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EL CUENTO DE LOS CUATRO NIÑOS QUE DIERON LA VUELTA AL MUNDO, Edward Lear

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EDWARD LEAR, El cuento de los cuatro niños que dieron la vuelta al mundo (y algunos limericks), Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2010, 48 páginas.

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Adriana Hidalgo premia, a los que acaben de leer el cuento de los niños viajeros, con un delicioso postre: unos cuantos limericks en traducción de Eduardo Berti con las ilustraciones de Lear en color.
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Había un hombre de barba espesa
que dijo: “¡Vaya sorpresa
una gallina y dos lechuzas
cuatro calandrias y una grulla
anidaron en medio de mi barba espesa!"



There was an Old Man with a beard,
Who said, 'It is just as I feared!
Two Owls and a Hen,
Four Larks and a Wren,
Have all built their nests in my beard!'

AGUAFUERTES CARIOCAS, Roberto Arlt

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ROBERTO ARLT, Aguafuertes cariocas, Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2013, 200 páginas.

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Subtitulado Crónicas inéditas desde Río de Janeiro, recoge las publicadas en el periódico El Mundo durante dos meses de estancia en la ciudad a principios de los años 30. Gustavo Pacheco es el responsable de la recuperación de estas cuarenta crónicas que permanecían inéditas.
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ESA AGRESIVIDAD

   Nicolás Olivari, el poeta de La musa de la mala pata y de El gato escaldado, que ha estado en Brasil, me decía una vez:
   —No hay sujeto más aburrido ni más agresivo que el porteño. Nuestra gente anda por la calle como si deseara tener camorra con alguien.
   Y es cierto. Está en un permanente estado de agresividad contenida. Tranvías, trenes, ómnibus, la geta de todos es la misma. Ganas de armar broncas con alguien.
   Aquí, será efecto del clima o de la educación, el pueblo es dulce, manso, tranquilo. Usted viaja en un tren cargado de gente pobre y al cuarto de hora, si quiere puede estar charlando con todo el mundo. Lo atenderán gentilmente, amablemente. Hasta el tuteo es respetuoso. Nosotros decimos "vos hablás", ellos se llaman "o senhor", así, en solamente tercera persona.
   No hay teatro, lo que nosotros llamamos "teatro nacional", es decir, sainete y obras representativas de nuestras costumbres y cultura. En los teatros se representan obras extranjeras.
   En fin; la gente vive tranquila, dichosa, feliz casi. El pobre resignado con su suerte no piensa o no sabe que existe una posibilidad de mejora social; el empleado lo mismo... Y así... ¡vaya a saber hasta cuando! Hay servicio militar obligatorio, pero nadie se presenta. En fin, una jauja, sin cadenas de chorizos.

CUENTOS COMPLETOS, Antonio di Benedetto

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ANTONIO DI BENEDETTO, Cuentos completos, Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2006, 708 páginas.

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SALVADA PUREZA

   De todas maneras, ya tendría que haber suspendido la lectura. Debo medirme, para no gastar demasiada luz eléctrica; debo medirme para dormir las horas precisas y no ser mañana un reprensible empleado dormido.
   Me han quitado el libro de las manos los apasionados gatos, los seres del amor belicoso y esencialmente nocturno. Bajo la luna, creo yo, el amor puede ser más idílico y puede ser más bestial. Quizás la franqueza del sol propicia, dentro de la relación, las revelaciones que conducen al tedio y al desencanto.
   Entre todos esos gatos ha de andar mi gatito, mi Fuci, ignoro si idílico o bestial, sin duda irreconocible. Irreconocible aun para mí, que cuido su desarrollo y lo veo incluso en mis sueños, cuando sueño que es leopardo. Lo veo leopardo, como si yo fuese un padre normal y mi hijo hubiese ido más allá de mis deseos, tomando las proporciones de un gigante. Padre normal, al fin, no podría impedir que mi voz de adentro lo llamara, sencillamente, hijo.
   Asl llamo a mi Fuci-leopardo: simplemente, Fuci. Fuci, le digo, como un saludo y como un cariño, cuando lo visito en ese prado del parque donde reproduce su antigua costumbre de cuando era gato. Cuando era gato se avecindaba, envuelto en sí mismo, dormitando, al pie de alguna cacerola, que oliese bien. Ahora que es leopardo dormita en un prado donde picotean tres gallinas, a la espera, supongo, de que ellas mueran, para poder comérselas sin cometer excesivo deliro. En la espera se han abultado necesidades que, sin hacerle olvidar su anhelo, aunque relegándolo a la condición de una esperanza posiblemente fallida, le han impuesto otra vida y otra si- tuación. Su situación es actualmente la del jefe de familia. Vive, con sus cachorros y su elegida -que a mí me produce la impresión de una hiena y posiblemente lo es- en un horno abandonado, donde el prado extingue su verdor, que no puede entrar en la tierra salitrosa. Mi Fuci-leopardo a nadie permite acercarse, excepto a mí, si bien nuestra comunicación está un ramo interferida por la presencia de su esposa, que no me manifiesta simpaúa alguna. Me limito, entonces, a detenerme a cierta distancia del horno y mirar, nada más, mirar, mientras lo nombro: Fuci, como en una conversación unilateral, confidente y compasiva. Porque ahora veo, en el rostro triste y tenuemente severo del Fuci, el gravamen de las obligaciones, y yo pienso que, por más leopardo que sea, en lo íntimo es sólo un gato y no pueden cargarse demasiadas responsabilidades sobre un gato. Bien lo sé yo, por mi personal experiencia de hombre.
   Si ahora regresa, de los techos y de su porción de amor, sentirá en mí, más que la habitual protección del hombre al gato, la solidaridad de los nivelados por los problemas.
   Debe de ser él y esta noche tiene que ser leopardo, por la fuerza y la torpeza conque abre mi puerta.
   No.
   No es. Es un hombre, un hombre de presencia inexplicable. Tengo un segundo para saber que no necesita cuchillo ni revólver, que no le veo, para asesinarme; y un segundo para saber que, sin él, el cielo, que ha descubierto abriendo la puerta, podría ser hermoso.
   Por fortuna, yo soy un niño y aún me quedan muchos años de vida.
   Pero, ¿cómo libraré a mi Fuci de ese criminal?

EL LIBRO DE LA ALMOHADA, Sei Shônagon

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SEI SHÔNAGON, El libro de la almohada, Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2002 (2001), 322 páginas.

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De Sei Shônagon, una de las plumas más destacables del periodo Heian (794-1185), Amalia Sato, responsable de la traducción, prólogo y notas de este volumen, pone en relieve el hecho de que esta escritora "fue la primera de un género propio de la literatura japonesa, que aún está vigente en la actualidad: zuihitsu, el ensayo fugaz y digresivo, literalmente «al correr del pincel»". Se trata, en definitiva, de "una dispersión del sujeto en fragmentos" que oscila de modo armónico entre un lirismo autobiográfico y la reflexión filosófica con andamiajes narrativos.

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Al cruzar el río con luz de luna, me gusta ver cómo el agua salpica en chorros de cristal bajo las patas de los bueyes.
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Las cartas son algo común, y sin embargo ¡qué cosa tan espléndida! Cuando alguien se encuentra en una provincia lejana y estoy preocupada, entonces llega una carta inesperada y me parece estar cara a cara con el otro. Además, es un gran alivio haber expresado los sentimientos en una carta, aunque una sepa que aún ésta no ha llegado. Si las cartas no existieran, qué negra tristeza nos atenazaría.Si algo nos inquieta y queremos compartirlo con alguien, qué desahogo volcar todo en una carta. Todavía mayor es la alegría cuando la respuesta llega. En ese momento una carta parece el elixir de la vida.
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   Recuerdo una mañana clara del Noveno Mes. Había llovido durante toda la noche. A pesar del sol, las gotas de rocío aún cubrían los crisantemos del jardín. En los cercos de bambú y las varas de los setos veía telarañas. A medida que sus hilos se quebraban, las gotas de lluvia quedaban colgando de ellos como perlas de un collar. Estaba conmovida y encantada.
   Poco a poco, el rocío fue desapareciendo del trébol y de las otras plantas en las que tan pesadamente se había posado. Las ramas, más livianas, se agitaron casi imperceptiblemente y luego, de repente y con toda armonía, se alzaron.
   Más tarde describí a los demás toda la belleza que había visto. Pero mi relato no causó ninguna impresión, y quedé desasosegada.