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HISTORIAS DE NUEVA YORK, Stephen Crane

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STEPHEN CRANE, Historias de Nueva York, El Olivo Azul, Córdoba, 2010, 104 páginas.

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Juan Bonilla, hacia el final de su Prólogo (pp. 7-10), señala dónde se esconde el encanto de unos cuentos que "se nos quedan grabados con una fuerza insólita", al aventurar, al destapar seguramente con acierto, que el secreto quizás "sólo resida en la capacidad poética de Stephen Crane para lograr cargar de sentido y misterio cualquier significancia".

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UN GRAN ERROR


   Un italiano tenía un puesto de frutas en una esquina desde donde podía atraer a aquellos que bajaban de la estación elevada y a aquellos que pasaban por dos calles atestadas. El tendero se sentaba la mayor parte del día en un taburete que tenía colocado de manera estratégica.
   Había un chiquillo que vivía cerca, cinco plantas por encima, y que consideraba a aquel italiano como un ser tremendo. El niño había investigado el puesto de frutas. Lo había impresionado como pocas cosas que hubiese visto antes en sus viajes. Allí, dispuestos en asombrosas hileras, se encontraban todos los manjares del mundo en lujuriosos montones. Cuando observaba al italiano sentado en medio de tesoro tan espléndido, el labio inferior se le descolgaba y alzaba los ojos, llenos de un profundo respeto, hacia el rostro del vendedor. Lo adoraba como si estuviese contemplando la omnipotencia.
   El niño iba a menudo a la esquina, merodeaba el puesto y observaba cada detalle del negocio. Estaba fascinado por la tranquilidad del vendedor, su majestad de poder y posesión. A veces, estaba tan absorto en la contemplación del puesto, que la gente, a toda prisa, tenía que tener cuidado para no atropellarlo.
   Nunca se había atrevido a acercarse demasiado. Tenía el hábito de acechar cautelosamente desde el bordillo. Incluso allí parecía un niño que contemplase, sin estar invitado, un banquete de dioses.
   Un día, sin embargo, mientras el niño estaba absorto, el vendedor se alzó y pasando por la parte delantera del puesto, comenzó a dar brillo a las naranjas con un pañuelo rojo. El espectador, sin aliento, avanzó por la acera hasta que su rostro casi tocó la manga del vendedor. Con los dedos retorcía un pliegue de su traje.
   Por fin, el italiano acabó con las naranjas y volvió a su taburete, de detrás de un racimo de plátanos sacó un periódico escrito en su idioma, se removió hasta conseguir una postura cómoda y clavó los ojos con fiereza en el periódico. El niño se quedó frente a frente con los innumerables dones del mundo.
   Durante un rato fue un simple idólatra de aquel santuario dorado. Después se apoderaron de él unos deseos tumultuosos. Tenía sueños de conquista. Sus labios temblaron. Entonces se formó en su cabeza un pequeño plan.
   Se acercó sigilosamente lanzando furtivas miradas al italiano. Luchó por mantener una actitud convencional, pero la conspiración estaba escrita en sus facciones.
   Por fin se había acercado lo suficiente como para tocar la fruta. De debajo del andrajoso faldón sacó una manita sucia. Aún tenía los ojos clavados en el vendedor con el gesto totalmente rígido, excepto por el labio inferior, que mostraba un ligero aleteo. Extendió la mano.
   Los trenes elevados atronaban de camino a la estación y la escalera derramaba gente sobre las aceras. Se podía oír un profundo rugido marino procedente de los pies y de las ruedas que pasaban sin cesar. Nadie parecía ver a aquel chico sumido en tan magnífica aventura.
   El italiano dio la vuelta al periódico. De repente el pánico golpeó al niño. Bajó la mano y dejó escapar un suspiro de desesperanza. Durante un instante siguió mirando al vendedor. Era evidente que en su cabeza se producía un gran debate. Su intelecto infantil había definido al italiano. Sin duda era un hombre capaz de comerse a los niños que lo provocaran, y la alarma que le había producido el vendedor al girar el periódico le hizo ver con nitidez las consecuencias que acarrearía el ser detectado.
   Pero en aquel momento, el vendedor emitió un gruñido de placer e inclinando el taburete contra la pared, cerró los ojos. El periódico cayó ignorado.
   El niño dejó el escrutinio y de nuevo alzó la mano. Se movía con suprema precaución hacia la fruta, con los dedos doblados, como una garra, dominados por una codicia arrebatadora.
   En un momento se detuvo y los dientes le castañearon convulsivamente pues el vendedor se movió en sueños. El chiquillo, con la mirada aún fija en el italiano, volvió a extender la mano y los rapaces dedos se cerraron sobre un fruto redondo.
   Y estaba escrito que el italiano abriría en aquel instante los ojos. Atravesó al pequeño con una mirada inquisitiva y el niño, con una expresión en el rostro de profunda culpa, puso inmediatamente el fruto redondo en su espalda y comenzó a realizar una serie de enloquecidos y elaborados gestos declarando su inocencia.
   El italiano aulló, se puso de pie de un salto, y en tres pasos alcanzó al niño. Lo zarandeó fieramente y de sus deditos arrancó un limón.

MORIR DE RISA, Alphonse Allais

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ALPHONSE ALLAIS, Morir de risa, El Olivo azul, Madrid, 2011, 200 páginas.

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   En el prólogo Reír para entender (pp. 5-8), Andrés Barba anota: "Los buenos humoristas, y Allais fue un grande, quien lo leyó lo sabe, lo son, entre otras cosas, porque no pueden dejar de amar aquello de lo que se ríen".  
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UN MEDIO COMO OTRO CUALQUIERA

   —Había una vez un tío y un sobrino.
   —¿Cuál era el tío?
   —¿Cómo que cuál? ¡Pues el más gordo, demontre!
   —¿Entonces son gordos, los tíos?
   —A menudo.
   —Pues mi tío Henri no está gordo.
   —Tu tío Henri no está gordo porque es un artista.
   —¿Entonces no son gordos, los artistas?
   —Me estás mareando... Si me interrumpes todo el rato, no voy a poder seguir con la historia.
   —Venga, que ya no te interrumpo.
   —Había una vez un tío y un sobrino. El tío era muy rico, muy rico...
   —¿Cuánto dinero tenía?
   —Unas rentas de diecisiete mil millones, y casas, y coches, y bosques...
   —¿Y caballos?
   —¡Cómo no iba a tener caballos, diantre, si tenía coches de caballos!
   —¿Y barcos? ¿Tenía barcos?
   —Sí, catorce.
   —¿De vapor?
   —Tres de vapor, los demás de vela.
   —¿Y su sobrino se montaba en los barcos?
   —¡Déjame en paz! No me estás dejando contar la historia.
   —Vamos, cuéntala, que ya te dejo.
   —Su sobrino, en cambio, no tenía ni un céntimo, y eso le traía de cabeza...
   —¿Y su tío porqué no le daba?
   —Porque su tío era un viejo avaro y le gustaba guardarse todo el dinero para él. Pero ocurría que el sobrino era el único heredero de aquel hombrecillo...
   —¿Qué es heredero?
   —Son las personas que se quedan con tu dinero, tus muebles, todo lo que tienes, cuando estás muerto...
   —¿Entonces por qué no mataba a su tío, el sobrino?
   —¡Vaya, pero que muy bonito, lo que dices! Pues no mataba a su tío porque no se mata a un tío, en ningún caso, ni siquiera para heredar.
   —¿Y por qué no se mata a un tío?
   —Por la policía.
   —Pero, ¿y si la policía no se entera?
   —La policía se entera siempre, el portero se lo cuenta. Y además, ahora vas a ver que el sobrino fue mucho más listo. Se fijó en que su tío, después de las comidas, se ponía colorado...
   —A lo mejor estaba borracho.
   —No, es que era así. Era apopléjico...
   —¿Qué es apeplójico?
   —Apoplejico... Son personas que se les sube la sangre a la cabeza y se pueden morir de una emoción fuerte...
   —¿Y yo soy apopléjico?
   —No, y no lo serás nunca. Tú no tienes ese temperamento.
   Entonces el sobrino se había fijado en que lo que más enfermo ponía a su tío eran los ataques de risa, y que incluso una vez había estado a punto de morirse por una carcajada demasiado larga.
  —¿Entonces te puedes morir, de risa?
  —Sí, si eres apopléjico... Un buen día, resulta que el sobrino llega a casa de su tío, justo en el momento en que éste se estaba levantando de la mesa. Nunca había cenado tan bien. Estaba más colorado que un cangrejo y resoplaba como una foca...
  —¿Como las focas del Jardin d’Acclimatation?
  —Eso no son focas, son leones marinos, pero bueno. El sobrino se dijo: «Este es el momento ideal», y se puso a contar una historia divertidísima...
  —¿,Sí?, ¿me la cuentas?
  —Aguarda un poco, al final te la cuento... El tío escuchaba la historia, y se desternillaba de risa, tanto que antes de que terminase la historia, se había muerto de risa.
  —¿Pero qué historia le había contado?
  —Espera un poco... Entonces, cuando el tío se murió, le enterraron, y el sobrino heredó.
  —¿Y se quedó también con los barcos?
  —Se lo quedo todo, porque era el unico heredero.
  —¿Pero qué historia le había contado, a su tío?
  —¡Pues bien! La que acabo de contarte.
  — ¿Cuál?
  —La del tío y el sobrino.
  —¡Venga ya, cuentista!
  —¡Y tú qué!