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FÁBULAS DE FANTASÍA, ESOPO ENMENDADO Y VIEJAS HISTORIAS REMOZADAS, Ambrose Bierce

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AMBROSE BIERCE, Fábulas de fantasía, Esopo enmendado y Viejas historias remozadas, Bosch, Barcelona, 1980, 432 páginas.

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En la Introducción (pp. 17-51) la también editora Maite Lorés señala las condiciones que exigía Bierce a los géneros cortos: «la lucidez del pensamiento, el ingenio, la precisión y el gusto».
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EL MALHECHOR DESCONTENTO

   Un Juez que había sentenciado a un Malhechor a la pena de cárcel, se disponía a señalarle las desventajas del crimen y los provechos de la enmienda.
   —Señoría — dijo el Malhechor interrumpiéndole—, ¿ten­dría la bondad de conmutarme la pena a diez años de pe­nitenciaría y nada más?
   —¿Por qué? — dijo el Juez sorprendido —. ¡Le he dado sólo tres años!
   —Sí, lo sé — asintió el Malhechor —, tres años de cárcel y un sermón. Se lo ruego, conmúteme el sermón.


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EL PESCADOR Y EL PESCADO

   Un Pescador que había cogido un Pez muy pequeño se disponía a ponérselo en la cesta cuando el Pez le dijo:
   —Te lo ruego, devuélverne al río ya que de nada voy a servirte. Los dioses no comen pescado.
   —Pero yo no soy un dios — dijo el Pescador.
   —Cierto — dijo el Pez — pero tan pronto como Júpiter se entere de tu hazaña te elevará a la categoría de dios. Eres el único hombre que se conforma con un pez pequeño.

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LOS NIÑOS Y LAS RANAS

   Los Directores de varios periódicos se comprometieron a desarrollar el nivel de inteligencia y elevar el sentido moral del público. Así lo hicieron durante un tiempo, hasta que un Eminente Político sacó la cabeza del charco de la política y hablando en nombre de los miembros de su profesión, dijo:
   —Amigos míos os suplico que desistáis. Ya sé que ganáis mucho dinero con estos negocios, pero pensad en el daño que hacéis a los negocios de los demás.

99 FÁBULAS FANTÁSTICAS, Ambrose Bierce

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AMBROSE BIERCE, 99 fábulas fantásticas, Libros del Zorro Rojo, Madrid, 2010, 112 páginas.
 
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Marcial Souto selecciona y traduce. Carlos Nine ilustra. El resultado: otro bellísimo libro del magnífico Zorro Rojo. 
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LA VIUDA DEVOTA

   Una Viuda que lloraba ante la tumba de su esposo fue abordada por un Atractivo Caballero que, de la manera más respetuosa, le aseguró que, durante mucho tiempo, había abri­gado hacia ella los más tiernos sentimientos.
   —¡Miserable! —exclamó la Viuda—. ¡Aléjese de mí! ¿Le parece un momento propicio para hablarme de amor?
   —Le aseguro, señora, que no era mi intención revelarle mis actos —explicó el Atractivo Caballero—, pero la fuerza de su belleza ha vencido mi discreción.
   —Tendría que yerme cuando no lloro —dijo la Viuda.


¿PUEDEN SUCEDER TALES COSAS?, Ambrose Bierce

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AMBROSE BIERCE, ¿Pueden suceder tales cosas? Cuentos fantásticos completos, Valdemar, Madrid, 2005, 448 páginas.

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UNA NOCHE DE VERANO


   —El hecho de que Henry Armstrong fuese enterrado no significa ni probaba, en su opinión, que estuviera muerto: siempre fue un hombre difícil de convencer. 
   Sólo admitía estar enterrado, cosa de la que le ofrecían testimonio sus sentidos. Su posición —yaciente de espaldas, con las manos cruzadas a la altura del estómago y atadas con algo que podía haber roto facilmente sin que se alterase su situación—, así como el estricto confinamiento de su persona, la absoluta oscuridad y el profundo silencio, todo eso era lo propio de un cadáver, una evidencia imposible de rebatir que él aceptaba sin cavilar. 
   Pero la muerte, no, eso no lo aceptaba, sólo que estaba enfermo. Tenía, a fin de cuentas, esa apatía propia del inválido, algo que no le hacía sentir bien por cuanto era para él una especie de mala suerte, una cosa que le había tocado en un infausto reparto. No era un filósofo, sólo un hombre común hecho a los lugares comunes, por lo que esa su apatía venía a resultar en una especie de indiferencia patológica: el órgano que, según lo que se temía, lo había dejado postrado. Así que, sin aprensiones especiales ni temores a propósito de su futuro inmediato, se creía dormido y todo era paz para Henry Armstrong. 
   Pero había de acontecer algo. Era una oscura noche de verano en la que de repente apareció en el cielo, a baja altura, una nube luminosa que venía cargada de tormenta. Esa breve pero intensa iluminación se había dejado ver con una distinción rara, desvelando bajo su luz los monumentos funerarios y las tumbas con sus lápidas, que parecían tremolar, y hasta bailar, bajo aquella luminosidad extraordinaria y elegante. No era una de esas noches en las que cualquier suceso extraordinario puede asombrar a quienes son testigos del mismo, por lo que aquellos tres hombres que estaban allí, empleándose en la profanación de la sepultura de Henry Armstrong, se sentían razonablemente seguros. 
   Dos de ellos eran jóvenes estudiantes de una Facultad de Medicina que estaba a varias millas de distancia; el otro era un negro gigantesco al que llamaban Jess. Jess trabajaba en el cementerio desde hacía muchos años, en calidad de algo así como un chico para todo, y se complacía muy especialmente pensando y diciendo que conocía a todas las almas allí enterradas. De lo que hacía allí en aquel momento puede dar cuenta el hecho de que a esas horas nadie acudiría a visitarle al cementerio, por lo que Jess podría entregarse a tratos difícles de hacer ante testigos. 
   Extramuros del cementerio había un caballo con un furgón, a la espera. 
   Excavar no era un trabajo muy duro para ellos; la tierra que pocas horas antes había caído sobre el ataúd de Henry Armstrong ofrecía poca resistencia y resultaba fácil removerla. Remover el ataúd, o lo que es igual, abrirlo, fue un poco más difícil, pero allí estaba Jess, quien se empleó con todas sus fuerzas, que eran muchas, para hacer eso, y para después sacar el cuerpo vestido con un pantalón negro y una camisa blanca. Mas justo en ese momento el aire se llenó de algo parecido a una llamarada, se dejó sentir un gran trueno que parecía ir a reducir a cenizas el mundo, y Henry Armstrong se puso en pie por sí mismo, tranquilamente. Aquellos tres hombres, incapaces de articular un grito, experimentaron no obstante un terror absoluto y echaron a correr, cada uno en una dirección. Dos de ellos, por nada del mundo hubieran sido capaces de volver sobre sus pasos. Pero Jess estaba hecho de otra pasta. 
   A la mañana siguiente, a hora temprana, los dos jóvenes estudiantes se reunieron en la Facultad de Medicina, pálidos, con los rostros deformados por la ansiedad y el miedo, con el terror sufrido durante su aventura corriéndoles aún por la sangre. 
   —¿Te fijaste en aquello? —dijo uno. 
   —¡Dios, claro que sí! ¿Qué vamos ha hacer ahora?
   Después salieron a pasear alrededor del edifico de la Facultad, donde un poco más allá vieron un caballo que tiraba de un furgón, detenido frente a la sala de disección. 
   Entraron allí mecánicamente. A pesar de la oscuridad de la sala distinguieron al negro Jess, que estaba sentado en una silla. Jess se levantó con gesto agrio, todo ojos y todo dientes. 
   —Estoy esperando a que me paguéis —dijo. 
   Un poco más allá, desnudo sobre una gran mesa, yacía el cuerpo de Henry Armstrong, con la cabeza ensangrentada y llena de barro, a consecuencia de los golpes recibidos con una pala. 

UN HABITANTE DE CARCOSA Y OTROS RELATOS DE TERROR, Ambrose Bierce

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AMBROSE BIERCE, Un habitante de Carcosa y otros relatos de terror, Valdemar, Madrid, 2004 (1994), 208 páginas.

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EL FUNERAL DE JOHN MORTONSON1

   John Mortonson había muerto: había recitado su parlamento en la tragedia titulada «Hombre» y había abandonado el escenario.
   Su cuerpo descansaba en un rico ataúd de caoba cubierto con una lámina de vidrio. Todos los preparativos para el funeral habían sido tan bien ejecutados que si el difunto los hubiera conocido, sin duda los habría aprobado. Su rostro, tal y como aparecía bajo el cristal, no resultaba desagradable a la vista: mostraba una ligera sonrisa y, como la muerte no había sido dolorosa, no parecía desfigurado después de la tarea reparadora llevada a cabo por la funeraria. A las dos en punto de la tarde, sus amigos iban a reunirse para ofrecer el último tributo de respeto a un hombre que ya no tenía necesidad de amigos ni de respeto. Los miembros que quedaban de la familia se fueron acercando uno tras otro al ataúd con aspecto serio para derramar sus lágrimas sobre los plácidos rasgos que reposaban tras el cristal. Esto no les servía de nada; ni tampoco a John Mortonson. Pero en presencia de la muerte, la filosofía y la razón tienen poco que decir.
   Cuando eran casi las dos, los amigos empezaron a llegar y, después de ofrecer consuelo a los afligidos familiares tal y como mandan los cánones, tomaron solemnemente asiento en la habitación con una elevada consciencia de su importancia dentro del esquema fúnebre. Entonces llegó el ministro y, ante su ensombrecida presencia, las más pequeñas luces comenzaron a eclipsarse. Su entrada fue seguida por la de la viuda, cuyos lamentos inundaron la habitación. Se acercó al ataúd y, después de apoyar su rostro contra el frío cristal durante un rato, fue conducida gentilmente a un asiento junto a su hija. Tristemente, y en voz baja, el hombre de Dios comenzó a hacer el elogio de los muertos y su tono lúgubre, mezclado con los sollozos que pretendía estimular y mantener, se elevaba y descendía, iba y venía, como el murmullo de un mar pesaroso. El lúgubre día se oscurecía aún más a medida que hablaba; una cortina de nubes cubrió el cielo y unas sonoras gotas de lluvia empezaron a caer. Era como si la naturaleza llorara por John Mortonson.
   Cuando el reverendo concluyó su elogio con una oración, se cantó un himno, y los que iban a llevar el féretro a hombros ocuparon su sitio junto al mismo. Mientras se extinguían las últimas notas del himno, la viuda corrió hacia el féretro, se arrojó sobre él y empezó a llorar de un modo histérico. Poco a poco, sin embargo, cedió a la disuasión y adquirió una cierta compostura. Mientras el ministro la conducía a su asiento, los ojos de la mujer buscaron la cara del muerto bajo el cristal. Entonces estiró los brazos y, dando un grito, cayó hacia atrás y perdió el conocimiento.
   Los dolientes se precipitaron hacia adelante, sobre el féretro, y los amigos tras ellos. Entonces el reloj que había sobre la repisa de la chimenea dio ceremoniosamente las tres y todos se quedaron observando el rostro de John Mortonson, difunto. Cuando se dieron la vuelta, todos los presentes parecían enfermos y pálidos. Uno de ellos, intentando escapar aterrorizado de aquella horrible visión, tropezó con el ataúd con tal fuerza que derribó uno de sus frágiles soportes. El féretro se fue al suelo y el cristal se hizo añicos por el golpe. Por la abertura salió arrastrándose el gato de John Mortonson; saltó al suelo con pereza, se sentó, se atusó con calma su hocico color carmesí con una zarpa y abandonó dignamente la habitación.

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1 Entre los papeles del difunto Leigh Bierce se encontró un esbozo preliminar de este relato. Aparece aquí sólo con las revisiones que el propio autor podría haber hecho al transcribirlo. (N. de A. Bierce)

EL CLAN DE LOS PARRICIDAS Y OTRAS HISTORIAS MACABRAS, Ambrose Bierce

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AMBROSE BIERCE, El Clan de los Parricidas y otras historias macabras, Valdemar, Madrid, 1994, 192 páginas.

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UNA CARRERA INACABADA

   James Burne Worson era un zapatero que vivía en Leamington, en el condado de Warwickshire, Inglaterra. Tenía un pequeño taller en uno de los caminos poco transitados que confluían en la carretera que llevaba a Warwick. En su humilde actividad se le consideraba un hombre honrado, aunque como muchos otros de su clase en los pueblos ingleses era muy aficionado a la bebida. Cuando estaba ebrio era capaz de hacer las apuestas más alocadas. En una de aquellas ocasiones, demasiado frecuentes, hizo alarde de su habilidad como caminante y atleta, y el resultado fue una prueba contra la naturaleza. Por un soberano se comprometió a ir corriendo hasta Coventry y volver, una distancia de algo más de cuarenta millas. Esto ocurrió el tres de septiembre de 1873. Se puso en camino enseguida; el hombre con el que había hecho la apuesta, cuyo nombre no se recuerda, acompañado de Barham Wise, comerciante de paños, y Hamerson Burns, fotógrafo, le siguieron en una carreta.
   Durante varias millas Worson marchó muy bien, con paso suelto y sin fatiga aparente, pues verdaderamente tenía una gran resistencia y no iba lo suficientemente ebrio como para menoscabarla. Los tres individuos de la carreta se mantenían a corta distancia detrás de él, tomándole el pelo o animándole de vez en cuando, según el humor del momento. De repente, en medio de la carretera, a menos de doce yardas de donde ellos se encontraban con los ojos fijos en él, Worson dio un traspié y, desplomándose hacia delante, emitió un tremendo grito y desapareció. No llegó a caer al suelo; desapareció antes de rozarlo. Nunca se encontró ni rastro de él.
   Después de dar vueltas por el lugar durante un tiempo sin saber qué hacer, los tres hombres regresaron a Leamington, donde contaron la asombrosa historia y fueron posteriormente arrestados. Pero tenían buena reputación, siempre se les había considerado sinceros, estaban sobrios en el momento del suceso y nunca se descubrió nada que desacreditara la exposición que hicieron bajo juramento de su extraordinaria aventura, en relación a cuya verdad, sin embargo, la opinión pública apareció dividida a lo largo del Reino Unido. Si tenían algo que ocultar, su elección de los métodos es, con toda seguridad, una de las más sorprendentes jamás realizadas por hombres cuerdos.

FÁBULAS FANTÁSTICAS, Ambrose Bierce

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AMBROSE BIERCE, Fábulas fantásticas, Valdemar, Madrid, 1999, 160 páginas.

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EL GATO Y LOS PÁJAROS

   Al oír que los pájaros de una pajarería estaban enfermos, un Gato fue a verlos, les dijo que era médico, y que los curaría si le dejaban entrar.
   —¿A qué escuela de medicina perteneces? —preguntaron los Pájaros.
   —A la de Miaulopatía —dijo el Gato.
   —¿Has practicado alguna vez la Largodeaquilogía? —inquirieron los pájaros, parpadeando débilmente.
   El Gato captó la indirecta y se fue.

DICCIONARIO DEL DIABLO, Ambrose Bierce

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AMBROSE BIERCE, Diccionario del diablo, Ediciones del Dragón, Madrid, 1986 (1911), 180 páginas.

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La traducción de Rodolfo Walsh. En Ambrose Bierce: un retrato imaginario (pp. 7-12) José Mª Álvarez presenta en su primera sección un poema (valga un verso: totalmente decidido a quemarlo todo); en la segunda y tercera, una apretada biografía que traza el perfil convulso de un involuntario aventurero. 
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Adagio, s. Sabiduría deshuesada para dentaduras débiles.
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Belladona, s. En italiano, hermosa mujer; en inglés, veneno mortal. Notable ejemplo de la identidad esencial de ambos idiomas.
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Camino, s. Faja de tierra que permite ir de donde uno está cansado a donde es inútil ir.
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Decálogo, s. Serie de diez mandamientos: número suficiente para permitir una selección inteligente de los que se quiere observar.
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Egoísta, s. Persona de mal gusto, que se interesa más en sí mismo que en mí.
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Filosofía, s. Camino de muchos ramales que conduce de ninguna parte a la nada.
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Gramática, s. Sistema de trampas cuidadosamente preparadas en el camino por donde el autodidacto avanza hacia la distinción.
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Historia, s. Relato casi siempre falso de hechos casi siempre nimios producidos por gobernantes casi siempre pillos o por militares casi siempre necios.
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Inmigrante, s. Persona inculta que piensa que un país es mejor que otro.
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Justicia, s. Artículo más o menos adulterado que el Estado vende al ciudadano a cambio de su lealtad, sus impuestos y sus servicios personales.
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Korán, s Libro que los mahometanos, neciamente, creen escrito por la inspiración divina, pero que los cristianos consideran una perversa impostura, contraria a las Sagradas Escrituras.
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Lenguaje, s Música con que encantamos las serpientes que custodian el tesoro ajeno.
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Malhechor s. El pirncipal factor en el progreso de la raza humana.
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Nepotismo, s. Práctica que consiste en designar a la propia abuela para un cargo público, por el bien del partido.
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Odio, s. Sentimiento cuya intensidad es proporcional a la superioridad que lo provoca.
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Peligro, s. Bestia salvaje que el hombre desprecia cuando está dormida, y de la que huye cuando despierta.
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Quiromancia, s. Método número 947 (según la clasificación de Mibleshaw) de obtener dinero con engaños. Consiste en "leer el carácter" en las líneas de las manos. El carácter puede realmente leerse de este modo, ya que cada mano exhibida al quiromántico lleva escrita en sus líneas la palabra "tonto". El engaño consiste en no decirlo en voz alta.
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Realidad, s. El sueño de un filósofo loco. Lo que queda en el filtro cuando se filtra un fantasma. El filtro de un vacío.
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Sabiduría, s. Tipo de ignorancia que distingue al estudioso.
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Teléfono, s. Invención del demonio que suprime algunas de las ventajas de mantener a distancia a una persona desagradable.
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Urbanidad, s . La forma más aceptable de la hipocresía. Especie de cortesía que los observadores urbanos atribuyen a los habitantes de todas las ciudades, menos Nueva York. Su expresión más común consiste en la frase "Usted perdone"; no es compatible con el desprecio de los derechos ajenos.
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Vanidad, s. Virtud que rinde un tonto al mérito del asno más cercano.
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Wall Street, s. Símbolo de pecado expuesto a la execración de todos los demonios. Que Wall Street sea una cueva de ladrones, es una creencia con que todo ladrón fracasado sustituye su esperanza de ir al Cielo.