Mostrando entradas con la etiqueta ANÁFORA. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ANÁFORA. Mostrar todas las entradas

ME ACUERDO, Georges Perec

0




GEORGES PEREC, Me acuerdo, Impedimenta, Madrid, 2017, 176 páginas.

**********
Impedimenta edita este Me acuerdo que, además de un Índice alfabético (pp. 143-169) incluye unas Notas (pp. 133-142) que permiten al lector iniciar sus pesquisas. Firma la traducción Mercedes Cebrián.
**********

Me acuerdo de que Art Tatum llamó a uno de sus temas Sweet Lorraine porque había estado en Lorena durante la guerra del 14.
***
Me acuerdo de los pañuelos de seda de paracaídas.
***
Me acuerdo de la época en la que hacía falta varios meses y hasta más de un año de espera para tener coche nuevo.
***
Me acuerdo de que Kruschev golpeó con el zapato la tribuna de la ONU.
***
Me acuerdo de que el Dr. Spock fue candidato a la presidencia de los Estados Unidos.
***
Me acuerdo de que Boris Vian murió a la salida de la proyección de la película basada en su libro Escupiré sobre vuestras tumbas.
***
Me acuerdo de las «personas desplazadas».

CONTRA EL GUERNICA, Antonio Saura

0


ANTONIO SAURA, Contra el Guernica, Turner, Madrid, 1982, 46 páginas.

**********
En el 80 aniversario del Guernica, el Museo Reina Sofía organiza la exposición Piedad y terror en Picasso: el camino a Guernica. El recuerdo de este Libelo firmado por Antonio Saura puede servir de estimable contrapunto.
**********

Odio al Guernica porque siendo dibujo coloreado más que pintura, es uno de los cuadros más famosos del siglo XX.
***
Detesto al Guernica porque sin ser un cuadro de historia es tristemente una de las composiciones más extraordinarias de la historia del arte.
***
Odio el recuerdo del recordado recordar del Guernica.
***
Detesto los setenta y tres bocetos del Guernica realizados con posterioridad a su terminación.
***
Desprecio a los dos Antonios del arte español, Tapies y Saura, tísicos de origen, compañeros de viaje, hijos bastardos de Picasso y pintamonas en ejercicio de fama. 
***
Detesto al Guernica porque a pesar de haber sido pintado deprisa y corriendo y de ser concebido para un destino efímero, mantiene rozagante su ceremonia de la confusión.
***
Me detesto a mí mismo porque al visitar el Guernica me quedé pasmado de mi odio al Guernica.

YO TAMBIÉN ME ACUERDO, Margo Glantz

0



MARGO GLANTZ, Yo también me acuerdo, Sexto Piso, México, 2014, 384 páginas.

**********

Me acuerdo que sólo tuve una muñeca en mi infancia, a lo mejor es un recuerdo falso.
***
Me acuerdo que en el círculo de amigos de Joseph Conrad se decía que su mujer Jessie era gorda, mecanógrafa y cocinera. Sus memorias demuestran que era algo más.
***
Me acuerdo que me gusta recibir elogios.
***
Me acuerdo que me cuesta trabajo gozar plenamente de mis experiencias.
***
Me acuerdo que mis padres me registraron diez años después de que nací, ejemplo de procrastinación postnatal que me ha causado muchos problemas legales.
***
Me acuerdo que esas telenovelas son conocidas como soap operas porque las patrocinaba la Palmolive Oil Company.
***
Me acuerdo de uno de mis más grandes defectos, exagerar mis grandes defectos.
***
Me acuerdo que por ser una niña judía nunca me trajeron regalos de Reyes.
***
Me acuerdo que Georges Perec hacía crónicas de lo infraordinario.

SERÉ BRE, Carmen Camacho

1


CARMEN CAMACHO, Seré Bre, CICUS, Sevilla, 2015,130 páginas.

**********
Relata Carmen Camacho en Qué menos (pp. 9-17) el origen de este proyecto subtitulado Aforismos poéticos y otras breverías: el taller Fuegos de palabras organizado por el Centro de Iniciativas Culturales de la Universidad de Sevilla. Los antologados: Beltrán Laguna, Chio, Esther Cillero, Felipe Bollaín, Gabriel Montesinos Alonso, Juanmi Nevado, Sara González Ángel y Tirso Priscilio Vallecillos García. 
**********

La cobardía de comprar billetes de ida y vuelta.
Beltrán Laguna
***
Los cuchillos los prefiero de hoja caduca.
 Chio
***
EPITAFIO
Aquí yace una inmadura, incineradme al punto.
Esther Cillero
***
Imberberecho
Molusco sin barba.
Felipe Bollaín
***
Renunciar a amar: abaratar los costes de la vida.
Gabriel Montesinos Alonso
***
Me acuerdo de cosas que quise decir y no dije y que cuando por fin me atrevía a decirlas otro ya las había dicho.
Juanmi Nevado
***
Se busca tigre de bengala que no arda. Contactar por señales de humo.
Sara González Ángel
***
Innegable, aunque inexplicable desde la física, el poder de los besos para sujetar cuerpos desatados.
 Tirso Priscilio Vallecillos García

511 CÁPSULAS CONTRA EL OLVIDO, Antonio Calderón Reina

0


ANTONIO CALDERÓN REINA, 511 cápsulas contra el olvido, La Carbonería, Sevilla, 2009, 120 páginas.
**********
En una nota el autor confiesa que, a partir de la lectura de Perec, su pretensión es "cultivar la abstracción sintética." En el Prólogo (pp. 13-15) Joan Casas no exagera al decir de este libro que es "imprescindible como el pan".
**********


Me acuerdo de que los habitantes del pueblo que inundó el pantano, como buzos sonámbulos, cada noche paseaban por sus calles sumergidas.

Me acuerdo de que la mala fama de la mujer que dispensaba cariño sin receta, creció como la espuma de un detergente neurótico.

Me acuerdo del sueño que dejé aparcado y que se llevó la grúa.

Me acuerdo de que aquella señora analfabeta leía a la perfección las ropas tendidas del vecindario.

Me acuerdo de que cuando la alegría estuvo en paradero desconocido, echábamos mano de sucedáneos.

Me acuerdo de que al Tarzan de la taberna lo abandonó la mona chita y se casó con el Anís del Mono.





ME ACUERDO, Elías Moro & Daniel Casado

0


 
ELÍAS MORO & DANIEL CASADO, Me acuerdo, De la Luna libros, Mérida, 1999, 66 páginas.

**********
En Me acuerdo de "Je me souviens" (pp. 7-9) los autores señalan que con esta autoría bicéfala ofrecen una de las posibles variaciones propuestas por Perec.
**********

Me acuerdo de mi madre cantando aquellas coplas que aprendió de pequeña, cuando la guerra.
***
Me acuerdo de aquellas dos gemelas del instituto. Nunca supe de cuál estaba enamorado.
***
Me acuerdo de la simetría radial de los arenques en aquellas cajas de madera a la puerta de los colmados.
***
Me acuerdo de sueños que nunca veré cumplidos.

Elías Moro

***
Me acuerdo del hermano que nunca tuve, las patadas que nunca nos dimos, los juegos que nunca jugamos, los llantos no llorados, las risas no reídas, las meriendas que fueron sólo para mí.
***
Me acuerdo del disco de vinilo y aquel hijo suyo, el single. Se enamoró de la radio. El cassette los casó. El compact disc los enterró.
***
Me acuerdo de los campos donde la infancia me jugó.
***
Me acuerdo de todas las cosas que me hicieron olvidar.
 Daniel Casado

ME ACUERDOS, Emilio Pedro Gómez

0


EMILIO PEDRO GÓMEZ, Me acuerdos, Huerga y Fierro, Madrid, 2000, 154 páginas.

**********
"Ahí radicaba la lección, en la sospecha de que la realidad, después de todo, también podía tener un cajón secreto, un segundo sentido, que no todo estaba dado de una vez y para siempre": Agustín Sánchez Vidal subraya en el prólogo la importancia de registrar todas aquellas epifanías que incluso antes de advertidas tienden ya a perderse; la pertinencia de unas páginas como las de Emilio Pedro Gómez que supongan "el mejor bálsamo contra el olvido".

********** 
Me acuerdo de que todas las capitales de Europa estaban muchísimo más lejos.
***
Me acuerdo de una frase habitual que solía impactar en el orgullo o despertar el pánico: "Usted no sabe con quién está hablando".
***
Me acuerdo de las rayas de nieve de los primeros televisores que llegaron a Astorga.
***
Me acuerdo de los delicados abanicos que salían de los afilalápices.
***
Me acuerdo de la calidad de las mandarinas, con pepitas, y un sabor a lima roja que han perdido.
***
Me acuerdo de cuando en vez de niños éramos futuros hombres de provecho.
***
Me acuerdo de que tardé varios años en mirar detenidamente a la luna. Su claridad estaba vedada a los niños. Nos acostaban antes de que naciera. Nos levantaban cuando ya se había ido.
***
Me acuerdo del olor a lápices y estuches de madera. Marcaban las fronteras de nuestro territorio escolar.
***
Me acuerdo de que estrenar el primer pantalón largo significaba ascender un grado en los escalafones de la tribu.

TIEMPO DE VIDA, Marcos Giralt Torrente

0


MARCOS GIRALT TORRENTE, Tiempo de vida, Anagrama, Barcelona, 2010, pp. 20-21.
**********
Me acuerdo de un día, en la casa donde vivimos hasta que tuve tres años, en que me llevó al cuarto donde pintaba y me hizo colorear unos círculos en un cuadro.
***
Me acuerdo de que por las mañanas me acompañaba al autobús de la ruta escolar contándome las aventuras de un mono llamado Manolo que iba como yo al colegio.
***
Me acuerdo de que mi afición era tanta que, si eran mi madre o la niñera quienes me acompañaban, les pedía a ellas que siguieran el cuento, y de que muy bien no lo hacían, o pocas veces tuvieron que sustituirlo, ya que el nombre de Manolo me hace recordarlo siempre a él.
***
Me acuerdo de una tarde, y debe de ser un recuerdo bastante temprano, ya que tengo la sensación de haberlo vivido desde un corralito, en que salió un momento a comprar algo y estallé en llanto cuando su ausencia, pese a todas las palabras tranquilizadoras con las que la preparó, fue más atemorizadora de lo previsto.
***
Me acuerdo de su impaciencia tratando luego de calmarme y de sus intentos, como con posterioridad haría con cada queja mía, de deslegitimar mi descontento atribuyéndolo a mi exageración y desmesura. Me acuerdo, en nuestra segunda casa, de las tardes que pasó enseñándome a montar en bicicleta, de cuando me esperaba a la salida del colegio con el primer perro que tuvimos y durante unos segundos, antes de atravesar las puertas de cristal, podía observarlo sin que me viera.
***
Me acuerdo de haber buscado babosas juntos en el jardín; y, parece invención pero no lo es, de un día en que me mostró el periódico y me dijo que había muerto Picasso.
***
Me acuerdo, en la siguiente casa, de una noche en la que con unos amigos suyos, imagino que fumados, hicimos equipos y jugamos a lanzar muñecos de fieltro a un trapecio recubierto de velcro.
***
Me acuerdo de la primera vez que me escapé del colegio y, al regresar a casa, me impuso el único castigo de su vida.
***
Me acuerdo de haber escrito, a petición suya, los nombres de mis amigos de entonces en un cuadro que estaba haciendo, y de muchísimas tardes en su estudio pintando los dos, él con un ojo puesto en mis garabatos que meticulosamente recolectaba para guardarlos en carpetas.

ME ACUERDO, Elías Moro

0


ELÍAS MORO, Me acuerdo, Calambur, Madrid, 2009, 118 páginas.

**********
Me acuerdo de mi madre cantando aquellas coplas que aprendió de pequeña, cuando la guerra.
***
Me acuerdo de mi hermano despertándose de golpe en mitad de la noche. Sus ojos, en la oscuridad, llenaban toda la habitación.
   Yo sólo tenía ojos para sus ojos.
***
Me acuerdo de lo que dice Chillida que una vez le enseñó su padre: "Un hombre tiene que tener siempre el nivel de dignidad por encima del nivel del miedo".
***
Me acuerdo de haber podido leer a Kafka gracias a la deslealtad de su amigo Max.
***
Me acuerdo de la leche en polvo americana que nos daban en la escuela en aquellos vasos de aluminio coloreado.
***
Me acuerdo de cuando me operaron de las anginas: durante unos días me atiborré de yogures y helados, artículos entonces casi de lujo en nuestra casa.
***
Me acuerdo de los pespuntes aéreos de los vencejos.

ME ACUERDO BEIRUT, Zeina Abirached

0


ZEINA ABIRACHED, Me acuerdo Beirut, Sins entido, Madrid, 2009, 96 páginas.

 *********
 
Me acuerdo de que en aquella época, me daba por dejar la mochila cerca de la cama por la noche.
En aquella mochila tenía preparado todo lo que quería llevarme conmigo si teníamos que huir.  

JE ME SOUVIENS, Juan Bonilla

0


JUAN BONILLA, Je me souviens, Algaida, Madrid, 2005, 168 páginas.

*********
En "Me acuerdo de Je me souviens" (pp. 7-16) Juan Bonilla se confiesa coleccionista de ejemplares del libro de Perec, casi siempre editados con páginas en blanco que invitan al lector a proseguir la tarea. "Coleccionando ejemplares de Je me souviens lo que hacía era coleccionar experiencias que me faltaban y repasar o darle vida nueva a las que ya tenía".
*********
ME ACUERDO DE LA VOZ DE UN MUERTO

   Es fácil engañarse confiando en que los textos que uno escribe se las arreglan para trenzar una cartografía fiel de lo que ha sido su vida, como si esperase que alguien al leerlos pudiera adivinar (o hacerse una idea de) qué clase de hombre es o fue y, leyendo esas páginas, adquiriera la convicción, tenue o nítida, de que ha llegado a conocerle. Pero una vez desaparecido el autor de un texto, nada de lo que fue perdurará en lo escrito —y en esa frase hay otra ingenuidad pomposa, pues no hace falta siquiera desaparecer para que esa presencia   diluida en lo que fue escrito no pase de ser un fantasmal simulacro. Una vez le pregunté a Terenci Moix, del que había leído muchos libros, qué sabía yo de él gracias a esa insistencia mía en su literatura. Me respondió que lo sabía todo, refiriéndose sin duda a que lo fundamental de lo que era había sido depositado en sus libros. Contrariamente creo que si alguien me formulase la misma pregunta no tendría más remedio que responder, acudiendo a una sinceridad tal vez decepcionante: no sabes nada de mí. Pues yo mismo, visitando escritos de años atrás o de ayer mismo, soy incapaz de hallar en ellos el menor rastro de quién pude ser que esté de acuerdo con la imagen de aquel que la memoria pinta conforme voy agrandándola, cuando cometo la imprudencia de sumergirme en el pasado para renovarlo con una nueva mano de pintura que avive sus matices— y por lo tanto de averiarlo para siempre.
   Señalaba Agustín García Calvo, en un precioso texto sobre Rosalía de Castro, cómo uno de los vicios más perniciosos de la crítica literaria consistía en convertir las obras sobre las que reflexionaba en respuestas a una encuesta policial encargada de determinar qué tipo de persona era el que las había escrito. Y sin embargo, en la última estrofa de su emocionado A un poeta futuro, Luis Cernuda nos susurra: "Cuando en días venideros (...) lleve el destino tu mano hacia el volumen donde yazcan olvidados mis versos, yo sé que sentirás mi voz llegarte, no de la letra vieja, mas del fondo vivo en tu entraña.(...) En sus limbos mi alma quizá recuerde algo, y entonces en ti mismo mis sueños y deseos tendrán razón al fin, y habré vivido.” Para García Calvo nada hay de valor en un poema si no logra el texto saltar por encima de quien lo escribió y consigue perder de vista el nombre propio que le dio origen. Para Cernuda, la poesía levanta el testimonio de una existencia (cuyo sentido último radica precisamente en llegar a dar testimonio de sí misma para no ser tragada del todo por las aguas del olvido).
   Sea como fuere, cualquier texto lleva en su revés adherida la voz de un muerto. Leer poemas es practicar la ouija: aquella conversación con los difuntos de la que hablaba Quevedo. Pero ese difunto que hay en los textos que uno ha escrito, no es propiamente ~ lo sabe uno porque cuando lee sus textos, puede que Ia voz sea la suya y se reconozca en ella, pero lo que es, lo que fue su vida, no está transcrita, no puede estarlo, en las palabras de esa voz: la vida como sustancia superior a la que no se le puede poner coto con palabras. ¿Fracaso inevitable del poema? ¿Ambición ilimitada del poeta? Leo a Cernuda en los altillos de la madrugada, y la voz que rebota en las paredes de mi cerebro es suya —o sea, es la voz de la idea que yo me he hecho de Cernuda—, pero lo que dice esa voz es una pálida acuarela comparada con la vida inaprehensible que quedó sin decir, que se escapó como agua entre las manos del poeta, alguien que sólo es capaz de enseñarnos el leve rastro de humedad en las palmas que la sostuvieron.
   La idea de que lo mejor, lo más digno de una criatura que se pasa la vida tratando de dar testimonio de su existencia mediante unos versos, está precisamente en esos versos, es una torpe estrategia para asaltar el rotundo desconsuelo definitivo de la inexistencia: una manera de agarrarse a la certeza de que las vidas no se acaban, de que se prolongan en las palabras que esas vidas generaron y, de alguna manera milagrosa, son capaces de quintaesenciar lo que un día fue una vida. Pero esa certeza no pasa de cómo acabar una necrológica (de ahí que se repita en esos textos el latiguillo~ “pero aunque muriera ayer el hombre, seguirá viviendo en los versos —o en las películas, o en los cuadros, o en los hijos— que creó”). Nada más lejos de la impertinente realidad. Por mucho que Sainte Beuve pusiera en marcha una docta manera de hacer crítica que consistía en estudiar las obras pegándose a sus circunstancias biográficas —una llovizna de anécdotas para explicar el charco de una obra literaria—, lo cierto es que tales circunstancias biográficas acaban perdiendo su peso específico antes o después, y las obras quedan solas enfrentadas al presente, sin que en sus huesos resida más que una leve carga de información biográfica de quienes las compusieron, una carga que apenas habrá de ser tenida en cuenta por quienes las reciben. Terenci Moix pudo decir, en efecto, que quien se asomara a sus novelas, sobre todo a los tres espléndidos tomos de sus memorias, podía asegurar sin temor a equivocarse que lo había conocido, pero eso no pasaba de ser una de sus muchas y entusiasmadas coqueterías: al ahormar una vida para generar una biografía, lo que se consigue es un relato en el que, precisamente, se entierra en literatura lo que un día fue vida, se congela el cuerpo para mantenerlo con apariencia de vida, pero ésta ha huido del único lugar donde puede fraguarse: el presente. Nadie mejor que Lucrecio dijo a lo que nos dedicamos: a ser una espuria ficción para periodistas que no saben generar simulacros. Y eso son las memorias y las biografías por intensas que sean, por bien escritas que estén. Nadie mejor que Eliot formuló una pregunta que impugna la propia tarea de escribir: ¿dónde quedó toda esa vida que hemos gastado precisamente en no vivirla?
   Por eso lee uno cosas propias de hace algún tiempo, que escribió con ánimo de que de alguna manera quedara algo de lo que es en los posos del texto, y advierte que ni se reconoce ni puede esperar que alguien le reconozca en la sustancia que empleó para tratar de decirse. Por eso leer poemas es practicar la ouija, oír la voz de un muerto que, ahí su radiante intensidad, no trata de decirnos nada acerca de sí mismo, porque no está entre sus capacidades hacerlo aunque fuera lo que pretendió en su día, sino acerca de quien se aviene a leerlo, el dueño del presente: lo convierte en un recipiente donde arrojar la derrota —todo poema es un fracaso si se le compara con la experiencia de la que nace— de no haber podido retener en las palmas de las manos más que un leve rastro de humedad, memoria de todo un torrente de agua que acabó fugándose para siempre.

ME ACUERDO, Georges Perec

0


GEORGES PEREC, Me acuerdo, Berenice, Córdoba, 2006 (1978), 176 páginas. Edición de Yolanda Morató.

**********
Inspirados en I remember de Joe Brainard, los 480 recuerdos que contiene este libro le permiten a Perec construir "una biografía que asciende a la categoría de enciclopedia cultural de Francia" (p. 10). Aparte de un prólogo (Je me souviens: Viaje a la memoria colectiva de un país, pp. 7-13) que permite una primera aproximación del lector a este proyecto literario, la edición incluye un índice temático y dos apéndices: unas útiles Notas aclaratorias (pp. 159-170) y una Breve bibliografía (pp. 171-172) de las obras de Perec traducidas al castellano, así como de estudios sobre Je me souviens. Además, como en la obra original, "se han dejado en blanco las últimas páginas de esta edición para que sea el lector quien siga teniendo la última palabra" (p. 13).

**********
Me acuerdo de un amigo de mi primo Henri que se pasaba todo el día en pijama cuando estaba preparando los exámenes.
***
Me acuerdo de que, antes de la guerra, Jean Gabin tenía que morir, por contrato, al final de todas sus películas.
***
Me acuerdo de cuando volvíamos de vacaciones, el 1 de septiembre, y de que todavía quedaba por delante un mes entero sin colegio.
***
Me acuerdo de que me sorprendió mucho saber que mi nombre quería decir «labrador».
***
Me acuerdo de los agujeros de los billetes de metro.
***
Me acuerdo del tenis-barba: contábamos los barbudos que pasaban por la calle. 15 para el primero, 30 para el segundo, 40 para el tercero y juego para el cuarto.
***
Me acuerdo de lo que me costó comprender lo que significaba la expresión «sin solución de continuidad».
***
Me acuerdo de cuando me rompí el brazo e hice que toda la clase me escribiera dedicatorias en la escayola.
***
Me acuerdo de que los autobuses estaban clasificados por letras y no por números (de ahí el célebre S de los Ejercicios de estilo, que se convirtió en el 84).

ME ACUERDO, Joe Brainard

0


JOE BRAINARD, Me acuerdo, Sexto piso, Madrid, 2009 (1975), 148 páginas.

**********
Me acuerdo de ver feos a mi padre y mi madre cuando estaban desnudos.
***
Me acuerdo de cuando me encontré una foto de una mujer desnuda de cintura para arriba con unas tetas enormes y se la enseñé a un niño en el colegio y se lo dijo a la profesora y la profesora preguntó si podía verla y se la enseñé y me preguntó de dónde la había sacado y le dije que me la había encontrado por la calle. Después de eso no pasó nada más.
***
Me acuerdo de los sándwiches de mantequilla de cacahuete y plátano.
***
Me acuerdo de los jerséis de pedrería con el cuello de piel y abiertos hasta la cintura.
***
Me acuerdo de la pareja de seis en el pase inglés.
***
 Me acuerdo de evitar mirar a los lisiados.
***
Me acuerdo de Mantovani y sus (¿100 cuerdas?).
***
Me acuerdo de una mujer que casi no tenía cuello. Siempre se ponía llamativos zapatos de plataforma de ante en sus grandes pies. Mi madre decía que eran muy caros.
***
Me acuerdo de las cintas para los regalos que si las pasabas por la hoja de unas tijeras se hacían tirabuzones.
***
Me acuerdo de que nunca lloraba delante de gente.
***
Me acuerdo de la vergüenza que me daba ver a otros niños llorar.
***
Me acuerdo del primer premio de dibujo que gané. En el colegio. Era un dibujo de un nacimiento.
***
Me acuerdo de una estrella muy grande en el cielo. Gané la cinta azul del primer premio.