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DE CAMINO A OKU Y OTROS DIARIOS DE VIAJE, Matsúo Basho

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MATSÚO BASHO, De camino a Oku y otros diarios de viaje, Olañeta, Palma de Mallorca, 2014, 160 páginas.


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Escribe Jesús Aguado en el Prólogo (pp. 9-22): Bashó caminó y caminó trenzando, con el hilo refinadísimamente basto de sus palabras, con sus sandalias de paja, con la rama en la que se apoyaba y con el amplio sombrero cónico de tiras de cedro, todos productos manuales que intentaba fabricarse él mismo, los retales de una Palabra desperdigada y casi olvidada por el mundo.
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DÍA 23

Un palmoteo. 
La luna de verano. 
Responde el alba. 

En estos brotes 
de bambú, dibujada
toda mi infancia. 

Lenta cebada 
que enrojece y madura. 
La alondra canta.

Página en blanco, 
cucurras gritadoras: 
¡quiero dormir!

Asunto: la Casa de los Caquis Caídos, por Bonchô:

Campo de alubias, 
almacén de la leña: 
santos lugares. 

Cuando empieza a caer la noche Kyorai llega procedente de Kyoto. Una carta de Shobo de Zeze. Y otra de Shohaku de Otsu. Bonchô llega. El abad del templo Honpuku de Katada aparece de improviso y se queda a pasar la noche. Más tarde Bonchô regresa a Kyoto.

CALILA Y DIMNA, Carmen Bravo-Villasante

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CARMEN BRAVO-VILLASANTE, Calila y Dimna, Olañeta, Mallorca, 1990, 102 páginas.

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En el Prólogo (pp. 11-12), Carmen Bravo-Villasante, la editora,traza el origen de esta colección de cuentos y fábulas que proceden de «la famosa colección india llamada Panchatrantra, escrita en el siglo II de nuestra era». La historia de los lobos hermanos sería traducida al persa y «posteriormente Abdalla Ben Almocafa hizo, hacia el año 750, una traducción al árabe», tan popular que conocerá versiones en latín y otras lenguas romances. En el siglo XIII será el Infante D. Alfonso el que la vierta al castellano antiguo.
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EL MÉDICO IGNORANTE QUE ENVENENÓ A LA HIJA DEL REY

   Dijo Dimna:
   —Dicen que en una ciudad había un médico que tenía buena suerte y gran habilidad en el arte de la medicina, y se murió, y estudiaron algunos de sus libros para aprender, y vino un hombre que fingió que era buen médico y no era tal. Y el rey de esa tierra tenía una hija a la que amaba mucho y enfermó y el rey envió a llamar a muchos médicos para que curasen a su hija.
   Y vino un médico muy sabio que era ciego y le dijeron la dolencia de la niña y les mandó que le diesen a beber cierto jarabe que llaman ramaseda. Y se dirigieron al rey y se lo dijeron y él buscó un médico que le diese de beber aquella medicina y vino un hombre que se alababa de médico y sabio en medicinas y de preparados y mandó traer las arcas en que estaban las medicinas del médico muerto y se las trajeron y las abrió y sacó de allí una de días que encontró en un saquito en que había ponzoña mortal y compuso con ello y con otras medicinas, una medicina, y dijo:
   —Ésta es ramaseda.
   Cuando el rey vio que lo había hecho tan pronto, pensó que era sabio y agudo y mandó que le dieran algo y buenos paños. Y él dio a beber la medicina a la dueña y tan pronto como la bebió sus intestinos se despedazaron y murió. Y cuando el rey la vio muerta mandó que le diesen a beber al médico de aquella medicina, y cuando la bebió, se murió.

HABITACIONES Y OTRAS PIEZAS BREVES, Natsume Sōseki

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NATSUME SŌSEKI, Habitaciones y otras piezas breves, Olañeta, Palma de Mallorca, 2013, 78 páginas.
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Abel Vidal, traductor del volumen, explica en su nota introductoria que Sōseki logra en estos relatos "una extraordinaria mezcla de realidad y ficción, pasando por el filtro poético e imaginativo de su subjetividad diversas experiencias de su vida en Inglaterra, que quedan transformadas y ubicadas en la frontera entre el sueño y la memoria."
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IMPRESIÓN

   Cuando salgo al exterior, una ancha calle pasa recta delante de la casa. De pie en medio de la calle y examinándolo todo a mi alrededor, todas las casas tienen cuatro pisos y el mismo color. Las casas de al lado y las de enfrente son tan similares en construcción que resultan casi indistinguibles. Si me adelantara cuatro o cinco metros y después me diera la vuelta, sería imposible saber de qué casa acabo de salir. Esta es una calle extraña.
   Anoche dormí rodeado por el ruido de los trenes. Poco después de las diez fui corriendo por la oscuridad como en un sueño, espoleado por el sonido de las pezuñas de los caballos y las campanas. Centenares de sombras hermosamente iluminadas rozaban mis ojos, pero, por lo demás, no veía nada. Esta es la primera vez que miro a mi alrededor.
   Me quedo mirando arriba y abajo esta extraña calle dos o tres veces y luego giro a la izquierda, camino unos cien metros y salgo en un cruce. Tomo nota mentalmente y giro a la derecha, yendo a parar a una calle aún más ancha. Muchos autobuses pasan a lo largo de esta calle. Todos ellos llevan gente en el techo. Los colores de estos autobuses que incesantemente me adelantan son rojo, amarillo, verde, marrón y azul. Miro en la distancia, pero no puedo discernir hasta dónde llegan los colores. Cuando miro detrás de mí, avanzan hacia mí como nubes multicolores. Me detengo para pensar a qué lugar llevan a la gente y dónde la recogen, pero me arrolla una persona alta que me empuja por detrás. Trato de apartarme de su camino, pero descubro otra persona alta a mi derecha. Y a mi izquierda. La gente que me empuja por detrás es a su vez empujada por la gente que tiene detrás. Y todos están en silencio. Y todos se mueven espontáneamente hacia adelante.
   De repente soy consciente de haberme ahogado en un mar humano. No tengo ni idea de lo ancho que es este mar. Sin embargo, a pesar de su amplitud, es un mar extremadamente tranquilo. Pero no ofrece escapatoria. Si giro a la derecha, el camino está bloqueado. Si voy hacia la izquierda, el camino está cerrado. Aunque me dé la vuelta, está lleno de gente. De modo que avanzo silenciosamente. “Como gobernadas por un solo destino, decenas de miles de cabezas negras parecen haberse puesto de acuerdo para seguir hacia adelante sincrónicamente dando un paso a la vez.
   Mientras camino recuerdo la casa de la que acabo de salir. La extraña calle, con los mismos edificios de cuatro pisos y el mismo color en todas partes, parece un tanto lejana. Me siento como si no tuviese ni idea de dónde debo girar y qué camino debo tomar para ir a casa. Aunque volviera atrás, probablemente no sería capaz de descubrir mi propia casa. Anoche el edificio estaba en medio de una oscuridad total.
   Sintiéndome un poco desamparado, y empujado por las altas multitudes, dos o tres veces me veo obligado a girar y a meterme en otras calles anchas. Cada vez que giro tengo la sensación de moverme en dirección opuesta a la oscura casa de anoche y siento una soledad indecible en medio de las multitudes de gente, tan numerosas que me fatigan la vista. Salgo a una suave colina. Parece ser una plaza a la que van a parar seis o siete calles anchas. “Las olas, que hasta ahora han avanzado al unísono, convergen al pie de la colina con las procedentes de muchas otras direcciones y empiezan a dar vueltas en silencio.
   En la base de la colina hay unos grandes leones esculpidos en piedra. Todo su cuerpo es de color ceniciento. Tienen la cola delgada, pero sus sólidas cabezas están incrustadas en el remolino de sus melenas, como barriles de noventa litros. Con las patas de delante juntas, duermen en medio de multitudes que vibran en oleadas a su alrededor. Hay dos leones. Debajo de ellos, el suelo está cubierto de adoquines, con una gruesa columna de cobre en el centro. De pie en medio del mar de humanidad que se mueve silenciosamente, levanto los ojos y miro a lo alto de la columna. Ésta se levanta alta y recta hasta donde alcanza mi mirada. Por encima de ella el gran cielo es completamente visible. La alta columna se eleva como si atravesara el centro mismo de este cielo. Lo que hay en lo alto de esta columna, no lo sé. “De nuevo me veo empujado por una oleada humana que me hace salir de la plaza y, sin saber dónde estoy, desciendo por el lado derecho de una calle. Cuando, al cabo de un rato, miro hacia atrás, veo que, en lo alto de la columna delgada como una vara, hay una pequeña persona sola.

CUENTOS Y LEYENDAS DEL NEPAL

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Cuentos y leyendas del Nepal, Olañeta, Palma de Mallorca, 1997, 180 páginas.
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Víctor Giménez Morote es el responsable de la introducción, recopilación y traducción de estos cuentos extraídos de la tradición oral nepalí.
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LA CAÍDA DEL JHANKRI

Había una vez un gran lama que, antes de irse a la India en busca de libros sagrados, le pidió a un jhankri que se ocupase de las necesidades espirituales de la gente del poblado durante su ausencia. 
Algún tiempo después el lama volvió. Cuando ya estaba cerca del poblado supo que el jhankri estaba realizando un funeral. Así que se sentó bajo un árbol y envió a su asistente a enterarse de lo que hacía el jhankri. 
El asistente volvió y le explicó que el funeral se realizaba sin ningún libro. 
—¿Qué hace con el cadáver? —preguntó el lama. 
—El jhankri le hace reír, bailar y comer —respondió el asistente.
—¿Ah, sí? —exclamó el lama—. Ve y tráeme aquí al jhankri.
El asistente se fue. Se encontró al jhankri de muy mal humor porque el cadáver ya no quería obedecerle. Ahora estaba frío e inmóvil. 
Cuando el asistente le dijo que le acompañase a ver al lama, el jhankri saltó y amenazó con matarle. 
—¿Por qué quieres matarme? —dijo el asistente—. Yo he venido sólo a llevarte con mi maestro. 
Al final el jhankri fue y le preguntó al lama si estaría dispuesto a competir con él para ver quién tenía más poderes. 
-Estoy dispuesto a competir contigo -dijo el lama.
—Estupendo -dijo el jhankri—. El que consiga tocar primero el sol cuando amanezca mañana ganará el torneo.
-De acuerdo —dijo el lama.
Así que al día siguiente el jhankri se puso sus ropas ceremoniales y su sombrero de plumas y, con el tambor en una mano y la varilla para tocarlo en la otra, empezó a volar para encontrarse con el sol.
Mientras tanto, el lama se despertó y le pidió a su asistente que le dijera a qué altura estaba el jhankri. —Ahora está entre las nubes —le contestó. 
El lama hizo su té y se lo bebió. Después dijo de nuevo: 
—Mira a ver lo alto que está ahora. 
El hombre miró por la ventana y dijo: 
—Ahora está cerca del sol. 
El lama le pidió a su asistente que le trajera el incensario. Cuando se lo trajo, el lama sopló dentro haciendo que saliera un diminuto humo rosado. El humo salió por la ventana y subió por el espacio. Subió y subió hasta alcanzar al jhankri. El humo le ro-deó, le ató y tiró de él hacia la tierra. 
El jhankri cayó en un matorral de ortigas urticantes. 
Desde entonces ningún jhankri come ortigas. Sus tambores deformes y sus curvadas varillas nos recuerdan la caída del jhankri.

75 CUENTOS SUFÍES, Eva de Vitray-Meyerovitch

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EVA DE VITRAY-MEYEROVITCH, 75 cuentos sufíes, Olañeta, Palma de Mallorca, 1984, 156 páginas.

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En El camino de los cuentos (pp. 7-11) Eva de Vitray-Meyerovitch, la editora de esta antología, señala que "La tradición de los maestros sufíes —que, como se sabe, es la mística musulmana— siempre ha tomado los procedimientos que consideraba favorables para la transmisión de una enseñanza, para establecer un "puente" entre lo sensible y lo inteligible".
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EL HOMBRE QUE FUE A PEDIR SU PARTE A DIOS

   Un hombre muy desgraciado se preguntaba un día qué habría hecho Dios, justo y bueno, con su parte de felicidad, y resolvió que lo iría a ver y se la reclamaría. Dicho y hecho, se puso en camino.
   Llegado a un pueblecito, pidió hospitalidad en nombre de Dios a una mujer, que le dijo que su marido había matado ya a noventa y nueve personas. y que él corría el peligro de convertirse en la centésima víctima. De todas formas, ocultó al viajero en un cobertizo fuera de la casa, tras haberle dado de comer.
   Una vez vuelto su esposo. le contó la mujer lo que había pasado, pero le suplicó que no matase a aquel viajero que había partido para reclamar a Dios su parte. El marido lo prometió, hizo que le trajera al viajero a su casa y lo trató con generosidad durante tres días, después de lo cual le encargó decirle al Señor que, si bien había matado noventa y nueve hombres, a él no le había hecho daño alguno, y que imploraba su perdón. El viajero aceptó dar aquel recado.
   Después llegó a un bosque donde había un ermitaño que vivía en penitencia y a quien, cada noche, mandaba Dios alimentó milagrosamente.
   El ermitaño invitó al viajero a compartir la cena, que aquella noche resultó estar compuesta de dos platos, enviados, como siempre, por el Cielo. Como uno de los platos era más refinado que el otro. lo comió el ermitaño, dejando el menos bueno para su huésped. Cuando éste le dejó, a la mañana siguiente, el ermitaño le encargó que le preguntara a Dios qué lugar le reservaba en el más allá después de la muerte.
   El viajero llegó luego a un desierto en el que distinguió a un hombre de delgadez esquelética, completamente desnudo, que se escondía en un agujero cavado en la arena. Le preguntó al peregrino cuál era su destino y, enterado, le pidió que le dijese a Dios que aquel que no tenía para cubrirse otra cosa que arena le enviaba decir que estaba dispuesto a aceptar una desgracia más, proclamando, esto, con aire desafiante.
   Finalmente, el viajero terminó por encontrarse a un ángel que le preguntó a dónde iba, y que le informó que a él había encargado Dios dar a cada hombre lo suyo. Él se encargaría de pedir las respuestas. El hombre respondió que había venido a pedir su parte, pues no había recibido nada en este mundo. En cuanto a aquellos que había encontrado, uno era un hombre que, habiendo matado a noventa y nueve, le había dado hospitalidad y solicitaba el perdón de Dios. El segundo era el ermitaño. El tercero el solitario que vivía en un agujero del Sahara.
   El ángel partió como un rayo y volvió con las respuestas: «El que mató pero te ha alimentado y se arrepiente está perdonado. Al ermitaño, que tomó para sí los mejores trozos, no le sirven de nada sus mortificaciones anteriores. En cuanto al que desafía a Dios a que le envié una desgracia más, tú mismo podrás juzgar. A ti, por último. Dios te concederá tu parte».
   A su vuelta, el viajero vio al hombre desnudo en su agujero: ya ni arena tenía para vestirse.
   Transmitió las respuestas celestiales al ermitaño y al asesino, volvió a su casa. y a partir de entonces fue feliz. «Dios, a quien no gustan ni la rebelión ni la presunción, es por excelencia El que Perdona y ama, y sólo Él puede dar la felicidad o la desdicha».

(Con arreglo a: E. Dermenghem, Cantes Kabyles)

PEQUEÑO TRATADO DE LA FELICIDAD, Henri Brunel

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HENRI BURNEL, Pequeño tratado de la felicidad, Olañeta, Palma, 2002, 126 páginas.

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«...UND TROTZDEM BLÜHEN DIE ROSEN...» [«...y a pesar de todo florecen las rosas...»]

   Tenía yo once años, estábamos, creo, en julio de 1940. Por mi pueblo de Sologne, la guerra había pasado como una tempestad primaveral. Habíamos reanudado nuestra sencilla vida ordinaria. De todo aquello sólo nos quedaba un sordo malestar, «el buen mariscal Pétain» y dos o tres soldados alemanes.
   Como todos los veranos, yo galopaba por los campos con Bébert, Marcel, el hijo del almadreñero y mi hermana menor, de ocho años, que corría detrás con el delantal al viento. Durante un juego, o buscando moras, me extravié y di de pronto, en el recodo de un bosque, con una casita abandonada. Me acerqué prudentemente, empujé una puerta mal cerrada y me encontré de narices con... ¡un soldado alemán!
   Mi corazón palpitaba enloquecido pero, en aquel tiempo, hacía yo profesión de valor, como todos los muchachuelos; y avancé, bravucón. Estaba sentado en el enlosado, en medio de una estancia vacía, con la guerrera desabrochada, nadaba en un océano de libros, contemplándolos tristemente.
   Era un espectáculo extraño ver así a uno de esos feroces y míticos guerreros apeado de su carro, sin fusil, sin cinturón. Yo estaba tan desconcertado que dije en voz alta las únicas tres palabras alemanas que sabía: «Sprechen Sie deutsch? » (¿Habla usted alemán?).
   Me miró, pronunció unas palabras incomprensibles y me tendió un librito de cubiertas blancas. Retrocedí, asustado. Pero insistió, lo tomé y puse pies en polvorosa.
   He conservado ese libro, nunca he hablado a nadie de él. Fue un pesado secreto, durante aquellos años de infancia y de odio, poseer esos poemas y pensar en aquel soldado alemán.

AL-HIKAM (AFORISMOS SUFÍES), Ibn Ata Illâh

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IBN 'ATA' ILLÂH, Al-Hikam (Aforismos sufíes), Olañeta, Palma de Mallorca, 2010, 214 páginas.

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En la Nota introductoria (pp. 9-21) se dice de los aforismos del santo sufí Ibn 'Ata' Illâh (1259-1309): "nos dan las claves del discernimiento, pero no buscan ayudar a conocer el mundo, ni a los demás, sino conocerse únicamente a sí mismo". Acompañan a los aforismos las Epístolas (pp. 97-124).
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Las decisiones anticipadas no atraviesan las murallas del destino.
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Entierra tu existencia en la humildad; el germen que sale de una semilla no enterrada no alcanza su pleno desarrollo.
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Las luces son las cabalgaduras de los corazones y de sus centros más íntimos.
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Las ramas del envilecimiento sólo crecen de las semillas del deseo ambicioso.
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La gente te alaba por las cualidades que suponen en ti; censúrate tú por lo que sabes que hay en tu alma.
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El tiempo de tu vida perdido no se puede sustituir, y el aprovechado (en hacer los que debías) es inestimable.
 

POEMAS BREVES, Kabir

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KABIR, Poemas breves, Olañeta, Palma de Mallorca, 2001, 80 páginas.

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Jesús Aguado traduce y presenta la obra del "más importante poeta devocional de la India, [que] vivió, según se conjetura, de 1440 a 1518".
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Si sabes que estás vivo
saca jugo a tu vida.
La vida es de esa clase de invitados
que nunca le visita a uno dos veces.

LOS SUEÑOS DE DIEZ NOCHES, Natsume Soseki

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NATSUME SOSEKI, Los sueños de diez noches, Olañeta, Palma, 2013, 96 páginas.

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Ángela Pérez traduce y presenta estas "auténticas perlas engarzadas en el hilo onírico".
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LA TERCERA NOCHE

   Tuve este sueño:
   Yo iba caminando con un niño de seis años a cuestas. Estaba seguro de que era mi hijo. Pero, por extraño que parezca, no sabía por qué estaba ciego y calvo como un monje. Le pregunté cuándo se había quedado ciego y me contestó que estaba ciego desde hacía mucho tiempo. Tenía voz de niño, pero hablaba como un hombre maduro, sin el menor respeto a su padre.
   Estábamos en un sendero largo que cruzaba un arrozal verde. A veces se divisaba una garza blanca en la oscuridad.
   —Creo que ya hemos llegado al arrozal —dijo el niño a mi espalda.
   —¿Cómo lo sabes? —le pregunté, volviendo la cabeza hacia él.
   —Por los graznidos de las garzas.
   Entonces se oyó dos veces el graznido de una garza tal como él había dicho.
   Empecé a sentir miedo de él, aunque era mi hijo. Con tan extraña criatura ala espalda, tenía la impresión de que iba a ocurrirme algo espantoso. Miré alrededor buscando un sitio adecuado para deshacerme de él. Divisé en la oscuridad un bosque grande a lo lejos. Me pareció que sería un buen lugar para hacerlo y entonces oí una risilla detrás.
   —¿De qué te ríes ahora? —pregunté.
   Él no me contestó. Se limitó a preguntarme:
   —¿Peso demasiado, padre? —Le contesté que no y él dijo—: Creo que pronto pesaré más.
   Seguí caminando en silencio hacia el bosque. El sendero seguía un curso sinuoso entre los campos, así que era difícil salir. Al cabo de un rato llegué a un punto en que el sendero se bifurcaba. Me detuve allí para hacer un breve descanso.
   —Aquí debe haber un mojón —dijo el niño.
   Era verdad. Distinguí un pilar de piedra de unos ocho por ocho centímetros y que me llegaría a la cintura. Indicaba: a la izquierda, Hidarigakubo y a la derecha, Hottahara. Veía clarísimamente los caracteres rojos en la oscuridad. Eran de color escarlata como el vientre de los tritones.
   —Será mejor que vayas hacia la izquierda —me dijo el chico. Miré hacia la izquierda y divisé el bosque en el que me proponía adentrarme, que proyectaba sombras oscuras sobre nosotros. Vacilé un momento.
   —¿Qué estás esperando? —me preguntó el niño en tono apremiante. Tomé de mala gana el camino que llevaba al bosque. Seguí andando y andando por el camino que llevaba al bosque, preguntándome cómo podría saberlo todo el niño a pesar de su ceguera.
   —Es odioso estar ciego. No lo soporto —dijo él a mi espalda.
   —Por eso te llevo yo. Para que te sientas mejor.
   —Te lo agradezco, pero la gente se burla de mí por ser ciego. Incluso mi padre se burla de mí. —Me sentía más que harto del muchacho, y me apresuré para dejarle en el bosque lo antes posible—. Un poco más adelante encontrarás algo. Recuerdo que ocurrió precisamente una noche como ésta —dijo él a mi espalda, como si hablara solo.
   —¿De qué hablas ahora? —le pregunté con aspereza.
   —¿Por qué me lo preguntas? Lo sabes muy bien —respondió el niño en tono despectivo. Entonces tuve la impresión de que sabía algo aunque no estaba totalmente seguro de lo que era. Y creía que sabía que lo que fuese había ocurrido realmente una noche como aquella. Tal vez un poco más adelante lo supiera con certeza. Pero algo me advertía que tal vez fuese mejor no saberlo. Tenía que deshacerme del chico lo más pronto posible, antes de averiguarlo. Apreté el paso todavía más.
   Llevaba bastante tiempo lloviendo. La oscuridad aumentaba a cada paso. Procure concentrarme en seguir avanzando. El niño que llevaba a la espalda reflejaba como un espejo todos los detalles de mi pasado, mi presente y mi futuro. Y era mi propio hijo, que estaba ciego. No podía soportarlo. Y en aquel preciso momento le oí decir:
   —¡Aquí! ¡Es aquí mismo, al pie de ese cedro! —Su voz sonó clarísima a pesar de la lluvia. Me detuve inconscientemente. Me había adentrado en el bosque sin darme cuenta. Había algo negro a unos dos metros. Parecía un cedro, tal como había dicho él.
   —Lo hiciste al pie de ese cedro, padre. ¿Lo recuerdas?
   —Sí, es ahí precisamente donde lo hice —respondí yo muy a mi pesar.
   —Fue el quinto año de Bunka. El año del dragón [1808], ¿verdad? —él tenía razón, me dije——. ¡Así que hace exactamente cien años que me mataste aquí!
   Al oír estas palabra comprendí súbitamente que había matado a un hombre ciego una noche como aquella el quinto año de la era de Bunka, el año del dragón. En cuanto comprendí que era un asesino, el niño que llevaba a cuestas se hizo mucho más pesado, tanto como un niño jizo de piedra.

LA PUERTA SIN PUERTA, Mumon Ekai

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 MUMON EKAI, La puerta sin puerta, Olañeta, Palma de Mallorca, 2008, 142 páginas.

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Jacques Brosse introduce en su Presentación la figura de Mumon Ekai, maestro budista que vivió en los siglos XII y XIII. Este libro contiene 48 de sus koan, breves acertijos de apariencia paradójica, "acompañado cada uno de una breve explicación que profundiza en su sentido". Además, las reproducciones de pinturas y caligrafías de distintos artistas japoneses contribuyen a embellecer reflexiones de estas páginas.
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DOS ALMAS

   "Seijo, la muchacha china —observó Goso— tenía dos almas, una siempre enferma en casa y la otra en la ciudad. Una mujer casada con dos hijos. ¿Cuál era el alma verdadera?"
 

   Comentario de Mumon: Si uno entiende esto, sabrá que es posible salir de una cáscara y entrar en otra, como si se estuviera en un alojamiento pasajero. Pero, si no puede entenderlo, cuando llegue su hora y sus cuatro elementos se separen, será como un cangrejo sumergido en agua hirviendo que agita sus numerosas patas. En tal aprieto, puede que diga: "¡Mumon no me dijo a dónde ir!", pero entonces será demasiado tarde.
   
   La luna por encima de las nubes es la misma luna.
   Debajo, las montañas y los ríos son todos diferentes.
   Todos son felices en su unidad y variedad.
   Este es uno, este es dos.








Daruma (Bodhidharma). Shokada, Japón, s. XVII

CUENTOS ANDALUCES

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Cuentos andaluces, Olañeta, Palma de Mallorca, 1990, 88 páginas.

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Seleccionados por Carmen Bravo-Villasante, estos cuentos originarios de diferentes puntos de Andalucía presentan, al lado de ciertos rasgos de estilo que delatan el pulimento esperable en su paso a la lengua escrita, los elementos propios del "habla andaluza", permitiendo la ilusión, a pesar de que la puerta a los relatos esté construida de papel, de que en realidad "los estemos oyendo".

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LA SIRENA

   Eran unos padres que tenían un hijo y el padre era pescador y todos los días iba a pescar. Un día vio que la red pesaba muchísimo y que apenas podía sacarla; cuando lo consiguió, vio en ella un pescado muy grande que le dijo:
   —Yo te voy a comer si no me ofreces traerme al primero que encuentres.
   El pescador pensó que sería como siempre la perrilla la que se adelantaba a recibirle y ésa le llevaría. Así que el pez se sumergió, se marchó hacia su casa; mas esta vez, en lugar de la perrilla quien salió fue su hijo.
   El padre preguntó que por qué se había apresurado a salir a su encuentro, y el hijo le dijo que como tardaba estaba con cuidado. El padre le contó lo que había pasado; que había sacado una Sirena en la red y que le había exigida le llevase al primero que en su casa saliese a recibirlo.
   El hijo conoció que su padre tenía que cumplir su palabra; pero, antes de ir, quería marchar a un pueblecito inmediato para despedirse de unos amigos que él tenía; yendo por el camino, se encontró una hormiga, un lobo y un águila; todos tres estaban comiéndose un burro muerto; pero cada uno quería llevarse la mejor parte y no lograban partirlo. Cuando lo vieron pasar lo llamaron y le dijeron les hiciera las particiones del burro. Él lo repartió dándole la carne al águila, los huesos al lobo y la piel a la hormiga; cuando ya se marchaba, volvieron a llamarlo y él temió si querían comérselo también; pero se acercó y le dijeron que querían darles las gracias y su recuerdo por su buena obra. El lobo le dio un pedacito de oreja que tenía la virtud, que en sacándola y diciendo: —¡Ay de mí! ¡el lobo!—, se convertía en lobo. El águila le dio una pluma para que dijese: —¡Ay de mí! ¡el águila!— y se convirtiese en águila; y la hormiga, una patita para que dijera: —¡Ay de mí! ¡Hormiga!—, y se volviese hormiga.
   Ya con estos regalos, se volvió a su casa y le dijo al padre que podía entregarlo a la Sirena. Aquél lo llevó y al entregárselo tocó la pluma y después de decir las palabras —¡Ay de mí! ¡Águila!—, se volvió águila y se marchó del primer vuelo al palacio, y la princesa, al ver aquel pájaro tan bonito lo hizo coger y lo colocó atado a los pies de la cama. Por la noche se volvió hombre; la princesa se asustó; pero él la tranquilizó y le contó su historia. El rey quiso se quedase en palacio y todos lo querían mucho; todas las tardes salía en coche con el rey y la princesa, y otras veces a dar paseos en lancha por el mar.
   Un día la Sirena lo vio y le echó mano y se lo tragó a vista del rey y la princesa- El rey dijo que aún encontraba medio de sacarlo de la Sirena. Como a las sirenas les gustar mucho el oro y la plata, mandó hacer un remo de plata, y un día salieron en busca de la Sirena, y le dijeron que si les enseñaba el joven aunque no fuese más que medio cuerpo, le regalarían el remo de plata. La Sirena les enseñó la cabeza solamente así que él nada pudo hacer todavía: mas la princesa le dijo que si se lo enseñaba de medio cuerpo, le regalaría un remo de oro. La Sirena dijo que sí y al otro día se lo llevaron y la Sirena sacó el medio cuerpo del joven que, hallándose en esta libertad, pudo tomar la forma del águila y se echó a volar. La Sirena dijo: —¡Ah, pícaros, que me han engañado! Pero yo me vengaré. Y, al irse a volver a palacio la princesa, se abrió la tierra y se la tragó. El águila, que vio lo que pasaba, dijo: —Pues yo habré de sacarla. Y, hecho hombre de nuevo, le dijo a unos albañiles le hicieran un agujero pequeño en aquel sitio. Entonces sacó la patita de la hormiga y dijo: —Vuélvome hormiga, y se entró dentro de un castillo y quiso volverse águila: la reina lo conoció enseguida y cuando salió el gigante que la guardaba, el joven se convirtió en hombre y le dijo a la princesa que se volviese ella también hormiga para salir juntos. Así lo hicieron y llegaron a palacio donde el padre se puso tan contento y permitió al libertador de su hija que se casara con ella. Vivieron muy felices; pero siempre cuidando de no pasear nunca por el mar para no encontrarse con la Sirena.

HAIKÚS ZEN, Natsume Soseki

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NATSUME SOSEKI, Haikús zen, Olañeta, Palma, 2012, 131 páginas.

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Subtitulado Poemas y cartas, incluye fragmentos de cartas a dos monjes zen y acuarelas y caligrafías del autor que "sustituyó a Lafcadio Hearn como profesor de literatura inglesa en la Universidad de Tokio". El editor, Soiku Shigematsu, advierte en la Introducción (pp 9-15): "para esta breve colección se han seleccionado haikús que evocan distintos aspectos del zen: su universalidad, individualidad y vitalidad". 
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No olvides, dulce caqui,
tus días más tempranos,
cuando aún eras amargo.

CÓMO SE SALVÓ EL MUNDO Y OTROS CUENTOS INDIOS, Edward S. Curtis (editor)

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EDWARD S. CURTIS (editor), Cómo se salvó el mundo y otros cuentos indios, José J. de Olañeta, Palma de Mallorca, 1992, 112 páginas.

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Edward K. Flagler advierte en su prólogo cómo "a través de esta selección el lector podrá penetrar en el mundo del indio americano y apreciar su enorme belleza y poesía".

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ZORRO Y LOS OSOS

   Había dos osos que eran hermanos y vivían en un lugar no lejos de aquí. Uno de ellos estaba enfermo, y el otro hacía todo cuanto podía para salvarlo. Cantaba, hacía medicina, pero su pobre hermano, en vez de mejorar, estaba cada vez peor. Aullaba de dolor. Pues bien, Zorro se enteró del hecho y se presentó para ver qué podía hacer. Dio tratamiento tras tratamiento al enfermo, pero, a pesar de todo, Oso murió.
   Cuando se disponían a enterrar el cuerpo, Zorro dijo: «No lo enterréis en el suelo. Sería mejor... arrojarlo simplemente al agua.»
   Después Zorro se fue a su casa y dijo a sus hijos que fueran río abajo y que, cuando vieran a Oso flotando, lo sacaran del agua y lo llevaran a casa. Así lo hicieron, y no pasó mucho tiempo antes de que Zorro y su familia celebraran un magnífico banquete.
   Mientras comían, un pajarito se posó y pidió un poco de comida. Pero no quisieron darle nada. El pájaro dijo: «Sé a quién os estáis comiendo. Y, si no me me dais un poco, iré a decir al otro oso lo que habéis hecho con el cuerpo de su hermano.»
   «Vete de aquí. Di lo que quieras.»
   El pájaro se alejó volando, y Zorro empezó a tener miedo. Escondió toda la carne. Luego miró a sus hijos y reflexionó unos minutos. Pues bien, esto es lo que hizo: les cortó todo el pelo, se cubrió a sí mismo de cenizas, y todos empezaron a lamentarse.
   Pronto apareció el otro oso. Se detuvo y observó. Estuvo mirando durante mucho, mucho tiempo. Luego se dijo a sí mismo: «Su corazón es leal. Están llorando la muerte de mi pobre hermano.»
   Y el oso se fue. Tan pronto como desapareció de su vista, Zorro y sus hijos se dirigieron al lugar donde habían enterrado la carne y la desenterraron. Tenía muy buen aspecto, y siguieron comiendo hasta que se terminó por completo.

LOS MÁS BELLOS CUENTOS ZEN, Henri Brunel (editor)

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HENRI BRUNEL, Los más bellos cuentos zen, Olañeta, Palma de Mallorca, 2011(2006), 272 páginas.

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En la personalísima introducción Cuando el Zen entró en mi vida... (pp. 11-15), el editor, Henri Brunel, dice: "El cuento zen desoxida la mente, choca con los principios, hace replantear los modos de pensamiento, hace desaparecer los prejuicios".

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EL DEDO DE ORO

   Un día del tiempo pasado, en la antigua China, un ermitaño un poco mago recibió la visita de un amigo de juventud, llamado Siang-Ju. El santo monje vivía desde hacía muchos años en el corazón de la montaña profunda, por lo que recibió a su amigo con efusión y alegría. Le ofreció comida y refugio para la noche.
   Al día siguiente le dijo:
   — Siang-Ju, en recuerdo de los años de nuestra juventud, quiero hacerte un regalo.
   Y apuntando con el dedo a una gran piedra, la transformó en un bloque de oro puro. En lugar de alegrarse, su amigo conservaba un aire ceñudo. Ni siquiera le dio las gracias:
   —Monje Wei —le dijo—, he hecho un largo viaje para llegar hasta ti en el corazón de la montaña profunda. ¿Por qué iba a contentarme con un pequeño bloque de oro puro?
   El ermitaño, deseoso de complacer a su amigo de juventud, apuntó el dedo hacia un enorme peñasco y lo transformó en un bloque de oro puro.
   —Espero que estés satisfecho —dijo riendo— y que tu asno pueda transportarlo.
   Pero Siang-Ju no sonreía y conservaba su aspecto ceñudo.
   —¿Qué deseas, pues? —preguntó el monje.
   Entonces Siang-Ju, su amigo de juventud, sacó el gran cuchillo que llevaba en el cinto.
   —Lo que quiero —dijo— es el dedo.

CUENTOS ESQUIMALES

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Cuentos esquimales (Los cuentos del iglú), Olañeta, Palma de Mallorca, 1990, 55 páginas.

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Recopilados por Edward L. Keithahn, estos cuentos de los "comedores de carne cruda", explica Louise Weiss en la Presentación (pp. 5-6), son "representativos del desolado mundo polar que tanto fascina en la actualidad a los felices habitantes de nuestras templadas tierras". Las ilustraciones interiores son reproducciones de obras procedentes de museos canadienses.

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EL NIÑO GLOTÓN
  
   Un niño vivía con su abuela en el iglú construido por el abuelo. A partir de la muerte de este último, el hambre campaba a sus anchas por la casa. Un día, la anciana sacó al nieto del iglú. Ya no podía alimentarlo más. Le rogó que buscara algo para comer.
   El niño salió y se encontró un bacalao que había sido arrojado a la playa. Lo recogió, le arrancó la cabeza y se lo devoró de un bocado. Continuó su paseo y tropezó con un león marino. Se arrojó sobré él, le arrancó la cabeza y se lo comió. Pero aun así, seguía hambriento. Más adelante se topó con una morsa de largos bigotes que se calentaba al sol. Antes de que la morsa hubiera llegado al agua, el niño ya le había arrancado la cabeza y sin molestarSe en despiezarla, se la tragó.
   Por último el pequeño glotón divisó una ballena blanca que acababa de ser arponeada por un pescador. De la misma manera que había hecho con el bacalao, el león marino y la morsa, le quitó la cabeza y se la comió entera, con piel, barba e intestinos incluidos. Entonces se sintió mejor. Por primera vez en su vida había conseguido devorar a su propia hambre. Se puso a cantar y le dedicó la canción a su estómago. Tuvo sed y se dirigió a un pequeño lago, donde bebió sin tomar aliento. El lago se secó y el niño volvió al iglú. Pero había engordado tanto, que no pudo entrar por la puerta.
   —Entra por la ventana —le aconsejó la abuela.
   La ventana era más pequeña que la puerta. Con todo pudo meter la cabeza, pero los hombros se quedaron atascados.
   —Entra por el tubo del respiradero —le aconsejó la anciana. El tubo era más pequeño que la ventana, pero la cabeza y los hombros del niño pasaron, el estómago no.
   —Pasa por el ojo de mi aguja —invocó la esquimal.
   Levantó su aguja hacia el techo del iglú y el niño pasó y se cayó al suelo. En aquel momento la anciana se dio cuenta de que su nieto había engordado tanto sólo por comer demasiado.
   —¡No te acerques a la lámpara!— le dijo con firmeza.
   Pero el niño, que había perdido el equilibrio, rodó hasta la lámpara, ésta cayó sobre él y estalló. La anciana había tenido tiempo de escapar. Cuando volvió a reinar el silencio, la vieja se arrastró hasta el iglú y miró por la ventana. El niño y la lámpara habían desaparecido. En su lugar se hallaban un bacalao, un león marino, una morsa y una ballena que nadaban en un pequeño lago azul.