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ENIGMAS CON JARDÍN, José Luis García Martín

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JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN, Enigmas con jardín, Impronta, Gijón, 2012, 180 páginas.

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CASAS CON JARDÍN

   Añado a mi colección una casa entrevista en Puebla de Sanabria desde los adarves del castillo. Está abandonada, casi en ruinas. En el jardín o huerto trasero, separado de la calle por un alto muro de piedra, crecen tres o cuartos árboles entre los hierbajos y arbustos. Parece que hace siglos que nadie ha entrado allí. ¿Nadie? A la galería de madera, por el hueco de un cristal roto, se asoma un gato. Es blanco, luminoso, lleva un collar al cuello, no es, sin duda alguna, un gato callejero. Me mira largamente, o eso creo yo, y luego desaparece en el interior.
   La casa está en venta. En la cercana Posada de las Misas pregunto si saben algo de ella. No, no saben nada. Pero de pronto, uno de los clientes de la cafetería, se ofrece a enseñármela, si me interesa. Conoce a quien guarda la llave. Y yo me entero del precio, astronómico, o ese me parece, y recorro con precaución aquella ruina, salgo al jardín, o lo intento, resulta difícil adentrarse en semejante jungla. Busco al gato blanco que me miraba desde la galería, pero no lo encuentro. Ignora quien me la enseña que me llevo esta casa conmigo, que la recorreré muchas veces, en sueños y despierto, que volveré a encontrar a ese gato blanco con una cinta azul al cuello. Una cinta azul como la que recojo del suelo al salir de la casa, digna de ceñir el delicado cuello de una de esas hermosas damas que entretienen su melancolía en los jardines del romancero antiguo.

LA BONA INTENCIÓN / LA BUENA INTENCIÓN, Xosé Bolado

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XOSÉ BOLADO, La bona intención La buena intención, Impronta, Xixón, 2012, 80 páginas.

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NOCHE DE UCI


   —Papá, Mamá...
   Gritaba una anciana a tres metros escasos de mí.
   Cuando apacigua el dolor siento la serenidad blanca de la sala. Al fondo, un grupo de sanitarias habla de viajes mientras atiende los avisos.
   Pienso, querido Robert, que ya no va a darse otro recorri­do por los Mares del Sur. Por lo bajo, brindo,para que otros te acompañen siempre hasta la ciudad dorada.
   En la calma de la espera veo a Irene Papas inclinada so­bre la mujer, le canta una nana, tan suave, que el metal de la cama despide su marcha.