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RETRATO Y LITERATURA. LOS RETRATOS DE LOS PREMIOS CERVANYES EN LA BNE, Jesús Marchamalo

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JESÚS MARCHAMALO, Retrato y literatura. Los retratos de los Premios Cervantes en la Biblioteca Nacional de España, BNE, Madrid, 2014, 132 páginas.

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Jesús Marchamalo, comisario de la exposición de la que este libro es catálogo, explica pormenorizadamente el proyecto de creación de una colección de retratos de los Premios Cervantes para la Biblioteca Nacional de España. Estrella de Diego, en Hacer un retrato (pp. 21-27) deja dicho:"Si retratar es contar, los retratos que aquí se presentan son pequeñas narraciones que esperan ser leídas".
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   Conocí a Ana María Matute a raíz del encargo de la Biblioteca Nacional. En ese momento estaba trabajando la figura y fue un reto fantástico, un regalo de esos que te propicia a veces la vida. Me encantó conocer a esta gran mujer, más despierta que cualquier niña, llena de magia e ilusión. Mientras hacía bocetos me explicaba cuentos. A medida que Ia iba conociendo y dibujando leía sus libros. Al sumergirme en su literatura decidí retrararla con sus historias. Como a ella le encanta la Edad Media y a mí me fascina el románico, decidí representarla con ese fondo tan mágico con el que se pintaban los beatos: franjas de colores.
   En cada franja hay referencias a sus novelas, y en Ia última hay una inscripción que escribía mi buen amigo y gran medievalista Daniel Rico:
   Haec est Annae Mariae artificis forma pulcherrimae,
   Quae vitam nostram pinxit orbesque alteros finxit
.
   Transcribo el mail que él mismo me envió y que dice:
   "Una posible traducción sería:
   Esta es la figura de la bella creadora Ana María,
   Que pintó nuestra vida y fingió otras regiones"
.
   Ten en cuenta que estas cosas nunca se pueden traducir con exactitud. Donde traduzco ‘Figura’ podría poner ‘retrato’ o ‘imagen’, da igual, el caso es que Ia palabra latina que he utilizado es ‘forma’, mucho más elegante que sos derivados modernos y también algo más ambigua. En cuanto a la Matute, no la llamo ‘escritora’, sino ‘artifex’ (artífice, palabra muy usada en la Edad Media para referirse a cualquier tipo de creador o hacedor de cosas, del artesano al poeta), que es lo que ella es, y por coherencia con el tono artístico de toda la inscripción. El segundo verbo resume perfectamente los dos principales rasgos de su obra: ‘pintó nuestra vida’ se refiere al realismo con el que retrató la posguerra, y ‘fingió otros mundos’, como es obvio, a su punto surrealista".

   Al retrato de Ana María Matute no podía faltarle un texto.
Alicia Marsans

Ana María Matute, 2011

Óleo sobre papel encolado a tabla, 530 x 97 cm

LIBRO DE JUEGOS PARA LOS NIÑOS DE LOS OTROS, Ana María Matute

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ANA MARÍA MATUTE, Libro de juegos para los niños de los otros, Espasa, Barcelona, 2003, 48 páginas. Fotografías de Manuel Durán y Juan MIguel Sánchez Vigil.

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Espasa reedita con fotografías actuales los textos publicados por primera vez en 1961.
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EL JUEGO DE LOS TRENES QUE NO TIENE FIN
  
   El inacabado juego de los trenes va bien para las tardes malas tardes: tardes de cicatrices. Uno ya sabe. Los trenes van pasando. Las vías queman. Duelen las cicatrices, o las heridas recientes, aún abiertas: no somos perros que se lamen debajo de los puentes. No nos gusta pensar en cicatrices, pero duelen. Y pasan los trenes por la vía negra, como si fueran ardientes barras de carbón al sol. En el inacabado juego de los trenes toma parte la rabia, el rencor, o acaso el odio. Si es odio este deseo de irse, de marcharse, de no volver a ver jamás aquella blanca cicatriz que le parte la barbilla al padre. Si acaso es odio el irse y olvidar el agua, el humo, los ladrillos, el pan, los agujeros en la tierra, aquel pájaro que grita rodeado de alambres, entre rojos geranios, aquel banco de piedra por donde las hormigas trepan quién sabe con qué fin (como la firma a la entrada de la fábrica, las riñas, o las cañas, o los golpes). Allá va el tren, ahí va cercano: por la noche robamos un vagón cargado, buscamos mercancías debajo de las lonas, pasamos como sabias lagartijas. Ahí están el tren y las vías dañinas, donde una tarde aquel chico, se quedó roto: las piernas bonitamente rojas, las rodillas peladas, devoradas, hasta que lo taparon con un saco, como otra mercancia. Sería un bonito y descansado juego, este triste e interminable juego de los trenes, si uno pudiera escaparse en ese grito que de repente viene a cortar la tarde, el pensar, la vida, o quién sabe, algo como esa delgada cicatriz que parte la barba negra de aquel hombre. Ese grito del tren le hace a uno daño, y al mismo tiempo, parece que uno espera. (Dicen que al chico que se mató en la vía, lo llamaba aquel grito aquella tarde, y lo quiso jugar. Mala suerte.)

LOS NIÑOS TONTOS, Ana María Matute

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ANA MARÍA MATUTE, Los niños tontos, Arión, Madrid, 1956, 59 páginas. 

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Esta primera edición cuenta con las ilustraciones de Miguel Lloch.
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EL ESCAPARATE DE LA PASTELERÍA


   El niño pequeño, de los pies descalzos y sucios, soñaba todas las noches que entraba dentro del escaparate. Tras el cristal había tartas de manzana, guindas rojas y salsa de caramelo, que brillaba. Aquel niño pequeño iba siempre seguido de un perro descolorido, delgado. Un perro de perfil.
   Una noche, el niño se levantó con ojos extrañamente abiertos. Los ojos de aquel niño estaban barnizados de almíbar, y su boca tenía dientecillos agudos, ansiosos.
   Llegó al escaparate y apoyó la frente en el cristal, que estaba frío. Sintió gran desolación en las palmas de las manos. Todo estaba apagado, y nada veía. Pero aquel niño sonámbulo volvió a su choza con las redondas pupilas, de color de miel y azúcar tostado, muy abiertas.
   El sol llegó, grande, y el niño lo vio entrar. No podía cerrar los ojos y suspiraba. En aquel momento una señora caritativa asomó la cabeza por la puerta. Traía un cazo lleno de garbanzos que le habían sobrado.
   —Yo no tengo hambre. Yo no tengo hambre —dijo el niño. Y la señora caritativa, escandalizada, se fue a contarlo a todo el mundo. “Yo no tengo hambre”, repitió el niño, interminablemente.
  El flaco perrillo se marchó de allí, con el corazón oprimido. Volvió, trayendo en la boca un trozo de escarcha, que brillaba al sol como un gran caramelo. El niño lo chupó durante toda la mañana, sin que se fundieran en su boca fría, con toda la nostalgia.

LIBRO DE JUEGOS PARA LOS NIÑOS DE LOS OTROS, Ana María Matute

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ANA MARÍA MATUTE, Libro de juegos para los niños de los otros, Lumen, Barcelona, 1961, 50 páginas. Fotografías de Jaime Buesa.
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EL JUEGO DE TODOS LOS DÍAS QUE NO TIENE TRAMPA

   Éste de todos los días es el peor juego; el más maldito juego. ¿Y mañana, y pasado, y el otro, el otro, el otro...? Nos lo sabemos todo, y ¿para qué? Somos nosotros, y mañana será otra vez mañana. Y nada más. ¡Si lo sabemos todo! No nos da miedo ya, estamos aburridos de jugar y nadie puede levantarse y decir: He terminado. Porque no hay trampa, y mañana es otra vez mañana. Hay que jugar.

LOS NIÑOS TONTOS, Ana María Matute

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ANA MARÍA MATUTE, Los niños tontos, Destino, Barcelona, 1971, 68 páginas.

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Ésta es la primera edición en Destino, la segunda tras la original de 1956 en la madrileña Arión. Cuenta con las ilustraciones de José María Prim.
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EL INCENDIO

El niño cogió los lápices color naranja, el lápiz de color amarillo, y aquel por una punta azul y la otra rojo. Fué con ellos a la esquina, y se tendió en el suelo. La esquina era blanca, a veces la mitad negra, la mitad verde. Era la esquina de la casa, y todos los sábados la encalaban. El niño tenía los ojos irritados de tanto blanco, de tanto sol cortando su mirada con filos de cuchillo. Los lápices del niño eran naranja, rojo, amarillo y azul. El niño prendió fuego a la esquina com sus colores. Sus lápices -sobre todo aquel de color amarillo, tan largo- se prendieron de los postigos y las contraventanas, verdes, y todo crujía, brillaba, se trenzaba. Se desmigó sobre su cabeza, en una hermosa lluvia de ceniza, que le abrasó.

LOS NIÑOS TONTOS, Ana María Matute

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ANA MARÍA MATUTE, Los niños tontos, Destino, Barcelona, 2001 (1978), 82 páginas. 

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Tanto la cubierta como las ilustraciones interiores son obra de José María Prim. 
 
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EL TIOVIVO

   El niño que no tenía perras gordas merodeaba por la feria con las manos en los bolsillos, buscando por el suelo. El niño que no tenía perras gordas no quería mirar al tiro en blanco, ni a la noria, ni, sobre todo, al tiovivo de los caballos amarillos, encarnados y verdes, ensartados en barras de oro. El niño que no tenía perras gordas, cuando miraba con el rabillo del ojo, decía: “Eso es una tontería que no lleva a ninguna parte. Sólo da vueltas y vueltas y no lleva a ninguna parte”. Un día de lluvia, el niño encontró en el suelo una chapa redonda de hojalata; la mejor chapa de la mejor botella de cerveza que viera nunca. La chapa brillaba tanto que el niño la cogió y se fue corriendo al tiovivo, para comprar todas las vueltas. Y aunque llovía y el tiovivo estaba tapado con la lona, en silencio y quieto, subió en un caballo de oro que tenía grandes alas. Y el tiovivo empezó a dar vueltas, vueltas, y la música se puso a dar gritos entre la gente, como él no vio nunca. Pero aquel tiovivo era tan grande, tan grande, que nunca terminaba su vuelta, y los rostros de la feria, y los tolditos, y la lluvia, se alejaron de él. “Qué hermoso es no ir a ninguna parte”, pensó el niño, que nunca estuvo tan alegre. Cuando el sol secó la tierra mojada, y el hombre levantó la lona, todo el mundo huyó, gritando. Y ningún niño quiso volver a montar en aquel tiovivo.

LOS NIÑOS TONTOS, Ana María Matute & Javier Olivares

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ANA MARÍA MATUTE, Los niños tontos, Media vaca, Valencia, 2000 (1956).  Ilustraciones de Javier Olivares.
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En 1956 Ana María Matute publica los veintiún relatos que componen Los niños tontos, en dos ediciones: la de la editorial Arión, en Madrid y la de Destino en Barcelona. La edición de Media Vaca añade a modo de apéndices dos textos: "Cómo comencé a escribir" (pp. 103-106) de la autora; y "Cosas que recuerdo" (pp. 107-109), texto del ilustrador, Javier Olivares, quien elige el añil y el negro como colores dominantes de sus ilustraciones. 

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EL HIJO DE LA LAVANDERA

Al hijo de la lavandera le tiraban piedras los niños del administrador porque iba siempre cargado con un balde lleno de ropa, detrás de la gorda que era su madre, camino de los lavaderos. Los niños del administrador silbaban cuando pasaba, y se reían mucho viendo sus piernas, que parecían dos estaquitas secas, de esas que se parten con el calor, dando un chasquido. Al niño de la lavandera daban ganas de abrirle la cabeza pelada, como un melón-cepillo, a pedradas; la cabeza alargada y gris, con costurones, la cabeza idiota, que daba tanta rabia. Al niño de la lavandera un día lo bañó su madre en el barreño, y le puso jabón en la cabeza rapada, cabeza-sandía, cabeza-pedrusco, cabeza-cabezón-cabezota, que había que partírsela de una vez. Y la gorda le dio un beso en la monda lironda cabezorra, y allí donde el beso, a pedrada limpia le sacaron sangre los hijos del administrador, esperándole escondidos, detrás de las zarzamoras florecidas.