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UNA MUJER, Péter Esterházy

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PÉTER ESTERHÁZY, Una mujer, Alfaguara, Madrid, 2001, 200 páginas.

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El escritor húngaro compone un catálogo de noventa y siete mujeres que alternan el amor y el odio.
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UNA MUJER [16]

   Hay una mujer. Me odia. Rompe conmigo una y otra vez. Me manda a paseo. Me tira a la basura, como si fuera un limón exprimido. De una manera inteligente, lógica e irrefutable me explica por qué tenemos que dejarlo. Por qué se ha acabado ya. Estamos siempre ocupados, ella y yo, así que estos diálogos, estos actos normalmente se desarrollan en la cama. Por decirlo así, yo me dejo convencer por sus argumentos. Yo, por mi parte, no veo nada terrible en el hecho de que nuestros cuerpos no se encandilen, porque aun a desgana se engastan piezas bonitas. A mí, me gusta incluso estar simplemente acostado a su lado, dejando reposar mi mano en su regazo. Ella no se refiere a eso, se refiere a todo en general, mientras que yo siempre hablo de los detalles, y los detalles, por su naturaleza, siempre están bien, de una forma fragmentada, pero no en su totalidad. «Hemos estado lamentables», así suele empezar. A lo que yo le levanto un poco los muslos. Que por otra parte son largos. «Ha sido tan bonito durante tantos años», me dice. Yo no digo nada, simplemente la vuelvo hacia mí, vuelvo sus pechos hacia mí. «No estaría mal dejar a un lado todos esos pensamientos oscuros sobre la plenitud, y ocuparnos tan sólo de la carne, de los huesos, de los tendones.» Que ella no está hablando de eso, sino de algo inevitable; de que todo parezca absurdo, peor que aburrido, peor que cotidiano, o sea, peor que un cliché.
   «¡No me siento realizada en la cama!»
   A lo que la quito de encima de mí, con sus pechos y con todo, dejo mis órganos al descubierto, entre ellos mi cola: «¡Aquí estoy!, ¡hola!». No dice nada. «Si me abandonas, te mataré», le digo, y aprieto su cabeza contra la almohada. «Esa frase está muy bien, suele funcionar —dice gimiendo—, pero de una manera absurda, aunque me fueras a matar, sería sólo como si lo imaginaras». «A lo mejor te vas a enfadar con lo que te voy a decir: perdóname», le respondo. «No hay por qué», me dice.

COSAS DE NIÑOS, David Wagner

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DAVID WAGNER, Cosas de niños, Errata Naturae, Madrid, 2015, 160 páginas.

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Dispuestas como cuentas de un ábaco pulido con sutileza y exquisita sensibilidad, las narraciones que conforman Cosas de niños permiten ser leídas como microrrelatos o historias encontradas.
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LAS PERCHAS

   Se le fue la mano, dice una conocida, en sentido real, no figurado, cuando me sorprendo al verle la gran mancha morada, un hematoma, en la muñeca. Se le fue la mano, dice, cuando intentaba pegarle a su niño. Por desgracia, o por suerte quizá, sólo le dio a la grifería de la bañera y en el primer momento pensó que se había roto la mano. El niño se rió, pero entonces se dio cuenta del daño que se había hecho su madre y de que aquello no debía de ser ningún juego, y se puso a berrear espantosamente, como si hubiese sentido el golpe pese a todo, incluso aunque no lo hubiera recibido.
   Fue tan sólo un comentario que mi madre dejó caer de pasada, pero a mí se me ha quedado grabado y, a menudo, cuando chocan las perchas vacías que cuelgan en la barra de un armario y se oye el ruido, primero un repiqueteo, luego un canturreo y una vibración final, vuelvo a recordar lo que dijo, que la señora Falkenham zurraba a sus hijos con perchas; cosa que ya entonces, supongo, me pareció imposible, espantoso, increíble de hecho. Y es que no podía ser, pensaba yo, y en mi imaginación oía una percha de madera romperse en pedazos. Desde entonces, miraba con miedo las perchas que había en mi armario, las miraba como los instrumentos que no simplemente se me habían presentado una vez y luego habían quedado de nuevo arrumbados, sino que ahora sabía qué otro uso tenían, me saludaban todas las mañanas, cuando descolgaba un jersey, un pantalón limpio o una camiseta de la barra. Estaban ahí colgadas, totalmente relajadas, sosteniendo los pantalones y las camisas, hacían su ruido de movimiento hada delante y hacia atrás sobre la barra y fingían no saber nada de su otro empleo.

MONTEDIDIO, Erri de Luca

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ERRI DE LUCA, Montedidio, Akal, Madrid, 2001, 144 páginas.


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Erri de Luca dispone esta deliciosa novela de aprendizaje mediante una estructura de secuencias yuxtapuestas. Este fragmentarismo consciente permite la lectura de algunas de ellas como microrrelatos.
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A don Liborio lo asustan hasta los buenos deseos. La tercera semana de agosto cierra la tipografía y se va a respirar aire puro al Matese. Justo cuando está metiendo la maleta en el taxi para ir a coger el autobús, aparece don Ferdinando, el de las pompas fúnebres, que le manda los avisos de luto y es además buen amigo suyo. Don Ferdinando ve la maleta y le dice: «Que tenga buen viaje, don Liborio», y don Liborio responde: «Gracias, pero no me voy, acabo de llegar», y baja la maleta del taxi y entra en su casa. Se marchó al día siguiente. Él mismo se lo contó al maestro Errico, que por la noche vio la tipografía abierta y le preguntó qué hacía aún en la ciudad. «¿Y cómo me iba a ir con los buenos deseos del sepulturero?» Y el maestro Errico, olvidándose del periódico y de comentar las noticias, soltó entonces un conjuro de carpintero: «San Giusè, passace ‘a chianozza», o sea: pásales el cepillo a estas palabras.

EN AZÚCAR DE SANDÍA, Richard Brautigan

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RICHARD BRAUTIGAN, En azúcar de sandía, Blackie Books, Barcelona, 2014, 168 páginas.

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Esta novela admite la lectura de sus capítulos de forma independiente, por lo que también pueden ser interpretados en clave de relatos cortos.

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MARGARET OTRA VEZ, OTRA VEZ, OTRA VEZ

   Pasé una media hora caminando arriba y abaio por el puente, pero no conseguí encontrar la tabla que Margaret siempre pisaba, esa tabla que no evitaría ni aunque todos los puentes ¿el~ mundo se juntaran y formaran un solo puente. Ella seguiria pisando esa tabla.

HISTORIAS DEL ARCOIRIS, William T. Vollmann

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WILLIAM T. VOLLMANN, Historias del Arcoiris, Pálido Fuego, Málaga, 2013, 574 páginas.
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La técnica narrativa fragmentaria con la que Vollmann compone estos trece relatos permite considerar algunas de las secuencias como historias encontradas.
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DONUTS Y FELICIDAD

   "Yo tengo mi propia actividad a la que recurrir", dijo el anciano Cory Smith. "A mí no van a regañarme ni a decirme que no lo haga. Otras cosas que no son del todo una actividad, aunque yo las considero como tal, es ir a la Hunt's Quality Coffee Shop en la Veinte con Misión, donde todo el mundo piensa que los donuts son la felicidad. Sabes, entran y compran, compran. compran; y allá que salen cargados de donuts. Bueno. claro, cualquiera iría a por un donut que se le cayera a uno de esos tipos, si les sobrara alguno. aunque hay ocasiones en que no les apetece. Lo que todos quieren cuando van allí es por lo menos un panecillo de canela, y PUNTO. Y a veces también me gusta montarme en los autobuses, por la  noche, cuando puedo pagarme un ticket de última hora. Nada más dar una vuelta y volver a casa, eso es todo. Pero la única actividad que espero con ganas es mirar la oscuridad, sabes".

BREVE ENCICLOPEDIA DE LA INFANCIA, Emilio Gavilanes

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EMILIO GAVILANES, Breve enciclopedia de la infancia, Castalia, Barcelona, 2014, 252 páginas.

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Esta novela ganadora del XVI Premio Tiflos, organizada como un diccionario, permite una gozosa lectura independiente de las breves narraciones que constituyen cada entrada.
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COMPAÑEROS

   Un día Pit, que a veces acompañaba a su padre a cazar, me invitó a ir con ellos. Tuve que levantarme tan pronto que me sentía desdoblado: aunque me veía en la calle, me parecía que mi yo profundo, real, seguía en la cama. soñando que me había levantado.
   Cuando llegamos al punto en el que habían quedado con los otros cazadores, el padre de Pit dijo que no iba a ir porque no se encontraba bien. Realmente tenía mala cara. Estaba muy pálido.
   Todos los conejos, las perdices, las codornices, todos los animales con cuya muerte mi imaginación ya se había conmovido, echaron a correr y a volar, libres.
   De vuelta al barrio, el padre de Pit no paró de sudar. Yo iba sentado detrás en el coche y le veía pasarse todo el rato un pañuelo por el cuello. Cuando llegamos, dijo que se subía a casa. Pit le pidió que nos dejase quedarnos en el campo con la escopeta. Para mi sorpresa, el padre dijo que si.
   Debíamos de hacer una estampa ridícula, avanzando despacio los dos juntos, atentos a nuestro alrededor, como si estuviésemos rodeados de animales, como si aquel terreno chato y desnudo, sin un solo árbol, fuese la sabana africana. Un terreno en el que nada más veías lagartijas y hormiga; y únicamente oías grillos, cigarras, insectos.
   Hacía un día precioso. El cielo era de un azul intenso, limpio. El sol brillaba alegre. Atravesábamos un aire quieto, refrescante. Parecía que estrenábamos el mundo.
   Estábamos al principio del otoño y apenas había hierbas.
   De repente, vimos, como a diez metros de distancia, en lo alto de un cardo seco, un jilguero, un pájaro que visto al aire libre, no dentro de una jaula, pintado con colores vivos, sobre un fondo apagado, parecía un roto por el que asomaba otro mundo.
   Todo el campo se quedó en silencio. El pájaro miraba a su alrededor, quizá tratando de resolver el camino que debía seguir. Hacía movimientos con la cola, como para equilibrarse. Era un momento perfecto.
   Pit se puso de rodillas y le apuntó durante tanto tiempo que parecía que al final el pájaro se iba a acabar escapando.
   De pronto sonó una explosión que nos hizo cerrar los ojos. Se oyó también el retroceso de la escopeta golpeando en el hombro de Pit.
   Cuando abrimos los ojos el cardo ya no estaba. Durante un instante aún fueron visibles los miles de partículas en que se había pulverizado, flotando en el aire, como una nube pequeña. Nos acercamos y no encontramos restos del jilguero. No se veía el menor pedacito de carne, no había sangre. No había muerte. Tan solo una plumita limpia. Del cardo sólo quedaba el tocón, recto, impávido, como si por encima siguiese estando la planta, entera pero invisible. Parecía que habíamos asistido a un truco de magia.
   De vuelta al barrio vimos una escena alarmante. Un amigo del padre de Pit iba corriendo (ver correr a un adulto era alarmante) y entraba en el portal de Pit.
   Unos segundos después supimos que el padre de Pit había muerto en la escalera de la casa.

MONÓLOGOS DE LA VAGINA, Eve Ensler

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EVE ENSLER, Monólogos de la vagina, Emecé, Barcelona, 2005, 122 páginas.

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En el Prólogo (pp. 7-17) Gloria Steinem señala que "el valor de Monólogos de la vagina va más allá de purgar un pasado repleto de actitudes negativas". En la Introducción  (pp. 19-24) es la propia autora la que justifica con elocuencia y rabia su proyecto: "Digo "vagina" porque he leído las estadśiticas, y les están ocurriendo cosas malas a las vaginas de todas partes: 500 000 mujeres son violadas todos los años en Estados Unidos; 100 millones de mujeres han sido mutiladas genitalmente en todo el mundo; y la lista continúa".   
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VERDADES SOBRE LA VAGINA

   En un proceso por brujería celebrado en 1593, el inquisidor (Un hombre casado) por lo visto descubrió un clítoris por primera vez. Lo identificó como una tetilla de diablo, prueba concluyente de la culpabilidad de la bruja encausada. Se trataba de «un pequeño bulto de carne, con forma protuberante como si fuese una tetilla, con una longitud de media pulgada» que el carcelero, «al percatarse de él a primera vista, no quiso revelar, pues se hallaba junto a un lugar tan secreto que no era decente mostrar. Finalmente, sin embargo, reacio a ocultar un asunto tan extraño», se lo mostró a diversos circunstantes. Dichos circunstantes jamás habían visto nada igual. La bruja fue declarada culpable.

The Woman’s Encyclopedia of Myths and Secrets.

FLORES, Mario Bellatín

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MARIO BELLATÍN, Flores, Anagrama, Barcelona, 2004, 128 páginas.

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Anagrama edita en España esta novela que ya había sido publicada en Santiago de Chile por Matadero-LOM. A pesar de que los treinta y cinco capítulos componen un todo desasosegante, también permiten una lectura autónoma igual de perturbadora.
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CRISANTEMOS

   Una mujer en Italia, después de postular du­rante muchos años junto con su esposo para la adopción de un niño sudamericano, terminó arro­jando a la criatura a las líneas del ferrocarril. Al preguntársele las razones de su conducta afirmó que aquella adopción había modificado demasia­do su vida. El esposo no soportó la nueva situa­ción y había abandonado la casa definitivamente. La mujer se volvió alcohólica. Con graves proble­mas económicos y una endeble estabilidad men­tal, decidió que ese hijo estaba llamado a ser des­graciado pasara lo que pasase.  Antes de arrojarlo al tren en marcha dudó si lo mejor no sería devolver­lo a su país de origen. Sólo pensar en los trámites que esto supondría hizo que no considerara dos veces esa posibilidad y esperase a cuatro pasos de su hijo el paso del tren expreso. Quizá en ese momento fue posible apreciar al fondo del paisaje, a lo lejos y envuelto en la bruma, un campo sem­brado de crisantemos. De cualquier forma la presencia intempestiva del tren obstaculizó toda vi­sión.

LAS FÁBULAS DE AMOR DEL VIEJO MARINERO, Ramiro Calle

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RAMIRO CALLE, Las fábulas de amor del viejo marinero, Temas de Hoy, Madrid, 2005, 183 páginas.
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Un relato marco entre el narrador y Rafael, el viejo marinero, permite a Ramiro Calle enhebrar historias sobre el amor, que resultan enriquecidas por los comentarios sugerentes que vierten sobre ellas ambos personajes.
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AMOR Y ODIO

   Un sabio y sosegado maestro declaró ante un buen número de asistentes:
   —Amor y odio son dos grandes potencias. Son magia y tienen mucho poder. En el amor hay una gran potencia constructiva; en el odio, una gran potencia destructiva. Pero hay, creedme, una notable diferencia en su poder.
   Intrigados, los asistentes se preguntaron para sí cuál sería aquella diferencia.
   El sabio insistió:
   —Hay, sí, un gran poder en el amor y en el odio; los dos tienen una gran fuerza pero hay una diferencia en su poder.
   Todos esperaban expectantes. Tras una pausa, el sabio agregó:
   —El amor es como el perfume; el odio es como el veneno.  Los dos tienen una gran fuerza, pero no hay una diferencia muy grande en su poder.
   Hizo otra pausa y los asistentes se mostraban muy impacientes por saber la diferencia, tanto es así que uno de ellos no pudo reprimir el preguntar en voz alta:
   —Pero, ¿cual es la gran diferencia?
   El sabio sonrió amablemente y dijo:
   —El amor es balsámico; el odio es tóxico. Ambos son muy poderosos, pero hay una gran diferencia en su poder.
   La concurrencia comenzaba a exasperarse y el sabio se daba cuenta de ello y lo que pretendía es que cada uno pudiera descubrir esa gran diferencia, pero ya fueron muchos los asistentes que levantaron la voz para preguntar:
   —Pero, ¿cual es la diferencia?
   —¡Es tan simple! —exclamó el sabio—. El amor tiene mayor alcance y nadie puede frenarlo. El odio es poderoso, sí, pero puede ser atajado. Os pondré un ejemplo. El odio es veneno. Cuando el veneno está bien sellado en un recipiente, no puede hacer daño, ¿verdad?
   —Así es.
   —Pero el amor es perfume. Aunque el perfume esté bien cerrado en un frasquito, su aroma emerge y es perceptible. Nadie puede limitar el amor.

ANTOLOGÍA DEL CUENTO BREVE Y OCULTO, Raúl Brasca & Luis Chitarroni

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RAÚL BRASCA & LUIS CHITARRONI, Antología del cuento breve y oculto, Sudamericana, Buenos Aires, 2001, 209 páginas.

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Chitarroni y Brasca exponen su propuesta en el Prólogo (p. 7): "Quisimos insinuar una antología [...] incorporando fragmentos de dudosa entidad cuentística. Nos alentaba la observación de Novalis que tradujo Borges a propósito de las antologías: "Nada más poético que las transiciones y las mezclas heterogéneas". No nos detuvieron las clasificaciones ni los géneros. Buscamos en biografías, libros de poemas, ensayos y hasta en recetarios y manuales de instrucciones. Alguna vez corrimos el riesgo de incluir simplemente una cita o una anécdota. Esperamos que el lector comparta o justifique esa hospitalidad."  
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REENCUENTRO

   La mujer le dejó saber con la mirada que quería decirle algo. Leoncio accedió, y cuando ella se apeó del bus él hizo lo mismo. La siguió a corta pero discreta distancia, y luego de algunas cuadras la mujer se volvió. Sostenía con mano firme una pistola. Leoncio reconoció entonces a la mujer ultrajada en un sueño y descubrió en sus ojos la venganza.
   —Todo fue un sueño —le dijo—. En un sueño nada tiene importancia.
   La mujer no bajó la pistola.
   —Depende de quién sueñe—dijo la mujer—. Éste también es un sueño.

Luis Fayad

CARTAS A POSEIDÓN, Cees Nooteboom

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CEES NOOTEBOOM, Cartas a Poseidón, Siruela, Madrid, 2013, 228 páginas.

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Entre las XXIII eruditas cartas dirigidas a Poseidón, para las que el autor no espera respuesta ("Sé que no contestarás mis cartas, pero de ser cierto que eres inmortal, es posible que todavía existas en algún lugar, abandonado, olvidado"), el lector encuentra interesantísimas historias suscitadas por vivencias, lecturas o imágenes a las que se remite en Notas e imágenes (pp. 163-221).

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CHALENGER

   No es un animal, aunque parezca que posee una cabeza, con un ojo velado en la parte superior derecha, dos cuernos blandos y aturdidos de una materia voluble, unos cuantos pelos de bigote blancos, largos y en punta, un cuello fino y frágil y justo encima de este un poco de cabello oscuro. Un provocador, pero ¿qué o a quién querría provocar? ¿A la sábana negra del universo que tiene al fondo?
   Pero no es un animal, no, es una nube, compuesta de carne pulverizada y metal, de existencias desintegradas, materia viva y muerta que ha adoptado la forma de una blanca nube difusa, una tumba abierta en abanico hecha de un polvo cada vez más fino, la infinita descomposición de unos cuerpos de hombres y mujeres que alguna vez tuvieron un nombre.








EL LIBRO DE LOS SUEÑOS Y LOS FANTASMAS, Andrew Lang

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ANDREW LANG, El libro de los sueños y los fantasmas, Erasmus, Barcelona, 2012, 202 páginas.
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Traducido por Carlos Vendrell, edita Erasmus este libro del folklorista Andrew Lang (1844-1912), quien enhebra con sus comentarios y sagaces interpretaciones un rosario de relatos, de fuentes diversas, sobre sueños y fantasmas.
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EN TORNO AL CRIMEN DEL SARGENTO DAVIES

   Vive actualmente en el vecindario de... una anciana dama de unos setenta años de edad. Su nombre de soltera es... y nació en Braemar, aunque dejó la comarca a los veinte años y no ha regresado jamás ni para hacer una visita. Al ser preguntada sobre si había oído la historia del sargento Davies, al principio lo negó rotundamente Le leí la versión habitual del suceso y ella escuchó tranquila hasta el final, entonces dijo:

   «En absoluto ocurrió así, porque los asesinos fueron vistos: un antepasado mío los vio. Había salido a cazar un ciervo llevándose un perro de caza. Vio a los hombres en la colina haciendo algo y, creyendo que habrían cazado un ciervo, fue hacia ellos. Cuando estuvo muy cerca, su perro empezó a correr hacia delante, y él vio entonces qué era lo que hacían. Llamó entonces al perro y se dispuso a huir, pero enseguida vio que eso era un error pues sirvió llamar la atencion sobre el. Los hombres le dispararon e hirieron al perro. Corrió a casa lo más rápido que pudo sin mirar nunca atrás y sin saber, por lo tanto, hasta cuándo los hombres le habían perseguido. Algún tiempo después, el perro regresó a casa, y cuando mi pariente quiso comprobar sus heridas, el animal se le echó encima, por lo que tuvo que matarlo. Pensaron que trató de vengarse de su dueño por haberle dejado atrás».
   En este punto la anciana pareció advertir que estaba contando la historia que anteriormente había dicho que no conocía y se calló. El apellido de la dama que conocía un secreto oculto durante ciento cuarenta y cinco años coincide con el de un testigo del juicio. El asunto, en conjunto, es muy característico de la justicia escocesa tras Culloden y el veredicto de «no culpable» evidencia el triunfo del sentido común en el siglo XVIII.

PEQUEÑAS HISTORIAS DE LA CALLE SAINT-NICOLAS, Line Amselem

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LINE AMSELEM, Pequeñas historias de la calle Saint-Nicolas, Xordica, Zaragoza, 2012, 232 páginas.
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Line Amselem compone una novela con estas historias encontradas que permiten una lectura yuxtapuesta fragmentaria e independiente.
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LOS ARISTOGATOS


   Esther tiene el álbum Panini de cromos de Los aristoga­tos. En la portada se ve al mayordomo con gatos en las manos, en los brazos y hasta uno en la cabeza. Un sobre de pegatinas cuesta cincuenta céntimos. Esther los com­pra en la tienda de Lili, y después cambia los repetidos con sus amigas. En televisión pusieron el tráiler de la película y dan ganas de ver la película entera. Una vez fuimos al cine a ver Los diez mandamientos, de Cecil B. de Mille. Aquel día, Papá había vuelto más temprano de la tienda y habíamos salido los cinco juntos. A partir de entonces, para Pésah, cuando el más joven de la fa­milia tiene que preguntar por qué se celebra la Pascua, Papá ya no se calienta la cabeza y contesta: «¿Miratis la película? ¡Wa ya está!». Pero después, a pesar de todo, Papá cuenta un poquito cómo los judíos salieron de Egipto con Moshé Rabbenu (así llamamos nosotros a Moisés).
   Otro día, mi amiga Magali Legal me invitó al cine a ver Blancanieves con ella y con su mamá, pero cuando estábamos delante del cine me pidió el dinero y yo no llevaba. Creo que no había entendido muy bien lo de la invitación. Entonces me inventé algo y me volví para casa.
   No sabemos por qué motivo Mamá aceptó llevarnos a los tres a ver Los aristogatos un miércoles por la tarde. Era la primera vez que íbamos al cine con ella. Echa­ban la película en la calle Lyon. Antes de ir compramos chucherías en la panadería de enfrente y lo más gracioso fue que tenían gatitos de regaliz. Nos plantamos en la taquilla del cine, Mamá ya había abierto el bolso para sacar las entradas, pero cuando dijimos la película que queríamos ver no nos dejaron entrar. Sería porque la sala ya estaba llena o porque Mamá se había equivo­cado al leer la cartelera. No podíamos esperar a que empezara la siguiente sesión, porque entre pitos y flau­tas se nos hubiera hecho la hora en que Papá volvería del trabajo. Entonces, dimos media vuelta y tomamos la avenida Ledru-Rollin Nos sentíamos raros volviendo tan pronto después de haber salido tan contentos y re­cuperando el curso de un miércoles cualquiera.
Menos mal que a Mama se le ocurrió pasarse por el cine del Faubourg Saint-Antoine para ver si podíamos entrar. En la taquilla no nos pusieron ninguna pega. La verdad es que quedaba mucho sitio en la sala, es­cogimos buenos asientos en medio de una fila y empe­zamos a comer los gatitos de regaliz. Estábamos en la gloria y tardamos en darnos cuenta de que la película que estábamos viendo no era la de Los aristogatos sino una historia del Oeste con gente que metía agujas en unas muñecas de trapo. Después, los vaqueros se caían al suelo vomitando espuma blanca. Vimos de cerca la cara de muchos señores que se morían retorciéndose,  empapados de sudor y echando baba.
   Al final, salimos con la sensación de haber hecho una tontería con Mamá. Durante mucho tiempo, a raíz de ese suceso, nos despertamos por la noche con pesadillas. Pero, como podemos contárnoslas, dan menos miedo que otras.

DIBUJOS, Franz Kafka

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FRANZ KAFKA, Dibujos, Sexto Piso, Madrid, 2011, 144 páginas.
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En Kafka, un gran dibujante (p. 95-109) leemos: "En los últimos años de la carrera de Derecho (1903-1905), el aburrimiento llevaba a Kafka a garabatear "acertijos" en el margen de sus apuntes. Max Brod los tomaba prestados, reconociendo su valor, y tuvo la perspicacia de recortar y archivar los dibujos". Los editores Niels Bokhove y Marijke van Dorst han concretado en este libro el "cartapacio Kafka". Lo componen cuarenta y una ilustaciones que están acompañadas oportunamente por fragmentos procedentes de diversas obras perfectamente referenciadas.
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PASEANDO SIN PANTALONES POR EL TEJADO

   Cuando se pasea de noche por una calleja y un hombre, visible ya desde lejos —pues tenemos la calleja ante nosotros y hay luna llena—, viene corriendo en nuestra dirección, nunca lo detendremos, incluso si es débil y andrajoso, incluso si alguien va corriendo y gritando tras él, sino que lo dejaremos seguir corriendo. Porque es de noche y no podemos evitar que la calleja esté ante nosotros, bajo la luna llena, y quizá estos dos han organizado la persecución para entretenerse, quizá ambos persiguen a un tercero, quizá el primer perseguido sea inocente, quizá el segundo vaya a asesinarlo y seamos, entonces, cómplices de asesinato, quizá esos dos no saben nada el uno del otro y cada uno va corriendo por gusto hacia su propia cama, quizá vagan en la noche, quizá el primero vaya armado. Y, al final, ¿es que no tenemos derecho a estar cansados tras haber bebido tanto vino? Estamos contentos, ya no logramos ver al segundo.

[Los que pasan corriendo (anterior a 1908)]




LÓBREGO ROMANCE, PÁLIDO FANTASMA, Jack Mircala

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JACK MIRCALA, Lóbrego Romance, Pálido Fantasma, El Patito Editorial, Santiago de Compostela, 2010,  46 páginas.
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Subtitulado Las leyendas espectrales de Maldavia este bello libro ilustrado se divide en dos secciones: Verlián y el talismán extraviado y Cuentos del Castillo de Maldavia. A esta parte pertenecen estos seis cuentos escritos en versos octosilábicos que constituyen una original modalidad de microrrelato. 
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EL RETRATO DE LA VIOLINISTA


   Entre tanta antigüedad, cuelga un retrato discreto de fina tonalidad con un terrible secreto que causa incredulidad. ¶ Tras dos capas de barniz, una joven cuyo gesto muestra un trágico matiz toca en un violín funesto algo que la hace infeliz. ¶ Era ya noche cerrada cuando escuché un dulce son, una exquisita tonada. Salí de mi habitación, pero no se oía nada. ¶ ¡Mas qué inquietante visión! En el cuadro descubrí que sólo había un borrón. Ni la mujer ni el violín decoraban ya el salón.
   § Algo resonó al momento, y allí mismo pude ver que un huésped a ritmo lento, el duque de Fontelier,  ¡tocaba el vil instrumento! ¶ Se paró justo a mi lado profundamente dormido, y en tal letárgico estado, por el cuadro fue engullido cual si lo hubieran pintado. ¶ Y en aquel formato extraño Fontelier quedó esgrimiendo la herramienta del engaño con cara de estar diciendo «¿qué pinto yo en este paño?» ¶ Fui corriendo al aposento del duque de Fontelier y hallé, sin conocimiento, a la muchacha que ayer era de tela y pigmento.
   § La incorporé y me abrazó calmada por mi presencia; su nombre me reveló, resultó llamarse Mencia, y esto es lo que me contó: ¶ Me detalló con soltura cómo hacía ya cien años, una melodía oscura la sedujo con engaños convirtiéndola en pintura. ¶ Y en tal pictórico estado perduró hasta que el violín, nuevamente encaprichado, la dejó salir al fin a cambio de un desdichado. ¶ Parece ser, se deduce, que el violín allí pintado tiene un poder que seduce, y al infeliz designado bajo el barniz introduce. 
 
 

UNA CASA EN MANGO STREET, Sandra Cisneros

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SANDRA CISNEROS, Una casa en Mango Street, Ediciones B, Barcelona, 1992, 164 páginas.

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CUATRO ÁRBOLES DELGADUCHOS

   Son los únicos que me entienden. Yo soy la única que los entiende. Cuatro árboles delgaduchos con cuellos delgaduchos y codos puntiagudos como los míos. Cuatro que no pertenecen a este mundo pero están en él. Cuatro excusas raquíticas plantadas por el Ayuntamiento. Desde nuestra habitación se los puede oír, pero Nenny duerme y no aprecia estas cosas.
   Su fuerza es secreta. Envían raíces feroces bajo tierra. Crecen por arriba y por abajo y agarran la tierra con los peludos dedos de sus pies y muerden el cielo con dientes violentos y nunca pierden su rabia.
   Así resisten.
   Bastaría que uno olvidara la razón de su existencia para que se inclinaran todos como los tulipanes en un jarrón, cada uno rodeando al otro con los brazos. Resistir, resistir, resistir, dicen los arboles mientras duermo. Es una lección.
   Cuando estoy demasiado triste y demasiado débil para seguir resistiendo, cuando soy una menudencia contra tantos ladrillos, entonces miro a los árboles. Cuando ya no queda nada más que mirar en esta calle. Cuatro que crecen a pesar del cemento. Cuatro que llegan y no se olvidan de llegar. Cuatro cuya única razón es ser y ser.

TIEMPO DE VIDA, Marcos Giralt Torrente

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MARCOS GIRALT TORRENTE, Tiempo de vida, Anagrama, Barcelona, 2010, pp. 20-21.
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Me acuerdo de un día, en la casa donde vivimos hasta que tuve tres años, en que me llevó al cuarto donde pintaba y me hizo colorear unos círculos en un cuadro.
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Me acuerdo de que por las mañanas me acompañaba al autobús de la ruta escolar contándome las aventuras de un mono llamado Manolo que iba como yo al colegio.
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Me acuerdo de que mi afición era tanta que, si eran mi madre o la niñera quienes me acompañaban, les pedía a ellas que siguieran el cuento, y de que muy bien no lo hacían, o pocas veces tuvieron que sustituirlo, ya que el nombre de Manolo me hace recordarlo siempre a él.
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Me acuerdo de una tarde, y debe de ser un recuerdo bastante temprano, ya que tengo la sensación de haberlo vivido desde un corralito, en que salió un momento a comprar algo y estallé en llanto cuando su ausencia, pese a todas las palabras tranquilizadoras con las que la preparó, fue más atemorizadora de lo previsto.
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Me acuerdo de su impaciencia tratando luego de calmarme y de sus intentos, como con posterioridad haría con cada queja mía, de deslegitimar mi descontento atribuyéndolo a mi exageración y desmesura. Me acuerdo, en nuestra segunda casa, de las tardes que pasó enseñándome a montar en bicicleta, de cuando me esperaba a la salida del colegio con el primer perro que tuvimos y durante unos segundos, antes de atravesar las puertas de cristal, podía observarlo sin que me viera.
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Me acuerdo de haber buscado babosas juntos en el jardín; y, parece invención pero no lo es, de un día en que me mostró el periódico y me dijo que había muerto Picasso.
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Me acuerdo, en la siguiente casa, de una noche en la que con unos amigos suyos, imagino que fumados, hicimos equipos y jugamos a lanzar muñecos de fieltro a un trapecio recubierto de velcro.
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Me acuerdo de la primera vez que me escapé del colegio y, al regresar a casa, me impuso el único castigo de su vida.
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Me acuerdo de haber escrito, a petición suya, los nombres de mis amigos de entonces en un cuadro que estaba haciendo, y de muchísimas tardes en su estudio pintando los dos, él con un ojo puesto en mis garabatos que meticulosamente recolectaba para guardarlos en carpetas.

EL JUEGO DE LOS DÍAS CONTADOS, Horacio Vázquez Rial

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El juego de los días contados, Alfaguara, Madrid, 1994, 395 páginas.

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Horacio Vázquez Rial, coordinador de este singular proyecto que recoge historias encontradas “cuyo único rasgo común es el hecho de referir una fecha”, advierte: “El juego de los días contados convierte al lector en creador, en fabulador activo, en autor del próximo capítulo de su propio libro”.
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31 DE AGOSTO
 
   No conservaré menos á vmd. todo el afecto que me será posible, sin que haya mal en ello, y crea vmd. que con toda mi alma le deseo la mayor felicidad. Bien conozco que dejará vmd. de amarme tanto como ahora, y que acaso muy pronto amará a otra más que a mí; pero esto será una penitencia más por la falta que he cometido entregando á vmd. un corazón que no debía dar sino a Dios, y a mi marido, cuando le tenga. Espero que la misericordia divina tendrá compasion de mi debilidad, y que no me dará más castigo que el que pueda soportar.

   Quede vmd. con Dios, y crea firmemente, que si me fuese permitido amar a alguno, hubiera amado solo a vmd. Pero vea vmd. todo lo que le puedo decir, y acaso es más de lo que debiera.

En... a 31 de agosto de 17...

PIERRE CHODERLOS DE LACLOS, Las amistades peligrosas