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LA BIBLIOTECA DE AGUA, Clara Obligado

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CLARA OBLIGADO, La biblioteca de agua, Páginas de Espuma, Madrid, 2019, 184 páginas.

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HISTORIAS DEL ARTE
(LLUVIA)

   En esas noches tan oscuras que no se ven ni los pensamientos, cuando nadie sale de casa y solo se oye el rebotar de la lluvia, la maja desnuda cuela su lienzo por debajo de la puerta del Prado y se agiganta. Si alguien se asoma a la ventana y ve uno de sus pezones estrábicos, lo confunde con la luna, si un insomne la atisba desde un segundo piso, cree que el matojo del pubis es una enredadera deshojada. La maja pasea con la melena suelta, los rizos descentrados. Su carne, lacada por la lluvia, se agita con un vigor colosal. De tanto estar expuesta, le duelen los brazos, los huesos sonrientes de la cara. Está harta de las miradas lascivas de los turistas, de las audioguías. Mientras pasea por el barrio, sueña con esa vida que no pudo ser, se alboroza con el vino de los bares, mece con su aliento las cunas de los niños, ojea un libro que alguien se dejó abierto sobre la mesilla. Al llegar a CaixaForum se abraza a los árboles y frota su cuerpo de muñeca hinchable contra el jardín vertical. Entonces escapa su orgasmo prisionero y el verde le devuelve el parque y sus confines, las cascadas de vidrio, los cisnes presuntuosos, las dulces tardes de conversaciones bobas, los galanteos de un artista que, para vengarse de su indiferencia, la castigó con la inmortalidad.

FUTURO IMPERFECTO, Varios Autores

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CLARA OBLIGADO (ed.), Futuro imperfecto. Antología de nuevos narradores, Talleres de Escritura Creativa Clara Obligado, Madrid, 2012, 312 páginas.

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BASURA

   Adoquines grises, sucios, tan grises y tan sucios como el aire de la ciudad. Están plagados de manchas oscuras de las que será mejor no conocer el origen. Es lo único que alcanza su vista. Huele a decadencia, a cigarrillos apagados, a suciedad, a orina, a alcohol, a abandono; es el mismo olor que le ha acompañado durante los últimos dos años, desde que el viejo teatro cerró sus puertas y se entregó al olvido. La gente de antaño se ha evaporado y, en su lugar, solo queda silencio. De vez en cuando, pasos apresurados pasan por su lado, pero nunca reparan en él. Ya poco o nada queda de ese zapato color alquitrán, elegante y lustroso, reducido ahora a parte de esa basura que nadie mira. 
   De pronto, la monotonía se rompe. Algo nuevo irrumpe en escena. En lo primero que piensa es en un trozo de sol desorientado, pero no tarda en salir de su error. Es un zapato femenino, de un tono rojo brillante que roza la fina línea entre lo llamativo y lo desagradablemente chillón. En su punta, una flor oscura y delicada, como un ave a punto de despegar, añade un toque de dulzura a ese aspecto resuelto e independiente. Produce esa sensación extraña tan propia de las combinadones poco habituales. Es corno mezclar naranja y chcolate. 
   Le gustaría poder decir que es alguien como él, pero sabe que no le llega ni a la punta del fino tacón. 
   Siente un cosquilleo extraño, ganas de acercarse, de conocerla. Es como en los viejos, los buenos tiempos, con su cuero de nuevo intacto y sus remaches metálicos sin óxido alguno. Vuelve a ser la estrella, el rey de la fiesta. 
   Cuando se mueve, su suela cruje sonoramente, como si estuviera hecha de galleta.
   Ella se gira hacia él y le mira por un breve instante. No hace falta más. La lástima y la repugnancia no necesitan más tiempo para hacerse evidentes. Es suficiente para recordarle que es un mero desperdicio. 
   El chasquido de los tacones alejándose resonó sobre los adoquines grises y sucios, tan grises y sucios como el aire de la ciudad.

Sara Gancedo

Y USTED, ¿DE QUÉ SE RÍE?, Clara Obligado

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CLARA OBLIGADO, Y Usted, ¿de qué se ríe?, Delirios del Taller, Madrid, 2013, 122 páginas.

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Señala Ana María Shua en el prólogo a esta Antología de microrrelatos de humor editada por Clara Obligado (pp. 13-14): "el humor sirve para abrir una puerta donde había solamente un muro".
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DEVOCIÓN

  
    —Qué vergüenza, padre, pero yo no tenía este carcome antes de que usted llegara, cuando el cura del pueblo era el padre Florencio. Era tan viejito...Vino usted y todo cambió.
    El cura se revuelve en la silla del confesionario.
    —¿Por qué cambió, hija mía?
    —Por su voz, padre, por su voz tan espesa, tan grave, por sus manos, por sus brazos, que parecen abarcar todo ese orden divino del que habla usted.
    —No te entiendo, Rosita.
    —Cuando le veo en el púlpito, y a Cristo nuestro Señor detrás de usted clavado en la cruz, tan fibroso, con los ojos extasiados... entonces todo se confunde en mi cabeza.
    —Me confundes a mí, Rosita, me confundes. Continúa.
    —Después de misa mis padres se van a visitar parientes, y yo me encierro en la soledad de mi cuarto.
    Con las manos entre los muslos, ella guarda silencio.
    —¿Y?
    —Rezo al crucifijo sobre mi cama, pero ya no veo a Cristo, le veo a usted crucificado, y quiero quitarle la corona de espinas, desclavarlo de su cruz, arrancarle el taparrabos... Algo irrefrenable me obliga lamer el Cristo, como una posesa, cada gotita de sangre de su frente, la llaga en el costado, las heridas...y entonces es cuando mis manos se vuelven malas, padre.
    —Si tu mano derecha te ofende, córtatela —sentencia el cura.
    —No sea cruel.
    —Solo era una metáfora; si la mano derecha se rebela, sujétala con la izquierda y reza, hasta que el impulso se apacigüe.
    —Es que la izquierda es peor, padre.
    —¿Peor?
    —Mucho peor. La derecha se mete en mis enaguas sin que yo lo quiera, sobre ese capullito rosado que me tiene esclavizada. Pero la izquierda mete su dedo corazón, el corazón, padre, el corazón, en mi boca, y me obliga a ensalivarlo.
    Acercando la oreja a la cortina, el cura oye una especie de sorbido.
    —Sigue, alma mía, desahógate.
    —¡-Ay! —exclama Rosita—, el dedo es tan vil...
    —¡Por los clavos de...! —jadea el cura, incapaz ya de contener ese Gólgota bajo la sotana.
    —¡Cristo, Cristo doloroso! —gime Rosita.
    Con un estertor, el cura afloja la presa y su mano está a un tris de correr la cortina. Al otro lado se oye un escandaloso traqueteo del taburete, y luego un suspiro.
    —Rosita...
    —Padre, soy su esclava.
    —Rosita, por favor.
    —¿Sí, padre?
    —Vete a casa, descuelga el crucifijo... y reza tus oraciones a la Virgen.


Jesús Manuel Gómez Izquierdo

LA MUERTE JUEGA A LOS DADOS, Clara Obligado

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CLARA OBLIGADO, La muerte juega a los dados, Páginas de Espuma, Madrid, 2015, 232 páginas.

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LA SANGRE
Para Andrés Neuman

   En el principio un viento sopló sobre la tierra y el verbo se hizo sangre, savia en las plantas, rojo hemoglobina en los peces, el aparato circulatorio y su complejo tejido, la vida pujando hasta salir del agua para ascender a la violencia de los mamíferos, a este Adán ya nada mitológico que agoniza con un tiro en la sien y sus miles de millones de hematíes locos, neutrófilos alerta, trombocitos que intentan reparar el desastre de capilares rotos, el sistema de coagulación en estado de urgencia, un líquido que emerge por el orificio, el agujero de la bala que obliga a la sangre a detener esa alegría de río eterno, de gema victoriosa y convertirse en barro coagulado viscoso que fluye por venas y arterias, emerge en una catarata de maravillas fisiológicas, se hace costra para cerrar la boca de la herida, retrotrae ese perpetuo sistema pulsátil que contradice las teorías de Newton y mana libre hasta manchar la roja alfombra persa de una biblioteca en Buenos Aires, los apretados arabescos anudados por alguna mujer descalza incapaz de soñar el destino de esos dibujos que ahora recogen el líquido que mana del agujero en la sien, una nómade nacida cien años atrás que no podía concebir a ese hombre tendido como si nadara, una artesana que entregó su obra a los mercaderes para que la subieran a lomos de un camello en esa larga caravana que atravesó el desierto superando días de sed y repostó, por fin, en una ciudad hecha de barro donde la alfombra fue izada a un carro arrastrado por bueyes que aguijoneaba un anciano, a un tren y a un barco inmenso donde brazos tatuados de porteadores con la piel tatuada la cargarían sobre sus violentas espaldas para llevarla hasta una tienda en el centro de Londres y allí sería exhibida ante las miradas atónitas de los tasadores, de los marchantes para que, en un remate, sin sopesar siquiera en el precio, una mujer muy hermosa con mirada triste, una extranjera riquísima de pelo color azafrán con la mano alzada entre la multitud nerviosa, guante blanco de cabritilla dijera yo, yo, aquí, y pagaría una fortuna que hubiera servido, quizá, para alimentar a todo un pueblo de nómades durante años, y la mujer hermosa ordenaría que se la enviaran directamente al barco donde silenciosos criados de un lejano país la desplegaran blandamente sobre el suelo lustrado de una biblioteca y el intrincado dibujo luciría suntuoso y útil para cumplir con su destino de silenciar los pasos y aplacar el violento derrumbe de un hombre vestido con un elegante frac recién estrenado en la ópera, el cuerpo tendido como si nadara, el revólver antiguo con empuñadura de marfil junto a su mano, el cañón del arma en una torsión imposible, el prodigio de la sangre huyendo de la cabeza que mira hacia la ventana como si sospechara algo, como si pudiera adivinar que, pocos segundos más tarde, la ópera, la alfombra, la tejedora persa, el viejo con su carro, los porteadores, la casa de remates y la hermosa dama de mirada triste escaparían, para siempre, de su cabeza reventada.

POR FAVOR, SEA BREVE 2. ANTOLOGÍA DE MICRORRELATOS

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Por favor, sea breve 2. Antología de microrrelatos, Páginas de espuma, Madrid, 2009, 256 páginas. Edición de Clara Obligado. Prólogo de Francisca Noguerol.

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FANTASMA
 

El hombre que amé se ha convertido en un fantasma. Me gusta ponerle mucho suavizante, plancharlo al vapor y usarlo como sábana bajera las noches que tengo una cita prometedora.
PATRICIA ESTEBAN ERLÉS

POR FAVOR SEA BREVE, Clara Obligado

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Por favor, sea breve. Antología de microrrelatos, Páginas de espuma, Madrid, 2009, 256 páginas. Edición de Clara Obligado.
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En Prólogo Bonsái (pp. 9-10), Clara Obligado agradece a las microformas la "rebelión contra la literatuta convencional": "Estas inflamaciones de lo breve son asalto poético, efecto instantáneo, golpe al mentón". Complementa el tomo una bibliografía. Los relatos, por sugerencia de Hipólito G. Navarro, se adelgazan: es éste un libro menguante.

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ODIO

Quiero entenebrecer la alegría de alguien.
Quiero turbar la paz del que esté tranquilo.
Quiero deslizarme calladamente en lo tuyo para que no tengas sosiego; justamente como el parásito ha tenido el acierto de localizarse en tu cerebro y que te congestionará uno de estos días, sin anuncio ni remordimiento.


PABLO PALACIO