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SOBERANÍA DEL VACÍO, Christian Bobin

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CHRISTIAN BOBIN, Soberanía del vacío, La Cama Sol, Madrid, 2019, 56 páginas. Traducción de Javier Santiso.

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Suficientemente solo para no estarlo nunca.
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Le doy vueltas a una salida. Dejar que los astros vayan a lo suyo en el cielo interior. Una salida.
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Los pensamientos reales, los pensamientos quemados. Los que te matan.
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Ese espacio invisible sobre la página blanca y negra: una llanura de silencio.
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En un instante perdemos esa ignorancia que aprendimos, esa indigencia mental.
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Los grandes desfiladeros de luces en el páramo del cielo.
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En cuanto a las palabras escritas sobre estas páginas: un puñado de hierbas, recién cortadas en el verde de la memoria.

EL HOMBRE ALEGRÍA, Christian Bobin

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CHRISTIAN BOBIN, El hombre alegría, La Cama Sol, Madrid, 2018, 80 páginas.
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La obra del pintor y grabador José María Sicilia acompaña a la traducción que Victoria Gómez Casado realiza de un nuevo "pedazo de cielo azul. Eso es lo que nos ofrece Christian Bobin en este libro. Incluso nos abre el cielo entero".
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Escribir es dibujar una puerta en un infranqueable, y luego abrirla.
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Sueño con un librito duro como el cráneo rajado de un niño preso pero cuya fontanela todavía estuviera abierta.
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La dulzura de aquel poema era tan grande que cuando acabé de leerlo mi cuerpo ya no existía.
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Al ver un milagro la mayoría cierra los ojos.
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Las flores de cerezo condenadas a muerte se ríen a carcajadas.
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El silencio, ese regalo de los ángeles que ya no queremos, que ya no intentamos abrir.
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Los muertos son gente rara. Sus párpados son pesados como piedras de monasterio. Se diría que están cautivos en una lectura indescifrable para nosotros.
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Agarré la mano del diablo. Debajo de sus uñas negras he visto la luz.
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Escribiendo a mano cuento las ovejas que no tengo.

LA DAMA BLANCA, Christian Bobin

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CHRISTIAN BOBIN, La Dama Blanca, Árdora, Madrid, 2018, 124 páginas.

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Árdora Ediciones suma una nueva entrega de Christian Bobin en la traducción de José Areán. Esta aproximación lírica a la biografía de Emily Dickinson está atravesada por el estilo lapidario del autor francés.
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La poesía es hija achacosa del cielo, la silenciosa derrota del mundo y de la ciencia.
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Quien ha perdido todo puede salvar todo.
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Cada uno hace de su desgracia su propia casa.
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La muerte es un alfarera que hace su trabajo al revés.
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El paraíso es el lugar donde ya no necesitaremos que nos tranquilicen.
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Escribir es una manera de saciar la fiebre de la primera mañana del mundo, que cada día vuelve.
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La audacia es como el fuego al que no le preocupa ningún matiz de la madera.
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Los poetas engendran un sol más puro que el sol, su verano nunca declina y el paraíso solo es bello cuando es pintado por ellos.
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Igual que el diamante solo es un trozo de de carbono hasta que no está cristalizado, el hombre solo es la nada hasta que el pensamiento no haya tallado su alma como una joya en la que cada faceta celebra la luz eterna.

UN ASESINO BLANCO COMO LA NIEVE, Christian Bobin

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CHRISTIAN BOBIN, Un asesino blanco como la nieve, La Cama Sol, Madrid, 2017, 88 páginas.
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Muy probablemente, el lector acertará a reconocerse en el reflejo de estas palabras que al final del libro firma Victoria Gómez Casado, su traductora: «Sólo puede traducirse a Bobin del mismo modo que hay que leerlo: con el corazón, con el asombro del niño que descubre un color nuevo, que nombra por primera vez un recuerdo. Solamente así dejaremos que nos inunden esas imágenes que nos rodean, en las que vivimos. Nadie sabe contarlas como Christian Bobin.»
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La muerte no apaga la música, no apaga las rosas, no apaga los libros, no apaga nada.
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El recién nacido tiene ante sí un bosque incendiado que deberá cruzar descalzo.
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Siempre habrá una lluvia para tocar el clavicordio o un mirlo para componer una fuga.
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Al tiempo se le espanta como a una mosca. La ventana abierta de par en par da a lo eterno. Nunca ha habido más que un solo día.
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Me pregunto qué le falta a la vida cuando la belleza la cruza durante un instante. Tal vez nada.
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El petirrojo hallado muerto ante la puerta del garaje conserva bajo el plumón el calor de los días felices. Dios es un asesino blanco como la nieve.
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A veces veo cosas tan bellas que me alegra no poseerlas.
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Las nubes son maravillosas enfermeras.
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Leer es añadir al libro: descubrir, al inclinarnos sobre él, nuestro propio rostro en la fuente de papel blanco.
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Dios escribe mucho, sin duda por angustia.
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Saber que estamos vivos es saberlo todo.

NEGRO CLARO, Christian Bobin

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CHRISTIAN BOBIN, Negro claro, Sibirana, Zaragoza, 2015, 70 páginas.

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Sibiriana, afortunadamente para el lector, sigue apostando por la traducción al español de Bobin. El lector encontrará en Negro claro el tono reflexivo y las imágenes brillantes que condensan otra lucidez: la de la sabiduría.
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He visto a un joven boxeador tocar el piano. He visto un huevo de codorniz en la hierba. He visto a un gato cubrir con ramitas los despojos de un ratón. He visto a Mandelstam correr por todo Moscú para defender a cinco ancianos condenados a muerte. He visto a un asesino cuyo corazón era un rubí. He visto a un pan empapado por la lluvia pedir socorro. He visto enredaderas agarrarse a una cerca como prisioneros a sus barrotes. He visto a un bebé ofrecer el tesoro de un pastel estrujado en su mano sucia. He visto a la abubilla fabricar su nido con sus excrementos blancos, más deslumbrantes que las palabras de los ermitaños. Nunca he leído una definición satisfactoria del amor. Nunca la leeré.
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Un poema es el máximo de sensibilidad que un hombre o una mujer pueda conocer. Apenas un poco más y los pulmones del lenguaje estallan, como los de aquellos buceadores que suben demasiado rápido de la profundidad del océano.
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Es imposible vivir sin crueldad. Respirar, ejercer la alegría, ya es hacer daño a alguien alrededor.
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El poeta perfora agujeros en el hueso del lenguaje para hacer una flauta. Eso no es nada pero esa nada habla de lo eterno.
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Sobre el corazón del que agoniza un pétalo de rosa pesa varias toneladas, y el mundo menos que una mota de polvo bajo la cama.
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El cuerpo es la única tumba. El muerto es un sobre del que se ha retirado la carta.

LAS RUINAS DEL CIELO, Christian Bobin

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CHRISTIAN BOBIN, Las ruinas del cielo, Sibiriana, Zaragoza, 2012, 134 páginas.

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Los libros son la segunda residencia del alma.
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A Dios le gusta hablar a través de bocas desdentadas, es su encanto. 
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No hay infinito sin clausura. 
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La vida a cada segundo se aleja de nosotros como la lechuza despliega sus alas nevadas en el instante en que la descubrimos.  
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Cada día tiene su veneno y, para el que sabe ver, su antídoto. 
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No es complicado escribir: basta con entregarle cada segundo de vida.  
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Cada una de nuestras alegrías es una figura en una vidriera. Nuestra muerte es el plomo que sujeta el conjunto.  
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"No saben lo que hacen" es la frase más inteligente jamás dicha.  
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La verdad es un ambiente: se abre un libro, se entra en un lugar y se sabe.  
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Se trata de escribir una pizca más rápido que la muerte. 

LA MÁS QUE VIVA, Christian Bobin

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CHRISTIAN BOBIN, La más que viva, Libros Canto y Cuento, Jerez, 2015, 138 páginas.

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La más que viva es una narración. Un libro sobre el duelo. Una colección de pequeñas prosas que Bobin va enhebrando con su habitual maestría. Un relato para Ghislaine, la no-fallecida, en el que aparecen el microensayo y el mejor aforismo. 
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   Hay algo de terrible en todas nuestras vidas. Hay, en el fondo de todas nuestras vidas, algo terriblemente pesado, duro y áspero. Como un poso, un peso, una mancha. Un poso de tristeza, un peso de tristeza, una mancha de tristeza. Aparte de los santos y algunos perros vagabundos, todos estamos más o menos contaminados por el mal de la tristeza. Más o menos. Se puede ver en nuestras mismas fiestas. La alegría es la sustancia más rara de este mundo. No tiene nada que ver con la euforia, el optimismo o el entusiasmo. No es un sentimiento. Todos nuestros sentimientos son sospechosos. La alegría no viene de dentro, surge de fuera: una casilla de nada, que circula, que está en el aire, que vuela. Le otorgamos mucho menos crédito que a la tristeza, que, por su parte, hace valer sus antecedentes, su peso, su profundidad. La alegría no tiene antecedente alguno, ni peso, ni profundidad. Está toda en sus inicios, para echar a volar, con temblores de alondra. Es la cosa más preciada y más pobre del mundo. Nadie la ve salvo los niños. Los niños, los santos, los perros vagabundos. Y tú. Tú la coges al vuelo, y la vuelves a dar enseguida, no hay nada más que hacer con ella. Y te ríes, solo sabes reír ante tanta riqueza dada, recibida. Sin embargo, tienes que ocuparte, como todos, de esa cosa terrible en nuestras vidas, esa sombra terriblemente pesada, dura, áspera. Le haces un sitio como a todo lo demás.
   Le abres la puerta a la tristeza con tanta amabilidad que se siente perdida, que pierde sus modales sombríos y se vuelve irreconocible.
   La gracia se paga siempre a un alto precio. Una alegría infinita exige un coraje igualmente infinito. Era tu coraje lo que yo oía en tus risas: un amor por la vida tan poderoso que ni la vida podía ya ensombrecerlo.

UN SIMPLE VESTIDO DE FIESTA, Christian Bobin

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CHRISTIAN BOBIN, Un simple vestido de fiestaÁrdora, Madrid, 2011, 128 páginas.

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Si Autorretrato con radiador centraba sus brillantes reflexiones en el proceso de duelo, en esta ocasión Christian Bobin traslada su pensamiento, igual de lúcido, tejido con sencillez exacta, a la proximidad entre los actos de lectura y escritura, y el modo en que las personas se definen en relación con el otro, con su mirada del mundo y la forma de pronunciarlo; en definitiva, una prosa transparente alrededor de los distintos vínculos con la palabra.

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Con el final del amor, aparecen los reyes magos: la melancolía, el silencio y la dicha. Avanzan lentamente en el aire azul. Traen con ellos una corona de sombra, una lágrima de oro. Vienen desde la infancia. Penetran en el alma. Lentamente. Día tras día. La melancolía, el silencio y la dicha. Siempre •en ese orden: el silencio en el medio, en el centro.

El simple vestido claro del silencio.

AUTORRETRATO CON RADIADOR, Christian Bobin

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CHRISTIAN BOBIN, Autorretrato con radiador, Árdora, Madrid, 2006, 144 páginas.

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Autorretrato con radiador no es un libro de aforismos, sino un relato sobre el duelo en el que el narrador nos obsequia con agudas y brillantes reflexiones que estallan, fulgurantemente, en la mente del lector.
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La infancia es larga, larga, larga. Más tarde viene la edad adulta que dura un segundo y al siguiente segun­do la muerte resplandece, brilla.

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Mi vida es mucho más hermosa cuando yo no estoy en ella.
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La verdadera belleza tiene siempre algo de descuidado, de abandono —de regalado.
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Alejarme lo suficiente de mí para que me pase algo de una vez.
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La humildad, es la llave de oro. En el momento en que pretendemos asirla con la mano, se desvanece.
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Los muertos son niños que recibieron, en una noche de tormenta, el don de una vida sin tutela.
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Lo que conozco, no lo escribo. Lo que no conozco, lo escribo.
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Lo que encuentro es mil veces más bello que lo que busco.
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Todas las vidas me parecen más reales que la mía.
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Un libro, un verdadero libro, no es alguien que nos hable, es alguien que nos oye, que sabe oírnos.
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Lo que está más allá de esta vida está más allá del lenguaje y por lo tanto más allá del pensamiento.
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La belleza es una forma de hacerle frente al mundo, de mantenerse ante él y de oponer a su furor una paciencia activa.
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A veces tengo ganas de morirme como el niño tiene ganas de abrir su regalo antes de tiempo.