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BIRLIBIRLOQUE, Carmen Leñero

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CARMEN LEÑERO, Birlibirloque, Fondo de Cultura Económica, México D.F., 1987, 128 páginas.

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   La empatía entre los cuerpos lleva a una inercia de la imitación: cuando salíamos apresurados del hotel, a media tarde, traías uno de mis aretes puesto.

EL PLATO PREFERIDO DE LOS GUSANOS, Pere Saborit

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PERE SABORIT, El plato preferido de los gusanos, Trea, Gijón, 2016, 94 páginas.

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Trea pone a disposición del lector las peripecias y reflexiones de X. en traducción de José Luis Trullo. La primer edición, El plat preferit dels cucs (Edicions 62, 1987), mereció el premio Documenta de Literatura catalana.
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Según X., el hecho de que todo el mundo posea un rostro diferente es una prueba irrefutable de que Dios –en caso de existir– aún no ha superado el estadio de producción artesanal.
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Muy de vez en cuando, X. tenía una gran idea en la punta de la lengua; sin embargo, lo más habitual era que tuviese toda la boca ocupada por tópicos y frases hechas.
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A veces, X. se sentía como si viviera sólo de la inercia del parto.
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X. sólo recordaba haber sido plenamente feliz en determinados momentos de su vida, durante los cuales, a posteriori, se había enterado de que había estado viviendo engañado.
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Después de leer un libro de historia universal, X. se quedó sorprendido de que la palabra «hombre» aún no fuese un insulto.
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Los ideales de X. recibieron un golpe mortal el día en que se percató de que es mucho más fácil volverse insensible que transfromar el mundo.
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La naturaleza es muy sabia —pensaba X.—; ¡lástima que le quedase la justicia para septiembre!
 
 



CRIATURAS DE LOS BOSQUES DE PAPEL, Eugenio Mandrini

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EUGENIO MANDRINI, Criaturas de los bosques de papel, Ediciones Culturales Argentinas, Buenos Aires, 1987, 186 páginas.

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LA SAL DEL HOGAR 

   Vio la sirena en la playa, semiasfixiada por falta de agua, y la llevó a su casa, llenó la bañera, la introdujo suavemente y le hizo compañía.
   A su mujer no le pareció extraño verlo ahogado: había sido tan adicto a los baños de inmersión, y éstos eran tan traicioneros, que tarde o temprano tenía que suceder.
   Lo extraño era ese profundo aroma a mar que inundaba toda la casa.

CUENTOS, MICROCUENTOS Y ANTICUENTOS, Mario Halley Mora

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MARIO HALLEY MORA, Cuentos, microcuentos y anticuentos, El Lector, Asunción, 1987, 140 páginas.
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AMOR Y CELOS

   Fue el primer amor, y como siempre sucede, ella se casó con otro, y él permaneció soltero, un poco por desengaño y otro poco por comodidad. Ella tuvo una hija que era su vivo retrato. Él, maduro ya, conoció a la hija de su antiguo amor, y la amó como había amado a la madre, y la muchacha amó al galán maduro como no lo había amado su madre. La madre siente unos celos ardientes, pero todavía no está segura de quién.

PEQUEÑOS RELATOS ILUSTRADOS, Ramón Gómez de la Serna

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RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA, Pequeños relatos ilustrados, Ediciones de la Torre, Madrid, 1987, 126 páginas.

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En la Introducción (pp. 9-25), José Luis Rodríguez de la Flor, responsable de la edición, glosa con precisión y sencillez la trayectoria vital y literaria de Ramón. Los relatos incluidos "fueron publicados por Ramón Gómez de la Serna en la revista Buen Humor".
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COSAS DE LAS PLAYAS
   
   Las playas engañan al veraneante, hechas, como están, con aserrín del sol, menudo aserrín que echa en espuertas sobre la tierra.
   No es sólo engañoso el nombre que escribe una sombrilla en su jergón, sino el jergón mismo.
   Engañan, pero se las vuelve a buscar siempre y hasta se hace a ellas esas excursiones, de noche, que hunden inútilmente en su arena, produciéndose en sus hoyos la sordera de todos los jazz band, que siempre suenan en el mundo.
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   Lo único que tiene de bueno la playa es que en ella la propiedad es libre y puede fijarse un toldo en los sitios libres que se escojan. Hay unos gitanos elegantes que se establecen para todo un verano en la tienda de campaña simple, y allí cocinan, duermen, toman el té, hacen las finas labores de aguja.
   De la antigua manera con que la Humanidad acampaba en las praderas y los pináculos, sólo quedan dos supervivencias: la de los gitanos en los campos y la de los veraneantes en las playas.
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   En las playas se pierden todas las novelas leídas y las novelas vividas. Es un gran papel secante de todo lo que sucede en ella. De las memorias pasadas no guarda ningún recuerdo, y donde más se pierde la presunción del presumido es en la playa en que luce sus zapatos blancos con vivos de charol negro.
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   Parece muchas veces la playa un tendedero de ropa, en que los trajes blancos se reblanquean más.
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   El que sorprende a unas cuantas muchachas tendidas en la playa teme que, al sentir sus pasos, todas escapen volanderas.
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   En la disputa de los novios, el más iracundo echaría de buena gana polvorones de arena en la boca del otro.
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   Las sombrillas en la playa debían ser como velas que empujasen al que camina.
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   El niño de los barquillos es un niño que se come al día varios miles de barquillos, llegando a sonar a barquillo quebradizo cuando se le besa y a saber a barquillo relleno.

LA VOZ DE LAS COSAS, Marguerite Yourcenar

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MARGUERITE YOURCENAR, La voz de las cosas, Gadir, Madrid, 2005, 124 páginas.

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En traducción de Carlos Manzano edita Gadir este bello libro publicado por Gallimard en 1987. Yourcenar recoge textos de diversas tradiciones para componer un libro que "me ha servido de cabecera y de viaje durante tantos años y a veces para hacer acopio de valor". Hilvanan los textos las fotografías de Jerry Wilson.
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El árbol que llena el cielo nació de una mínima semilla; la torre de nueve pisos comenzó con un terrón del suelo; el viaje de mil leguas comienza con el primer paso fuera del umbral.
Tao Te King
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Un hombre bien nacido mira adentro. El vulgar mira a los demás.
Confucio
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No debemos desear nada distinto de lo que nos ocurre momento tras momento, pero manteniéndonos fieles al Bien.
Santa Caterina de Génova.
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¿Adónde va el alma después de la muerte? No es necesario que vaya a parte alguna.
Jacob Böhme
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Un barco puede quedar al abrigo en un cala y una nasa al abrigo en un lago, pero a medianoche puede acudir un hombre robusto y llevárselos. El ignorante no sabe que, sean cuales fueren los lugares en que pongamos un objeto al abrigo, los más pequeños dentro de los más grandes, lo que hemos escondido puede desaparecer y sernos arrebatado, pero, si ocultamos el universo en el universo, no hay peligro de que lo que nos resultaba precioso nos sea arrebatado y lo que poseemos es nuestro para siempre. Así, pues, el sabio sabe que la separación no es posible y que lo perdido no lo está en verdad.

Chuang Tzu, VI-6
  


EL CAMINANTE, Hermann Hesse

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HERMANN HESSE, El caminante, Plaza & Janés, Barcelona, 1987, 112 páginas.

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Escrita en 1920, un año después de su reconocida novela Demian, esta miscelánea, que canta a la naturaleza desde una actitud contemplativa, se construye a través de la alternancia de poemas con textos breves marcados por la reflexión.

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CASA ROJA

   Casa roja, desde cuyo pequeño jardín y viñedo me llega el perfume de todo el sur de los Alpes ¡Muchas veces he pasado por delante de ti, y la primera vez mi afición de caminante se acordó estremecida, de su polo opuesto, y ahora juego nuevamente con la vieja y tan conocida melodía: tener una patria, una casita en un jardín verde, quietud alrededor y, algo mas abajo, la aldea. En el cuarto que va a Oriente, mi cama, mi propia cama, en el cuarto orientada hacia el sur, mi mesa, y también allí colgaría mi pequeña y antigua Madonna, en anteriores épocas de viaje.
   Como transcurre el día entre Oriente y Occidente, así transcurre mi vida entre el impulso de viajar y el deseo de la patria. Tal vez un día habré llegado tan lejos que los viajes y la lejanía formarán parte de mi alma, y sus imágenes estarán en mi interior, por lo que ya no tendré necesidad de realizarlas. O tal vez llegaré al punto en que la patria estará dentro de mí, y entonces ya no habrá flechazos con jardines y casitas rojas. ¡Llevar a la patria dentro de sí! 
   ¡Que diferente seria entonces la vida! Tendría un centro, y del centro partirían todas las fuerzas. Pero mi vida carece de centro, y flota, temblorosa, entre muchas hileras de polos y polos opuestos. Nostalgia del hogar de aquí, nostalgia de peregrinar allí. Urgencia de soledad y vida monacal aquí!, ¡Ansia de amor y solidaridad allí! He cultivado la voluptuosidad y el vicio, y los he abandonado para practicar el ascetismo y la mortificación. He respetado la vida como sustancia, y he llegado a no poder reconocerla y amarla más que como función.
   Pero no es asunto mío hacerme diferente de lo que soy. Quien busca el milagro, quien quiere atraerlo y ayudarlo, solo consigue alejarse de él. Mi misión es flotar entre muchas alternativas tensas y estar dispuesto cuando el milagro corre hacia mí. Mi misión es estar insatisfecho y sufrir desasosiego.
   ¡Casa roja entre el verdor! Ya he tenido patria una vez, he construido una casa, he medido las paredes y el tejado, he trazado sendas en el jardín y he colgado mis propios cuadros en las paredes. Todas las personas se sienten impulsadas a ello. Feliz yo que he podido realizarlo! Muchos de mis deseos se han cumplido en mi vida. Quería ser poeta y he sido poeta. Quería tener una casa y me construí una. Quería tener mujer e hijos y los he tenido. Quería influir sobre las personas y lo he hecho. Y cada cumplimiento se convirtió en una saciedad. La saciedad era algo que yo no podía soportar. La poesía me resultó sospechosa. La casa se me antojó estrecha. Ninguna meta alcanzada era una meta, cada camino era un rodeo, cada descanso engendró nuevas nostalgias.
   Recorreré todavía muchos atajos, muchas realizaciones me decepcionarán. Todo acabará mostrándome su sentido. Allí donde terminan los contrastes, se encuentra el nirvana. Pero todavía queda por quemar muchas amadas estrellas de la nostalgia.

MÚSICA DE CAÑERÍAS, Charles Bukowski

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CHARLES BUKOWSKI, Música de cañerías, Anagrama, Barcelona, 2000 (1987), 240 páginas.

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MANTIS RELIGIOSA

   Hotel Vista del Angel. Marty pagó al empleado, cogió la llave y subió las escaleras. Lo era todo menos una noche agradable. Habitación 222. ¿El número tendría algún significado? Entró, encendió la luz, y toda una docena de cucarachas salieron del empapelado, masticando y correteando sin tregua. Había teléfono de monedas. Metió una moneda y marcó. Ella contestó.
   —¿Toni? —preguntó.
   —Sí, soy yo —dijo ella.
   —Toni, me estoy volviendo loco.
   —Te dije que iría a verte. ¿Dónde estás?
   —En el Vista del Ángel, Seis y Coronado, habitación 222.
   —Iré a verte dentro de un par de horas.
   —¿No puedes venir ahora mismo?
   —Mira, tengo que llevar a los niños a casa de Carl, luego tengo que ir a ver a Jeff y a Helen, hace años que no les veo...
   —Toni, te quiero, por amor de Dios, ¡necesito verte ahora! 
   —Si te libraras de tu mujer, Marty...
   —Esas cosas requieren tiempo.
   —Dentro de dos horas estaré ahí, Marty.
   —Escucha, Toni...
   Pero ella ya había colgado. Marty se sentó al borde de la cama. Aquélla sería su última aventura. Le desbordaba. Las mujeres eran más fuertes que los hombres. Conocían todas las jugadas. Él no conocía ninguna.
   Llamaron a la puerta. Fue a abrir. Era una rubia de treinta y tantos años, con una bata azul rota. Llevaba un maquillaje morado y los labios pintados a todo pintar. Desprendía un lejano aroma a ginebra.
   —Oye, no te importa que ponga la tele, ¿verdad?
   —No hay problema, ponla si quieres.
  —Es que el último tipo que tenía esta habitación estaba medio chiflado. En cuanto yo ponía la tele empezaba a aporrear las paredes.
   —No hay problema. Puedes poner la tele.
   Marty cerró la puerta. Sacó el penúltimo cigarrillo de la cajetilla y lo encendió. Toni se le había metido en la sangre y tenía que quitársela de encima. Llamaron otra vez a la puerta. La rubia otra vez. El maquillaje casi hacía juego con las negras ojeras. Era imposible, por supuesto, pero parecía que se hubiera dado otra capa de carmín en los labios.
   —¿Sí? —preguntó Marty.
  —Oye —dijo ella—. ¿Sabes qué hace la hembra de la mantis religiosa mientras le da al asunto? 
   —¿Qué asunto?
   —Joder.
   —¿Qué?
   —Le come la cabeza al macho. Mientras le da al asunto, le come la cabeza: En fin, supongo que hay formas peores de morir, ¿no crees?
   —Sí —dijo Marty—. El cáncer.
   La rubia entró en la habitación y cerró la puerta. Se sentó en la única silla. Marty se sentó en la cama.
   —¿Te calentaste cuando dije «joder»? —preguntó ella.
   —Sí, un poco.
   La rubia se levantó de la silla y se acercó a la cama; puso la cabeza muy cerca de la de Marty. Le miró a los ojos; puso los labios muy cerca de los suyos. Luego dijo: «¡Joder, joder, joder!» Se acercó más, y repitió: «¡JODER!» Entonces se levantó del borde de la cama y regresó a la silla.
   —¿Cómo te llamas? —preguntó Marty.
   —Lilly. Lilly LaVell. Hacía estriptis en Butbank.
   —Yo soy Marty Evans. Encantado de conocerte, Lilly.
   —Joder —dijo Lilly muy despacio, entreabriendo los labios y enseñando la lengua. 
   —Puedes poner la tele cuando quieras —dijo Marty.
   —¿Has oído hablar de una araña que se llama la viuda negra? —preguntó ella. 
   —No.
   —Bueno, te lo contaré. Después de darle al asunto, joder, se come vivo al macho. 
   —Ah —dijo Marty.
   —Pero hay formas peores de morir, ¿no crees?
   —Claro, la lepra, quizá.
   La rubia se levantó y empezó a pasearse por el cuarto.
   —La otra noche me emborraché, conduje por la autopista e iba escuchando un concierto de Mozart para trompa y aquella maldita trompa me atravesaba de pies a cabeza. Iba a más de ciento veinte sosteniendo el volante con los codos y escuchando el concierto, ¿me crees?
   —Claro que te creo.
   Lilly dejó de pasear y miró a Marty.
   —¿Y crees que puedo meterme tu chisme en la boca y hacerte cosas que jamás ha experimentado antes ningún ser humano?
   —Bueno, no sé qué pensar.
   —Pues puedo, vaya si puedo...
   —Eres muy simpática, Lilly, pero estoy esperando a mi novia, más o menos para dentro de una hora.
   —Bueno, voy a ponerte a punto para ella.
   Lilly se le acercó, le bajó la cremallera y le sacó el pene al aire.
   —¡Oh, qué cosa más guapa!
   Entonces se humedeció el índice de la mano derecha y empezó a frotar el capullo, en un masaje por debajo de la cabeza.
   —¡Qué amoratado está!
   —Como tu maquillaje...
   —¡Oh, se está poniendo muy GRANDE!
   Marty se echó a reír. Una cucaracha salió del empapelado a contemplar el espectáculo. Luego salió otra. Movieron las antenas. De pronto la boca de Lilly se cerró sobre el pene. Lo sujetó por el borde del capullo y chupó. Tenía la lengua casi como papel de lija. Parecía conocer los puntos sensibles. Marty la contemplo allí abajo y se excitó muchísimo. Empezó a acariciarle el pelo a gemir dulcemente. De pronto, ella mordió con fuerza Le mordía casi por la mitad. Luego, sin soltar la presa, arrancó con los dientes un trozo de capullo. Marty lanzó un alarido, se tiró a la cama y empezó a dar vueltas sobre sí mismo. La rubia se levanto y escupió. Por la alfombra quedaron esparcidos salivazos y pellejos sanguinolentos. Luego, se dirigió a la puerta, la abrió salió, la cerro.
   Marty sacó la funda de la almohada y se sujetó el pene con ella. Le daba miedo mirar. Sentía sus latidos palpitándole por todo el cuerpo, sobre todo allá abajo. La sangre empezó a empapar la funda de la almohada. Sonó el teléfono. Logró levantarse llegar hasta el, contestar. «¿Sí?» «¿Marty?» «¿Sí?» «Soy Toni » «¿Si, Toni...?» «Te noto raro...» «Sí, Toni...» «¿No puedes decir otra cosa? Estoy en casa de Jeff y de Helen. Estaré ahí dentro de una hora.» «Bien.» «Oye, ¿qué demonios te pasa? Creí que me querías.» «Ya no lo sé, Toni...» «Está bien», dijo ella furiosa, y colgó.
   Marty logró encontrar una moneda y meterla en el teléfono.
   —Telefonista, quiero una ambulancia. Localícemela, rápido Creo que me estoy muriendo...
   —¿Ha hablado usted con su médico, señor?
   —Telefonista, por favor. ¡Llame una ambulancia!
   En la habitación contigua la rubia estaba sentada frente al te levisor. Se inclinó hacia adelante y lo encendió. Llegaba justo a tiempo para el programa de Dick Cavett.

LA LETRA E, Augusto Monterroso

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AUGUSTO MONTERROSO, La letra e (Fragmentos de un diario), Alianza, Madrid, 1987, 208 páginas.

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LLEGA LA NOCHE

   El miedo es un niño; el valor, otro;
   van juntos por un camino, en despoblado, al atardecer;
   cuando la noche se acerca y se abren a lo desconocido, ambos se detienen, se miran.

DIRECCIÓN ÚNICA, Walter Benjamin

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WALTER BENJAMIN, Dirección única, Alfaguara, Madrid, 1987, 104 páginas.

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A través de breves relatos y reflexiones, Benjamin va señalando en el mapa las claves, recuerdos o lugares que conducen a esa dirección única, la calle Asja Lacis, hallando así, en cualquier caso, un original paisaje de dedicatoria.

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¡CERRADO POR OBRAS!

Soñé que me quitaba la vida con un fusil. Cuando salió el disparo, no me desperté, sino que me vi yacer, un rato, como un cadáver. Sólo entonces me desperté.

TRAMPANTOJOS, Saúl Yurkievich

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SAÚL YURKIEVICH, Trampantojos, Alfagura, Madrid, 1987, 140 páginas.

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EN UNA OSCURA CUCHILLERÍA

   En una oscura cuchillería de la calle Ayacucho, pregunté cuánto costaban unas tijeras para cortar angustia.
   —Cuatro arañas de la paja de la paja de banana— dijo el armero.
   Me parecen caras. Sigo con la angustia.

RAJATABLA, Luis Britto García

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LUIS BRITTO GARCÍA, Rajatabla, Laia, Barcelona, 1987 (1970), 216 páginas.

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ELLA ÉL

   Él, que se acuesta con ella, él, que para atraerla fue poniendo de manifiesto tan diversos rasgos de carácter, su desilusión, entre otros, su manera de manejar a lo pase que Dios quiera, entre otros, su capacidad de contar verdades como si fueran embustes, entre otros. Él que cuenta en su haber los cien metros planos el gusto por las medias caras el paralelo y risible descuido por los zapatos el aprecio por autores de los que llaman menores el tiro con rifle la manía de no botar las camisas viejas el tabaco inglés la confesión de que cualquier pendejada lo conmueve la constancia —llámenla si quieren testarudez— irracional, la teoría de que hablar con las mujeres es perder el tiempo de que mejor las manos que además siempre deben estar doblando tapas de refrescos monedas quebrando astillas aplastando nueces para hacerla sentir a ella una cierta impresión de peligro de inminente tenaza.
   Ella, que tan repetidamente ha puesto de manifiesto su miedo por las ratas cierto sueño infantil de desamparo su aversión hacia las señoras gordas el gusto de que le hagan cosquillas en el tercer espacio intercostal derecho su indiferencia por la metafísica su interés en la hiperconductividad metálica su compulsión de romper jarrones su amor por los cuartos encerrados y sin muebles su aversión por las jaulas con pajaritos su convicción de que los caracoles arrastran el invisible carro del olvido su risa por las señoritas que se platinan su propensión a crear lenguajes cuyas palabras son ciertos guiños ciertas formas de relamerse los labios.
   Él, ese carajo a quien inventé atribuyéndole las cualidades todas que creí que podrían atraerla que en efecto la atrajeron y que en el fondo no tienen nada que ver conmigo que soy otra cosa, que como sabrán ustedes soy enteramente otra cosa.
   Ella, que tantos antedichos rasgos inventó para atraer, no a mí, sino al monigote falso que yo había creado, no a mí, sino a ese ser increíble que todas las noches la posee y que tiene tan poca existencia como el que ella ha creado.
   Ella él quién pudiera reventarle los ojos decirles a él cabrón a ella puta levantarles la tapa de los sesos, quien entonces yo y tú mirándonos con horror y con asco desde nuestra repentina verdad y nuestra extrañeza.

ESE MALDITO YO, E. M. Cioran

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E. M. CIORAN, Ese maldito yo, Tusquets, Barcelona, 2008 (1987), 208 páginas.

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Para neutralizar a los envidiosos, deberíamos salir a la calle con muletas. Únicamente el espectáculo de nuestra degradación humaniza algo a nuestros amigos y a nuestros enemigos.
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Kandinsky afirma que el amarillo es el color de la vida.
... Se comprende ahora por qué ese color hace tanto daño a los ojos.
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No se habita un país, se habita una lengua. Una patria es eso y nada más.
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Podemos imaginarlo todo, predecirlo todo, salvo hasta dónde podemos hundirnos.
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Cuanto más se ha sufrido, menos se reivindica. Protestar es una prueba de que no se ha atravesado ningún infierno.
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Todo sucede demasiado tarde, todo es demasiado tarde.
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Lo propio del dolor es no tener vergüenza de repetirse.
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Puesto que no se recuerdan más que las humillaciones y las derrotas, ¿para qué habrá servido el resto?
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Decepcionados por todos, es inevitable que acabemos siéndolo por nosotros mismos; a no ser que hayamos comenzado por ahí.
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No puede haber sentimientos puros entre quienes recorren caminos semejantes. Basta recordar las miradas que se echan entre sí quienes comparten la misma acera.
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Morir es probar que sabemos defendernos.

EL CORAZÓN SECRETO DEL RELOJ, Elias Canetti

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ELIAS CANETTI, El corazón secreto del reloj, Muchnik, Barcelona, 1987, 224 páginas.

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En orden cronológico, se dispone esta colección de apuntes escritos entre 1973 y 1985, que a menudo irrumpen envueltos en trajes aforísticos.

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Uno sólo es libre cuando no quiere nada. ¿Para qué querrá uno ser libre?
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Los días se han convertido en gotas, una por cada uno, ya nada vuelve a fundirse, un año como un vaso a medio llenar.
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La distancia, por entonces una cinta sin fin entre ellos dos, es ahora una desesperación entrecortada.
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Las horas se reducen. Cada una es más breve.
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Ya no aprende nada. Sólo aprende a olvidar mejor.
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Dice lo mismo, pero el vaho de su respiración es diferente.
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La belleza de lo olvidado, antes de que se manifieste.
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El elogio destruye las normas de la respiración.
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Cada día hay otro que trata de morder su nombre y arrancarle un trozo.
¿No sabe nadie lo amargo que es?

LA PIEDRA SIMPSON, Alberto Escudero

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ALBERTO ESCUDERO, La Piedra Simpson, Alfaguara, Madrid, 1987, 182 páginas.
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El título completo del libro La Piedra Simpson y otras ochenta piececillas de dudosa verosimilitud etiqueta erróneamente su contenido: la verosilimitud no afea el resultado final de estos 81 relatos que aceptan mal el sufijo despectivo. 

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POLÉMICAS LITERARIAS NOCTURNAS
 
«Ya están esos dos otra vez», dijo el pisapapeles. La tijera asintió, con un gesto de resignada tristeza.
«Ahora estaba descrito perfectamente.» «No me meto en eso. Ni me interesa ni me gusta. O quizás me gustara si fuera mejor. Quiero decir, si fuera bueno.» «No se debe opinar de lo que no se sabe.» «Que le digo que no me meto en eso. Estaba mal redactado, lo borré y punto.» «¿Cómo quiere que le diga que yo no redacto, que yo escribo?» «Hay que redactar lo que se escribe.» «Pero bueno: ¿es que esto es un colegio, o qué es esto?» «¿Lo ve? Habla usted como redacta. Mal.» «Hablo como me sale de...» «¿Y de dónde le sale lo que cree que escribe?» «¿Qué de dónde me sale? ¡Ahora vas a ver, gorda asquerosa!»
El lápiz cruzó el folio tomando carrerilla. Se lanzó en picado. Visto y no visto.
La goma había apenas comenzado a huir. «¡Ahhh!» Quedó atravesada casi de parte a parte. No se dio por vencida: tomó resuello y giró violentísimamente las caderas. Se oyó un crijido seco.
«¡Ugggh!», se dolió el lápiz. Y mostraba deshilachada su encía, sin la púa.
 El afilalápiz lo consoló. «Ven, hombre; ven. No llores. Ven que te apañe.»
La máquina de coser grapas consiguió poner orden, a base de hacer brillar sus cromados amenazadoramente. «Dejadlo. Ya ha sido suficiente por esta noche. Mañana será otro día.»

ADAGIA, Wallace Stevens

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WALLACE STEVENS, Adagia, Península, Barcelona, 1987, 70 páginas.

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Marcelo Cohen, editor, traductor y prologuista, explica en Wallace Stevens: tigres en rojo clima (pp. 7-14) el origen póstumo de estos textos que fueron publicados "como bisagra entre los textos de creación y los ensayos", recogidos por Samuel French Morse en Opus posthumus (1957). Cohen incluye en esta edición bilingüe 289 proverbios.

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[1] La felicidad es una adquisición.

[7] De los gusanos, el poeta hace trajes de seda.

[15] La literatura es la mejor parte de la vida. A lo cual parece forzosamente necesario añadir: siempre y cuando la vida sea la mejor parte de la literatura.

[18] Cuando uno ha dejado de creer en un dios, la poesía es aquella esencia que ocupa su sitio como redención de la vida.

[43] Lo real sólo es la base. Pero es la base.

[73] El sentimentalismo es un fracaso del sentimiento.

[97] La guerra es el periódico fracaso de la política.

[105] No se escribe para ningún otro lector que uno mismo.

[155] La metáfora crea una nueva realidad comparada con la cual la originaria parece irreal.

[161] El ojo ve menos que lo que la lengua dice. La lengua dice menos de lo que la mente piensa.