte, y se recuerda en el espejo del mar mientras navegaba los años, y se contempla en él, los brazos fuertes cubiertos de sal seca, la inestabilidad de las corrientes tatuada en las plantas de sus pies, y se gira, entonces se gira y sale del lugar, y olvida al perro que muere o está muriendo o ha muerto, y olvida a la mujer que teje, y se olvida a sí mismo, se intenta olvidar a sí mismo al menos, y regresa a su barco que se mece en el puerto con la bodega anegada de soledad, y parte de nuevo en cuanto el viento hace vivir las velas, y con el sol a la espalda un griego llora sentado en una colina desde la que contempla rodar la tierra en dirección al mar y ve empequeñecerse los mástiles, llora por un perro muerto, por una mujer sola, por un hombre solo, y llora por una historia que nunca concluirá, y que no cantará nunca.

CUENTOS COMPLETOS, Marcel Schwob

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MARCEL SCHWOB, Cuentos completos, Páginas de Espuma, Madrid, 2015, 738 páginas.

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En esta edición, a cargo de Mauro Armiño, también traductor, el lector encontrará además de El libro de Monelle, La cruzada de los niños, Mimos o Vidas imaginarias, Cuentos no recogidos (pp. 661-729).
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LA JARRA CORONADA

   Alfarero, después de haber torneado el fondo de una jarra cuyo vientre de tierra dorada amasé y redondeé, la he llenado de frutas para el dios de los jardines. Pero él mira el tembloroso follaje, por miedo a que los ladrones atraviesen las tapias. Por la noche, lirones furtivos han hundido sus hocicos entre las manzanas y las han roído hasta las pepitas. Tímidos, en la hora cuarta, agitaron sus peludas colas, blancas y negras. Al alba, los pájaros de Afrodita se han encaramado en los bordes violetas de mi jarra de arcilla erizando las pequeñas plumas tornasoladas de su cuello. Bajo el mediodía que tiembla, una muchacha ha avanzado sola hacia el dios con coronas de jacintos. Y al verme mientras yo estaba agachado detrás de un haya, sin mirarme ha coronado la jarra vacía de frutos. ¡Que el dios así privado de flores se irrite, que los lirones muerdan mis manzanas, que los pájaros de Afrodita inclinen unos hacia otros sus tiernas cabezas! He entreverado mis cabellos con los frescos jacintos, y hasta el próximo mediodía esperaré a la coronadora de jarras.
[jacintos]

BILLIE RUTH, Edmundo Paz Soldán

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EDMUNDO PAZ SOLDÁN, Billie Ruth, Páginas de Espuma, Madrid, 2012, 152 páginas.
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BERNHARD EN EL CEMENTERIO 
A Miguel Sáenz

   Estabas en el sanatorio de Grafenhof cuando te enteraste de la muerte de tu madre. Tenías esa incontrolable adicción a los periódicos, leías cuatro o cinco todos los días; leíste en uno de ellos: «Herta Pavian, cuarenta y seis años». No podía ser otra que ella a pesar del craso error, tu madre apellidaba Fabjan y no Pavian. Poco después te lo confirmaron. A tu madre le había llegado la corrección, estabas muy enfermo y a cualquiera de los dos podía haberle llegado primero la corrección. Tenías una sombra en tu pulmón, una sombra que caía sobre toda tu existencia. Grafenhof era una palabra aterradora. Tenías morbus boeck o sarcoidosis, te habían diagnosticado tuberculosis abierta, pero toda enfermedad puede llamarse enfermedad del alma. La esencia de la enfermedad es tan oscura como la esencia de la vida. Te considerabas afortunado por tener sólo un neumoperitoneo, sólo un agujero en el pulmón, sólo una tuberculosis contagiosa y no un cáncer de pulmón. Tu madre tenía un cáncer de matriz. Te habían dado de alta, entrabas y salías del sanatorio, y pudiste despedirte de ella, que estaba en casa, y consideraste que ella era afortunada, los enfermos de muerte deben estar en casa, morir en casa, sobre todo no en un hospital, sobre todo no entre sus iguales, no hay horror mayor. La inteligencia de ella era clara, ella vivía aún, estaba ahí, pero en el piso reinaba ya el vacío de después de ella, todos lo notaban. Volviste a Grafenhof, ahora tu cuerpo estaba hinchado, inflado por el neumoperitoneo, abultado por todos los medicamentos imaginables que te atiborraban, tenías un aspecto debidamente enfermo. Aquellas noches fueron las más largas de tu vida. Fue en Grafenhof que leíste el periódico, Pavian y no Fabjan, grosero error, «pavian» es babuino y tu madre no era un babuino, aunque todos los hombres son quizás poco menos que babuinos mientras esperan que les llegue la verdadera corrección o aplazan ellos su propia corrección. Herta sería enterrada el 17 de octubre de 1950, en Henndorf del Wallersee, su querido, su amado pueblo. Pediste permiso del sanatorio para ir al entierro, para volver a despedirte de tu madre. Estuviste en el cortejo fúnebre, viste todos esos rostros graves, solemnes, rostros de gente en espera de su corrección, gente que debía ser capaz de corregirse a sí misma. Ya en el cementerio, pensaste en las líneas de un poema que algún día escribirías: En la cámara mortuaria yace un rostro blanco, puedes alzarlo/ y llevártelo a casa, pero será mejor que lo sepultes en la tumba paterna, / antes de que el invierno irrumpa y cubra con su nieve la hermosa sonrisa de tu madre. Luego comenzaste a repetir, Fabjan, Pavian, Fabjan, Pavian, Fabjan, Pavian. Era un error que merecía ser corregido, o quizás no, tú no podías corregirlo, de pronto sólo podías pronunciar Pavian, Pavian, Pavian, y te dio un ataque de risa, todos te miraban y tú no podías dejar de reírte, Pavian, querían que te corrigieras y tú no podías corregirte, querías pero no podías, Pavian, muchos queremos ser capaces de la verdadera corrección y no podemos, y la aplazamos continuamente, o creemos que la aplazamos cuando en realidad lo que ocurre es que no podemos, no somos capaces, tenemos miedo. Como no amainaba el ataque de risa no te quedó otra que irte del cementerio sin volver a despedirte de tu madre. Preferiste no volver al sanatorio, Grafenhof era una palabra aterradora. Fuiste a tu casa de Salzburgo y te acurrucaste en un rincón del piso y esperaste, profundamente asustado, el regreso de los tuyos.

DESENCUENTROS, Edmundo Paz Soldán

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EDMUNDO PAZ SOLDÁN, Desencuentros, Páginas de Espuma, Madrid, 2018, 256 páginas.

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VEINTISIETE DE ABRIL

   Era el cumpleaños de Pablo Andrés y decidí obsequiarle la cabeza de Daniel, perfumada y envuelta con elegancia en lustroso papel café. Supuse que le agradaría porque, como casi todo buen hermano menor, odiaba a Daniel y no soportaba ni sus ínfulas ni sus cotidianos reproches. Sin embargo, apenas tuvo entre sus manos mi regalo, Pablo Andrés se sobresaltó, comenzó a temblar y a sollozar preso de un ataque de histeria. La fiesta se suspendió, los invitados nos quedamos sin probar la torta, alguien dijo son cosas de niños, y yo pasé la tarde encerrado en mi dormitorio, castigado y sintiéndome incomprendido.

INVASIÓN, David Roas

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David Roas, Invasión, Páginas de Espuma, Madrid, 2018, 128 páginas.

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HORA DEL CUENTO

   Sentado en la oscuridad, espero que mi hijo, como cada noche, me pida un cuento. Un cuento que, además, debo inventar a partir de dos o tres palabras que él me da.
   Papi, hoy quiero que me cuentes una historia sobre Godzilla y el calamar colosal.
   Uy, esa no me la sé -le digo, para ver cómo reacciona.
   Pues es fácil: la tienes escrita en el techo -responde de inmediato.
   Por un instante, estoy tentado de apretar el interruptor de la lamparita y mirar hacia arriba.
   Opto por concentrarme en la aventura del monstruo mutante, deseando que hoy el niño no tarde mucho en dormirse.

MUNDO EXTRAÑO, José Ovejero

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JOSÉ OVEJERO, Mundo extraño, Páginas de espuma, Madrid, 2018, 188 páginas.

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AMABILIDAD EJEMPLAR

   Mónica salió puntual del colegio, pero su papá no había llegado aún para recogerla. Alberto, un hombre que solía secarse el sudor de la frente con un pañuelo azul claro, lo que le hacía parecer mucho más mayor de lo que era, aparcó delante de la puerta justo al sonar la campana, pero su hija no salía. Era una pena porque había llevado el Peugeot amarillo que a ella le gustaba tanto.
   Mónica se acercó a él: mi papá no ha venido a buscarme.
   Mi hija no ha salido aún. Bueno, ellos se lo pierden. Sube.
   Alberto bajó las ventanillas y durante el trayecto cantaron a dúo varias canciones de dos décadas antes. Rieron mucho. Tenían la impresión de estar escapándose de algo. Alberto le dio de comer y parece que a ella le gustó cómo cocinaba.
   ¿Y ahora?, preguntó Mónica. El dudó unos segundos. Después hizo con ella exactamente lo mismo que hacía con su hija cada tarde.

OBJETOS FRÁGILES, Inés Mendoza

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INÉS MENDOZA, Objetos frágiles, Páginas de Espuma, Madrid, 2017, 104 páginas.

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DESPEDIDA

   Las pequeñas muertes: el fondo del vino que, por cortesía, el amigo tan querido de Brâncusi apura de un último trago. Esa misma copa vacía que la mano fraterna acaba de posar sobre la mesa del salón. Algunas arrugas de la falda que la otra amiga termina de alisar con las manos al levantarse. La reposada espalda de un tercer invitado que ahora mismo se incorpora desde el sofá.
   Cierta sonrisa nerviosa, una broma que Brâncusi no llega a decir. Ese postrer momento del tiempo que querría borrar con todas sus fuerzas: otra despedida.
   Los tres amigos alejándose ya, agitando las manos desde las ventanillas del coche. Y de nuevo la mirada desierta que, de pie en el portal de su casa, Brâncusi deja escapar como quien suelta un perro. La duda de siempre que le asalta: si valdrá la pena la amistad. 
   La voluble felicidad de aquello que nos envuelve y que también nos abandona.

AVENTURAS E INVENCIONES DEL PROFESOR SOUTO, José María Merino

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JOSÉ MARÍA MERINO, Aventuras e invenciones del profesor Souto, Páginas de Espuma, Madrid, 2017, 336 páginas.
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Esta antología reúne las ficciones que giran alrededor de Eduardo Souto, quien, en palabras de la responsable de la edición, Ángeles Encinar, es un "personaje quijotesco, forjado desde su origen en la dicotomía cordura-locura", que, "con el paso de los años, ha dejado de ser un un usurpador para convertirse, con nombre propio, en el alter ego de su creador".

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EL TEMA DEL CUENTO

   Al oír la sirena de la ambulancia, descubrió el argumento definitivo del cuento cuya idea lo tenía obsesionado: resultaba que el personaje era él mismo, y comprendió que ya conocía el final.

CUENTOS, Fernando Pessoa

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FERNANDO PESSOA, Cuentos, Páginas de espuma, Madrid, 2016, 520 páginas.

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En la Introducción (pp. XI-LX) Manuel Moya, traductor y editor, dice de los relatos de Pessoa: «A veces [...] sus cuentos se convierten en pesadas disquisiciones y arduas clasificaciones con las que trata de ordenar una realidad huidiza y paradójica a la que él se agarra, como haría un náufrago, para no ser arrastrado por su propia marea interior».
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CASCADA

   Cualquier cría sabe que la muñeca no es real, pero la trata como real hasta llorarla e incluso se enfada cuando se rompe. El arte del niño es el de irrealizar. ¡Bendita esa edad equivocada de la vida, cuando se niega el amor al no haber todavía sexo, cuando se niega la realidad por un juego, tomando por reales cosas que no lo son!
   Que yo me vuelva niño y así me quede para siempre, sin que me importen el valor que los hombres dan a las cosas ni las relaciones que los hombres establecen entre ellas. Cuando era pequeño, ponía muchas veces los soldados de plomo con las piernas hacia arriba... ¿Existe algún argumento, con forma lógica de convencerme, que me demuestre que los soldados reales no debieran andar cabeza abajo?
   El niño no da más valor al oro que al vidrio y en verdad, ¿acaso el oro vale más? El niño encuentra oscuramente absurdas las pasiones, las rabias, los recelos que ve estampados en el gesto de los adultos, pero ¿acaso no son vanos y absurdos todos nuestros recelos y todos nuestros odios y todos nuestros amores?
   ¡Oh divina y absurda intuición infantil! ¡Visión verdadera de las cosas que nosotros vestimos de convencionalismos en toda su desnudez, y nos abrumamos por nuestras ideas de mirarlas directamente!
   ¿Será Dios un niño grande? ¿No parece el Universo entero un juego, una travesura de un niño inquieto? Tan irreal [...], tan […].
   Os lancé, riendo, esta idea al aire y ved cómo al verla distante de mí, de repente, veo lo horrorosa que es (quién sabe si no encerrará la verdad). Y cae y se rompe a mis pies con un polvo de horror y astillas de misterio.
   Un gran e incierto hastío gorgotea equivocadamente frío en el oído, por las cascadas, colmenar abajo, allá en el fondo estúpido del jardín.

EL FIN DE LOS DINOSAURIOS, Javier Tomeo

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JAVIER TOMEO, El fin de los dinosaurios, Páginas de Espuma, Madrid, 2014, 200 páginas.
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LA MUÑECA HINCHABLE

   Cuando Desideria, mi muñeca hinchable, me abandonó por otro hombre, comprendí que mi soledad ya no tenía remedio.
   -Fue hermoso mientras duró -le confieso esta mañana a Jenaro, que es mi mejor amigo-. Nunca más volveré a encontrar a nadie como ella. En los diez años que duró nuestro amor, ni una sola recriminación, ni una sola palabra más alta que otra. Lo nuestro fue, sobre todo, un dulce monólogo.
   -Dime -me pregunta Jenaro-, ¿quién fue, en ese monólogo, el único que hablaba?
   -Ella -reconozco.
   -Pues no me extraña que al final se fuese con otro -dice mi amigo-. El silencio de nuestra pareja nos acaba aburriendo mortalmente. Aburre incluso a las muñecas de silicona.

LA VUELTA AL DÍA, Hipólito G. Navarro

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HIPÓLITO G. NAVARRO, La vuelta al día, Páginas de Espuma, Madrid, 2017, 256 páginas.

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Recién seleccionado entre los finalistas del Premio Setenil, este último libro de Hipólito G. Navarro, maestro indiscutible de la narrativa breve, incluye algunos microrrelatos entre otros cuentos de mayor extensión.
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RIFA

El viejo ha vuelto, y pasea feliz por el altozano. Propina distraídos puntapiés a los guijarros mientras contempla con ojos melancólicos las ruinas del castillo y de las casas que se desparraman ladera abajo hacia el pueblo ahora abandonado donde transcurrió su infancia, hace ya de eso una eternidad.
   De entre las piedrecillas que patea y que caen rodando alegremente por la cuesta llama su atención una más redonda y oscura que no llega tan lejos como las demás. Al poco de quedarse quieta comienza a rebullir, a extraer de su materia unas patitas, a caminar con una torpeza coleóptera. Se acerca el anciano para observar al pequeño escarabajo, para comprobar si su patada lo ha dejado listo. Parece que no. El animalillo sigue andando como si nada hubiera pasado, como si esa mediana violencia no se hubiese ensañado con él.
   Tampoco le recriminan nada otros insectos afectados, como puede verificar el viejo de regreso a la explanada. Antes le ofrecen el soberbio espectáculo de la reconstrucción del hormiguero que pisó sin darse cuenta, un pequeño volcán en miniatura hecho de finísimas partículas de entusiasmo.
   Las gramíneas y otras yerbas que fueron aplastadas por sus pasos también se recuperan lentamente, enderezando poco a poco sus tallos. Si algunas no lo hacen, quizá no importe demasiado: el viejo sabe que han dejado antes en su ropa bien ancladas las semillas.
   Hace mucho tiempo que se fueron los habitantes del lugar, abandonando a su suerte el puñado de tristes construcciones que queda más abajo, puros esqueletos de vigas recubiertas de zarzas. Infiere entonces el hombre con un ligero estremecimiento, al ver cómo hasta los más pequeños y frágiles seres se yerguen después de la adversidad de cruzarse con él, que quizá este retorno no esté sucediendo en realidad, que sea un regreso inventado, por completo imaginado, pero ¿por quién? Desde luego no por él, que se pellizca y no le duele, que se pellizca y no se toca. Pero de seguro es él quien ahora todo lo acaricia con suavidad, quien se amolda como un guante al espacio que lo aloja, y son sus cinco hijos los que dudan. De vuelta de esparcir las cenizas por la ladera del castillo, sopesan si conservar o no la urna, que tiene maneras de ánfora antigua y es bastante bonita —indivisible, eso sí—, de color claro, muy poco funeraria en realidad.

MATERIA OSCURA, Ángel Zapata

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ÁNGEL ZAPATA, Materia oscura, Páginas de Espuma, Madrid, 2015, páginas.
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PIEDRA VENCIDA EN EL VIENTO

   No ha terminado.
   Cede sus ojos a la lejanía, tiene a su alrededor herramientas melladas, oye susurros en las sombras.
   Lo inacabable, en él, es lo que le circunda como un límite, es el zócalo inútil de una isla en la extensión de un mar vaciado. Nunca habla de esta soledad, no sabría trasponerla: las escamas desprendidas de las nubes arden sobre él; una palabra se dirige a otra, él no es una palabra. Si aún se ocupa, lo hace fuera de sí, con huellas, con reflejos, con jirones de seres.
   Impura, extrema lasitud donde habitar…
   Ni siquiera desea ver más, pero el triunfo de la noche, el único, es haber abolido los párpados.