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EL TIEMPO DEL OGRO, Diego Muñoz Valenzuela

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DIEGO MUÑOZ VALENZUELA, El tiempo del ogro, Simplemente Editores, Santiago de Chile, 2017.
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EL TIEMPO DEL OGRO
A todos aquellos que nos extraviamos en la neblina densa y terrible
del tiempo del ogro, en especial a Remigio y Héctor que permanecerán
en este texto un tiempo más y ojalá –no pierdo la esperanza- para siempre

   Se encontraron a unos escasos metros del fragor de la avenida Irarrázaval a fines de aquel año tan intenso en tristezas y terrores. De ese modo, constituía una inmensa alegría cruzarse con alguien conocido allí, constatar que la vida seguía irradiándolo con su milagro. Remigio le dejó caer sus ojos achinados y pícaros, destilando la felicidad de verlo y Héctor le devolvió la mirada desesperanzada de un muerto en vida. Aquello puso en alerta a Remigio: algo no andaba bien.  Venían caminando en sentido opuesto y por mero instinto aminoraron el paso imperceptiblemente, como si quisieran despistar a un observador invisible.
   A partir de ese momento, todo transcurrió en cámara lenta y comenzó a grabarse de manera indeleble en la memoria de Remigio. Imágenes que iban a acompañarlo durante su vida, a insertarse en sus sueños, regresar súbitamente a su rutina en los momentos felices, como para resquebrajarlos.
   Héctor dio un paso y le ofreció sus grandes y cansados ojos de borrego triste. Estaba exhausto de sufrir: eso le dijeron aquellos ojos a Remigio y no fue necesario que describiera los espantos a los que había sido sometido. Aquella mirada tenía la elocuencia de un relato extenso y vigoroso. Héctor denegó con el rostro varias veces mientras elaboraba un nuevo paso, levantando una pierna que pesaba media tonelada.
   Le cuesta caminar, pensó Remigio, como si transportara el mundo completo sobre sus espaldas. Tan afligido, tan exhausto, tan vencido, eso concluyó Remigio. Sin embargo, aún se da maña para advertirme. Para salvar mi vida. Aquello meditó Remigio mientras daba su propio paso hacia Héctor, uno que acortaba aquella enorme distancia entre ambos, aunque quedaban apenas unos metros para que se cruzaran por última vez.
   Héctor movía los labios y emitía mensajes inaudibles que Remigio tuvo que descifrar o imaginar, combinando ambas habilidades. Aquellos movimientos le revelaron el horror oculto detrás de los parabrisas reflectantes, las ventanas cerradas a machote, los sótanos inaccesibles donde reinaba la noche eterna.
   Ambos dieron sendos pasos para acercarse, aunque la distancia entre ellos se tornara imposible de transitar. Remigio recordó que Héctor había cumplido dieciocho años unos días atrás; se llevaban apenas unos meses. No era una edad para vivir esta clase de cosas –esa idea le vino a la mente- ¿pero qué más podían hacer? Ellos no habían escogido el camino a seguir. Y cada vez que la vida les ofreció una nueva disyuntiva nueva en aquellos tres acelerados años, escogieron en conciencia.
   Sólo les quedaba seguir caminando. Eso lo sabían ambos. Lo tenían perfectamente claro. No había alternativa. Y aspiraron el aire de aquella mañana fresca para inflar sus pulmones con oxígeno y seguir viviendo la clase de vida que les correspondió. De modo que avanzaron; ahora estaban apenas a un par de metros. Podían verse muy bien.
   Héctor no se había afeitado en varios días y las ojeras delataban sus padecimientos. No obstante le sonrió. Era una sonrisa amarga y tierna, cargada de amor, pero sobre todo de coraje. A Remigio el corazón le saltó dentro del pecho: una emoción sorda, ciega y violenta comenzó a nacer en su interior. No podía ser que las cosas fueran así. Era inaceptable: era preciso hacer algo.
   Sin borrar aquella sonrisa de su rostro, Héctor volvió a denegar mientras daba otro paso, uno que los dejó a escasos centímetros. A Remigio le pareció que podía sentir la respiración acezante de su amigo; entonces vinieron las palabras susurradas.
   “Me siguen, me tienen, me usan como cebo. Salen a pasearme, pero van de cacería. Vete del país en cuanto puedas. Mañana mismo”. Eso escuchó Remigio, alelado, con la piel de gallina, mientras daba el paso final, aquel que terminaba ese encuentro fortuito.
   No osó darse vuelta para observar a su amigo alejarse camino de la muerte. No fue capaz, porque una suma de miedos se apoderó de él: que Héctor fuera a correr y lo mataran en ese mismo instante, que de la camioneta de vidrios oscuros que avanzaba a vuelta de rueda se bajaran los agentes para apresarlo, que a él le diera por ponerse a gritar que alguien los salvara, a gritar sus nombres para que se supiera qué había pasado. Pero nada podía cambiar la condena que pesaba sobre Héctor. Y lloró mientras caminaba alejándose de su amigo. Sus lágrimas caían en gruesos chorros mientras se aproximaba a la avenida, los ojos se le iban poniendo muy rojos y el sollozo le convulsionaba el tórax. Por suerte los hombres del furgón de inteligencia no percibieron su estado, ocupados como estaban de no perder de vista a Héctor.
   Remigio caminó y caminó y caminó, hasta que salió del país, huyendo de aquella muerte implacable, hasta que llegó a París y luego a Marsella, donde se estableció y formó una familia. De allí vino de regreso a Chile un día caluroso de febrero, cuando nos contó esta historia terrible una larga noche, mientras esperábamos el auto que iba a llevarlo al aeropuerto de vuelta a Marsella.
   Dijo que no reconocía al país que abandonó hacía tantos años atrás. Le respondimos que nosotros tampoco, aunque viviéramos aquí, mientras bebíamos un vino rojo y espeso. Fue como si el tiempo no hubiese transcurrido jamás y fuéramos los mismos adolescentes plenos de sueños y largas cabelleras desplegadas al viento.
   Un día alguien contó que tras vivir un tiempo solo en París, Remigio se había suicidado, sin dejar explicaciones. Nos quedamos helados. O más bien congelados por el dolor, súbito, intenso, desesperado. Sin embargo, seguimos caminando. Dando pasos, adonde sea. No sé si huyendo o avanzando. Quisiera creer que alejándome del sufrimiento o de la fatalidad o de la muerte. También quisiera creer que acercándome a ellos: a Héctor y Remigio. Pero no lo sé. Sólo seguimos, sigo, caminando.

LUGARES SECRETOS, Diego Muñoz Valenzuela

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DIEGO MUÑOZ VALENZUELA, Lugares secretos, Mosquito, Santiago de Chile, 1993, 178 páginas.

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BAILARINA DE TOPLESS

   Te acercaste con ese mechón encima del ojo izquierdo, tan gracioso, con esos pantaloncitos que dejaban al descubierto tus muslos blancos y la blusa tras la cual se adivinaban los pechos; me dijiste qué quería; yo te dije ‑qué‑ en medio de una canción de Michael Jackson que bailaba apenas una gorda de ojos insinuantes y tal vez demasiado recargados de pintura, pero la verdad es que a pesar del ruido te había entendido perfectamente, lo que quería es que te acercaras a mi oído para preguntarme de nuevo ‑ qué es lo que vas a servirte‑ , ‑qué es lo que hay‑ pregunto yo ahora, respirando el perfume que sale de tu rostro o tu cuello tan cercanos; ‑café, bebidas‑ contestas, mientras la gorda muestra sus senos enormes de pezones rosados que va erectando con sus propias caricias y se acuesta en el piso abriendo las piernas, con la pelvis aún cubierta por unos cuadros negros brevísimos por donde asoman los vellos y, a veces, las contorsiones esquizofrénicas de la danza descubren parte de la vulva, yo te contesto ‑café‑ , y vas hacia el mesón para ordenarlo; veo muy mal entre las luces rojas, azules y las lámparas ultravioletas, estroboscópicas y las esferas poligonales que proyectan miles de agujeros luminosos que corren por los muros, me instalo junto a una estufa de gas, haya allí un sillón grande donde me siento y donde tú llegas y puedo ver mejor tus ojos negros, tus muslos suaves y tus pechos detrás de la polera roja con no sé qué frase en inglés que trato de adivinar en la penumbra ruidosa mientras me tomas la mano para descubrir que ‑ hace frío afuera, porque tu mano está helada‑ me dices y estornudas para que yo te diga si estás resfriada, te ofrezca un café en el momento en que el barman homosexual se aproxima solícito para invitarme a presenciar el espectáculo sentado en un banquillo alto al borde de la T donde se mueven las bailarinas; allí voy, tú detrás, reclamando que estoy dejándote sola; ‑venga corazón ‑ contesto; ‑me consigo una silla y vuelvo, espérame‑ respondes con una sonrisa; tardas mucho y me aburro con la gorda que se está bajando el calzón acostada de frente al público que somos cuatro o cinco ociosos, todos mayores que yo, escuchando a Jackson desnudar la gorda en una escena digna de Fellini, entonces se acerca una flaca espantosa de nariz ganchuda para pedirme un cafe con una expresión que quiere ser seductora, pero en verdad es horrorosa, patética, ‑ te insisto, flaca, que no tengo dinero, ‑qué‑ me gritas al unísono con el mestizo Jackson, ‑¡no tengo plata!‑ grito y entiendes porque te vas, flaca horripilante, y llegas tú al fin con una silla larga, poniéndola a mi costado, apegando tu cuerpo al mío, tomando mi mano, confesando tu frío tremendo, es verdad, tiritas, y te abrazo envolviéndote con mi abrigo nuevo, pones cara de agradecimiento y no sé si creerte pues me parece sincera tu expresión; ‑no te enojarás‑ dices tímidamente; ‑qué pasa, no tengo razones para enojarme‑ te contesto; ‑me puedes convidar un café, sólo si quieres‑, me estás mirando; ‑claro, corazón‑, chasqueas el dedo y viene el maricón solícito a recibir un cuchicheo tuyo para después volver con un café que bebes ahora con las dos manos mirándome de reojo, sonriendo mientras yo también bebo el mío y también te miro de reojo; la gorda está desnuda arrastrándose por el piso alfombrado, por fin desaparece entre las cortinas y las luces fantasmales; aparece una morena alta, deliciosa, con un sombrero tipo far‑west y una combinación azul, translúcida, que logra despertarnos a todos del sopor producido por la gordita, el cabello ensortijado alcanza justo el nacimiento de sus senos prodigiosos donde residen ahora nuestros ojos, ‑es linda, no es cierto‑ dices a mi oído; ‑tú me gustas más, tienes algo especial‑ tengo que repetirte todo, porque la música ensordece de nuevo la pieza en penumbras y entra en oleadas en los cuerpos de los que estamos allí, entra junto con los movimientos insinuantes de la morena que comienza a pasearse por el mesón, se encuclilla en frente de mí para que sienta el temblor de su piel cercana, la suavidad tan cerca; tú ríes y apegas la cara a mi hombro casi con ternura, me inclino hacia ti de modo que nuestros labios quedan a punto de unirse, me enredas el pelo, la morena se alejó desencantada mientras nos miramos; ‑tal vez debiera enojarme como las otras, cuando uno molesta al que está con ellas‑ ¡mueves la boca tan cerca de la mía! ‑no importa, ¿ a qué hora bailas?‑ te interrogo; ‑luego, luego, después de esta niña y la otra‑ respondes; ‑tienes algo especial, no sé ese pelo tuyo, peinado al lado, como la Emma Peel de "Los Vengadores", la viste alguna vez en la tele‑; ‑claro, ¿me lo dices en serio?‑; ‑eres bonita‑; gracias‑ ; ‑cierto, me gustas mucho‑; te ríes y tomas el último trago de café en el vaso desechable, me tomas la mano, yo te tomo la otra, te vas apegando más aún, me miras de pronto y haces unos mohines graciosos dirigidos como sobre mis ojos, como si te diera vergüenza o inquietud al menos, como si fuésemos pololos adolescentes y no un tipo solo arrancado de su mundo y una bailarina de top‑less que debe hacer consumir a los clientes para ganar un porcentaje, no me haces sentir la verdad, permites que yo olvide al amigo muerto que me trajo a este lugar en busca de algo de consuelo, horas antes caminaba sin saber por dónde hasta que encontré las fotos y pensé por qué no, no tengo donde más ir hasta la hora del cóctel, la fanfarria y los discursos propios del segundo libro de un poeta joven, si faltan dos horas aún, ¿por qué no? y me introduje en ese mundo de luces y sombras tan parecido a lo que llevamos dentro nosotros mismos, así va pasando el tiempo, mirándonos, riendo; la siguiente bailarina tiene una especie de traje de fantasía como de Can‑Can, recuerdo de alguna abuela artista, parece gallina ‑ te digo‑ tiene muchas plumas; estás llorando de risa hasta que el pajarraco sin plumas huye por las cortinas, y al incorporarte me lanzas un ‑ espérame‑ corres; yo me dedico a analizar el local, descubro la cabina desde donde un individuo de rostro borroso manipula los controles de las luces y de la música, más abajo el bar con el mariconcito atrás, varias mujeres solas y unas parejas más o menos atracadas según el carácter del cliente, se me aproxima la gorda a pedir un cafe, le digo que no tengo plata y se va con cierta prisa, seguramente advertida por la flaca horrible; entonces sales, sales con la música desde atrás de las cortinas, tu cuerpo es mejor de lo que esperaba, sonríes, juegan nuestros ojos, estás con un bikini muy poco revelador, observas raras veces al público, bailas frente al espejo, a veces me miras y yo te hago alguna seña graciosa que te hace reír y mirar hacia otra parte hasta que vuelves a mirarme, así con timidez notoria, con ese aire tuyo de pulcritud, ese rostro tuyo aún no contaminado por este ambiente, o quizás es ese tu juego, simular la gatita vergonzosa, regalona, de pronto estás desnuda y yo mirándote a ti y a tu reflejo, alternativa, rápidamente, lo que te hace reír tapándote la boca y salir medio asfixiada por la risa hacia el camarín allá atrás de las cortinas verdes y las luces que relumbran en tus caderas deliciosas, cimbreantes, tus muslos de reflejos rojos y violetas, tu pelo cayendo sobre la espalda suave, tu cabellera negra y dividida al lado. Cuando vuelves a mi lado tienes frío, llevas puesto un abrigo bajo el cual te estremeces, se me ocurre entonces preguntarte cuánto dinero ganas allí ‑trescientos, por trabajar desde las once de la mañana hasta las nueve y media, más un porcentaje por los consumos, unos cien pesos más‑ ; ‑tan poco‑ te replico; ‑bueno, en la municipalidad ganaba cuatro mil, ahora como ocho, claro que a nadie le gusta este trabajo, mira, estamos todas resfriadas‑; ‑es que usan muy poca ropa‑ te digo, nos largamos a reír, escondes la cabeza, alguien baila en el escenario y se acerca, nosotros ahogados de risa, de repente unas piernas sobre mí, unos muslos que bajan y se acercan, ‑mira para abajo‑ me dices; yo inclino la vista al suelo, la bailarina se va indignada seguramente, no me atrevo a levantar la cara, tú me abrazas riendo todavía, acaricio tu cabello suave, la sonrisa huye de tu rostro y te pones un poco seria, como si recordaras que eres bailarina de top‑less y que no estás haciendo lo que corresponde, yo te ofrezco un café o un trago y deslizo aún mis dedos por tu pelo con un cariño enorme que de pronto siento, ‑no quiero nada más‑ contestas tan bajo que no puedo haberte escuchado, sólo sé que me estás diciendo que no con tus ojos llenos de ternura, ‑vivo en un campamento donde hay que acarrear agua todas las mañanas y colgarse de la luz y todo eso‑; ahora esa misma agua sale de tus párpados y me abrazas fuerte, fuerte, los demás pensarán que lo estamos pasando bien y la mano que debiera estar en tus pechos te seca las lágrimas, y tu mano que debiera deslizarse en mis muslos me revuelve el cabello, y viene a mí el rostro del amigo muerto y un par de lágrimas que van no sé a dónde, nos quedamos así un tiempo que parece infinito, abrazados uno al otro, ahora te beso en la mejilla, te digo que se me ha hecho tarde, te acercas con ese mechón tan gracioso sobre tu ojo izquierdo y siento crecer tu aroma, más aún ahora que me estás besando, más aún ahora que nuestros labios se tactan y se muerden y me cuesta tanto tener que irme, dejarte sola, sin comprender nada de lo que ha ocurrido, huyendo de algo mío enorme que se queda allá adentro mientras yo vuelvo a la ciudad inmensa y hambrienta y corro oculto entre los miles de peatones para no llegar tarde a mi cita, al menos eso quiero creer cuando todavía parece sentir nuestras bocas que se juntan, bailarina de top‑less, cuando aún llevo una de tus lágrimas enredada en la mano izquierda, cuando comienzo a pensar que tal vez lo mejor era quedarse, quedarse, aunque ya sea demasiado tarde.

BREVIARIO MÍNIMO, Diego Muñoz Valenzuela

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DIEGO MUÑOZ VALENZUELA, Breviario mínimo, Liberaliza Ediciones, Santiago de Chile, 2011, 50 páginas.

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Las ilustraciones de Luisa Rivera acompañan a cada uno de los veinte microrrelatos de este volumen.
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DEMONIOS VAGOS

   Era un demonio tan pequeño como horrible. Lo encontré vagabundeando entre mis libros, de modo que me sentí autorizado para atraparlo y meterlo en un frasco. Emitió un espantoso hedor a azufre: saltó, bramó, expelió fuego por su pequeña y perversa boca. Me divertí contemplándolo: era un demonio muy temible, solo que demasiado pequeño. Enfureció hasta el paroxismo cuando le anuncié que iba a convertirlo en amuleto. Estrellaba su menudo cuerpo escarlata contra las paredes transparentes con empecinamiento notable. Terminó extenuado.
   Después de varias semanas, luce más tranquilo. Quizás resignado. Insiste mediante señas en que desatornille la tapa del frasco, pero no. Desconfío de él. Suelto, no hay demonio manso. Eso decía mi abuela. 

ÁNGELES Y VERDUGOS, Diego Muñoz Valenzuela

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DIEGO MUÑOZ VALENZUELA, Ángeles y verdugos, Macedonia, Morón, 2016.

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AMOR CIBERNAUTA

   Se conocieron por la red. Él era tartamudo y tenía un rostro brutal de neanderthal: cabeza enorme, frente abultada, ojos separados, redondos y rojos, dientes de conejo que sobresalían de una boca enorme y abierta, cuerpo endeble y barriga prominente. Ella estaba inválida del cuello hasta los pies y dictaba los mensajes al computador con una voz hermosa, pausada y clara que no parecía tener nada que ver con ella; tenía el cuerpo de una muñeca maltratada. Fue un amor a primer intercambio de mensajes: hablaron de la armonía del universo y de los sufrimientos terrestres, de la necesidad del imperio de la belleza y de los abyectos afanes de los mercaderes de la guerra, de la abrumadora generosidad del espíritu humano que contradice la miseria de unos pocos. Leían incrédulos las réplicas donde encontraban una mirada equivalente del mundo, no igual, similar, aunque enriquecida por historias y percepcio¬nes diferentes. Durante meses evitaron hablar de sí mismos, menos aún de la posibilidad de encontrarse en un sitio real y no virtual. Un día él le envió la foto digitalizada de un galán. Ella le retribuyó con la imagen de una bailarina. Él le escribió encendidos versos de amor que ella leyó embelesada. Ella le envió canciones con su propia voz, él lloró de emoción al escuchar esa música maravillosa. Él le narraba con gracia los pormenores de su agitada vida social, burlándose agudamente de los mediocres. Ella le enviaba descripciones de sus giras por el mundo con compañías famosas. Ninguno de los dos jamás propuso encontrarse en el mundo real. Y fue un amor de sueños, de mensajes, de versos, de canciones. Fue un amor verdadero, no virtual, como los que suelen acontecernos en ese lugar que llamamos realidad.

ÁNGELES Y VERDUGOS, Diego Muñoz Valenzuela

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DIEGO MUÑOZ VALENZUELA, Ángeles y verdugos, Mosquito, Santiago de Chile, 2002, 64 páginas.

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EL VERDUGO

   El verdugo, ansioso, afila su hacha brillante con ahínco, sonríe y espera. Pero algo debe vislumbrar en los ojos de quienes lo rodean, que petrifica su sonrisa y se llena de espanto.
   El Heraldo se acerca al galope y lee el nombre del condenado, que es el verdugo.

LAS NUEVAS HADAS, Diego Muñoz Valenzuela

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DIEGO MUÑOZ VALENZUELA, Las nuevas hadas: microrelatos fantásticos, Simplemente Editores, Santiago de Chile, 2011, 180 páginas.

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DEBAJO DE LA CAMA

   Vio las garras asomándose bajo la cama, pero no dijo nada. Eran grandes, oscuras, ominosas, capaces de desgajar el cuerpo de un hombre grande. Él era un niño, no hacía falta aquel despliegue de terror. Se mordió los labios para desvestirse y ponerse el pijama. Tuvo cuidado de no rozar aquellas garras. Temblando se introdujo al lecho con lentitud, no deseaba perturbar al ente. La madre se asomó por la puerta, le preguntó si tenía frío. Pensó en contestar que tenía miedo, no frío. No se atrevió. Lo había reñido demasiado por imaginar esa clase de cosas. La madre apagó la luz y vino la oscuridad, mas no el silencio.

DE MONSTRUOS Y BELLEZAS, Diego Muñoz Valenzuela

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DIEGO MUÑOZ VALENZUELA, De monstruos y bellezas, Mosquito, Santiago de Chile, 2007, 72 páginas.

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DE MONSTRUOS Y BELLEZAS

   El monstruo llora frente al espejo de la feria de diversiones porque su imagen se deforma y adquiere una apariencia grotesca. La hermosa muchacha con ojos de océano mira divertida su figura horripilante en el mismo espejo. Ella descubre a su príncipe azul en el espejo. Él cruza una mirada de amor con la maravillosa monstrua. Se enamoran perdidamente, y desde ese instante viven felices, juntos: la bella, el monstruo y el espejo.