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BALAS DE PLATA, Murdoch Mallako

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MURDOCH MALLAKO, Balas de plata, Huerga & Fierro, Madrid, 2019, 76 páginas.
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No se elige caer en la desesperación, pero nos podemos rebelar contra las humillaciones a las que conduce.
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Convivir: cogerse manía.
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Lo normal no es que un
a mentira sea desenmascarada desde la verdad, sino desde otra mentira.
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Los dos pilares de toda sociedad: “Haga esto” y “confórmese”.
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"¿Para qué sirve la filosofía?" Pocas preguntas dicen tanto de quien las formula.
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La belleza envejecida es aún más bella.
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Pobre infeliz, creía que no era posible naufragar dos veces en el mismo viaje.
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’El hombre es un lobo para el hombre’. Cuando esta frase sea verdad habremos mejorado mucho: ya no jugaremos con la comida.
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La mayoría huye de los lugares donde ha sido infeliz. Yo, en cambio, vuelvo a ellos a exigir la dicha que me deben.
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Fingir: no hay una manera más poética y fina de asesinar.

89 HAIKUS ZEN, María de Luis

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MARÍA DE LUIS, 89 haikus zen, Huerga y Fierro, Madrid, 2011, 104 páginas.

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EL LAGO

Lago sin fondo
espejo donde el viento
lava su rostro.

ME ACUERDOS, Emilio Pedro Gómez

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EMILIO PEDRO GÓMEZ, Me acuerdos, Huerga y Fierro, Madrid, 2000, 154 páginas.

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"Ahí radicaba la lección, en la sospecha de que la realidad, después de todo, también podía tener un cajón secreto, un segundo sentido, que no todo estaba dado de una vez y para siempre": Agustín Sánchez Vidal subraya en el prólogo la importancia de registrar todas aquellas epifanías que incluso antes de advertidas tienden ya a perderse; la pertinencia de unas páginas como las de Emilio Pedro Gómez que supongan "el mejor bálsamo contra el olvido".

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Me acuerdo de que todas las capitales de Europa estaban muchísimo más lejos.
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Me acuerdo de una frase habitual que solía impactar en el orgullo o despertar el pánico: "Usted no sabe con quién está hablando".
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Me acuerdo de las rayas de nieve de los primeros televisores que llegaron a Astorga.
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Me acuerdo de los delicados abanicos que salían de los afilalápices.
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Me acuerdo de la calidad de las mandarinas, con pepitas, y un sabor a lima roja que han perdido.
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Me acuerdo de cuando en vez de niños éramos futuros hombres de provecho.
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Me acuerdo de que tardé varios años en mirar detenidamente a la luna. Su claridad estaba vedada a los niños. Nos acostaban antes de que naciera. Nos levantaban cuando ya se había ido.
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Me acuerdo del olor a lápices y estuches de madera. Marcaban las fronteras de nuestro territorio escolar.
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Me acuerdo de que estrenar el primer pantalón largo significaba ascender un grado en los escalafones de la tribu.

SIMULACRO DE SORTILEGIOS, Emilio Adolfo Westphalen

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EMILIO ADOLFO WESTPHALEN, Simulacro de sortilegios, Huerga y Fierro, Madrid, 2009, 320 páginas.

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Eduardo Milán, hacia el final de su epílogo, subraya la concepción de Westphalen de la poesía como entidad fragmentaria: "una explosión de fragmentos, un big-bang de significantes que se reúne (...) en el poema por concesión de una fuerza, extraña excitación material que adquiere la palabra en su boca, que habita al hombre". Esta antología poética, por tanto, refleja cómo la poesía del autor peruano discurre por un terreno híbrido, donde las aguas del poema mínimo, el aforismo e, incluso, el microrrelato confluyen de forma armónica a lo largo de la selección.

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TÁNTALO

El río sediento
Huyendo del agua

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Concebir pensamientos de piedra — que se echen al agua y formen ondas — que se arrojen al vidrio y lo destrocen.

Y..., Jaime Chávarri

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JAIME CHÁVARRI, Y..., Huerga y Fierro, Madrid, 2001, 126 páginas.

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A veces parece que una nube compasiva se acerca al sol a enjugarle el sudor.
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Ardillas: plumeros para quitar el polvo a los pinos.
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Las elefantas siempre llevan arrugadas las medias.
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Los ricos tienen los huesos de marfil.
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Con las teclas de los pianos inservibles se fabrican fichas de dominó para que jueguen los pianistas jubilados.
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La Y es una I que hace gimnasia.
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Es la botella de champán que se rompe contra el casco de los barcos en su botadura la que hace que los pasajeros se mareen durante la travesía.
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Anuncio en un periódico: "Hombre solitario necesita un niño para llevarlo al circo y comprarle palomitas".
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En las fiestas particulares lo que les gusta a nuestros abrigos no es estar colgados en el guardarropas como si los hubieran ahorcado, sino estar echados en la cama de la anfitriona como si estuvieran haciendo el amor con ella.

BREVERÍAS, Patxi Andión

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PATXI ANDIÓN, Breverías, Huerga y Fierro, Madrid, 2014, 224 páginas.

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Suenan las noches frías como notas limpias de cristal. Afiladas.
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La fe no mueve montañas pero inunda desiertos.
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Cubre el polvo la sangre como la luz el agua. Inútilmente.
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No se parecen las nubes entre sí más que cualquier otro plural.
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Hay días tricolores como arco iris de sueños incumplidos. Abril
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Es difícil sopesar la distancia cuando los ojos callan.
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Que nadie se asuste. Nada se olvida. Se traspapela.
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Lo más salvaje no es sangre, ni vida. Sólo es sueño.
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Nada de lo que ha pasado dejará de habernos sucedido.

TURRIS EBÚRNEA O LA REINA DEL PAPAGAYO, Francisco Xabier de la Colina Unda

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FRANCISCO XABIER DE LA COLINA UNDA, Turris ebúrnea o la reina del Papagayo, Huerga & Fierro, Madrid, 1998, 302 páginas.

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EL LUNAR


   Cuando nació aquella preciosa niña el padre se puso muy contento, pues era de una belleza deslumbrante; tan perfecta y acabada que él anheló, y creyó, que no cambiaría nunca. Deseaba que se quedase para siempre como aquella cabeza, antigua y degollada, de la muñeca alemana de porcelana que él tenía tras el cristal de la alacena donde se alineaban algunos de sus libios lujosos.
   Siempre concibió tener una hija así, rubia y de tez dorada y transparente. Por fin, después de varios hijos atezados y oscuros, que sin duda salieron a la madre (una guapa y morena mujer), había venido esta criatura perfecta. Sólo que su entusiasmo estaba limitado; diríamos, mejor, aminorado, por la presencia en la mejilla de la niña, cerca de la orejita, de un pequeñísimo lunar marrón que con el tiempo crecía de una manera casi imperceptible pero continuada.
   Tanta fue su obsesión por aquel lunar, que le llevó a consultar secretamente esta anomalía de la piel a un médico amigo. Éste le tranquilizó asegurándole que a una cierta edad, cuando cesase el crecimiento de la niña, esta maculita no sería mayor que una lenteja y que, incluso, embellecería su rostro aún más. Calmose el padre que, al posar sus ojos sobre tan linda carita, hacía abstracción del inoportuno lunar, encontrándola cada día más bella. Como la niña crecía que era una bendición —esbelta y dorada— sus temores se disiparon completamente y no prestó más cuidado a esa manchita, insignificante dentro de la total hermosura del conjunto.
   Sin embargo la vida trae, a veces, ritornelos curiosos. El padre que hacía mucho tiempo no había vuelto a ver a una antigua novia suya, rubia y de cutis ambarino, se la encontró casualmente. Al saludarse y besarse, como es frecuente entre viejos conocidos, vio con asombro (pues lo había olvidado) que en la mejilla derecha ella tenía un lunar exacto al de su hija, y en el mismo sitio. Entonces recordó todo; la gran pena que sintió al dejar a la muchacha, y la causa: no haber podido superar la aversión a aquel lunar, islote oscuro en el que brotaba, cual levísima palmera de un oasis, el filamento de un feo, largo y negro pelo. Algo de aquel amor truncado reverdecía misteriosamente en el rostro de su hija en forma de lunar. ¿Era una venganza del Destino o una huella que sobrevivía? Sintió un vago remordimiento.
   Pero como en los cuentos (en los buenos cuentos de antaño) a partir de esos días de purga (¿purga de un pecado no cometido?), un extraordinario y, a la vez, natural acontecimiento ocurrió: el oscuro botoncito, el lunar ominoso en la mejilla de su hijita fue desapareciendo sin dejar rastro.
   El mismo no-rastro de lisura que el viento deja en la arena del desierto.

SIN RELOJ POR LA VIDA, Jesús Díez Fernández

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JESÚS DÍEZ FERNÁNDEZ, Sin reloj por la vida, Huerga & Fierro, Madrid, 2013, 235 páginas.

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TRASNOCHADORES


   La última alma humana en abandonar cada madrugada el bar es Toni, mi mejor amigo desde que llegué de niño al barrio. Me extraña verle abatido sobre la barra, extremadamente solo. Sus dedos aferran un vaso largo, dentro el hielo se licúa
el cierre. Él da su conformidad:
   —Pero, me pones otra vez el álbum de Police.
   Abro el periódico por la página de los pasatiempos. De todo el crucigrama, queda una sola pregunta por resolver. En horizontales, palabra de catorce letras en plural. Poéticamente, paseantes de un bulevar que no cierra.

OCNOS, Luis Cernuda

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LUIS CERNUDA, Ocnos, Huerga y Fierro, Madrid, 2002, 166 páginas.

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De este conjunto de prosas escrito por Cernuda "desde la nostalgia de su tierra", dice lo siguiente Francisco Brines en su Prólogo (pp. 9-16), donde rebosa un cálido lirismo próximo al de las páginas que lo suceden: "Es un libro de recobrado amor; un libro de resurrección, por la palabra, de la edad borrada, el tiempo mítico en el que tiempo del existir se transforma en espacio y la eternidad acostumbra a encarnar en el tiempo".

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EL MAESTRO

   Lo fue mío en clase de retórica, y era bajo, rechoncho, con gafas idénticas a las que lleva Schubert en sus retratos, avanzando por los claustros a un paso corto y pausado, breviario en mano o descansada ésta en los bolsillos del manteo, el bonete derribado bien atrás sobre la cabeza grande, de pelo gris y fuerte. Casi siempre silencioso, o si emparejado con otro profesor acompasando la voz, que tenía un tanto recia y campanuda, las más de las veces solo en su celda, donde había algunos libros profanos mezclados a los religiosos, y desde la cual veía en primavera cubrirse de hoja verde y fruto oscuro un moral que escalaba la pared del patinillo lóbrego adonde abría su ventana.
   Un día intentó en clase leernos unos versos, trasluciendo su voz el entusiasmo emocionado, y debió serle duro comprender las burlas, veladas primero, descubiertas y malignas después, de los alumnos —porque admiraba la poesía y su arte, con resabio académico como es natural. Fue él quien intentó hacerme recitar alguna vez, aunque un pudor más fuerte que mi complacencia enfriaba mi elocución; él quien me hizo escribir mis primeros versos, corrigiéndolos luego y dándome como precepto estético el que en mis temas literarios hubiera siempre un asidero plástico.
   Me puso a la cabeza de la clase, distinción que ya tempranamente comencé a pagar con cierta impopularidad entre mis compañeros, y antes de los exámenes, como comprendiese mi timidez y desconfianza en mí mismo, me dijo: «Ve a la capilla y reza. Eso te dará valor».
   Ya en la universidad, egoístamente, dejé de frecuentarlo. Una mañana de otoño áureo y hondo, en mi camino hacia la temprana clase primera, vi un pobre entierro solitario doblar la esquina, el muro de ladrillos rojos, por mí olvidado, del colegio: era el suyo. Fue el corazón quien sin aprenderlo de otros me lo dijo. Debió morir solo. No sé si pudo sostener en algo los últimos días de su vida.

UN MUNDO EN MINIATURA, Ángel Guache

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ÁNGEL GUACHE, Un mundo en miniatura, Huerga & Fierro, Madrid, 2003, 91 páginas.

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En Ángel Guache vestido de hombre rana (pp. 7-8) Javier Rodríguez Marcos glosa esta obra: poemas que esconden greguerías, aforismos, humoradas...
  
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El constructor
de miniaturas
ama la exactitud
de los seres
microscópicos.
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Miro tus ojos
y veo dentro
a nadie.
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El silencio
nos recuerda
de dónde venimos
y a dónde vamos.
Por eso hay tantos
que no lo soportan.
***
Anacoluto
no es que Ana
tenga el culo
con luto.
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A partir 
de cierta edad
contemplar
la belleza
produce
melancolía.
***
La horizontal
es una vertical
que descansa.

LA FLOR DE CALIFORNIA, José María Hinojosa

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JOSÉ MARÍA HINOJOSA, La flor de California, Huerga y Fierro, Madrid, 2004 (1928), 125 páginas.
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Los dibujos de Joaquín Peinado se intercalan en esta edición a cargo de José Antonio Mesa Toré, quien en el prólogo, José María Hinojosa: el tallo que se dobla (pp. 11-35) señala la relevancia del autor, puesto que este libro publicado en 1928 lo sitúa como el "primer ejemplo de surrealismo en España", tal y como también reconoce su contemporáneo José Moreno Villa en Carta al autor (pp. 41-42).

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LA FLOR DE CALIFORNIA
a Manuel Altolaguirre

   El camino tenía siempre un desnivel y la rampa subía y bajaba con ritmo de montaña rusa, con ritmo de tralla restallada.
   Los zigzag fueron menudeando hasta hacerse de una violencia tal que el camino llegó a echar un nudo a mis pies y los puntos suspensivos de los pasos se unieron para formar la línea recta del resbalón.
   Cuando hube llegado a la meta se me ofreció como única salida un túnel recubierto de láminas de sangre. Sobre una placa fotográfica en negativo había escrito a la entrada del túnel la siguiente inscripción:

          CRISTO PUSO LA PRIMERA PIEDRA
          EL VIERNES SANTO DEL AÑO 1925

   Como el camino con sus restallidos no cesaba de crujirme las piernas me vi obligado a entrar cuanto antes en el túnel a pesar de mi repugnancia.
   El túnel, muy largo, fue de una monotonía insufrible y maloliente, no cruzándome en mi marcha con persona alguna y sólo, ya casi al final, me encontré con un guardia que me dijo imperativamente:
   — Lleve usted la derecha.
   Pasé momentos de angustia terribles. Hasta entonces no me había apercibido de la falta de mis dos brazos y sin ellos ¿cómo averiguar cuál era mi derecha?
   Hice esfuerzos enormes por correr y no pude salir del paso lento; quise ocultarme y no hallé lugar propicio para ello y al fin, extenuado, aguardé pacientemente a la terminación del túnel.
   A la salida recuperé los brazos y no bien me hube sentado y encendido un cigarro para fumármelo con tranquilidad, en reposo de mis recientes fatigas, cuando empezaron a agruparse a mi alrededor cuantos transeúntes pasaban por allí. Me lanzaban insultos y me acusaban de llevar una camisa verde con la cual pretendía hacerme pasar por un loro. Era falso lo que me imputaban y cuando llegó el juez le dije con la serenidad que supone la inocencia:
   —Señor juez, le juro que no he dejado un momento de llevar mi derecha.
   Con esta explicación se dio el juez por satisfecho y yo para librarme de los curiosos me zambullí por la primera puerta que vi abierta.
   Esta primera puerta fue la de una iglesia toda blanqueada y con los altares totalmente cubiertos por flores de papel de colores chillones.
   El órgano tocaba un schottisch muy castizo que nunca más he vuelto a oír y que me ha sido imposible recordar su melodía.
   Entré de puntillas sobre las baldosas gibadas dando saltos de pelota de goma por la nave central y en dirección al altar mayor.
   Aún no iba a mediados de la nave cuando comenzaron las columnas a mover sus brazos para indicarme que abandonara aquella dirección y me apartara a una nave lateral.
   Sin pedir explicación alguna me fui a la nave izquierda donde me encontré con una capilla de zinc, y en ella una mujer. La mujer morena de pechos de aluminio y vestida con maillot de cera. Me enredó en un lazo de siseos con el cual tiró de mí hasta atraerme junto a la verja y poder cuchillear a mi oído:
   —Coge la flor de Californía.
   La mujer morena salió de la capilla de zinc y fue saltando con velocidad vertiginosa de una lámpara a otra, de un altar a otro, de una nave a otra.
   Y yo no cesaba de oír por todas partes con euritmia de péndulo exhausto de cuerda:
   —José María, José María,
   Coge la flor de Californía.
   —José María, José María,
   —Coge la flor de Californía.
   —Coge la flor de Californía.
   —Coge la flor de Californía.
Fornía, Fornía, Fornía, Fornía, nía, nía, nía, nía, nía, nía, nía, nía, nía. La mujer morena del maillot de cera y de los pechos de aluminio comenzó a arder por los cabellos.
   Nía, nía, nía, nía.
   La mujer morena ardió por completo y sólo quedaron sus dos pechos que convertidos en globos se los llevó un niño vestido de primera comunión.
   Momentáneamente me quedé solo en la iglesia, oliendo a cera quemada, oliendo a flores contrahechas yo solo.
   Mis pasos retumbaban y fui el centro de aquel ruido sin límites y solo en aquella cárcel de ruido blando pugnaba por salir de ella, en vano, por forjar radios que me condujeran a la tangente.
   Me encaré con las columnas y las columnas no me dijeron nada, me hacían señas equívocas y empecé a creer que eran verdaderas columnas de piedra.
   Partió en dos mi éxtasis una frase ya olvidada pero rediviva: "Coge la flor de Californía".
   Me encaramé en el púlpito y cuando iba a comenzar mi oración para mí, solo en la iglesia, vi moverse con lentitud sobre las baldosas una cigala roja y fosforescente.
   Abrí los brazos y planeé desde el púlpito al suelo. Una vez en mí, sólo en mí, y sin prisión pude ver de cerca la cigala cuyo extremo posterior era una flor color de carne.
   Fue un latigazo quien me decidió a abalanzarme brusca y repentinamente sobre la cigala. Le arranqué la flor y en un supremo hálito de satisfacción me la puse en el ojal del smoking.
   No hube vuelto aún de mí cuando la flor color de carne empezó a corromperse.
   Aún no había pisado el umbral de la puerta para salir de la iglesia y ya se paseaban los gusanos por mi pechera almidonada y blanca, por mi pechera impecable de buceador nocturno.
   Salí a la calle y los gusanos me habían sacado ya los ojos.
   El sol, que llenaba por completo la atmósfera, sólo pude palparlo y de mis manos brotaron diez ojos.

AFORISMOS, Ángel Crespo

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ÁNGEL CRESPO, Aforismos, Huerga y Fierro, Madrid, 1997, 82 páginas.

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De sus anteriores libros Con el tiempo, contra el tiempo (1978), La invisible luz (1981) y El ave en su aire (1985) se extrae para este volumen la obra aforística completa del autor, que presenta el fenómeno poético o la actitud ante la vida como algunos de sus temas más recurrentes.

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Lo evidente no hay que escribirlo.
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Antes de mirar, aprende a cerrar bien los ojos.
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El más trabajador de los críticos literarios es el olvido.
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Odio deprisa para quemar el odio; amo despacio para conservar el amor.
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La rectitud del árbol, no la del poste.
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Ninguno de nuestros actos, ni de nuestros pensamientos, tiene principio ni fin conocidos.
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Cuando todos los caminos confluyen en uno, van a dar al infierno.
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La poesía contemporánea empezó cuando el poeta sustituyó el ubi sunt por el ubi sum.
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Cuando la verdad huye, hay que mentir para atraparla.

VALLE DE LOS GALANES / OBELISCOS, Rafael Pérez Estrada

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RAFAEL PÉREZ ESTRADA, Valle de los Galanes / Obeliscos, Huerga y Fierro, Madrid, 2006, 240 páginas.

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Esta cuidada edición, con prólogo de Antonio Soler, epílogo compuesto por los textos homenaje de Pablo García Baena, Alfonso Canales, Ángel Caffarena y José Infante, y dibujos de José Ignacio Díaz Pardo y el propio Pérez Estrada, ofrece conjuntamente dos libros de este autor en "una oportunidad única para presenciar la caída de todas las leyes, incluida la de la gravedad" (p. 13).

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Dudaron tanto tiempo, que al fin, a una sola mirada, enlazaron sus labios.
A la aurora la pareja seguía aún besándose.
Por la mañana así también seguían.
Por la tarde un silencio absoluto empezó a envolverlos.
A la noche habían muerto de asfixia.

HAY UNA GUERRA, Roger Wolfe

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ROGER WOLFE, Hay una guerra, Huerga y Fierro, Madrid, 1997, 192 páginas.

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Quien mejor conoce la diferencia entre un autor maldito y un maldito autor es la persona que tenga que aguantar al jodido susodicho en la intimidad.
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¿Indeciso? Mi problema es que sólo soy capaz de ver todos los aspectos de una determinada cuestión.
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Cuando la gente dice "perdono pero no olvido", ¿qué está diciendo? Que no perdona.
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Casi todo en este mundo tiene una explicación, pero raras veces te dejan darla.
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Es verdad: la única etapa de nuestra vida en la que somos relativamente felices es la infancia. Pero en el momento no nos damos cuenta de ello; y después, claro, es demasiado tarde.
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Es precisamente el perfeccionismo lo que nos impide muchas veces hacer las cosas bien. Posible es mejor que perfecto.
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Los abogados archivan sus errores; los médicos los entierran. ¿Qué haces cuando tu mayor error eres tú mismo?
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Si quieres saber lo que es el amor, cómprate un perro.
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"Venga, que ya queda menos..." Irónica frase de aliento que me repito para ir sobrellevando la vida.
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La vida, una enfermedad terminal: primero te asustas, luego te rebelas, y finalmente te resignas.