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EL SUPLICIO DE LAS MOSCAS, Elias Canetti

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ELIAS CANETTI, El suplicio de las moscas, Anaya & Mario Muchnik, Madrid, 1994, 156 páginas. Traducción de Cristina García Ohlrich.

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Ninguna escritura es lo suficientemente secreta como para que el hombre se exprese en ella con veracidad.
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Su sueño es instalar a las personas que ama en estrellas separadas.
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Hay personas tan ínfimas que no es posible decirles las cosas a la cara, uno no encuentra ninguna máscara adecuada para hablarles.
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Es fácil ser razonable cuando no se ama a nadie, ni siquiera a sí mismo.
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En los días hermosos se siente demasiado seguro de su vida.
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Un mundo en el que cada cual puede morir las veces que quiera, pero sólo por un tiempo limitado.
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Hay cierta tristeza en las palabras desnudas, pero yo no soy sastre, y antes que probarles un traje prefiero seguir triste.
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Espera poder seguir viviendo en todas las imágenes excitantes que ha conocido.
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Grados de la desesperación: no recordar nada, algo, todo.
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En otoño el sol se agradece a sí mismo.

HÁGASE UD. INMORTAL, Gabriel Cid

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GABRIEL CID, Hágase Ud. inmortal, Anaya & Mario Muchnik, Madrid, 1997, 180 páginas.

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DESENAMORAMIENTO DE UNA LAGARTIJA

   Las paredes, paredes. Las rendijas, rendijas. Las grietas, grietas.
   Ni islas, ni cocoteros ni veranos eternos. Fenómenos ópticos que nunca habían figurado en los mapas.
   Como la otra criaturita esperando instintivamente que el sol terminara de meterse en la gran casaca roja del horizonte.

LAS CIUDADES DEL PONIENTE, Antonio Pereira

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ANTONIO PEREIRA, Las ciudades del Poniente, Anaya & Mario Muchnick, Madrid, 1994, 190 páginas.

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LA ENFERMEDAD        

   Una mañana indiferente en que el ambulatorio despachaba la retahíla cansina de diarreas de niño y alguna vejiga de viejo y catarros banales que las devotas del seguro llaman andancio, una mañana de esas llegó un hombre joven con su volante y se puso a esperar en el banco alargado como de estación de autobuses.
   Era delgado, bien parecido. No se le veía mala cara, si se descuenta el morado profundo de unas ojeras, nada a su edad, quizá la resaca del sábado. Al menos cualificado de los médicos del ambulatorio le correspondió el sobresalto disimulado de percibir un síntoma decisivo. A veces es una intuición. Mandó comprobar, analizar. “No es posible, secreteaban los médicos, "en un rincón del mundo como éste", pero ei nombre tenia ia enfermedad.
   Se trataba de un muchacho del centro de la ciudad, hijo de familia y de costumbres decentes. “Veamos la anamnesia”, qué palabreja, y sólo faltaba que lo interrogaran con una luz cegadora. “¿Las dolencias infantiles?”, querían saber. ¿Y vacunas? ¿Las amígdalas? ¿Transfusiones de sangre, alguna transfusión de sangre?” Casi le dio vergüenza decir que era virgen. Tuvo como un arranque de protesta cuando le preguntaron, aunque fuera con muchos rodeos, si se había acostado con hombres, pero se quedó en la negativa y el rubor. Lo pusieron en “sin causa conocida, porque había que informar para el ordenador de datos. Sólo las personas indispensables lo supieron y los médicos fueron como confesores, según los juramentos de su religión.
   El segundo caso vino rápido y fue algo diferente. Una mujer casada de los arrabales, también de vida honesta. Las conjeturas fueron hacia el marido, que viajaba por provincias un muestrario de bisutería fina. Ella era una casada joven y fiel. El marido tenía fama de honradez en los tratos, pero no era imposible que hubiera enredado con una camarera de hotel, la camarera sólo se acostaría con el gerente, siempre suponiendo, el gerente del hotel salvo esa mínima veleidad se dedicaba por entero a su señora que por perdonable inclinación había caído con un castrense y éste con una enfermera de confianza y la enfermera con un estudiante y el estudiante con su protector y nunca se puede saber. Los médicos tuvieron que hablar con el marido de la casadita de los arrabales y el hombre se dejó examinar y estaba muy sano. Pero no pudo aguantar lo de su mujer, cogió el muestrario y sus cosas y se marchó para siempre. Antes dijo que no le hubiera importado que su esposa se quedara coja, ciega, lo que fuera, pero él no podía sufrir que su esposa tuviera la enfermedad.
   Al fin terminó sabiéndolo toda la ciudad, que había dos casos entre los miles de habitantes, y la gente se entregó a la higiene y a las religiones temerosas. Lo que no se sabía es cómo llegaron a relacionarse, después de aquellas novedades, el joven que no había conocido mujer y la señora que se había quedado sin marido. Se pusieron a vivir en casa de ella para allá del río y fue un alivio para la población porque así quedaba el puente por medio.
   Pero acaso se han cansado de su lazareto. Ahora los amantes vienen al parque y a la plaza de las palomas y nos inquietan con su felicidad descuidada. Vienen algo pálidos y enlazados, se acarician, alguien los ha visto besarse tranquilamente en la boca como antes se acostumbraba, cuando el amor no estaba amenazado y era una pasión sin guantes.

HAMPSTEAD, Elias Canetti

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ELIAS CANETTI, Hampstead. Apuntes rescatados 1974-1971, Anaya & Mario Muchnik, Madrid, 1996 (1994), 200 páginas.
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Necesitas un ejército de termitas que socaven desde dentro todas tus ataduras y costumbres.
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Con los años, incluso la desesperación devora y devora hasta hartarse. Luego pierde su nombre.
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Los relojes de la pareja: nunca la misma hora.
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Para que se le conserve, arroja lejos de sí lo que podría perder.
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Cuando se sabe todo sobre una persona, ¿qué queda de ella? Sólo aquello que se olvida.
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Él va eligiendo nuevas lenguas para callar.
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El impulso de decir algo cien veces; el deseo de silenciarlo.
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Las frases no están agotadas. Aún distan mucho de estar agotadas. Sólo están agotadas para quienes siempre tienen que romperlas.
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Condenó su sueño antes de que se hubieran desprendido de él todas las hojas.

APUNTES 1992-1993, Elias Canetti

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ELIAS CANETTI, Apuntes 1992-1993, Anaya & Mario Muchnik, Madrid, 1997 (1996), 132 páginas.

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Demasiado recuerdo. Empezado lo más, sucedido lo menos. Un libro de recuerdos de cosas empezadas.
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En el pasado todo el mundo se vuelve tierno.
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Nadie que nos haya abierto su corazón tolera que se olvide algo de lo dicho.
Sin embargo, se dice que los confesores deben olvidar en seguida.
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El recuerdo engaña, y precisamente este engaño es importante.
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Uno juega con las ideas para que no se ensamblen.
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Mientras respiro, escribo. Pero, ¿escucho todavía?
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Las máquinas no son lo suficiente enigmáticas como para creer en ellas.
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Callar la boca y no enmudecer. La cuadratura del espíritu.
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Él sabe que todo está escrito en el viento. Pero escribimos para respirar.
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De quien mucho dice se olvida incluso lo poco que podría quedar.

CUENTOS VERTIGINOSOS, Beatriz Valdivieso

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BEATRIZ VALDIVIESO, Cuentos vertiginosos, Anaya & Mario Muchnik, Madrid, 1994, 258 páginas.

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EL PUENTE

Estaba con un pie a punto de dar el salto y tirarse del puente, cuando acertó a pasar por allí otro hombre tan carente de esperanza como él, que le dijo:
—Si te matas, no te creas que vas a solucionar tu problema. Allá arriba— y señaló el cielo, muy seguro de lo que decía, —las cosas son igual o peor que aquí.
El presunto suicida se echó para atrás muy interesado por lo que le decía aquel hombre vestido de harapos y le pidió un cigarrillo y conversación.
—O sea, que si soy pobre aquí, ¿allí no seré rico?— preguntó, abatido.
—No, allí es lo mismo que aquí, sólo que allí ya no hay vuelta de hoja. Las cosas las tienes que demostrar aquí abajo.
—Pues vaya puro, menos mal que me has avisado.
Y se fueron los dos a una cantina donde le fiaban al de los harapos y se emborracharon con unas cuantas copas.
Cuando cerraron el bar, los dos salieron haciendo eses, agarrados del brazo y con una botella en el bolsillo que el presunto suicida había logrado distraer al encargado del bar.
—Menuda moña nos vamos a coger esta noche. Qué bueno que te encontré.
Y dieron unos tragos largos antes de emprender la caminata hacia el puente, esta vez debajo, donde pensaban pasar la noche; pero cuando iban a crum la calle, un autobús que al parecer se había quedado sin frenos, se llevó a los dos amigos al otro mundo.