Mostrando entradas con la etiqueta 2011. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta 2011. Mostrar todas las entradas

CUENTOS CADA VEZ MÁS CORTOS, Elena M.

0


ELENA M., Cuentos cada vez más cortos,  Comanegra, Barcelona, 2011, 142 páginas.

**********
NADA

   Parecen de la misma edad, pero la mirada de ella que es una puerta, choca contra la mirada de él que es un pozo. Él está sentado y ella de pie en el pasillo del vagón. Él quizás vuelve del instituto porque va con la mochila. Ella también. Ella le ha mirado sin densidad, porque están el uno delante del otro y en algún momento iba a pasar. Él ya la estaba mirando, y en «la estaba mirando» está todo, porque después de ella ya no hay nada. Él parece uno más. Ella no es bonita, pero tiene una palabra escrita en la cara. Él deja de mirarla porque ya no quiere leer más rostros. Y en «deja de mirarla» está todo, porque él no quiere que haya nada, ya. Es tarde, y ésta es su parada.

SIN MÍ, Liliana Aguilar

0


LILIANA AGUILAR, Sin mí. Pequeñas historias con el Sr. ChuEdiciones del Boulevard, Córdoba, 2011, 124 páginas.

**********

  Alguien nos ata con el hilo y lo suelta de golpe, como un trompo.
   Uno comienza a girar sobre sí mismo, vueltas y vueltas, unavez unavez unavez repitiendo sin fin el torbellino hasta que cesa el movimiento y nos preguntamos el lugar donde quedaba el Norte.
   Alguien nos contesta que en sus manos, y otra vez comienza a vestirnos de piolín como un trompo y de golpe, nos suelta.

   Y otra vez comienzo a vestirlos de piolín
   Y otra vez comienzo a vestirlos de piolín
   Y otra vez comienzo a vestirlos de piolín

SALVAJES Y SENTIMENTALES, Javier Marías

0


JAVIER MARÍAS, Salvajes y sentimentales: Letras de fútbol, Alfaguara, Madrid, 2011, 320 páginas.

**********

LA RECUPERACIÓN SEMANAL DE LA INFANCIA

   El escritor Guillermo Cabrera Infante detesta el fútbol. La escasa tradición cubana en este deporte podría justificarlo, pero sus más de veinticinco años en Inglaterra anulan tal explicación. Recuerdo su cólera y sus denuestos cuando ocurrió la tragedia de Heysel. Apartándose por una vez de Nabokov, que fue guardameta en su exilio de Cambridge y hasta el final de su vida gustó de ver partidos por televisión, no culpaba a los hinchas del Liverpool, sino al propio deporte: “Ese juego nefasto”, decía, “incita a la violencia porque es violento en sí mismo: se juega con los pies, y pocos movimientos hay tan feroces como el que supone dar una patada”. Es curioso que, en cambio, en Estados Unidos el fútbol no haya prosperado porque allí se lo considera demasiado lento y blando, una práctica propia de señoritas. Y en efecto, cuando estuve unos meses en la Universidad exclusivamente femenina de Wellesley College, el deporte preferido de las alumnas no era otro que el arte de Di Stéfano, para mi gran sorpresa. Claro que allí podía deberse a la influencia del propio Nabokov, que pasó por el lugar en los años cincuenta y quizá instauró la tradición.
   Lo que sí sé es que no hay deporte que más angustie, cuando es angustioso. Es más, en mi caso particular confesaré que es de las pocas cosas que me hacen reaccionar hoy en día de la misma manera –exacta- en que reaccionaba cuando tenía diez años y era un salvaje, la verdadera recuperación semanal de la infancia. Hace un mes llegué a asustarme: al carecer de descodificador en mi televisión, hube de seguir la última jornada de la Liga española por radio, como en la postguerra y aun después. Tal vez fue eso lo que me retrotrajo con demasiada vehemencia a los años más indómitos de mi niñez, pero lo cierto es que cuando, acabados los partidos, mi editor culé me llamó con el himno del Barça como música de fondo y dispuesto a hacer bromas de las que –siempre entre risas y sin asomo de ceño- nos gastamos doscientas a lo largo del mes, le anuncié muy serio que ya no podría publicar nunca más con él; y no sólo eso, sino que dudaba que volviera a pisar Barcelona (ciudad que me encanta y en la que viví) y desde luego no pondría jamás pie en Tenerife. Me salió el hooligan que todos los aficionados llevamos dentro.
   Por suerte todo se me pasó al cabo de unas horas –pero no menos-, porque el fútbol soporta una maldición que a la vez es la salvación de jugadores, entrenadores y forofos compungidos por una derrota. Se trata de una actividad en la que no basta con ganar, sino que hay que ganar siempre, en cada temporada, en cada torneo, en cada partido. Un escritor, un arquitecto, un músico pueden sestear un poco tras haber hecho una gran novela, un maravilloso edificio, un disco inolvidable. Pueden no hacer nada durante un tiempo o hacer algo menor. Entre los primeros, que son los que más conozco, los hay que han pasado a ser buenos por decreto y hasta el fin de sus días gracias a una sola obra estimable escrita cincuenta años atrás. En el fútbol, por el contrario, no caben el descanso ni el divertimento, de poco sirve tener un extraordinario palmarés histórico o haber conquistado un título el año anterior. No se considera nunca que ya se ha cumplido, sino que se exige (y los propios jugadores se lo exigen a sí mismos) ganar el siguiente encuentro también, como si se empezara desde cero siempre, analogía del resultado inicial de todo partido. A diferencia de otras actividades de la vida, en el deporte (pero sobre todo en el fútbol) no se acumula ni atesora nada, pese a las salas de trofeos y a las estadísticas cada vez más apreciadas. Haber sido ayer el mejor no cuenta ya hoy, no digamos mañana. La alegría pasada no puede hacer nada contra la angustia presente, aquí no existe la compensación del recuerdo, ni la satisfacción por lo ya alcanzado, ni por supuesto el agradecimiento del público por el contento procurado hace dos semanas. Tampoco, por tanto, existen durante mucho tiempo la pena ni la indignación, que de un día para otro pueden verse sustituidas por la euforia y la santificación. Quizá por eso el fútbol sea un deporte que incita a la violencia, como decía Cabrera: pero no por las patadas, sino por la angustia. A cambio hay que reconocer que tiene algo inapreciable y que no suele darse en los demás órdenes de la vida: incita al olvido, lo que equivale a decir que a lo que no incita nunca es al rencor, algo que se aprende sólo en la edad adulta.

TRATADO DE LA VIDA ELEGANTE, Honoré de Balzac

0


HONORÉ DE BALZAC, Tratado de la vida elegante, Impedimenta, Madrid, 2011, 112 páginas. Traducción de Lluís Maria Todó.
**********
El objetivo de la vida civilizada o salvaje es el reposo.
***
El reposo absoluto produce el esplín.
***
La vida elegante es, en una amplia acepción del término, el arte de animar el descanso.
***
El hombre acostumbrado al trabajo no puede comprender la vida elegante.
***
Para ser fashionable, hay que disfrutar del descanso sin haber pasado por el trabajo: o sea, haber ganado el gordo de la lotería, ser hijo de millonario, príncipe, tener una sinecura, o varias.
***
Un artista vive como quiere... o como puede.
***
El descuido de la indumentaria es un suicidio social.
***
El bárbaro se abriga, el rico y tonto se adornan, el dandi se viste.

EL TESTAMENTO DE AMOR DE PATRICIO JULVE, Antón Castro

0



ANTÓN CASTRO, El testamento de amor de Patricio Julve, Xordica, Zaragoza, 2011, 208 páginas.

**********
Xordica reedita los relatos inspirados por el fotógrafo Patricio Julve.
**********

BILL MANLEY

A Julio Alejandro de Castro 

   Winston Churchill lo nombró lugarteniente de guerra y se sentaba con él, en los altos miradores de Londres, a estudiar estrategias, celadas en un matorral impensado o el cauteloso paso de una columna de soldados antes del asedio. En medio de la reyerta, se intercambiaban largas epístolas con planos de empalizadas, desembarcos y resoluciones a partidas de ajedrez que duraban más de tres meses. Fingían estar sitiados para inventar una fuga inverosímil, soñaban peligros de los que salían indemnes frente a un batallón de marinos por un largo playerío minado de dinamita. Y al final de cada carta, hablaban siempre de las mariposas: Bill Manley, incluso en los días más abmptos de bombardeos, tenía tiempo para explorar un campo de cieno, escalar un minarete coronado de yedras o adentrarse en un caserón siniestro donde revoloteaban las mariposas como en un edén olvidado de zarzamoras, mientras sus hombres tragaban polvo en el cielo cruzado de las trincheras.
   Algunos años después, Manley visitó Italia y en Lombardía, en una de esas tardes tórridas de verano, le sonrió una joven. Se acercó y vio su dentadura blanca, un vestido crema adornado de flores y tres claveles en el pelo. No le dijo nada o quizá se lo dijo todo, porque a los dos días se casaron en una ermita adornada de sarmientas, bajo una explosión insólita de mariposas de colores. Pasaron los años y el héroe de guerra apenas hizo otra cosa que cazar esos insectos alados y eligió España para sus hazañas. Viajó por Albarracín, por el Javalambre, por Cantavieja, por los montes escindidos de Mirambel. Un día se encontró con una pareja de nativos que buscaban una hermosa muestra, la pandoriana pandora. Manley, que jamás quiso hablar en otro idioma que no fuese el inglés, le indicó: «En un puente del Guadalaviar, de pretil bajo, cabe mismo de la ciudad amurallada de los Azagra, entre las nueve y las nueve y media de la mañana, encontrarán un ejemplar». Y así sucedió.
   De su estancia por España, Manley nos legó un bello libro: A field guide of butterflies and burnetts of Spain, donde había una revelación final: en un lugar innominado del Maestrazgo halló una variante insólita de la apatura ilia, tornasolada a los diversos ángulos de la luz y pigmentada de azul, y la bautizó con el nombre de Margarita, en recuerdo de su esposa, aquella muchacha lombarda de vestido crema y claveles en el cabello. Ése fue, al parecer, su testamento de amor antes de morirse en un accidente doméstico en la agreste ribera del Támesis.

ÁRBOL, Joaquín Araújo

0


JOAQUÍN ARAÚJO, Árbol, Gadir, Madrid, 2011, 94 páginas.


**********
José Antonio Marina escribe en el  Prólogo (pp. 4-7), citando a Heidegger, enmienda a Manrique: «nuestras vidas no son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir, sino caminos que se internan en el bosque». Algunos de los poemas de este libro, caligrafiado por su propio autor, son breves.
**********

Tan laboriosas
las ramas reman en el
mar de las hojas.

HAIKUS SIN NOMBRE, Juan Antonio González Fuentes

0


JUAN ANTONIO GONZÁLEZ FUENTES, Haikus sin nombre, Carena, Barcelona, 2011, 90 páginas.

**********
Pasa la infancia
enredada en cenizas.
Triste juguete.

ARAÑAS EN EL SILENCIO, Jeremías Ramírez Vasilla

0


JEREMÍAS RAMÍREZ VASILLA, Arañas en el silencio: minificciones, Ediciones La Rana, Guanajuato, 2011, 160 páginas.

**********
CANASTITAS DE PAJA

   El semáforo marca el alto. Ella ve a un joven de rasgos suaves al volante de un auto rojo. Él ve a una anciana encorvada y sucia que se acerca con unas canastitas de paja. El joven tiene cara de buena gente, dice ella, ojalá me compre una. Que no venga, que no venga, dice él y finge que busca algo debajo del tablero. La anciana acerca sus canastitas a la ventana cerrada y se pregunta: ¿Qué está haciendo? ¿Por qué no abre su ventana? Ya, que se vaya, que se vaya, ruega él. El semáforo marca siga. Por qué se va, piensa la anciana. No me compró nada. Apoyándose en su bordón, regresa a la acera. Él la mira por el retrovisor luchando por subirse a la banqueta. Algo en el fondo le ensucia el ánimo.

EL SUEÑO DE LOS HIPOPÓTAMOS, Álex Oviedo

0


ÁLEX OVIEDOEl sueño de los hipopótamos, Libros de Pizarra, Bilbao, 2011, 166 páginas.

**********
NOCHE SIN ESCALAS

   Había dormido mal. Sobre las cuatro y media de la mañana abrió los ojos bruscamente y ya no pudo conciliar el sueño. Le pareció escuchar algún ruido: la cisterna del baño del piso de al lado, el bostezo de la vecina, el crujido de una ventana. Creyó sentir también el viento introduciéndose descarado por el pasillo. Pero se dio cuenta de que muchos de aquellos sonidos formaban parte de su imaginación, de una mente que había decidido lanzarse desbocada hacia el insomnio. Sobre la mesilla de noche, donde reposaban apilados varios libros aún sin leer, recogió una libreta y apuntó con pulso quebrado: Las historias que no se escriben vuelan hacia otro escritor que se apropia de ellas. Pensó que era un buen comienzo, que una novela que se preciase debía jugar desde el principio con la incertidumbre, con el misterio, y dejarse llevar por las dudas de un lector que se involucraría en la trama esperando lo mejor. Apagó la luz y fue poniendo mentalmente nombres a los personajes, descubriendo entre los pliegues de su almohada el desarrollo de una historia. Cada poco encendía la lámpara y anotaba un apellido, una situación, un diálogo que le resultaba especialmente inspirado. Así estuvo durante más de dos horas hasta que el cansancio acabó llevándole al país de los sueños. Pero cuando el despertador le devolvió a la realidad comprobó con sorpresa que en su libreta no había frases: sólo líneas curvas que se deslizaban por la hoja sin desmadejar ningún argumento.

ÁCAROS AL SOL, Débora Benacot

1


DÉBORA BENACOT, Ácaros al sol, Fundíbulo, Mendoza, 2011, 232 páginas.

**********
PARADOJA

Tengo tantos espejos
donde mirarme

ahora solo necesito
un rostro

ELLAS HICIERON HISTORIA, Marta Rivera de la Cruz

0


MARTA RIVERA DE LA CRUZ, Ellas hicieron historia, Anaya, Madrid, 2011, 64 páginas.

**********
Cecilia Varela ilustra estas seis semblanzas de Mujeres admirables: la Condesa de Benavente, María Guerrero, María Moliner, Clara Campoamor, Rosalía de Castro, Matilde Montoya, María Zambrano y Anaïs Napoleón. 
**********

MARÍA MOLINER

   Muy cerca del teatro hay una biblioteca donde trabaja Pedro, el tío de Samuel, que va a buscarle y espera a que termine su turno leyendo un cuento. Luego se sientan en una terraza a tomar un refresco. Samuel cuenta a su tío en qué consisten sus deberes.
   —Debes hablar de María Moliner, que escribió sola todo un diccionario.
   —¿Un diccionario? ¿Entero? Cuéntame cómo lo hizo...
   —Verás, ella nació en un pueblo de Zaragoza en 1900. Sus padres le dieron una buena educación. Estudió Filosofía y letras, y acabó la carrera con sobresaliente. Después ganó unas oposiciones para bibliotecarios y, recién casada con un catedrático de Física llamado Fernando Ramón y Ferrando, se trasladó a Valencia. Allí, María empezó a colaborar en actividades educativas dando clases gratuitas de Literatura y Gramática. Ayudó a poner en marcha pequeñas bibliotecas en los pueblos de la provincia, e incluso escribió una guía donde explicaba los pasos a seguir para formar una biblioteca.
   —¿Para venderla?
   —¡Qué va! Ella decía que el acceso a los libros era fundamental para el progreso de la sociedad, y hacía lo posible para fomentar la lectura. En 1936, empezó a dirigir la biblioteca de la Universidad de Valencia. Por desgracia, la Guerra Civil vino a cambiarlo todo. María, que era fiel a la república, trabajó en puestos relacionados con la organización de archivos, y redactó un plan de bibliotecas para todo el estado. Como la república perdió la guerra, María y su marido fueron apartados de sus trabajos, aunque con el tiempo se les restituiría. Y en 1950 empieza su gran proyecto: escribir un diccionario de uso del español.
    —¿Y cómo lo hizo?
   —Fue un trabajo muy duro: entonces no había ordenadores, y María Moliner tenía que pasar a máquina miles de fichas. Dedicó a esta tarea todo el tiempo que le dejaba su trabajo en la universidad, pero en 1966 el Diccionario de uso del español estaba en la calle. Los estudiantes y los profesores lo recibieron con entusiasmo, pues era un diccionario práctico que explicaba el uso y significado de las palabras y las expresiones populares. María Moliner era una apasionada del español, y quería ayudar a la gente a escribirlo y hablarlo bien. Con su diccionario lo consiguió. A pesar de ello, en 1972 se le negó el ingreso en la Real Academia Española.
    —¿Por qué?
   —Pues eso digo yo: ¿cómo demostrar un mayor afecto por nuestro idioma que escribiendo un diccionario? La historia ha sido injusta con María Moliner, y ojalá las nuevas generaciones se acuerden de ella para así, de algún modo, reparar esa injusticia.

CUENTOS DE BARRO, Salarrué

0


SALARRUÉ [SALVADOR SALAZAR ARRUÉ], Cuentos de barro, Dirección de Publicaciones e impresos, El Salvador, 2011 (1933).
**********
Publicado por primera vez en 1933, este volumen de relatos es justamente destacado por escritores como Miguel Á. Zapata, quien lo considera "una auténtica maravilla sobre la dignidad de los desposeídos, compuesto con una finura y un aliento poético insuperables".
**********
SEMOS MALOS

   Loyo Cuestas y su «cipote» hicieron un «arresto», y se «jueron» para Honduras con el fonógrafo. El viejo cargaba la caja en la bandolera; el muchacho, la bolsa de los discos y la trompa achaflanada, que tenía la forma de una gran campánula; flor de «lata» monstruosa que «perjumaba» con música.
   -Dicen quen Honduras abunda la plata.
   -Sí, tata, y por ái no conocen el fonógrafo, dicen...
   -Apurá el paso, vos; ende que salimos de Metapán trés choya.
   -¡Ah!, es que el cincho me viene jodiendo el lomo.
   -Apechálo, no siás bruto.
   «Apiaban» para sestear bajo los pinos chiflantes y odoríferos. Calentaban café con ocote. En el bosque de «zunzas», las «taltuzás» comían sentaditas, en un silencio nervioso. Iban llegando al Chamelecón salvaje. Por dos veces «bían» visto el rastro de la culebra «carretía», angostito como «fuella» de «pial». Al «sesteyo», mientras masticaban las tortillas y el queso de Santa Rosa, ponían un «fostró». Tres días estuvieron andando en lodo, atascado hasta la rodilla. El chico lloraba, el «tata» maldecía y se «reiba» sus ratos.
   El cura de Santa Rosa había aconsejado a Goyo no dormir en las galeras, porque las pandillas de ladrones rondaban siempre en busca de «pasantes». Por eso, al crepúsculo, Goyo y su hijo se internaban en la montaña; limpiaban un puestecito al pie «diún palo» y pasaban allí la noche, oyendo cantar los «chiquirines», oyendo zumbar los zancudos «culuazul», enormes como arañas, y sin atreverse a resollar, temblando de frío y de miedo.
   -¡Tata: brán tamagases?...
   -Nóijo, yo ixaminé el tronco cuando anochecía y no tiene cuevas.
   -Si juma, jume bajo el sombrero, tata. Si miran la brasa, nos hallan.
   -Sí, hombre, tate tranquilo. Dormite.
   -Es que currucado no me puedo dormir luego.
   -Estírate, pué...
   -No puedo, tata, mucho yelo...
   -¡A la puerca, con vos! Cuchuyate contra yo, pué...
   Y Goyo Cuestas, que nunca en su vida había hecho una caricia al hijo, lo recibía contra su pestífero pecho, duro como un «tapexco»; y rodeándolo con ambos brazos, lo calentaba hasta que se le dormía encima, mientras él, con la cara «añudada» de resignación, esperaba el día en la punta de cualquier gallo lejano. Los primeros «clareyos» los hallaban allí, medio congelados, adoloridos, amodorrados de cansancio; con las feas bocas abiertas y babosas, semiarremangados en la «manga» rota, sucia y rayada como una cebra.
   Pero Honduras es honda en el Chamelecón. Honduras es honda en el silencio de su montaña bárbara y cruel; Honduras es honda en el misterio de sus terribles serpientes, jaguares, insectos, hombres... Hasta el Chamelecón no llega su ley; hasta allí no llega su justicia. En la región se deja -como en los tiempos primitivos- tener buen o mal corazón a los hombres y a las otras bestias; ser crueles o magnánimos, matar o salvar a libre albedrío. El derecho es claramente del más fuerte.
Los cuatro bandidos entraron por la palizada y se sentaron luego en la plazoleta del rancho, aquel rancho náufrago en el cañaveral cimarrón. Pusieron la caja en medio y probaron a conectar la bocina. La luna llena hacía saltar «chingastes» de plata sobre el artefacto. En la mediagua y de una viga, pendía un pedazo de venado «olisco».
   -Te dijo ques fológrafo.
   -¿Vos bis visto cómo lo tocan?
   -iAjú!... En los bananales los ei visto...
   -¡Yastuvo!...
   La trompa trabó. El bandolero le dio cuerda, y después, abriendo la bolsa de los discos, los hizo salir a la luz de la luna como otras tantas lunas negras.
   Los bandidos rieron, como niños de un planeta extraño. Tenían los «blanquiyos» manchados de algo que parecía lodo, y era sangre. En la barranca cercana, Goyo y su «cipote» huían a pedazos en los picos de los «zopes»; los armadillos habíanles ampliado las heridas. En una masa de arena, sangre, ropa y silencio, las ilusiones arrastradas desde tan lejos, quedaban abonadas tal vez para un sauce, tal vez para un pino...
   Rayó la aguja, y la canción se lanzó en la brisa tibia como una cosa encantada. Los cocales pararon a lo lejos sus palmas y escucharon. El lucero grande parecía crecer y decrecer, como si colgado de un hilo lo remojaran subiéndolo y bajándolo en el agua tranquila de la noche.
Cantaba un hombre de fresca voz, una canción triste, con guitarra.
   Tenía dejos llorones, hipos de amor y de grandeza. Gemían los bajos de la guitarra, suspirando un deseo; y desesperada, la «prima» lamentaba una injusticia.
   Cuando paró el fonógrafo, los cuatro asesinos se miraron. Suspiraron...
   Uno de ellos se echó a llorar en la «manga». El otro se mordió los labios. El más viejo miró al suelo «barrioso», donde su sombra le servía de asiento, y dijo después de pensarlo muy duro:
   -Semos malos.
   Y lloraron los ladrones de cosas y de vidas, como niños de un planeta extraño.

EL ARTE DE NO DECIR LA VERDAD, Adam Soboczynski

0


 
ADAM SOBOCZTNSKI, El arte de no decir la verdad, Anagrama, Barcelona,  2011, 182 páginas.

**********
Treinta y tres propuestas para aprender a mentir: algo más que el anunciado literal decálogo. 
**********

SEDUCIR

   Desde luego, no es el trabajo perfecto. Al menos no para todo un arquitecto. Stephan Karst recoge dos tazas de café, limpia la mesa y, tras la barra, hace un par de habilidosos juegos malabares con las tazas. Luego las lava con cierta vehemencia. Se termina la música. ¿Es que tendrá que volver a poner a esa cantante francesa de cuyas canciones los clientes no parecen hartarse? Stephan no soporta su voz ronca. ¡Bah, qué más da!
   ¿El trabajo? Bueno, lo importante es que vuelve a entrar algo de dinero en la caja. Hace unos días, finalmente, se hartó de pasarse el día en la cama dando vueltas a pensamientos de lo más sombríos. Un día sintió en su interior una tímida chispa de ganas de vivir. Se levantó, observó en el espejo su rostro barbudo y concluyó que al menos su estado depresivo lo había hecho adelgazar bastante. Cuando miró a su alrededor, quedó estupefacto. El polvo se había acumulado en forma de feas bolas por toda la casa. El suelo estaba lleno de copas de vino, botellas de cerveza y DVD; en la cocina, la calefacción llevaba días funcionando sin motivo alguno a toda máquina; la luz del contestador parpadeaba nerviosamente, llevaba tiempo sin ser escuchado, aunque probablemente sólo le había dejado mensajes su madre. La ventana también se podría limpiar de vez en cuando, pensó Stephan, de pie en medio de la cocina. Dos pizzas habían empezado a enmohecerse, todo desprendía un hedor desagradablemente dulzón y en la basura revoloteaban agitados una gran cantidad de moscones.
  Se hace difícil decir qué fue lo que finalmente lo empujó a poner fin a aquel desorden infernal. Quizá sencillamente el hecho de rebasar determinado umbral de descuido a partir del cual, por decirlo así, nuestra resistencia se activa automáticamente.
   Desde que dejaron de prolongarle el contrato en el despacho de arquitectura y lo había abandonado enfurecido, Stephan Karst había pasado mucho tiempo en la cama como anestesiado, en parte soñando en mejores tiempos pasados, en parte atormentado por la terrible vergüenza que sentía ante sus padres. Su madre había sido siempre la fuerza impulsora de su vida: a pesar de su origen humilde, lo había empujado con esfuerzo a que se presentara a la selectividad y estudiara una carrera, mediante amenazas lo había obligado a sacar las mejores notas, etc., etc. Tenía mucho que agradecerle. Stephan parecía no soportar el patético fracaso momentáneo de su carrera.
   Por primera vez en muchos días, tras recoger la basura más visible del piso, Stephan Karst salió a la calle. Hacía un tiempo infernal, llovía; Stephan se abrochó apresuradamente el abrigo y empezó a deambular por el barrio. Se compró un cruasán relleno de salchicha con queso gratinado y, absorto en sus pensamientos, casi pasó de largo el pequeño letrero que colgaba en el cristal de un café: «Se busca camarero». Miró a través del cristal y distinguió a muchas mujeres entre los treinta y los cuarenta años, entre ellas algunas madres, que charlaban animadamente. Por algún motivo, le gustó. Quizá debía dejar apartada la arquitectura por un tiempo. Lo atrajo la idea de trabajar en el café y servir amablemente a las mujeres, que, quién sabe, quizá esperaban con ansia dar un vuelco a su vida.
   Unos instantes más tarde hablaba ya con el propietario del local, un hombre con barba de dos días, algo más joven que él, que había abierto el café después de dejar la carrera y parecía muy feliz, hecho con el que Stephan se sintió muy identificado. De alguna manera, se podía decir que el hombre era un compañero de fatigas. Stephan podía empezar enseguida. Para celebrarlo, se bebió una cerveza con su nuevo jefe.
   Y así llegamos al punto en el que Stephan se encontraba tras la barra del café, hecho que ocultaba a sus padres. La situación sería algo delicada el fin de semana siguiente, pues le tocaba trabajar y su madre había anunciado que vendría a la ciudad porque tenía una cita en un bufete de abogados para tratar un tema laboral (al padre de Stephan lo habían obligado a prejubilarse).
   Con las manos en el fregadero, Stephan pensaba en el abogado de sus padres cuando la vio: una mujer sentada sola en una mesa junto al cristal. Tenía el cabello corto y oscuro, y su cara le resultó familiar, como si fuera una actriz que hubiera visto hacía años en alguna película. Aquellos ojos grandes, aquel rostro…, ¿cómo describirlo? Quizá el adjetivo «clásico» era el adecuado; en cualquier caso, tenía unas facciones muy simétricas.
   No había sido mala decisión coger aquel trabajo en el café, pensó Stephan, indudablemente le ayudaba a pensar en otras cosas. Además, le daba un aire de tipo desenvuelto. ¡Cuánta libertad! Otros seguían el camino marcado. Stephan Karst no. Otros se deslomaban hasta la muerte, hasta que los sorprendía el infarto de miocardio. Stephan Karst no. Todos se aburguesaban. Menos él. Mientras otros, sentados frente a sus ordenadores portátiles, sufrían contracturas en la espalda, a él las mujeres le lanzaban miradas de deseo. Sonrió complacido.
   Por ejemplo, aquella mujer. Sí, los ojos de Stephan podían solazarse en ella, desde luego. No se acordaba de haberla visto entrar. Como a cámara lenta, le pareció, ella le devolvió la mirada y se la aguantó un buen rato, como si se conocieran de toda la vida. ¡Qué ínfimo y sutil cambio en las facciones hacía falta para pasar de la mayor seriedad a una sonrisa!, pensó Stephan, azorado. Efectivamente, le estaba sonriendo. Le vino a la cabeza una palabra pasada de moda: garbo. Ella se levantó; fueron unos pocos pasos, pero a Stephan le pareció que andaba como danzando. Se inclinó sobre la barra, calló por un momento y finalmente dijo con una voz indescriptiblemente lasciva:
   —¿De verdad no se puede fumar aquí?
  No, no se podía. De acuerdo con la legislación, el jefe de Stephan lo había prohibido terminantemente. Pero ¡en este caso…! En un santiamén, Stephan encontró los ceniceros, guardados en el último cajón, le alcanzó uno a ella y, esforzándose a su vez por resultar lascivo, dijo:
   —Sólo porque eres tú.
   En este punto, no podemos pasar por alto que aquel acto de desenvoltura le acarreó toda clase de problemas a Stephan Karst. Su jefe, Timo, apareció inesperadamente y, al ver a la mujer fumando junto al cristal, reaccionó…, cómo decirlo…, con estrépito. Otros clientes, sobre todo las madres (tremendamente alarmadas por sus hijos), ya se habían levantado y protestaban airadamente en la barra.
   Pero lo que más nos concierne es un breve SMS que nuestra fumadora, nada más sentarse a su mesa con el cenicero, le escribió a una buena amiga. Contenía estas terribles palabras: «Estoy fumando en el café de las madres. Apuesta ganada».

DIOS ES UN CHISTE, Juan Abarca

0


JUAN ABARCA, Dios es un chiste, Ven y te lo cuento, Barcelona, 2011, 176 páginas.

**********
CENA CHINA A DOMICILIO

   Llama al restaurante chino y pide comida a domicilio. Pide lo que te apetezca y, mientras lo haces, imagina que el hombre que te atiende está siendo amable por inercia, por corrección. Está siendo amable porque le toca ser amable, pero está sometido a una presión enorme. Las circunstancias lo tienen atenazado, asfixiado. Le comen las deudas, la presión social de su entorno y también la del mundo exterior. Mientras apunta los rollitos de primavera y el arroz con gambas, un sudor frío le congela el rostro, y sus piernas se agitan muchas veces con movimientos breves y rápidos, en una convulsión insoportable. Te está atendiendo, pero lo que necesita realmente es colgar sin más explicación y salir a la calle a gritar, a dar golpes a las paredes, a los coches, a asustar a la gente con una mirada por fin sincera. Te van a traer el encargo con puntualidad, pero el tipo que te atiende al teléfono se siente crispado, vacío, violento, desesperado. Se siente como si ya hubiera muerto. Nunca se sintió peor. Quizá luego se calme, se marche a su casa y mañana será otro día, pero quizá no pueda librarse de sí mismo y se trague un frasco de somníferos y una botella entera del licor de hierbas que tiene tan al alcance de la mano. Quizá sea la última vez que hables con él, y nunca lo sabrás porque para ti los chinos son todos iguales. Misma cara, misma voz y misma simpatía detrás de la cual nunca sabrás qué demonios ocultan.

CUENTOS, Emilia Pardo Bazán

0


EMILIA PARDO BAZÁN, Cuentos, Lumen, Barcelona, 2011, 408 páginas.

**********
Eva Costa, responsable también de la selección, dice en el Prólogo (pp. 9-18) de los relatos de Pardo Bazán: «han resistido bien el paso del tiempo; mejor que algunas de sus novelas y tanto como sus críticas literarias o sus crónicas de opinión o de viajes».  
**********
 
MEMENTO

   El recuerdo más vivaz de mis tiempos estudiantiles —dijo el doctor sonriendo a la evocación— no es el de varios amorcillos y lances parecidos a los que puede contar todo el mundo, ni el de ciertas mejillas bonitas cuyas rosas embalsamaron mis sueños. Lo que no olvido, lo que a cada paso veo con mayor relieve, es..., la tertulia de mi tía Gabriela, doncella machucha, a quien acompañaban todas las tardes otras tres viejas apolilladas, igualmente aspirantes a la palma sobre el ataúd.
   Reuníanse las cuatro, según he dicho, por la tarde —pues de noche las cohibían miedos, achaques y devociones— en el gabinetito, desde cuyas ventanas se divisaban los ricos ajimeces góticos y los altos muros de la catedral; y yo solía abandonar el paseo —a tal hora lleno de muchachas deseosas de escuchar piropos— para encerrarme entre aquellas cuatro paredes vestidas de un papel rameado que fue verde y ya era blancuzco, sentarme en la butaca de fatigados muelles, anchota y blandufa, al cabo también anciana, y recibir de una mano diminuta, seca, cubierta por la rejilla de un mitón negro, palmadita suave en el hombro, mientras una cascada voz murmuraba: «Hola, ¿ya viniste, calamidad? Hoy se muere de gozo Candidita».
   De las solteronas, Candidita era la más joven, pues no había cumplido los sesenta y tres. Según las crónicas de los remotos días en que Candidita lozaneaba, jamás descolló por su belleza. Siempre tuvo el ojo izquierdo algo caído y las espaldas encorvadas en demasía. Lo que en ella pudo agradar fue su seráfica condición. Poseía Candidita, en relación con su nombre de pila, alta dosis de credulidad y buena fe. Cuanta paparrucha inverosímil se me antojase inventar, la tragaba Candidita sin esfuerzo; en cambio no había quien la convenciese de la realidad de picardía ninguna. Su alma rechazaba la maledicencia como se rechaza un elemento extraño, de imposible asimilación. Yo me divertía infinito disputando con Candidita cuando se negaba a dar crédito a maldades notorias...; y al hacerlo, sentía germinar en mi corazón una especie de ternura, un misterioso respeto por la inocente, que sin quitarse su traje de merino negro y sus zapatos de oreja, subiría al cielo al momento menos pensado.
   Mi tía Gabriela, en cambio, era sagaz, lista como una pimienta. Su vida retirada, en una soñolienta ciudad de provincia, le impedía conocer a fondo el mundo, y quizás exageraba las trastadas y gatuperios que en él se cometen, pero acercándose a la realidad y juzgando mil veces con maligno acierto. Preciada de su linaje, con pergaminos y sin talegas, la tía Gabriela era una señora a la vez modesta e imponente, chapada a la antigua, de alma más enhiesta que un lanzón; las otras tres solteronas parecían sus damas de honor, antes que sus amigas.
   Doña Aparición era la curiosidad de aquel museo arqueológico. Hermosa y mundana en sus verdores, conservaba, a los setenta y seis, golpes de coquetería y manías de adorno que hacían fruncir los labios a mí tía Gabriela, tan majestuosa con su liso hábito del Carmen. El peluquín de doña Aparición, con bucles y sortijillas de un rubio angelical; su calzado estrecho; sus guantes claros de ocho botones;, sus trajes de seda a rayas verde y rosa; sus abanicos de gasa azul, y el grupo de flores artificiales que prendía graciosamente su mantilla, nos daban harto que reír.
   Como estaba semiciega y casi sorda y la vestía su fámula, a lo mejor traía la peluca del revés, o en la nariz el toque de carmín de las mejillas, o los guantes uno lila y otro pajizo; y como padecía de gota, el cepo de las botitas prietas llegaba a mortificarla tanto que mi tía le prestaba unas holgadas pantuflas. En caso tal exclamaba infaliblemente doña Aparición: «Jesús! Nunca me pasó cosa igual. Un pliegue de la media me desolló el talón... Es un fastidio tener tan fino el cutis».
   No sería doña Peregrina, la cuarta solterona, la que se impusiese torturas para presumir de pie. Al contrario: se declaraba sans façon. Reducida a mezquina orfandad, compraba en los ropavejeros sus manteletas color de ala de mosca. Por lo demás, era mujer de empuje y brío, alta, gruesa, de una frescura rancia —si es licito expresarse así—, viva de ojos y arrebatada de color, amiga de la broma, pero gazmoña a ratos, siempre dentro de la nota del buen humor y la marcialidad.
   ¡Cómo me festejaban aquellas cuatro señoras! Hay sitios adonde vamos atraídos, no por nuestro gusto, sino por el que damos a los demás. Diez años haría tal vez que las solteronas no veían de cerca un semblante juvenil, Mi presencia y mi asiduidad eran un rasgo de galantería de incalculable precio, que halagaba la nunca extinguida vanidad sentimental de la mujer. El mozo que quiera ganar buen nombre, sea amable con las viejecitas, con las desechadas, con las retiradas del juego. Las muchachas nada agradecen. Aquellas cuatro inválidas, con su manso charloteo, me crearon una reputación fabulosa de discreto, de galán, de simpático, de estudioso. A su manera, me allanaban el camino de una lucida posición y de una boda brillante. En los exámenes yo podía contestar mal o bien, que segura tenía la nota: tal labor subterránea hacían mis solteronas con los catedráticos. En mi salud no cesaban de pensar. «Vienes descolorido, Gabriel... ¿Qué tienes? ¡Ojo con las bribonas!» Y me enviaban remedios caseros, y piperetes, y vinos cordiales, y reliquias milagrosas, y hasta sábanas, por si las de la posada no eran «de confianza».
   A fin de animar la tertulia, se me ocurrió leer en alto versos y novelas románticas. Auditorio semejante no lo ha soñado ningún lector. Diríase que, para escuchar, hasta la respiración suspendían. Según avanzaba la lectura, crecía el interés. Una indignación, cómica a fuerza de ser ingenua, contra los traidores; un terror vivísimo cuando los buenos iban a caer en las emboscadas de los malos; un gozo pueril cuando la virtud salía triunfante... Las exclamaciones me interrumpían. «¿Ese pifio se equivoca y toma el veneno? ¡Castigo de Dios!» «¡Ay, que si Gontrán entra en el bosque encuentra al otro con el puñal! Que no entre, que no entre!» «Jesús, al fin le da la puñalada!» «¡Infame!» «¿Ve usted como el niño que robó el titiritero era hijo de la princesa?», etcétera. En los episodios vehementes, cuando los amantes se dicen ternezas al claror de la luna, las solteronas se deshacían. Un leve sonrosado animaba las mejillas amarillentas; se humedecían los áridos ojos; los encogidos pechos anhelaban; aparecíase el bello fantasma de la lejana juventud, y un aura dulce y tibia agitaba un momento aquellos espíritus resignados, como el aire primaveral agita el polvo de una tierra seca y estéril.
   Llegó el plazo en que yo tenía que emprender mi viaje a la corte para cursar el doctorado. Di la noticia a mis solteronas, y aunque no podía sorprenderlas, no fue menor el efecto que produjo. Mi tía Gabriela, sin perder el compás de la dignidad, se puso temblona y me advirtió, en frases que revelaban ternura, que era preciso excusar a los viejos si se afectaban en las despedidas, porque no estaban seguros de volver a ver a los que partían. Doña Peregrina manoteó, protestó, bufó, me insultó, y al fin se echó a llorar como una fuente. Doña Aparición suspiró, alzó la vista al cielo y dijo haciendo monerías; «Un joven de estas prendas..., naturalmente, ¡va a lucir en la corte! Mañana recibirá usted un alfiler de esmeraldas..., que fue de mi papá». Por su parte, Candidita guardó silencio y a poco se levantó, asegurando que tenía que hacer una visita urgente. Aproveché el pretexto para abreviar la escena; salí con ella, la ayudé a ponerse el mantón y le ofrecí el brazo por la escalera de peldaños carcomidos.
   De repente, en el primer descanso, escuché un ahogado sollozo; unos brazos endebles me rodearon el cuello, y una cara fría como la nieve se pegó a mis barbas. Comprendí de súbito..., y, créanlo ustedes, me quedé más volado y más compadecido que si viese a mi propia madre de rodillas ante mí! Noté que Candidita pesaba como pesan los cuerpos inertes; la supuse desmayada y la arrimé al balaustre, tartamudeando lleno de piedad: «Adiós, adiós, ya sabe que se la quiere». Mas como no me soltaba, me encontré ridículo y la rechacé... Al hacerlo, me pareció que estaba degollando a una ovejuela enferma, y la lástima me obligó a volver atrás y corresponder al abrazo de Candidita con una caricia rápida y violenta, filial y santa en la intención, Después eché a correr y salí a la calle, resuelto a no volver por la tertulia. ¡Ah, eso sí! La caridad tiene sus límites... Y ahora, que también soy viejo yo, suelo acordarme de Candidita... ¡Pobre mujer!

LA TAREA DEL ARTISTA, Karl Kraus

1


KARL KRAUS, La tarea del artista, Casimiro, Madrid, 2011, 64 páginas.

**********
En el Prólogo (pp. 7-15) Miguel Catalán recoge estas afirmaciones de George Steiner: «El mundo de Kraus es un mundo enloquecido por una palabrería hueca, pero virtualmente contagiosa. Ningún billete de un trillón de marcos, como los de la inflación en la era de Weimar, representa una devaluación de las necesidades y esperanzas humanas tan macabra como la devaluación de la palabra». 
**********

El talento es un joven a quien se acaba de despertar. La personalidad, por el contrario, duerme durante largo tiempo, despierta por sí misma y a partir de ese instante se desarrolla mejor.
***
La capacidad receptiva de los hombres productivos es muy pequeña. El poeta que lee se vuelve sospechoso.
***
Vi a un poeta dar alcance a una mariposa en el prado. Puso su cazamariposas en un banco donde leía un niño. Es una pena que este hecho suela producirse más bien al revés.
***
Cuando un artista hace concesiones, no obtiene más que el viajero que en tierra extranjera intenta hacerse comprender chapurreando su propio idioma.
***
La relación personal con los poetas no siempre es deseable. En especial me disgustan los sonámbulos que siempre se desploman por su lado bueno.
***
El lenguaje es la madres, no la servidora del pensamiento.
***
En el principio no había plagio.

PALABRAS MORIBUNDAS, Álex Grijelmo & Pilar García Mouton

0


ÁLEX GRIJELMO & PILAR GARCÍA MOUTON, Palabras moribundas, Taurus, Madrid, 2011, 386 páginas.
**********

Álex Grijelmo condujo el espacio radiofónico «Palabras moribundas» de RNE desde septiembre de 2004 hasta julio de 2007; después fue responsabilidad de la filóloga Pilar García Mouton. Lo que entonces era oído ahora puede ser leído gracias a la Editorial Taurus.

**********

DANDI

   Suena algo pasada de moda, pero se decía para alguien elegante, bien vestido, refinado y de buenos modales. Ahora se considera un elogio calificar a alguien de dandi, al menos es lo que se deduce de la definición actual del diccionario de la Real Academia: «Hombre que se distingue por su extremada elegancia y buen tono», pero no siempre fue así. La edición de 1927, que es cuando entra la palabra, decía: «Anglicismo por petimetre». Y petimetre venía a ser alguien muy presumido, del francés petit maître, ‘pequeño señor, señorito’, voz que admite femenino, definido como «Persona que se preocupa mucho de su compostura y de seguir las modas», con un matiz un poco despectivo. Así que, al principio, un dandi era un petimetre. La cosa empeoró después, porque los académicos cargaron la mano mucho más con esta palabra en la edición de 1950. Decían allí: «Anglicismo por lechuguino o pisaverde». Un lechuguino es un «Muchacho imberbe que se mete a galantear aparentando ser hombre hecho» y un «Hombre joven que se compone mucho y sigue rigurosamente la moda», un presumido también. La definición de pisaverde es un poco más cruel: «Hombre presumido y afeminado, que no conoce más ocupación que la de acicalarse, perfumarse y andar vagando todo el día en busca de galanteos». Así que petimetre, lechuguino y pisaverde son términos que censuran este tipo de presunción en los hombres. Pero la definición de dandi cambió en la edición del diccionario de 1983 por la que vemos ahora, que es más bien elogiosa.
   Juan Ramón Jiménez escribió sobre los dandis en Españoles de tres mundos:
   Mal está siempre el dandismo, sobre todo el dandismo esteriorizado, en cuanto es representación inútil, teatralidad fuera de tiempo y espacio, estravagancia en la vida cotidiana. Todavía puede comprenderse, no aguantarse, el dandismo auténtico y posible, es decir, cuando el dandi puede serlo plenamente, cuando no es un cursi. [...]. El dandismo de quiero y no puedo, de imitación poblana, me parece nauseabundo.
   Mucho más reciente, del 2 de septiembre de 1994, es un artículo de La Vanguardia, que decía de Jorge Valdano: «De labia grandilocuente y maneras de dandi, el técnico argentino también tendrá que sortear el fuego cruzado entre las emisoras madrileñas, polarizadas por la guerra de audiencias entre la COPE y la SER».
   Es relativamente frecuente oír o leer que alguien tiene aires de dandi, que está o va hecho un dandi. Y mucha gente escribe dandy, a la inglesa, quizá recordando aquella colonia de caballero que se llamaba Varón Dandy, y lo definen como «un señor de cierta edad que siempre aparece impecable», como los galanes del cine o teatro del tipo de Arturo Fernández. Actualmente la palabra se oye poco. Algún exagerado afirma no haberla oído en los últimos treinta años, y cree que se ha ido quedando en el ámbito familiar, donde se usa como piropo normalmente para un señor mayor, padre o abuelo, que cuida de forma especial su aspecto general y, sobre todo, su forma de vestir.
   Ya en 1894, en su zarzuela La verbena de la Paloma, Tomás Bretón y Ricardo de la Vega ponen en boca de don Hilarión la palabra dandy, cuando canta en la escena anterior al famoso «¿Dónde vas con mantón de Manila?»: «¡Soy un dandy!, ¡soy un bribón! Nadie dirá, lo que yo soy». También aparece en la zarzuela La Gran Vía. Y Juan Luis González-Ripoll estuvo a punto de ganar el premio Nadal en 1981 con una novela titulada El dandy del Lunar. Resulta evidente que la palabra está en retroceso, porque siempre surge en referencias a los padres y a los abuelos, no a los hijos. Pero todavía hay gente que la usa.

PERROS EN LA PLAYA, Jordi Doce

0


JORDI DOCE, Perros en la playa, La Oficina, Madrid, 2011, 222 páginas.

**********
Las tintas de Javier Pagola embellecen las paredes del hogar de Jordi Doce. Hay libros en los que uno se quedaría a vivir.
**********

La tierra apelmazada de la página. Esperas, para tu suerte, que haya hormigueros.
***
El regreso es siempre a otro lugar.
***
Hay alguien en mí que no conozco: habla conmigo para saber quién soy.
***
Existes siempre en el hueco que dejan los demás.
***
Escarbar en los estratos de uno mismo como un arqueólogo. Pero primero hay que dejarse arruinar.
***
Días que pasan a la carrera, para no vernos.
***
Robó el hilo con que zurcieron nuestros cuerpos y lo cortó en pequeños fragmentos: eran palabras.



PALABRAS MENORES, Juan Ramón Santos

0


JUAN RAMÓN SANTOS, Palabras menores. Cortometrajes, De la Luna Libros, Mérida, 2011, 90 páginas.
**********
BIBLIOTECA

   Ordenó la biblioteca por colecciones y vio que no le gustaba. Se le antojaba vulgar. Parecía como si hubiese comprado los libros por el mero afán de adornar las paredes. Por eso decidió cambiar y probó a alinearlos por tamaño. El efecto era interesante. Transmitía el carácter práctico y desenfadado de un lector voraz y algo desastroso, pero no acababa de convencerle. Por eso probó a colocarlos por orden cronológico de escritura, en función de la lengua en que habían sido escritos e incluso en el idioma en que habían sido publicados sin llegar a encontrarse del todo satisfecho. Demasiada pedantería, se dijo, y concluyó que quizá lo mejor era un estricto orden alfabético de autores, el criterio aséptico que empleaban las grandes bibliotecas. «Por algo lo harán», pensó. A continuación se puso manos a la obra y comprobó que aquello comenzaba a gustarle, pero que aún le faltaba un toque, un pequeño detalle, el que había de otorgarle verdadero rigor a su biblioteca, la distribución por materias, y repartió escrupulosamente los libros entre poesía, novela y ensayo. «Mucho mejor», se dijo luego, aunque enseguida se dio cuenta de que la colección había de crecer, de que se incorporarían nuevos géneros, nuevos títulos, nuevos autores, y fue dejando hueco en función de esas futuras adquisiciones. Al terminar tomó aire y un poco de distancia, contempló el trabajo en toda su magnitud y el resultado le pareció casi perfecto, pero solo casi, pues algo no funcionaba del todo. Después de darle muchas vueltas comprendió que el problema era que la biblioteca no podía estar desterrada en la soledad recóndita de un dormitorio, que tenía que encontrarse en el mismo corazón de la casa, que solo así alcanzaría la perfección. Entonces recogió solemne sus tres libros y se los llevó al comedor.

DISCORDANCIAS, Elena Casero

0



ELENA CASERO, Discordancias, Talentura, Madrid, 2011, 158 páginas.

**********

EL PAÑUELO DE HILO

   Algunos lloran, sobre todo las señoras de buen corazón que se arrebujan en sus abrigos de pieles, tiritando de tristeza y enjugándose unas lagrimillas mientras observan la escena del mendigo destripado en medio de la calle, reteniendo el tráfico que lo rodea, atropellado frente a la puerta de la iglesia, protegido por un chucho desgreñado que no para de aullar.
   Tapándose la boca con un pañuelito de hilo dice una:
   —¡Qué lástima! Alguien debería llamar a la perrera.