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CUENTOS DE MEDIANOCHE, Luis del Val

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LUIS DEL VAL, Cuentos de medianoche, Algaida, Sevilla, 2006, 260 páginas.

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UN PERRO PELIGROSO

   Vivía sola desde hacía mucho tiempo, y su única compañía era un bóxer que le había regalado una vecina. Ella no tenía más de sesenta años, pero el cultivo de la misantropía y las rarezas le habían agriado el carácter, así que sólo salía a la calle para pasear al perro y hacer la compra
   Hablar, lo que se dice hablar, sólo hablaba con el perro, un largo monólogo a través del cual le reprendía, le alababa y, también, le contaba las cosas que le ocurrían y lo que pensaba de ellas. El perro la escuchaba con atención, como si pudiera entenderla, y a ella se le fueron dulcificando algunas de sus rarezas.
   Un día, el perro volvió de la terraza sin haber hecho caso de la comida, y ella, en su melopea habitual, fue desgranando en voz alta las causas por las que el perro podía haberse dejado el plato. Y entonces el perro, de espaldas, dijo: «Me estoy meando, sácame a la calle».
   Ella obedeció sin rechistar. Lo sacó a la calle y, al volver, le dijo a la vecina que el perro le había hablado. Quiso hacerle una demostración, pero por más que lo intentó, el perro permaneció mudo.
   Sin embargo, en casa cada vez hablaba más. Le dijo que no le gustaba el pienso compuesto, que había una perra enfrente que estaba en celo, que hacía frío en la cocina... La verdad es que el perro hablaba mucho.
   Ella trató de hacérselo saber a una emisora local, escribió cartas a la Sociedad Protectora de Animales y lo contó en todas partes, pero nadie le hizo caso, porque el perro, si ella no estaba sola, no hablaba. Le empezó a pegar por hablar sólo con ella, y el perro le replicó que si le seguía pegando, contaría todo lo que sabía de ella. Y algo debía saber el perro porque ella, asustada, dejó de pegarle.
   Se volvió loca. La impotencia por no poder demostrar lo que era tan evidente, que el perro hablaba, la sacó de quicio y comenzó a ladrar por las noches y a morder a los vecinos.
   La metieron a la fuerza en la ambulancia. El perro, dos días después, consiguió salir del piso, arañó la puerta de la vecina y cuando ésta abrió, le dijo: «Tengo hambre».
   A los tres meses, la vecina también fue recluida en un sanatorio psiquiátrico: se había empeñado en que el perro de la vecina sabía hablar.

CUENTOS DEL MEDIODÍA, Luis del Val

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LUIS DEL VAL, Cuentos del mediodía, Algaida, Sevilla, 2008 (1999), 256 páginas.

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JORNADA LABORAL

   El despertador digital sonó puntualmente a la siete y media. El bip bip se extendió unos segundos por el dormitorio, tiempo suficiente para que su mujer se removiera inquieta hasta que él extendió el brazo para enmudecer el aparato. Entonces ella se arrebujó en la tenue sábana y siguió durmiendo.
   La ducha fría terminó de despertarle y, ya en el vestidor, eligió un traje azulado de verano, una camisa de seda de color verde muy claro, una corbata de dibujos azules y amarillos, y unos zapatos castaños, a juego con el cinturón.
   Por un momento, mientras pulsaba el control remoto de apertura de la puerta del chalé, y ponía en marcha el automóvil de gran cilindrada, cuyo suave ronroneo parecía la caricia de un animal salvaje que apaciguara su furia, llegó a sentir esa satisfacción familiar que experimentaba cada nuevo día, como si todo lo que le rodeaba —la urbanización, su chalé, el cielo, incluso el propio automóvil— formaran parte de un conjunto perfectamente armónico. Condujo despacio hasta la ciudad y aparcó el automóvil en un garaje de las afueras. Luego, después de comprar un par de periódicos, tomó un autobús que le llevó hasta uno de los parques céntricos, y una vez allí, eligió un banco que recibía los primeros rayos de sol de la mañana y se dedicó a leer las páginas de economía.
   Deambuló por los grandes almacenes sin comprar nada, desayunó un par de veces en dos cafeterías distintas y, hacia el mediodía, llamó a su mujer para decirle que tenía un almuerzo de trabajo. Comió solo en un restaurante modesto, donde su corte de traje llamó la atención del camarero que parecía atenderle con más deferencia que al resto de los clientes, y después de almorzar se metió en un cine de sesión continua.
   Al anochecer, cuando la obediente puerta del chalé volvió a abrirse, y las ruedas del lujoso automóvil apisonaban la grava del sendero entre los setos de arizónicas, se dijo que debía hablar con ella, que no podía ocultarle por más tiempo que ya no era el importante director general, y que se había quedado sin trabajo.
   Pero, acobardado, tras la cena y la velada frente al televisor volvió a poner el despertador a las siete y media, como todos los días.