DINA GRIJALVA (ed.),
Eros y Afrodita en la minificción,
Ficticia, Ciudad de México, 2016, 232 páginas.
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Dina Grijalva realiza esta selección de "artefactos textuales, de diverso voltaje, más o menos elusivos y etéreos, o candentes, algunos convocando a un sentido en particular y, otros, a la sensibilidad corporal, siempre persiguiendo un temblor, un estremecimiento, un estallido",
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HACERSE GRANDE
Como había hecho de niño tantas veces, preparó el baño para su tía y se escondió para espiarla. Pero esta vez era diferente: él ya había cumplido los dieciocho años. No se ocultó afuera para mirar por la ventana. Se quedó adentro, tras la puerta del baño.
Cuando la tía se desnudó y se sumergió en la espuma, él se abalanzó. Ella lo recibió con una sonrisa y le dijo al fin.
Leo Dolengiewich
DINA GRIJALVA,
Mínimos deleites,
La Tinta del Silencio, Ciudad de México, 2017, 96 páginas.
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LIBRO INCONCLUSO
Planea su primer libro con emoción, elige el título después de pensar, armar, escribir, pronunciar infinidad de frases; al imaginar la portada con letras fluorescentes: “Cómo planear su suicidio y salir vivo del intento” la felicidad lo hace saltar por la ventana.
Vivía en un décimo piso.
DINA GRIJALVA,
Goza la gula,
Andraval, Culiacán, 2012, 110 páginas.
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FESTÍN DE FANTASMAS
El fantasma feliz fabula fantasioso una fantástica fiesta fastuosa. Fascinado forja el festejo. Con frenesí frívolo facilita el florecimiento del flamboyán. Fuentes y faroles fulgentes favorecen la fiesta. Famosos fantasmas con frac, firuletes y fistol fluyen. Fabada, faisán, filete. Frutas: fresas frescas y frambuesas. Flan. Feroces, fornican y fosforecen. El fantasma Fernando fuma y el fuego con fulgor los fulmina.
DINA GRIJALVA, Las dos caras de la luna, Instituto Sinaloense de Cultura, Culiacán, 2012, 98 páginas.
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DAVID
De día lo contemplaba entre los miles de visitantes de la Academia. Por las tardes se escondía detrás de alguna de las innumerables estatuas del piso superior y en la oscuridad bajaba anhelante hasta estar cerca de David.
Le acercaba un pequeño caracol del mar de coral, una gota del perfume de su pubis, una moneda de espuma o acaso un espejo invisible. Susurraba pétalos de vida y acercaba los latidos de su corazón al níveo, sedoso y firme pecho de su amado.
Una noche, apenas rozó con sus labios el hombro de su adorado, él olvidó siglos de mármol, descendió del pedestal y sus rizos parecieron movidos por un aliento de ángel. Se amaron con pasión de amantes primigenios.
Por la mañana, el vigilante dijo: qué extraño: hoy David sonríe.