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CANTO LIBRE DEL ORFEO REBELDE, Miguel Torga

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MIGUEL TORGA, Canto libre del Orfeo rebelde, Edhasa, Barcelona, 1998, 128 páginas.

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Recoge João Terra en ¿Quién es Miguel Torga? (pp. 11-20) la siguiente sentencia: «La peor desgracia que le puede acontecer a un artista es el empezar por la literatura en vez de empezar por la vida... Sólo la experiencia, el dolor y el trabajo le traen dignidad a una obra literaria». 
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Un tirano es el agricultor que planta un árbol seco y se empecina en esperar que eche brotes.
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Debe estar el oído más atento al silencio del futuro que a las palmas del presente.
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Lo malo del arte moderno está en que la imaginación de los procesos sustituye a la imaginación craedora y la gente en vez de saciar el hambre del espíritu con la belleza de la obra, se llena con el talento de los autores.
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Negar a Dios. Muy bien. Pero que no sea para divinizar sucedáneos más absurdos que él.
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El cobarde duda entre el decúbito cómodo de la sepultura y la verticalidad dolorosa del exisitr.
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Los dioses son realmente respuestas transitorias a nuestras preguntas eternas.
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La vida no se ocasiona, se cumple. He intentado que en la mía la determinación moderase, hasta donde fuera posible, la fatalidad. El sentimiento de frustración es nuestra más exacta medida. Baliza la distancia que va de lo que quisimos a lo que hemos podido.

CUENTOS DE LA MONTAÑA, Miguel Torga

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MIGUEL TORGA, Cuentos de la montaña, Alfaguara, Madrid, 1994, 344 páginas.
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CAVACO

   El Ronda era el hombre más pobre de Vilele. Pero le dio tal alegría saber que a Julio, su hijo, le habían dado sobresaliente en su primer examen escolar que le juró por su alma que le regalaría algo por Navidad. El muchacho oyó la promesa con desconfianza. A pesar de sus diez años, ya conocía la vida. ¡Un regalo, cuando ni siquiera tenían dinero para borona! De todos modos, y por si acaso, no dejó enfriar el asunto, y ya en diciembre, la víspera de la feria mensual del día veintitrés, se decidió a preguntarle a su padre:
   -¿Sigue pensando en ir a la Vila?
   -Sí.
   -¿Y va a traerme el regalo?
   -¡Claro!
   Se hizo un silencio. Habían cenado sopa de coles y castañas cocidas. Nada más. Hacía una noche de perros. Sobre el tejado caían cortinas de agua. Y como la casa era de piedra suelta y teja hueca y estaba llena de rendijas, el viento, que parecía el diablo, soplaba húmedo sobre la llama del candil, que se retorcía toda, y desaparecía por debajo de la puerta como un fantasma. Pero como en la lumbre estaba ardiendo corteza de castaño y su padre le había asegurado tan firmemente que cumpliría su promesa, todo parecía tener un color dorado de abundancia y bienestar.
   -¿Qué va a ser el regalo?
   -No te lo voy a decir…
   -¡Dígamelo!
   Tuvo que intervenir la madre y dar la conversación por terminada con las oraciones y la cama.
   -Infinitas gracias te sean dadas, Señor y Dios mío…
   Las palabras salían de su boca, límpidas, cálidas, solemnes. Y el chiquillo, que ya había oído esa cantinela miles de veces, y cayéndose siempre de sueño, se despabiló para intentar comprender el sentido íntimo de cada invocación.
   -A san Andrés Avelino, para que nos libre de una mala muerte…
   Padre e hijo respondían a una:
   -Padrenuestro que estás en los cielos…
   -A san Bartolomé, para que nos libre de las tentaciones del demonio, de los malos vecinos, de los momentos difíciles…
   -Padrenuestro…
   A pesar de todo, la atención del pequeño no tardó en cansarse. Al tercer misterio su voz vacilaba, y en la Salve, bóveda del solemne rito, dormía como un tronco.
   Ya iba a desplomarse sobre el banco de la cocina, cuando el amén definitivo le hizo volver a la vida. Abrió los párpados con todas sus fuerzas y consiguió dirigir la mirada hacia su padre, para hacerle una última pregunta.
   -¿De verdad que me lo va a traer? ¿De verdad?
   Pero su madre no dejó que le arrancase la confirmación deseada. Lo cogió por el brazo y, adormilado, lo levantó, lo llevó casi a rastras hasta la habitación, y poco después Julio caía en un sueño profundo, entoldado únicamente por la incertidumbre con que se había quedado dormido.
   Por la mañana, cuando se despertó, el padre ya había salido. La Vila estaba a tres leguas y la feria comenzaba temprano. Entonces se fue a atar la cabra, con una preocupación sabrosa, tibia, que le hacía detenerse morosamente en todas las encrucijadas, extasiado ante las zarzas y las piedras.
   -Muchacho, andas como atontado…
   Su madre no podía comprender lo que para él significaba recibir un regalo: extender la mano y ver en ella, en lugar del plato de sopa habitual, algo inesperado y gratuito, que representaba la irrealidad de la riqueza en la realidad de una pobreza tangible. Por eso se enfadó cuando vio que hacía ascos a la sota de maíz del desayuno y que al mediodía no comía más que una sardina.
   ¡Vaya por Dios! ¡Solo le faltaba que el crío se le pusiese enfermo!, ¡tener en casa una boquita escogida que desdeñase lo que había para comer!
   ¡Pobrecilla! Lo quería mucho… Solo que… ¡Era tan fácil de entender!
   Cuando la noche empezó a caer del lado de san Cibrão, cansado ya de vigilar el camino viejo por el que, desde que el mundo es mundo, se regresaba de la Vila, le pidió a su madre que le dejase ir a esperar a su padre. Solo hasta la Castanheira. ¡Que si no se daba cuenta de la niebla que había! ¡Que si no había oído el toque de ánimas! ¡Que fuese bueno!
   Se quedó mirando a su madre. ¡Tanto como lo quería y ahora no era capaz de entenderlo!
Se resignó. Se quedaría allí hasta que su padre asomase por la Silveirinha. Y en cuanto lo viera, ¡pies para qué os quiero! Pero, ¿qué sería el regalo? ¿Qué sería?
   La niebla, que no cubría más que el monte de san Romão cuando su madre le había hecho la advertencia, se posaba ahora espesa y húmeda sobre el pueblo. Y con ella también había llegado la noche.
   Desde la puerta solo se veía la oscuridad. Además, a la lluvia se había unido el viento y el frío para helarlo todo. Estaba tiritando y se acercó a la lumbre.
   -Padre se está atrasando…
   -En ir a la Vila y volver todavía se tarda…
   Se notaba que ella también estaba inquieta. ¿No sería que, al igual que él, estaba esperando un regalo?
   Ya era noche cerrada. Ahora estaba lloviendo a cántaros. Por las grietas de la casa el viento iba dando puñaladas traicioneras.
   -¡Ay Dios mío!
   El lamento de la madre terminó de llenar la cocina, ya inundada de humo.
   -¡Qué noche! ¡Y ese hombre por ahí!
   Se quedó mirándola con los ojos enrojecidos por la hoguera de leña verde.
   De repente, a la idea del regalo que le había acompañado alegremente durante todo el día, se unió otra, triste, imprecisa, que le daba miedo.
   -También ha ido el tío Adriano, ¿no?
   -Sí.
   Se hizo de nuevo el silencio entre ellos. Pero duró poco.
   -Cena y vete a dormir, que ya es hora…
   -¡Yo quería esperar a padre!
   -Cena y vete a dormir…
   A pesar de que su madre le obligaba no pudo tragarse la sopa ni, ya en la cama, podía quedarse dormido. La oía llorar en la oscuridad y oía cómo martilleaban en el tejado las gotas de lluvia gruesas y pesadas.
   Súbitamente oyó pasos en el huerto. ¡Por fin! ¡Era su padre! ¿Qué sería el regalo?
   El que llegaba golpeó la puerta suavemente y llamó a la madre en voz baja:
   -María…
   -¿Quién es? -preguntó la madre.
   -Soy yo, Adriano…
   Le dio un vuelco el corazón. ¿Así que el tío Adriano había regresado solo? Aguzó el oído, como un animalito asustado.
   Y así se enteró de que, en una reyerta, habían matado a su padre de una puñalada y que allí se había quedado, tirado en el suelo, junto a un cavaco que traía para él.

BICHOS, Miguel Torga

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MIGUEL TORGA, Bichos, Alfaguara, Madrid, 1998, 150 páginas.


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RAMIRO

   —¡Buenos días nos dé Dios!
   —Hum...
   Y el que pasaba hasta cambiaba de color.
   Se le encogía el corazón al oír una respuesta así en un paraje tan desolado. ¡Hasta daba miedo!
   Felizmente no se trataba de ningún ladrón.
   Después de mascullar aquel gruñido por todo saludo, permanecía quieto, tranquilo, apoyado en la guadaña, con sus ojos opacos clavados en la blancura del rebaño. Ramiro era pastor.
   Más de un domingo, a la entrada de la iglesia, Manuel el Pelinhas, que era un charlatán, se había metido con él.
   —Cualquiera diría que te cuesta trabajo hablar...
   Pero Ramiro respondía a estas bromas sin despegar los labios, y sin despegar los labios oía la misa que decía don Joáo. Si al final había letanía, no contestaba, y si el cura, en el altar, hacía señas a los hombres para que cantasen el Tantum ergo, él no cantaba.
   Veinte años en el monte Maráo le habían llenado el alma de silencio. En una aridez como aquélla, sólo las vidas que latían sin ruido conseguían salir adelante. La chamiza, la retama, el tojo, las lagartijas, las culebras y los saltamontes crecían en medio de ese mismo receloso mutismo. En marzo, florecían los urces. Pero esta explosión de color no tenía fuerza suficiente para despertar a las rocas. Y la lección que Ramiro aprendía diariamente era la de una irremediable afonía cósmica, quebrada de vez en cuando por el monosilábico balido de un cordero que se quedaba absorto contemplando un guijarro o por los ladridos del Rilha que, presuroso, denunciaba la presencia de algún lobo. Y, por todo esto, no utilizaba palabras sino un lenguaje muy diferente: un silbido seco, estridente, instantáneo, que les lanzaba a sus interlocutores con la misma violencia que a las reses descarriadas. El pitido, que salía de sus labios con el ímpetu de una embestida, se metía por los oídos como un puñal. Los tímpanos llegaban casi a sangrar.
   —¡Y todavía quieres que con esa manera de hablar te caiga la Rosa en los brazos!
   Sí que quería. Cuando pasaba a su lado, se la comía con los ojos. Desgraciadamente no sabía formular de otro modo el deseo que lo consumía. Y, a pesar de que su madre le preparaba el terreno, seguía soltero, por no poder expresarse.
   Por la mañana, se levantaba incluso más temprano que su perro guardián. Sin embargo, ni le pedía la bendición a la pobre de la tía Etelvina, que consideraba a aquel hijo como un castigo del cielo, ni le daba los buenos días al rebaño... Un silbido, y nada más. Y así avisaba a la madre y al ganado de que era la hora. La infeliz acudía a darle el zurrón, y el rebaño se preparaba para salir. Poco después, la procesión se ponía en marcha camino del Maráo, ese desierto sin voz. Ramiro iba siempre solo. Nunca buscaba la compañía de otros pastores. Su norma era caminar en solitario aunque llevase el rebaño a los mismos confines de la sierra.
   —¿Hay pasto en la Gralheira?
   —Hum...
   Nada más. El que quisiera saberlo que fuese hasta allí. Y seguía distante, absorto, sin decir una palabra. Si por casualidad se encontraba a algún compañero en un valle, y no podía o no quería evitarlo, se quedaba allí plantado sin abrir la
boca, sin darse por enterado de la presencia del intruso.
   Y eso fue lo que sucedió aquel día. Se presentó el Ruela y sus ovejas se metieron a pastar entre las de Ramiro. No abrió la boca, y permaneció así horas y horas, hasta que ocurrió la desgracia. Tampoco después, al consumarse la tragedia,
dijo nada. Cuando el Ruela quiso justificarse, le respondió con una mirada todavía más dura. Y cuando levantó la guadaña, lo hizo también en silencio, como si fuese a cumplir un voto.
   —¡Te juro que no he querido darle!
   Pero Ramiro estaba como loco. La Mimosa era la oveja más bonita de Arca. Y verla así, tendida y muerta, era algo que iba más allá de su poder de comprensión.
   —¡Créeme, ha sido sin querer!
   Al pobre Ruela, al separar el ganado,se le había ido la mano. El resultado fue que le había pegado tal pedrada a la oveja en la barriga, que la desgraciada, con un vientre como el de una vaca preñada, había abortado y había muerto. No fue en el acto. Ya habían pasado algunas horas cuando empezó a balar, a balar, con una desesperación tan grande que parecía una criatura humana. A balar y a irse en sangre. Ramiro, mientras duró la agonía, apretaba el cabo de la guadaña con una rabia amordazada. Los ojos se le iban tiñendo de rojo de los esfuerzos que hacía para contenerse. Desgraciadamente, ocurrió lo peor... El corazón del animal, de repente, dejó de latir. Y entonces ya no pudo dominarse.
   —¡Por el alma de tus muertos, Ramiro!
   Esta súplica, de una angustia ilimitada, brotó con el fervor de una oración del oprimido pecho del condenado. Pero la guadaña hendía ya el aire como un destino. Y su grito de terror no encontró eco. Fue flotando, indeciso, sierra adelante
y acabó perdiéndose en un barranco. Y así tenia que ser la eternidad de ese instante, para que Ramiro estuviese en consonancia consigo mismo. Su alma era muda como una tumba. En el momento preciso en que la cuchilla iba a caer sobre la cabeza del Ruela, hasta los montes se quedaron atónitos de espanto. Sólo que, ahora más que nunca, la boca de Ramiro estaba cerrada. Rasgada y fina, hacía pensar en una larga herida cicatrizada. En su rostro rudo lo único que hablaban eran sus grandes ojos abiertos. Inyectados en sangre, no expresaban más que una determinación total, feroz, en la que no cabía el perdón.
   Y, sobre el cadáver inocente de aquel hombre, no se oyó, en un instante fugaz, más que un silbido seco, agudo, llamando al rebaño para que regresara al redil.