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DOSCIENTAS SESENTA Y SIETE VODAS EN DOS O TRES GESTOS, Eugenio Baroncelli

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EUGENIO BARONCELLI, Doscientas sesenta y siete vidas en dos o tres gestos, Periférica,  Cáceres, 2016, 318 páginas.

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RAYMOND CHANDLER, EL HOMBRE DE LOS LARGOS ADIOSES

   Nació en Chicago en 1888. A la edad de treinta y seis años, después de la muerte de su madre, se casó con Pearl Cecily Bowen, llamada Cissy, quien contaba en su haber con cincuenta y cuatro años y dos divorcios. Podía parecer otra madre y lo fue. Durante treinta años, diez meses y dos días la amó con tanta devoción que, cuando murió en 1954, lo dejó sumido en un inmenso vacío, esta vez inconsolable. Philip Marlowe, el héroe de sus novelas, asegura que «el sistema para decir adiós a un policía aún no se ha inventado», pero aquel día en cambio recordó que el sistema para despedir a la vida sí estaba inventado, en cierto modo. Pudo ser breve pero, en cambio, fue un largo adiós. Primero intentó el suicidio más torpe que se recuerde. El hombre que había armado la mano de Marlowe con una esbelta Luger, un cronométrico Colt automádco y un infalible Smith & Wesson 38 special, preparó el arma con cuidado, la cargó, se apuntó a la sien, clic, y falló el tiro. Después, infeliz, se dejó aturdir por cócteles mortales: de whisky y láudano, e incluso de ron y licores dulces, que Marlowe hubiera rechazado desdeñosamente. En 1959 empezó lentamente su última novela: su detective, siempre soltero, estaba a punto de hacerse nada menos que con una esposa, cuando el 26 de marzo la vida, misericordiosa o sencillamente cansada de esperar, le dijo adiós a él.

CUATRO MENDRUGOS DE PAN, Magda Hollander-Lafon

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MAGDA HOLLANDER-LAFON, Cuatro mendrugos de pan, Periférica, Cáceres, 2017, 116 páginas.

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Los profesores Nathalie Caillibot y Régis Cadiet en Nota histórica (pp. 135-151) relatan brevemente la terrible peripecia vital de Magda Hollander-Lafon de la que surgió el proyecto pedagógico que se concretó en la película L’humanité ou la mémoire d’Auschwitz. El lector recorrerá con la autora el camino que la llevó De las tinieblas a la alegría.
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LOS PIOJOS

   Recuerdo esos minúsculos bichos traicioneros y tenaces que me incordiaron, picaron y devoraron durante meses.
   Son de diferentes tamaños, colores y familias. Los hay negros, bien hermosos, de los que se desplazan con pereza pero que no se detienen si no es para clavar la trompa en el lugar elegido. Los blancos, transparentes y menudos, se apiñan en las costuras de la ropa. Los otros, de cabeza rubia y barriga negra, ágiles y voraces, se acomodan en nuestras heridas y se deleitan sin preocuparse de nosotros.
   Nunca me aburro en su compañía: si uno de los grupos se ha saciado, otro vuelve a tener hambre y toma el relevo. Los piojos están presentes día y noche. Con el tiempo y la costumbre se hacen indiscretos. Llevan su audacia al punto de pasearse por la nariz y la barba de los SS, que no pueden tolerar tal imagen, como almas de élite que son, limpias por excelencia. Se impone una buena sesión de desinfección.
   Desnudas y temblorosas, con los paquetes de efectos personales apretados contra el cuerpo, nos devora un inmenso vientre de cemento. Un tonel para la ropa, una ducha fría para nosotras y luego, a desfilar ante una bomba de bicicleta que escupe una niebla blanca. Un bombazo a la izquierda, otro a la derecha y salimos blancas, rapadas, frías y llorando de despecho ante los espectadores burlones. Cada sesión es, además, un momento de selección lleno de riesgos. Si por desgracia nos dejamos aturdir por el hambre o el olor, los perros están ahí para llamarnos al orden.
   Al final de la sesión nos tiran la ropa por encima de una pequeña barrera. Los trapos no son nunca de nuestra talla. Fuera, mientras esperamos a las demás, intentamos intercambiarlos entre nosotras. Es una operación que comporta riesgos, dadas las miradas de alambre de espino que nos rodean. En alguna ocasión salí victoriosa. Sin embargo, también alguna noche volví con vestido de cola y los pies enfundados en zapatos inmensos. Los organizadores de nuestra estancia se divertían viéndonos con esas pintas.
   En la paja de los barracones nos esperan nuestros pequeños huéspedes negros, blancos o bicolores. Nos guardan rencor por haberlos dejado solos tanto tiempo. Vuelven a nosotros con voluptuosidad.

LEER, André Kertész

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ANDRÉ KERTÉSZ, Leer, Periférica & Errata naturae, Cáceres, 2016, 76 páginas.

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En Palabras preliminares (pp. 5-9) Alberto Manguel predispone sobre el trabajo de Kertész: «Bajo la doble influencia del dadaísmo temprano y del incipiente periodismo documental, la cámara de Kertész encuentra en la realidad objetiva sus límites absurdos». El lector como insolente mirón de la intimidad otros lectores.
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PENSAMIENTOS Y RIVAROLIANAS, Antoine de Rivarol

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ANTOINE DE RIVAROL, Pensamientos y rivarolianas, Periférica, Cáceres, 2006, 96 páginas.

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La falsa modestia es la más decente de todas las mentiras.
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Hay que matar el orgullo sin herirlo, pues si lo herimos no muere.
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Hacemos más por quienes tememos que por quienes amamos.
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La gloria no es más que humo, estoy de acuerdo, pero el hombre no es más que polvo.
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El silencio nunca ha traicionado a nadie.
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¡Para amar suficiente hay que amar demasiado!
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Los filósofos son más taxidermistas que médicos: disecan y no curan.
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La incredulidad es un lujo terrible.

LOS GRANDES PLACERES, Giuseppe Scaraffia

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GIUSEPPE SCARAFFIA, Los grandes placeres, Periférica, Cáceres, 2015, 248 páginas.

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INDULGENCIA

   Dos veces y media. Así resumía Vita Sackville-West su penoso adulterio con Virginia Woolf. La escrito­ra, después de haberla encontrado en un principio «recargada, bigotuda, variopinta como un papaga­yo», había terminado cediendo al cortejo de Vita. «El hecho de que esté enamorada de mí me divierte y me halaga.» Los maridos de ambas asistieron imper­turbables al desganado idilio y a su progresiva trans­formación en amistad.
   Baudelaire se dejaba engañar magnánimamente por su compañera, con tal de que lo hiciese cobrando. En el fondo, la justificaba, seguía siendo una expros­tituta, pero explotaba cuando lo hacía con una perso­na detestable, como su peluquero. Albert Camus, por el contrario, no soportaba que su mujer se entregase a su médico a cambio de droga.
   Pero existen cónyuges incluso más indulgentes. «Si has sido traicionado, no es la traición lo que im­porta, sino el perdón que nace en tu alma», afirmaba apacible Maurice Maeterlinck, habituado a las incon­tinencias bisexuales de su consorte. La mujer de Na­bokov sostenía que lo toleraba todo estoicamente, pero a veces arrollaba al escritor montándole unas escenas memorables. Para luego negarlo todo.
   Algunos adquieren con la edad una cierta tole­rancia. Alexandre Dumas, después de haber sorpren­dido a su mujer con su mejor amigo, se había queda­do consternado por la sordidez del espectáculo: ella gorda, con el maquillaje ajado, y él delgado y enve­jecido. En lugar de matarlos, como se temían, los ha­bía metido en la cama y para consolarse se había su­mido en la redacción de un capítulo de El conde de Montecristo. Inútil decir que los adúlteros no consi­guieron pegar ojo, aterrorizados por el gigantesco novelista que escribía a pocos metros de ellos.
   Pero el verdadero drama de la traición consiste en el hecho de que, si no se quiere ser descubierto, hay que renunciar a la vanidosa satisfacción de alar­dear de la propia conquista. Se pierde así al menos la mitad del placer. Por otro lado, también Jean-Paul Sartre, teórico de la pareja abierta junto a Simone de Beauvoir, admitía que a menudo mentir es la mejor solución.
   Elsa Triolet se veía obligada a tolerar las inconti­nencias homosexuales de Louis Aragon, con tal de no comprometer la imagen de pareja ejemplar del glorioso Partido Comunista Francés. Pero el don más bello es el de no ver. Muchos años después de la es­candalosa muerte del presidente francés Félix Faure entre los brazos de la amante, la viuda continuaba diciendo entre lágrimas: «¡Yo que he tenido un ma­rido tan guapo y tan fiel!».