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BILLIE RUTH, Edmundo Paz Soldán

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EDMUNDO PAZ SOLDÁN, Billie Ruth, Páginas de Espuma, Madrid, 2012, 152 páginas.
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BERNHARD EN EL CEMENTERIO 
A Miguel Sáenz

   Estabas en el sanatorio de Grafenhof cuando te enteraste de la muerte de tu madre. Tenías esa incontrolable adicción a los periódicos, leías cuatro o cinco todos los días; leíste en uno de ellos: «Herta Pavian, cuarenta y seis años». No podía ser otra que ella a pesar del craso error, tu madre apellidaba Fabjan y no Pavian. Poco después te lo confirmaron. A tu madre le había llegado la corrección, estabas muy enfermo y a cualquiera de los dos podía haberle llegado primero la corrección. Tenías una sombra en tu pulmón, una sombra que caía sobre toda tu existencia. Grafenhof era una palabra aterradora. Tenías morbus boeck o sarcoidosis, te habían diagnosticado tuberculosis abierta, pero toda enfermedad puede llamarse enfermedad del alma. La esencia de la enfermedad es tan oscura como la esencia de la vida. Te considerabas afortunado por tener sólo un neumoperitoneo, sólo un agujero en el pulmón, sólo una tuberculosis contagiosa y no un cáncer de pulmón. Tu madre tenía un cáncer de matriz. Te habían dado de alta, entrabas y salías del sanatorio, y pudiste despedirte de ella, que estaba en casa, y consideraste que ella era afortunada, los enfermos de muerte deben estar en casa, morir en casa, sobre todo no en un hospital, sobre todo no entre sus iguales, no hay horror mayor. La inteligencia de ella era clara, ella vivía aún, estaba ahí, pero en el piso reinaba ya el vacío de después de ella, todos lo notaban. Volviste a Grafenhof, ahora tu cuerpo estaba hinchado, inflado por el neumoperitoneo, abultado por todos los medicamentos imaginables que te atiborraban, tenías un aspecto debidamente enfermo. Aquellas noches fueron las más largas de tu vida. Fue en Grafenhof que leíste el periódico, Pavian y no Fabjan, grosero error, «pavian» es babuino y tu madre no era un babuino, aunque todos los hombres son quizás poco menos que babuinos mientras esperan que les llegue la verdadera corrección o aplazan ellos su propia corrección. Herta sería enterrada el 17 de octubre de 1950, en Henndorf del Wallersee, su querido, su amado pueblo. Pediste permiso del sanatorio para ir al entierro, para volver a despedirte de tu madre. Estuviste en el cortejo fúnebre, viste todos esos rostros graves, solemnes, rostros de gente en espera de su corrección, gente que debía ser capaz de corregirse a sí misma. Ya en el cementerio, pensaste en las líneas de un poema que algún día escribirías: En la cámara mortuaria yace un rostro blanco, puedes alzarlo/ y llevártelo a casa, pero será mejor que lo sepultes en la tumba paterna, / antes de que el invierno irrumpa y cubra con su nieve la hermosa sonrisa de tu madre. Luego comenzaste a repetir, Fabjan, Pavian, Fabjan, Pavian, Fabjan, Pavian. Era un error que merecía ser corregido, o quizás no, tú no podías corregirlo, de pronto sólo podías pronunciar Pavian, Pavian, Pavian, y te dio un ataque de risa, todos te miraban y tú no podías dejar de reírte, Pavian, querían que te corrigieras y tú no podías corregirte, querías pero no podías, Pavian, muchos queremos ser capaces de la verdadera corrección y no podemos, y la aplazamos continuamente, o creemos que la aplazamos cuando en realidad lo que ocurre es que no podemos, no somos capaces, tenemos miedo. Como no amainaba el ataque de risa no te quedó otra que irte del cementerio sin volver a despedirte de tu madre. Preferiste no volver al sanatorio, Grafenhof era una palabra aterradora. Fuiste a tu casa de Salzburgo y te acurrucaste en un rincón del piso y esperaste, profundamente asustado, el regreso de los tuyos.

DESENCUENTROS, Edmundo Paz Soldán

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EDMUNDO PAZ SOLDÁN, Desencuentros, Páginas de Espuma, Madrid, 2018, 256 páginas.

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VEINTISIETE DE ABRIL

   Era el cumpleaños de Pablo Andrés y decidí obsequiarle la cabeza de Daniel, perfumada y envuelta con elegancia en lustroso papel café. Supuse que le agradaría porque, como casi todo buen hermano menor, odiaba a Daniel y no soportaba ni sus ínfulas ni sus cotidianos reproches. Sin embargo, apenas tuvo entre sus manos mi regalo, Pablo Andrés se sobresaltó, comenzó a temblar y a sollozar preso de un ataque de histeria. La fiesta se suspendió, los invitados nos quedamos sin probar la torta, alguien dijo son cosas de niños, y yo pasé la tarde encerrado en mi dormitorio, castigado y sintiéndome incomprendido.

LAS DOS CIUDADES, Edmundo Paz Soldán

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EDMUNDO PAZ SOLDÁN, Las dos ciudades, Metalúcida, Buenos Aires, 2014.

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KATHIA

   Ella me dijo: “no te puedes perder, es la casa blanca en el condominio La Esperanza; tiene dos pisos, ventanas amplias y la verja es de color café”. Es cierto, me fue fácil llegar aquí; pero las cuarenta y tres casa del condominio son blancas, de dos pisos y ventanas amplias y verjas de color café. Cuando recuerdo su belleza y el hecho de que estoy enamorado, pienso que podría ir casa por casa preguntando por ella hasta encontrarla. Pero temo descubrir que existen cuarenta y tres Kathias y prefiero mantenerla, única, en mi recuerdo. Además, es muy probable que ella no sienta nada por mí: me hubiera advertido de las peculiaridades del condominio. Así que enciendo el motor y emprendo el regreso a casa, silbando sin armonía una canción de los Beatles.

IMÁGENES DEL INCENDIO, Edmundo Paz Soldán

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EDMUNDO PAZ SOLDÁN, Imágenes del incendio, Algaida, Sevilla, 2005, 304 páginas.

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LAS RUINAS CIRCULARES

   A Rodrigo se le había ocurrido soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad del Playground. Ese proyecto ya no tan mágico había agotado el espacio entero de su alma: nunca, hasta leer ese cuento que hablaba de noches unánimes y canoas de bambú sumiéndose en el fango sagrado, le había llamado la atención esa realidad virtual en la que pasaban buena parte del tiempo sus estudiantes y muchos ciudadanos de Río Fugitivo. Para él, la realidad era ya una realidad virtual; ¿para qué, entonces, la necesidad de enfrentarse a la pantalla de una computadora, hacerse de un avatar y caminar por calles hechas de pixeles? Pero ahora el cuento del hombre que quería soñar un hombre le daba un buen motivo. Conjeturaba que eso era, precisamente, lo que podía hacerse en el Playground.
   Esa noche, encendió la computadora y se registró en el Playground. En una pantalla aparecieron instrucciones: ¿crearía a su avatar, o prefería uno de los modelos disponibles? Tardó en responder, y de pronto se encontró en una llanura sobresaturada de verde, enfrentado a nubes de avatares esperando que una palabra suya redimiera a uno de ellos de su condición de vana apariencia y lo interpolara en el mundo real. Entonces se mostró insatisfecho y los borró a todos ellos y se dedicó a crear a su avatar. Siguió instrucciones, pulsó botones en el teclado. Trató de delinear su sueño: lo fue creando activo, caluroso, secreto, del grandor de un puño cerrado, color magenta en la penumbra de un cuerpo humano aún sin cara ni sexo. A medida que lo percibía con mayor evidencia, lo fue viviendo desde muchas distancias y muchos ángulos. Al final de la noche llegó al esqueleto, a los párpados. El pelo innumerable fue tal vez la tarea más difícil. Creó el hombre íntegro de sus sueños, pero éste no se incorporaba ni hablaba ni podía abrir los ojos. Lo había creado como lo había soñado, dormido.
   El avatar de Rodrigo era tan inhábil, rudo y elemental como el Adán de las cosmogonías gnósticas. Gradualmente, lo fue acostumbrando a la realidad. Cuando comprendió que su avatar estaba listo para nacer, y tal vez impaciente, lo bautizó como Rodrigo, besó la pantalla y lo envió a las calles del Playground, pobladas de prostitutas virtuales con polvo fosforescente en sus caras, policías con pecheras de metal y terroristas manejados por piratas informáticos.
   Rodrigo sintió que su propósito estaba colmado, y vivió las primeras horas de su creación en una suerte de éxtasis. Poco a poco, sin embargo, lo fue visitando una desazón infinita. Temió que su avatar descubriera de algún modo su condición de mero simulacro. No ser un hombre, ser la proyección del sueño de otro hombre, ¡qué humillación incomparable, qué vértigo! A todo padre le interesan los hijos que ha procreado (que ha permitido) en una mera confusión o felicidad; era natural que Rodrigo temiera por el porvenir de Rodrigo, pensado entraña por entraña y rasgo por rasgo, en una noche secreta.
   El término de sus cavilaciones fue brusco, pero lo prometieron algunos signos. Primero, el color de las paredes de su despacho, que cambiaba de un rosado claro a uno intenso como el de la encía de los leopardos, y no se decidía entre ambos; luego hacia la derecha de su escritorio, los libros que pulsaban como si una luz interior amenazara con escaparse de sus páginas; después la fuga pánica de los sonidos. Se le ocurrió que era el cansancio, una suerte de delirio ocasionado por las múltiples horas frente a la pantalla. O acaso se trataba de problemas en la computadora, o ún desperfecto en la provisión de energía eléctrica en Río Fugitivo.
   Escuchó unos pasos. Alguien se acercaba.
   Cuando la luz del Playground se apagó, Rodrigo comprendió con alivio, con humillación, con terror, que él también era un avatar, que otro lo había soñado.