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TUITS PARA EL SIGLO DE LA GRAN PRUEBA, Jorge Riechmann

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JORGE RIECHMANN, Tuits para el Siglo de la Gran Prueba. Disparos con parábola, Plaza y Valdés, Madrid, 2017, 144 páginas.
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El capitalismo destruye lo que apreciamos para ofrecernos lo que no sabíamos que podíamos desear.
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Ahí donde cualquier limitación del capricho individual en pro no ya del bien común, sino de evitar un daño directo a terceros, se percibe como una imposición tendencialmente totalitaria, tenemos un gravísimo problema.
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—A lo mejor en algún momento tendríamos que repensar el Desarrollo —dijo aquella sonriente y hueca calavera.
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¿De dónde sale tanto ruido? Pero también ¿tanta y tanta música?
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Hablar de la humanidad como «cáncer de la biosfera» es evasión de responsabilidades –pues las células cancerosas no tienen conciencia, pero nosotros sí.
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En el mundo 24/7, hasta tener tiempo para uno mismo y los seres cercanos se convierte en un lujo mercantilizado.
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En el mundo de los caníbales, seguimos tratando de no comer carne.
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Nuestra meta vital no puede consistir en ser una ruedecilla que funcione correctamente dentro de una maquinaria enloquecida.
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Aprender de las lecciones del pasado sin quedar presos en las trampas de las violencias del pasado... Es parte de esa tarea sisífica que llamamos ser humano.
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«Escapadas como sucedáneo de tiempo liberado... Nada de lo que puede ofrecer el capitalismo vale ni como sucedáneo de una vida verdadera.
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El valor último no puede ser la vida como mera supervivencia, sino la vida digna, lúcida y amorosa.
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Pidiendo un Samuel Beckett desde dentro.

PASOS, Isabel Moreno García

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ISABEL MORENO GARCÍA, Pasos, Plaza y Valdés, Pozuelo de Alarcón, 2013, 102 páginas.

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REGALO

   Aquel sábado por la mañana se cepillaba el cabello frente al espejo. Los visillos estaban abiertos y vio cómo caían los copos de nieve, espesos y livianos a un tiempo; parecía que flotaban diseminados antes de descender con una lentitud muy pura. De seguir así, cuajarían en la acera. Sintió que su respiración se avenía al ritmo suave con que se precipitaban aquellos grumos de agua helada. Le hubiese gustado recogerlos en un cuenco y extenderlos sobre la piel del rostro para asimilar ese esplendor tan blanco. Se trataba sin duda de una creencia infantil que la había acompañado toda la vida. Al contemplar su imagen, advirtió en ella una mirada plácida y el color castaño de su pelo. Cerró los ojos para apropiarse de aquel momento. Entonces, el sonido del timbre la sobresaltó. Se colocó una chaqueta sobre los hombros y se dirigió deprisa a abrir la puerta. Era un mensajero joven que le entregó un pequeño paquete. Comprobó el remite y al tacto se dio cuenta de que contenía un libro. El mejor regalo. Leería durante todo la jornada vaticinando que sería un día afortunado.