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45 CUENTOS SINIESTROS

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ELVIO GANDOLFO Y SAMUEL WOLPIN (editores), 45 cuentos siniestros, La Flor, Buenos Aires, 1975, 314 páginas.
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EL PULPO QUE NO MURIÓ

   Un pulpo que agonizaba de hambre fue encerrado en un acuario por muchísimo tiempo. Una pálida luz se filtraba a través del vidrio y se difundía tristemente en la densa sombra de la roca. Todo el mundo se olvidó de este lóbrego acuario. Se podía suponer que el pulpo estaba muerto y sólo se veía el agua podrida iluminada apenas por la luz del crepúsculo. Pero el pulpo no había muerto. Permanecía escondido detrás de la roca. Y cuando despertó de su sueño tuvo que sufrir un hambre terrible, día tras día en esa prisión solitaria, pues no había carnada alguna ni comida para él. Entonces comenzó a comerse sus propios tentáculos. Primero uno, después otro. Cuando ya no tenía tentáculos comenzó a devorar poco a poco sus entrañas, una parte tras otra.
   En esta forma el pulpo terminó comiéndose todo su cuerpo, su piel, su cerebro, su estómago; absolutamente todo.
   Una mañana llegó un cuidador, miró dentro del acuario y sólo vio el agua sombría y las algas ondulantes. El pulpo prácticamente había desaparecido.
   Pero el pulpo no había muerto. Aún estaba vivo en ese acuario mustio y abandonado. Por espacio de siglos, tal vez eternamente, continuaba viva allí una criatura invisible, presa de horrendas escasez e insatisfacción.

Sakutaro Hagiwara (Japón, 1886-1942)

EL IDIOMA DE LOS GATOS, Spencer Holst

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SPENCER HOLST, El idioma de los gatos y otros cuentos, Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 1995,  128 páginas.
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MONA LISA ENCUENTRA A BUDA

   Allá arriba, en el cielo, las cortinas ondularon, las cortinas ondularon, las cortinas ondularon y Mona Lisa entró por un extremo de una pequeña sala en la que colgaban muchas cortinas.
   Allá arriba, en el cielo, las cortinas ondularon, ondularon, ondularon, y el Buda entró en la sala por el otro extremo.
   Se sonrieron.

EL DEBUT Y OTROS CUENTOS, Santiago Varela

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SANTIAGO VARELA, El debut y otros cuentos, Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 1994, 240 páginas.

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DON VICENTE EL ZAPATERO

   Don Vicente, el zapatero de mi barrio, era todo un filósofo. Escucharlo hablar sentado en su pequeño taburete, rodeado de cueros, pegamentos y tinturas era un placer. Dominaba perfectamente a los antiguos, sentía profundamente la duda cartesiana, admiraba la vitalidad de Voltaire, desentrañaba los oscuros vericuetos de Hegel, palpitaba con la fuerza de Unamuno, se angustiaba con Sartre, comulgaba con Levi Strauss, leía atentamente a Lacán, pero, eso sí, no hacía una media suela bien ni por puta.

AMBAGES COMPLETOS, César Fernández Moreno

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CÉSAR FERNÁNDEZ MORENO, Ambages completos, Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 1992, 208 páginas.

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Enamorarse es meramente percibir a fondo las diferencias entre una persona y las demás
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Ideal de todo hombre
Que su presencia sea una fiesta para los otros
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La vida es un quilombo pero uno lo va regenteando
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La vida es un viaje a la muerte con escala en la mujer
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Los chinos, ¿pueden tener mala letra?
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Las orejas ponen a la nariz entre paréntesis
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Los grillos dirigen el tráfico del campo
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Los peces son personas atadas de pies y manos
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Me aprecia mucho
Se ríe de todo lo que digo
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el gallo es un teléfono por donde te llama el sol
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el relámpago trata de escribir poemas en el cielo
pero no le salen y los borra

AQUÍ PASAN COSAS RARAS, Luisa Valenzuela

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LUISA VALENZUELA, Aquí pasan cosas raras, Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 1991 (1975), 126 páginas.

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PAVADA DE SUICIDIO

   Ismael agarró el revolver y se lo pasó por la cara despacito. Después, oprimió el gatillo y se oyó un disparo. Pam. Un muerto más en la ciudad; la cosa ya es un vicio. Primero agarró el revólver que estaba en un cajón del escritorio; después se lo pasó suavemente por la cara. Después, se lo plantó sobre la sien y disparó. Sin decir palabra. Pam. Muerto.
   Recapitulemos: el escritorio es bien solemne, de veras ministerial (nos referimos a la estancia-escritorio). El mueble escritorio también, muy ministerial y cubierto con un vidrio que debe haber reflejado la escena y el asombro. Ismael sabía donde se encontraba el revólver; él mismo lo había escondido allí. Así que no perdió tiempo en eso, le bastó con abrir el cajón correspondiente y meter la mano hasta el fondo. Después, lo sujeto bien, se lo pasó por la cara con una cierta voluptuosidad antes de apoyárselo contra la sien y oprimir el gatillo. Fue algo casi sensual y bastante inesperado.
   Hasta para él mismo pero ni tuvo tiempo de pensarlo. Un gesto sin importancia y la bala ya había sido disparada.
   Falta algo: Ismael en el bar con un vaso en la mano, reflexionando sobre un futura acción y las posibles consecuencias.
   Hay que retroceder más aun si se quiere llegar a la verdad: Ismael en la cuna llorando porque está sucio y no lo cambian. No tanto.
   Ismael en la primaria peleándose con un compañerito que mucho más tarde llegaría a ser ministro, seria su amigo, seria traidor.
   No. Ismael en el ministerio, sin poder denunciar lo que sabía, amordazado. Ismael en el bar, con el vaso en la mano y la decisión irrevocable: mejor la muerte.
   Ismael empujando la puerta giratoria de entrada al edificio, empujando la puerta vaivén de entrada al cuerpo de oficinas, saludando a la guardia, empujando la puerta de entrada a su despacho. Una vez en su despacho, siete pasos hasta su escritorio. Asombro. La acción de abrir el cajón, retirar el revólver y pasárselo por la cara, casi única y muy rápida. La acción de apoyárselo contra la sien y oprimir el gatillo. Pam. Muerto. E Ismael, saliendo aliviado de su despacho aun previendo lo que le esperaría fuera.