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HABITACIONES Y OTRAS PIEZAS BREVES, Natsume Sōseki

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NATSUME SŌSEKI, Habitaciones y otras piezas breves, Olañeta, Palma de Mallorca, 2013, 78 páginas.
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Abel Vidal, traductor del volumen, explica en su nota introductoria que Sōseki logra en estos relatos "una extraordinaria mezcla de realidad y ficción, pasando por el filtro poético e imaginativo de su subjetividad diversas experiencias de su vida en Inglaterra, que quedan transformadas y ubicadas en la frontera entre el sueño y la memoria."
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IMPRESIÓN

   Cuando salgo al exterior, una ancha calle pasa recta delante de la casa. De pie en medio de la calle y examinándolo todo a mi alrededor, todas las casas tienen cuatro pisos y el mismo color. Las casas de al lado y las de enfrente son tan similares en construcción que resultan casi indistinguibles. Si me adelantara cuatro o cinco metros y después me diera la vuelta, sería imposible saber de qué casa acabo de salir. Esta es una calle extraña.
   Anoche dormí rodeado por el ruido de los trenes. Poco después de las diez fui corriendo por la oscuridad como en un sueño, espoleado por el sonido de las pezuñas de los caballos y las campanas. Centenares de sombras hermosamente iluminadas rozaban mis ojos, pero, por lo demás, no veía nada. Esta es la primera vez que miro a mi alrededor.
   Me quedo mirando arriba y abajo esta extraña calle dos o tres veces y luego giro a la izquierda, camino unos cien metros y salgo en un cruce. Tomo nota mentalmente y giro a la derecha, yendo a parar a una calle aún más ancha. Muchos autobuses pasan a lo largo de esta calle. Todos ellos llevan gente en el techo. Los colores de estos autobuses que incesantemente me adelantan son rojo, amarillo, verde, marrón y azul. Miro en la distancia, pero no puedo discernir hasta dónde llegan los colores. Cuando miro detrás de mí, avanzan hacia mí como nubes multicolores. Me detengo para pensar a qué lugar llevan a la gente y dónde la recogen, pero me arrolla una persona alta que me empuja por detrás. Trato de apartarme de su camino, pero descubro otra persona alta a mi derecha. Y a mi izquierda. La gente que me empuja por detrás es a su vez empujada por la gente que tiene detrás. Y todos están en silencio. Y todos se mueven espontáneamente hacia adelante.
   De repente soy consciente de haberme ahogado en un mar humano. No tengo ni idea de lo ancho que es este mar. Sin embargo, a pesar de su amplitud, es un mar extremadamente tranquilo. Pero no ofrece escapatoria. Si giro a la derecha, el camino está bloqueado. Si voy hacia la izquierda, el camino está cerrado. Aunque me dé la vuelta, está lleno de gente. De modo que avanzo silenciosamente. “Como gobernadas por un solo destino, decenas de miles de cabezas negras parecen haberse puesto de acuerdo para seguir hacia adelante sincrónicamente dando un paso a la vez.
   Mientras camino recuerdo la casa de la que acabo de salir. La extraña calle, con los mismos edificios de cuatro pisos y el mismo color en todas partes, parece un tanto lejana. Me siento como si no tuviese ni idea de dónde debo girar y qué camino debo tomar para ir a casa. Aunque volviera atrás, probablemente no sería capaz de descubrir mi propia casa. Anoche el edificio estaba en medio de una oscuridad total.
   Sintiéndome un poco desamparado, y empujado por las altas multitudes, dos o tres veces me veo obligado a girar y a meterme en otras calles anchas. Cada vez que giro tengo la sensación de moverme en dirección opuesta a la oscura casa de anoche y siento una soledad indecible en medio de las multitudes de gente, tan numerosas que me fatigan la vista. Salgo a una suave colina. Parece ser una plaza a la que van a parar seis o siete calles anchas. “Las olas, que hasta ahora han avanzado al unísono, convergen al pie de la colina con las procedentes de muchas otras direcciones y empiezan a dar vueltas en silencio.
   En la base de la colina hay unos grandes leones esculpidos en piedra. Todo su cuerpo es de color ceniciento. Tienen la cola delgada, pero sus sólidas cabezas están incrustadas en el remolino de sus melenas, como barriles de noventa litros. Con las patas de delante juntas, duermen en medio de multitudes que vibran en oleadas a su alrededor. Hay dos leones. Debajo de ellos, el suelo está cubierto de adoquines, con una gruesa columna de cobre en el centro. De pie en medio del mar de humanidad que se mueve silenciosamente, levanto los ojos y miro a lo alto de la columna. Ésta se levanta alta y recta hasta donde alcanza mi mirada. Por encima de ella el gran cielo es completamente visible. La alta columna se eleva como si atravesara el centro mismo de este cielo. Lo que hay en lo alto de esta columna, no lo sé. “De nuevo me veo empujado por una oleada humana que me hace salir de la plaza y, sin saber dónde estoy, desciendo por el lado derecho de una calle. Cuando, al cabo de un rato, miro hacia atrás, veo que, en lo alto de la columna delgada como una vara, hay una pequeña persona sola.

HAIKUS DE AMOR, Elena Gallego & Seiko Ota

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ELENA GALLEGO & SEIKO OTA (editores), Haikus de amor, Hiperión, Madrid, 2015, 240 páginas.

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La temática de esta edición bilingüe, explícita desde el mismo título, se encuentra perfectamente arraigada a la tradición de los haiku, como ilustra Elena Gallego en su prólogo: "El haiku es la poesía de la naturaleza por excelencia, fiel reflejo del concepto japonés de esta. Lo cual no quiere decir que sea el tema exclusivo del haiku, más bien, tratándose el amor de un sentimiento natural y el ser humano de una parte o prolongación de la naturaleza, es natural, valga la redundancia, encontrar haikus que expresan este sentimiento aunque no sea lo más habitual".

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月
東
君
は
今
頃
寐
て
居
る
か



Tsuki higashi
kimi wa imagoro
nete iruka




Luna al este.
Durmiendo estarás
a estas horas.



Natsume Sōseki

TINTES DEL CIELO, Natsume Sōseki

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NATSUME SOSEKI, Tintes del cielo, Satori, Gijón, 2013, 160 páginas.

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Fernando Rodríguez-Izquierdo traduce y comenta 70 haikus inéditos de Natsume Sōseki.
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影法師
月に並んで
静かななり



kage booshi
tsuki ni narande
shizuka nari




Alineándome
con la pálida luna:
mera silueta.

LOS SUEÑOS DE DIEZ NOCHES, Natsume Soseki

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NATSUME SOSEKI, Los sueños de diez noches, Olañeta, Palma, 2013, 96 páginas.

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Ángela Pérez traduce y presenta estas "auténticas perlas engarzadas en el hilo onírico".
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LA TERCERA NOCHE

   Tuve este sueño:
   Yo iba caminando con un niño de seis años a cuestas. Estaba seguro de que era mi hijo. Pero, por extraño que parezca, no sabía por qué estaba ciego y calvo como un monje. Le pregunté cuándo se había quedado ciego y me contestó que estaba ciego desde hacía mucho tiempo. Tenía voz de niño, pero hablaba como un hombre maduro, sin el menor respeto a su padre.
   Estábamos en un sendero largo que cruzaba un arrozal verde. A veces se divisaba una garza blanca en la oscuridad.
   —Creo que ya hemos llegado al arrozal —dijo el niño a mi espalda.
   —¿Cómo lo sabes? —le pregunté, volviendo la cabeza hacia él.
   —Por los graznidos de las garzas.
   Entonces se oyó dos veces el graznido de una garza tal como él había dicho.
   Empecé a sentir miedo de él, aunque era mi hijo. Con tan extraña criatura ala espalda, tenía la impresión de que iba a ocurrirme algo espantoso. Miré alrededor buscando un sitio adecuado para deshacerme de él. Divisé en la oscuridad un bosque grande a lo lejos. Me pareció que sería un buen lugar para hacerlo y entonces oí una risilla detrás.
   —¿De qué te ríes ahora? —pregunté.
   Él no me contestó. Se limitó a preguntarme:
   —¿Peso demasiado, padre? —Le contesté que no y él dijo—: Creo que pronto pesaré más.
   Seguí caminando en silencio hacia el bosque. El sendero seguía un curso sinuoso entre los campos, así que era difícil salir. Al cabo de un rato llegué a un punto en que el sendero se bifurcaba. Me detuve allí para hacer un breve descanso.
   —Aquí debe haber un mojón —dijo el niño.
   Era verdad. Distinguí un pilar de piedra de unos ocho por ocho centímetros y que me llegaría a la cintura. Indicaba: a la izquierda, Hidarigakubo y a la derecha, Hottahara. Veía clarísimamente los caracteres rojos en la oscuridad. Eran de color escarlata como el vientre de los tritones.
   —Será mejor que vayas hacia la izquierda —me dijo el chico. Miré hacia la izquierda y divisé el bosque en el que me proponía adentrarme, que proyectaba sombras oscuras sobre nosotros. Vacilé un momento.
   —¿Qué estás esperando? —me preguntó el niño en tono apremiante. Tomé de mala gana el camino que llevaba al bosque. Seguí andando y andando por el camino que llevaba al bosque, preguntándome cómo podría saberlo todo el niño a pesar de su ceguera.
   —Es odioso estar ciego. No lo soporto —dijo él a mi espalda.
   —Por eso te llevo yo. Para que te sientas mejor.
   —Te lo agradezco, pero la gente se burla de mí por ser ciego. Incluso mi padre se burla de mí. —Me sentía más que harto del muchacho, y me apresuré para dejarle en el bosque lo antes posible—. Un poco más adelante encontrarás algo. Recuerdo que ocurrió precisamente una noche como ésta —dijo él a mi espalda, como si hablara solo.
   —¿De qué hablas ahora? —le pregunté con aspereza.
   —¿Por qué me lo preguntas? Lo sabes muy bien —respondió el niño en tono despectivo. Entonces tuve la impresión de que sabía algo aunque no estaba totalmente seguro de lo que era. Y creía que sabía que lo que fuese había ocurrido realmente una noche como aquella. Tal vez un poco más adelante lo supiera con certeza. Pero algo me advertía que tal vez fuese mejor no saberlo. Tenía que deshacerme del chico lo más pronto posible, antes de averiguarlo. Apreté el paso todavía más.
   Llevaba bastante tiempo lloviendo. La oscuridad aumentaba a cada paso. Procure concentrarme en seguir avanzando. El niño que llevaba a la espalda reflejaba como un espejo todos los detalles de mi pasado, mi presente y mi futuro. Y era mi propio hijo, que estaba ciego. No podía soportarlo. Y en aquel preciso momento le oí decir:
   —¡Aquí! ¡Es aquí mismo, al pie de ese cedro! —Su voz sonó clarísima a pesar de la lluvia. Me detuve inconscientemente. Me había adentrado en el bosque sin darme cuenta. Había algo negro a unos dos metros. Parecía un cedro, tal como había dicho él.
   —Lo hiciste al pie de ese cedro, padre. ¿Lo recuerdas?
   —Sí, es ahí precisamente donde lo hice —respondí yo muy a mi pesar.
   —Fue el quinto año de Bunka. El año del dragón [1808], ¿verdad? —él tenía razón, me dije——. ¡Así que hace exactamente cien años que me mataste aquí!
   Al oír estas palabra comprendí súbitamente que había matado a un hombre ciego una noche como aquella el quinto año de la era de Bunka, el año del dragón. En cuanto comprendí que era un asesino, el niño que llevaba a cuestas se hizo mucho más pesado, tanto como un niño jizo de piedra.

SARINAGARA, Phillippe Forest

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PHILLIP FOREST, Sarinagara, Sajalín, Barcelona, 2009, 264 páginas.

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El narrador de esta "ficción autobiográfica" explica la génesis de este proyecto narrativo que marca la huida a Japón: la dolorosa muerte de la hija desencadena en él una revelación que le lleva a relatar "tres veces la misma historia": las historias de Kobayashi Issa, Natsume Soseki y Yosuke Yamahata y el propio Phillipe Forest resultarán ser nuestra historia. En el camino, el haiku. Tsuyu no yo wa — tsuyu no yo nagara — sarinagara: Mundo de rocío — es un mundo de rocío — y sin embargo sin embargo.
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Sólo rocío
es el mundo, rocío
y sin embargo
 Kobayashi Issa

SUEÑO DE LA LIBÉLULA, Natsume Soseki

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NATSUME SOSEKI, Sueño de la libélula, Satori, Gijón, 2013, 160 páginas.

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En la Introducción (pp. 7-12)  Fernando Rodríguez-Izquierdo, responsable también de la selección y la traducción, recuerda el lema del autor: "sokuten kyoshi identificarse con los caminos del cielo, renunciando al propio yo".
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吹き上げて
塔より上の
落葉かな



fuki-agete
too yori ue no
ochiba kana





Cayeron hojas,
y el viento las encumbra
sobre las torres.

MISCELÁNEAS PRIMAVERALES, Natsume Sōseki

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NATSUME SŌSEKI, Misceláneas primaverales, Satori, Gijón, 2013, 162 páginas.

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25 relatos y 10 narraciones de sueños componen esta atractiva muestra de la riqueza y profundidad del mundo interior de Soseki, expresado a través de un lenguaje que hunde sus raíces en una tierra de fertilidad onírica y simbólica.

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EL INCENDIO

   Sin aliento, me detuve y miré hacia arriba. Las chispas del incendio revoloteaban sobre mi cabeza. Desde un cielo limpio y helado, llegaban centenares de pequeñas virutas de fuego que, de repente, se desvanecían. Pero al instante eran sustituídas por otras chispas aún más rojas y vivas que las anteriores. Por todo el cielo, diminutos puntos rojos volaban, revoloteaban y se perseguían para de pronto desaparecer. Busqué de dónde provenía el fuego y pude ver como un chorro de luz se dispersaba por el cielo, alumbrando toda esa parte. A unos cuantos metros se hallaba un templo bastante grande con una escalera de piedra. A la mitad de la escalera se erguía un abeto de tronco grueso que, serenamente, extendía sus ramas hacia la noche. Se veía mucho más alto que el muro de adobe. El fuego surgía de atrás; por tanto, el tronco negro y las ramas inmóviles del abeto parecían ennegrecerse aún más, mientras que el resto era de un rojo intenso. Pensé que seguramente el foco del incendio estaría por arriba del muro de adobe. Si avanzaba unos cien metros y luego, doblando a la izquierda, subía la pendiente, podría llegar al lugar del incendio.
   Volví a caminar, ahora con más prisa. Pero mucha gente hacía lo mismo; me alcanzaban y gritaban algo al sobrepasarme. La calle oscura se había animado de pronto. Al llegar al pie de la pendiente, me di cuenta de que era muy empinada y además ahora estaba invadida de curiosos. Las llamas se elevaban con fuerza en la cima de la rampa. Si me metía en la corriente, sin duda alguna me arrastraría hacia arriba, y seguramente, antes de que pudiera dar marcha atrás, quedaría achicharrado por las brasas.
   Unos cincuenta metros más allá había otra cuesta más grande que también doblaba a la izquierda. Pensé que sería mucho más fácil y seguro subir por ella. Me dirigí hacia allá esquivando a la gente que iba en esa dirección. Cuando, al fin, pude llegar a la esquina, escuché las frenéticas campanadas del carro de bomberos de tracción animal que había irrumpido por el otro lado. Amenazando con atropellar a quien no se apartara de su camino, el coche avanzó a toda carrera entre la muchedumbre. En un momento dado, el sonido de los cascos sonó fuertemente, y el pescuezo del caballo dobló hacia la cuesta. El caballo echaba espuma por la boca; inclinó hacia adelante las puntiagudas orejas, y emparejando las patas delanteras dio un tirón y arrancó cuesta arriba. Su cuerpo pasó rozando el farol que sostenía un hombre con una túnica corta. El pelaje del caballo brilló como si fuera de terciopelo. Las gruesas ruedas de color bermellón pasaron casi pisándome la punta de los pies. El carro siguió su camino cuesta arriba a toda velocidad.
   Al llegar a la mitad de la cuesta, vi que las llamas ahora se inclinaban hacia atrás, en diagonal. Cuando llegara a la cima tendría que avanzar hacia la izquierda. Busqué un callejón por ese lado y encontré una calle estrecha. La gente me empujó hacia dentro y me di cuenta de que en esa calle ya no cabía ni una persona más. Todos gritaban a voz en cuello. Sin duda alguna el incendio estaba para ese lado.
   Al cabo de unos diez minutos, pude salir del callejón a una calle relativamente más ancha, que tambien estaba abarrotada de gente. Al salir del callejón, me encontré con el carro de bomberos que momentos antes se había lanzado cuesta arriba. Estaba allí inmóvil delante de mis ojos. El caballo lo había traído hasta aquí, pero la esquina de enfrente le cerraba el paso. No podía acercarse más, y no le quedaba más remedio que quedarse allí mirando las llamas que ardían frente a sus narices.
   La gente que llegaba preguntaba a gritos: «¿Dónde es? ¿Dónde es?». Los otros le respondían: «¡Allá, para allá!». Pero ni los unos ni los otros podían llegar al lugar del incendio. Las llamas habían crecido aún más y ahora parecían querer lamer el cielo entero.
   Al día siguiente, a mediodía, salí a dar una vuelta y, de pasada, por curiosidad, quise ver como había quedado el barrio después del incendio. Subí la cuesta, entré por la angosta calle y desemboqué en la esquina donde había quedado el coche de bomberos la noche anterior. Doblé la esquina y caminé un buen trecho mirando los alrededores. Para mi sorpresa, las casas de aquella zona parecían estar pasando el invierno muy tranquilas y silenciosas. No había ningún espacio hecho cenizas. Donde parecia que las llamas deberían haber causado estragos, solo se veía una hilera de hermosos cedros. Y del otro lado del seto se escuchaba el sonido tenue de un arpa japonesa.

HAIKÚS ZEN, Natsume Soseki

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NATSUME SOSEKI, Haikús zen, Olañeta, Palma, 2012, 131 páginas.

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Subtitulado Poemas y cartas, incluye fragmentos de cartas a dos monjes zen y acuarelas y caligrafías del autor que "sustituyó a Lafcadio Hearn como profesor de literatura inglesa en la Universidad de Tokio". El editor, Soiku Shigematsu, advierte en la Introducción (pp 9-15): "para esta breve colección se han seleccionado haikús que evocan distintos aspectos del zen: su universalidad, individualidad y vitalidad". 
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No olvides, dulce caqui,
tus días más tempranos,
cuando aún eras amargo.