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UNA PILA DE CUENTOS CÓMICOS, Enrique Gallud Jardiel

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ENRIQUE GALLUD JARDIEL, Una pila de cuentos cómicos, 2019, 156 páginas.

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YA ES NAVIDAD
(Microrrelato de terror urbano que se me ha colado sin querer en esta antología de humor

    María, saca la bota, porque como esta noche es Nochebuena y mañana, Navidad (o sea: días festivos) me voy a emborrachar, que es lo que hacemos las gentes sin imaginación para divertirnos. Luego, María, puede que cuando esté bien borracho, te pegue una paliza y que también les pegue a los críos, pero hay que beber. ¡Es Nochebuena y el champán es obligado! Vamos, que no se concibe una Nochebuena sin champán. De hecho esta noche bebe todo el mundo, hasta los peces en el río. Y alrededor de la hoguera los pastores cantan bebiendo vino en una bota que está ya medio rota de tanto uso. Luego de sacudiros a ti y a los niños, aún borracho, cogeré el coche y saldré por ahí a dar una vuelta, pero no pasará nada, porque yo controlo. 

HITOS MALDITOS DE LA HISTORIA, Enrique Gallud Jardiel

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ENRIQUE  GALLUD JARDIEL, Hitos malditos de la historiaGlyphos, Valladolid, 180 páginas.

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TORTILLA EN VARENNES

   El día que comenzó efectivamente la Revolución francesa el abúlico Luis XVI escribió en su diario: «Rien» [Nada]. Quería decir que ese día no había conseguido cazar nada.
   Majaderos así, con este grado de inteligencia y perspicacia, son los que muchas veces rigen los países y tienen en sus manos los destinos de miles de prójimos y prójimas.
   Cuando un tiempo después le despertaron para informarle de que los franceses estaban cabreados y se dirigían hacia Versalles con ánimo de armar la marimorena, el monarca, aún obnubilado por los encantos de Morfeo, exclamó:
   —¡Pero eso es una revuelta!
   Y es aquí donde viene la famosa frase que consta en todos los libros de hitos históricos y de cuchufletas. El despertador (vamos, el que le estaba despertando), pronunció por primera vez la palabra fatídica, que luego se popularizaría no poco:
   —No, Sire: es una revolución.
   Todo esto para que se ubiquen. ¿Ya? Bien. Demos un pequeño salto en la historia.
   Tenemos ya a la Asamblea Constituyente al mando del tinglado. La familia real, trasladada por la fuerza a París, se hallaba confinada en las Tullerías y sus miembros no sólo estaban presos, sino que además no tenían permiso para salir. A Luis, aquello le daba más o menos igual: nunca había tenido demasiados deseos de reinar. A él lo que le gustaba era la cerrajería. (Y como su esposa, María Antonieta, se la pegaba con todo bicho viviente, no hay ni que decir la cantidad de chistes alusivos que tuvo que escuchar en los que se hablaba de una cerradura en la que se probaban muchas llaves para ver cuál encajaba mejor).
   La reina era quien llevaba peor el destrona- miento de facto, porque era hija de María Teresa de Austria —una señora de armas tomar— y le gustaba mucho mandar mucho.
   La pareja aguantó mecha durante meses, firmando los decretos de la Asamblea (aunque dejando caer a posta algunas gotas de tinta para manchar el documento y demostrar así su descontento con el gobierno revolucionario). Pero hubo un vaso que colmó la gota y fue la Constitución Civil del Clero, que subordinaba la Iglesia al Estado (al estilo anglicano) y pretendía la inconcebible iniquidad de que los curas pagasen impuestos. Los reyes (ex-reyes más bien, para aquel entonces) no podían aguantar esto sin pataleo.
   Estamos hablando de 1791, el año en que se pusieron de moda los calzoncillos reversibles, que constituían un enorme ahorro en la cuenta de la lavandera.
   Así es que Luis y María Antonia, tras bastantes momentos de incertidumbre y duda, decidieron salirse, como se hace en el cine cuando la película es un tostón. Este episodio borbónico es lo que se conoce en la historia como la Fuga de Varennes, malograda por una tortilla en su tramo final. Pero no adelantemos acontecimientos.
   La idea era que si lograban salir pitando y llegar a la frontera (donde les esperaban los aristócratas que habían conseguido huir de París disfrazados de toda suerte de cosas, a cual más vergonzante), entonces todo iría bien. Una exhibición de fuerza monárquica pagada por los austriacos volvería a poner al pueblo de parte del rey y todos aquellos sans-culottes descamisados se irían por fin a hacer gárgaras.
   El rey quiso consultar su proyecto con Mirabeau, que siempre le daba buenos consejos y caramelos de limón, pero fue imposible hacerlo por varias razones. Una de ellas fue que Mirabeau había muerto un mes antes. Las otras, realmente, eran de menor peso.
   La escapada la organizaron dos amantes oficiales de María Antonieta, dos condes suecos que, según los libros que hemos consultado, se llamaban Axel de Fersen y Axen de Fersel, respectivamente, aunque nos entra la duda de si no habría aquí alguna errata y no fueran dos condes de nombres parecidos sino sólo uno y mal escrito.
   Axel (o Axen), en su deseo de ver cómo su amada María Antonieta se iba corriendo (no hemos pretendido hacer un chiste obsceno: ha salido solo), pagó de su propio bolsillo un carruaje y compró también disfraces para el rey, reina, delfín, delfina, hermana y criados imprescindibles.  La idea era que fingieran ser burgueses que iban de picnic.
   Cuando se habla luego del guillotinamiento de los reyes (¿o es ‘guillotinación’?; nos asalta la duda), no se recuerda que se debió principalmente al exceso de pompa de aquella huida. El carruaje tenía un tamaño desmesurado, rozando lo descomunal. Dentro de él cabía cómodamente toda la familia real y sus criados, con todos sus baúles y pertrechos, un montón de cestas con comida para un regimiento, algún que otro mueble del que les daba mucha pena desprenderse y un clavicordio para no aburrirse por el camino. Esto despertó las sospechas de muchos. Vamos, que los fugitivos es- tuvieron en un tris de hacer pintar las armas reales y la flor de lis en la portezuela del vehículo.
   El 20 de junio, a la hora de los mosquitos, la familia real abandonó las Tullerías por la puerta verde (seguro que todos ustedes saben a cuál nos referimos), disfrazados de personas pobres que estrenaban traje ese día. Al salir, los escapantes pasaron por delante de las narices del marqués de Lafayette quien, por hallarse distraído apretándose la hebilla de su zapato, no les reconoció, cosa que le proporcionó muchos disgustos ya para el resto de su vida.
   El rey había dejado una carta sobre su almohada. En ella se quejaba amargamente de que la Revolución le había dado muy mal de comer y revocaba los decretos que había firmado mientras estuvo prisionero. También decía unas cosas sobre las madres respectivas de Danton y Robespierre que no son lenguaje digno de un monarca bajo ninguna circunstancia y que no es elegante trans- cribir aquí. La tarde del 21 los huidores llegaron a Varen- nes-en-Argonne. La frontera estaba cerca. Bouillé, un general realista de confianza, estaba ya al caer con sus soldados para escoltar al rey a territorio seguro.
   Pero el caso es que, como suele pasar, los soldados realistas se retrasaron un tanto. En el interregno, los habitantes de aquel lugar, que ya se habían olido la tostada, se reunieron y rodearon la posada en la que la familia Capeto (los borbones, vaya) se había detenido. Se le sugirió al rey que, en vez de hacer noche en aquel pueblo infecto de donde no les iban a dejar salir, se marchara de allí pitando en medio de la caballería que le protegería, para alcanzar al territorio austriaco que le garantizaba la libertad. Luis XVI accedió a hacer lo que le de- cían (como había hecho toda su vida, pues era un hombre de muy poco carácter).
   Pero cuando ya se disponía a subirse de nuevo al carruaje y seguir por la noche su viaje (¡anda!: sin pretenderlo en absoluto nos ha salido un pareado), el monarca olió algo.
   En la habitación contigua a aquella en la que se hallaba se estaba cocinando una tortilla.
   Las reales papilas se estremecieron con aquel estímulo. Luis avanzó hacia la puerta y vio a la dueña de la posada atareada junto a su fogón.
   El monarca, entonces, se sentó y dijo que quería comerse una tortilla como aquella, de más de seis huevos por lo menos, antes de ir a ningún sitio.
   Aquellos huevos —proporcionados por «Niní», la gallina más ponedora de aquella casa (y de todo Varennes)— iban a cambiar para siempre la historia de Francia.
   Sí, porque en el tiempo que tardó el soberano en degustar aquel suculento plato, llegaron al lugar los perseguidores enviados por Montmolin,  que era el ministro de Asuntos Exteriores (por si alguien no lo sabía).
   (Si nos entregaremos ahora a la ucronía —ese pasatiempo consistente en imaginar qué hubiese pasado si no hubiese pasado lo que pasó— veríamos lo siguiente: Luis huye, Austria e Inglaterra invaden Francia y se quedan cada una con un tercio de su territorio. Restauran en su trono a Luis (en el tercio que le queda de su país) y esta mini-Francia sigue siendo un reino hasta hoy. No hay Declaración de los Derechos Humanos ni nada parecido. El mundo cambia sustancialmente).
   Todo eso no sucede, porque un rey no puede quedarse sin cenar. El resto de la historia ya la conoce el lector. La familia real es apresada y conducida de nuevo hasta París en medio de burlas, insultos y, ¡ag, qué asco!, bastantes escupitajos. Se juzga a Luis como traidor a Francia, por haber querido huir de ella, y se le corta la cabeza limpiamente. A María Antonieta, también. Se proclama la República, ya sin posibilidad de vuelta atrás. La historia de Francia avanza por otros derroteros.
   Si aquellos huevos no se hubieran llegado a batir, no hubieran existido Napoleón Bonaparte, el mariscal Petain ni tampoco Maurice Chevalier. No sabemos si congratularnos o no de que Luis se comiera aquella tortilla.

EL ARTE DE HACER DE TODO, Enrique Gallud Jardiel

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ENRIQUE GALLUD JARDIEL, El arte de hacer de todo, Espuela de plata, Sevilla, 2016, 172 páginas.

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En la Justificación introductoria el autor advierte sobre la excelencia de su libro en el que el lector hallará "desde explicaciones metafísico-pedantes sobre lo que es la filosofía hasta consejos prácticos para comprarse un sofá."
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SUGERENCIAS PARA SALVAR A LOS BANCOS

   Hace ya mucho tiempo que no duermo, preocupado por si los bancos están ganando bastante dinero.
   ¡Pobrecillos!
   Por lo que se lee en los periódicos, su situación es crítica y están todo el rato teniendo que pedir a los gobiernos de sus respectivos países que les ayuden con algunas cantidades para poder seguir adelante. A mí, que he sido pobre, estas situaciones de desamparo me provocan muchísima solidaridad.
   He investigado y de veras que los bancos lo tienen muy mal. En las juntas de accionistas han substituido las sillas de madera por unas de plástico, más baratas. En las reuniones de los consejos de administración les sirven a los directivos licores de garrafa. Y en las dos o tres sucursales que cada entidad bancaria abre cada día por todo el mundo emplean formica en vez de maderas nobles. O sea, que la cosa les va mal.
   Los gobiernos ayudan, todo hay que reconocerlo; pero no es bastante. Yo creo que los ciudadanos deberíamos contribuir también a salvar a los bancos, no sólo indirectamente, con ese dinero nuestro que el gobierno les cede, sino de una manera más directa y personal.
   ¿Qué menos? Es un deber de lesa humanidad que tenemos para con estas instituciones que tanto han pensado siempre en nosotros, los ciudadanos de a pie, que tanto se han preocupado por nuestra economía, que tanto nos han ayudado siempre a llegar a fin de mes y que cuando nos arruinamos, nos hacen el favor de custodiar nuestra casa con mucho celo y cariño.
   Hago desde aquí un llamamiento a todo hombre de bien y persona de orden para que done generosamente una cantidad económica a su banco de cabecera, para salvarle de la más espantosa de las ruinas.
   Ya, ya sé que todos tenemos problemas económicos y que el dinero no nos sobra, pero los bancos están en una situación lastimosa y ¡algo hay que hacer, señores! ¿De dónde podremos sacar las perras para esa ayuda tan imprescindible?
   Aquí cada uno tendrá que ser creativo. Yo, por mi parte, he decidido ahorrar prescindiendo de algunos lujos superfluos, que paso a enumerar.
   No cambiaré el aceite ni el líquido de frenos de mi coche durante diez años o así, lo que supondrá un ahorro importante.
   Tampoco vacunaré a mis hijos. Así el Estado se ahorrará el dinero de las vacunas y podrá ayudar más a los bancos.
   Todos los meses venderé dos litros y medio de sangre, lo que me proporcionará un dinero extra para darles.
   Eso es lo que haré yo. En cuanto a cómo conseguirán ustedes el dinero para salvar a los bancos, puedo darles alguna sugerencia:
   Si tienen un padre paralítico, métanlo en la cama, átenlo para que no se mueva y vendan la silla de ruedas en algún mercadillo de segunda mano. Seguro que consiguen algo de liquidez.
   Si tienen hermanas jóvenes y de buen ver, sugiéranles que se ganen unos euros extra por las noches con el comercio de sus encantos. Probablemente ya lo estén haciendo a escondidas, egoístamente y sin beneficio más que para ellas mismas.
   Si tienen un hijo de sobra (porque ya son muchos en la familia) sepan que se le puede sacar un buen dinero en el mercado internacional. Esta transacción tienen un factor de riesgo en el momento del canje, pero los precios van en aumento.
   ¡Hagamos lo que sea para salvar a esas instituciones bienhechoras que tanto han hecho por nosotros, porque quien no es agradecido, no es bien nacido!

LOS VIAJES DE NANDÎ Y OTROS CUENTOS DE LA INDIA, Enrique Gallud

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ENRIQUE GALLUD, Los viajes de Nandî y otros cuentos de la India, Oberon, Madrid, 2004, 200 páginas.

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Recoge Gallud, con el rigor que acostumbra, relatos de las diversas colecciones de la  cuentística india: Brihatkathâ, Brihatkathâshlokasamgraha, Brihatkathâmânjarî, Kathâsaritsâgara, Dashakumânracharita, Panchatantra, Jâtaka, Hitopadesha...
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FICCIÓN Y REALIDAD

   En tiempos antiguos vivía en un pueblo un hombre, Mahendra, que no tenía ningún interés en la lectura ni en los libros. Urmilá, su esposa, en cambio, era muy instruida e intentaba por todos los medios que su marido cultivase su espíritu y aprendiese algo.
   En una ocasión llegó al pueblo en el que vivían un cuentista profesional, que, en varias sesiones, leía íntegra en voz alta la epopeya del Râmâyana, con la historia de las hazañas del príncipe Râma, una de las leyendas más apreciadas en la India.
   Urmilá insistió mucho para que Mahendra asistiese al recitado. El esposo accedió, aunque de mala gana. Era una sesión nocturna en la que hombres y mujeres se sentaban en lugares separados. A la media hora de comenzar, Mahendra no pudo resistir el sueño y se durmió profundamente.
   Cuando iba a terminar la sesión, se repartieron dulces entre los asistentes. Alguien puso uno en la boca del dormido, que lo degustó sin casi enterarse. Al regresar a casa Urmilá le preguntó qué le había parecido la lectura. Mahendra contestó:
   —Realmente ha sido algo muy dulce.
   Con esta respuesta la mujer quedó contenta y decidió llevar a su marido a las siguientes sesiones.
   La historia se repitió en la segunda noche. Como hubiese mucha gente y el hombre que se hallaba a su lado se apoyara sobre su espalda mientras Mahendra dormía, al regresar a casa éste le dijo a su mujer que su impresión había sido que cada vez la historia se hacía más pesada.
   La tercera noche la afluencia de gente era tal que nuestro hombre hubo de acomodarse en un rincón, sobre el suelo. Mientras dormía, un perro se orinó sobre él, mojándole la cara. Mahendra le dijo luego a Urmilá que su impresión de la noche había sido muy ácida. Ella sospechó entonces que algo iba mal, por lo que decidió acompañarle a la noche siguiente.
   Urmilá se vistió con ropajes de hombre y se acomodó junto a su marido en la primera fila. Mahendra estaba nervioso, por miedo a que alguien descubriera a su mujer y le llamara la atención. Por ello, no pudo dormir y comenzó a escuchar al lector. Poco a poco la apasionante narración de la vida de Rama comenzó a impresionarle.
   Esa noche se contaba el episodio en el que el dios-mono Hanumân cruzó el océano de un salto para llegar a la isla de Lanka. El lector relató que, mientras Hanumán saltaba, su anillo de oro se le desprendió de un dedo y cayó a las profundidades del mar. La descripción del pasaje era tan vívida, estaba tan bellamente redactada y parecía tan real, que Mahendra, desconocedor de la magia de los libros, creyó ser totalmente verdad lo que en ellos se contaba. Entusiasmado por lo que había oído, se puso de pie y gritó:
   —¡No te preocupes, Hanumân, por haber perdido tu anillo! ¡Yo te lo devolveré!
   Dicho esto, y ante la estupefacción de todos, Mahendra comenzó a correr hacia la playa.Todos los presentes se levantaron de sus sitios y el narrador interrumpió su relato.
   Mahendra llegó a la orilla del mar y, sin pensárselo dos veces, se sumergió en el agua en búsqueda del anillo de Hanuman.
   Y, por extraño que pueda parecer, encontró el anillo del dios.
   Henchido de orgullo, regresó con él a donde estaban reunidos todos los presentes y se lo entregó al sorprendido narrador para que éste se lo hiciera llegar a su legítimo dueño.
   Tal es el poder de convicción de las historias.

CUENTOS DE AMOR DE LA ANTIGUA INDIA, Enrique Gallud Jardiel

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ENRIQUE GALLUD JARDIELCuentos de amor de la antigua India, Hiperión, Madrid, 2005, 184 páginas.
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Como Criterios de esta edición (p. 13), Enrique Gallud Jardiel señala la pretensión de inteligibilidad para el lector occidental, la condensación de motivos y la "variedad, esa palabra mágica del estilo". El resultado de esta cuidada tarea de redacción y selección puede leerse en unas páginas que suponen una exquisita muestra de la narrativa amorosa de la India.


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UN VÍNCULO INMORTAL

   El amor no sólo ata a los mortales. Todas las criaturas del universo pueden sentir sus efectos. Grandes hazañas y grandes pecados se han cometido por su causa. Lo cierto es que esta pasión no conoce leyes y, cuando surge, nada respeta. Ejemplo de ello es la siguiente historia.
   En el país de Magadh vivía el rey Indradyumna, cuya esposa era tan bella como la luna. Su nombre era Ahalya.
   Los cónyuges fueron felices en su unión hasta que la reina concibió un insensato amor por Indra.
   Indra era el más poderoso de los dioses, el rey de los cielos. Tenía fama de valiente y justiciero y todas las criaturas le reverenciaban. Pero su condición divina no le impidió verse apresado por un amor considerado deshonesto.
   Ahalya había escuchado alabanzas del dios en boca de muchos mortales, y, llena de curiosidad, quiso conocerle. Mediante la intervención de una de sus criadas de confianza, la reina consiguió burlar la vigilancia de su marido y conducir a Indra hasta sus aposentos, donde ambos reconocieron su mutuo amor y cayeron uno en brazos del otro.
   Desde aquel día su amor se fortaleció y, de esta manera, Indra y Ahalya continuaron viéndose en secreto y disfrutando de una relación intensa y apasionada.
   Pero no habría de pasar mucho tiempo sin que Indradyumna supiera la afrenta de la que estaba siendo objeto. Ahalya estaba tan enamorada del dios que sólo pensaba en él y creía verle por todas partes. De esa manera sucedió que el nombre de Indra llegaba con gran facilidad a su labios, delatando así su amor en varias ocasiones.
   Cuando Indradyumna se percató de lo que sucedía, quiso castigar a los amantes de manera ejemplar. Hizo apostar a su guardia cerca de las habitaciones de la reina y advirtió a los soldados lo que estaba sucediendo y cuál era su cometido.
   Aquella, noche, mientras Indra penetraba por el balcón para encontrarse con Ahalya, fue apresado por los soldados del rey. Avergonzado por su conducta, el dios no quiso emplear sus poderes divinos y permitió que se le condujera ante la presencia del monarca.
   —¡Has ofendido a mi honor! —le dijo éste, cuando le tuvo ante él—. Eso es algo indigno de un hombre virtuoso y mucho más de un dios, que ha de servir de ejemplo para sus devotos.
   —Estoy de acuerdo contigo —concedió el dios—. Tu ira está plenamente justificada y sería inútil querer contradecirte. En mi defensa sólo puedo decir que, aun siendo el rey de los dioses, el amor ha sido más fuerte que mi voluntad. Por él he perdido fuerza y dignidad, hasta el punto de verme ahora en tu presencia como un mísero delincuente.
   —¿Aceptarás, pues, tu castigo? —inquirió el soberano— ¿O te valdrás de tus poderes divinos para evitarlo?
   —No sería justo hacerlo —respondió Indra—. Aceptaré el castigo que quieras imponerme y lo sufriré por la eternidad o hasta que tú desees, pues no pienso renunciar a mi amor—. Y añadió—: No podría hacerlo, aunque quisiera.
   Indradyumna mandó a los soldados que infligieran a la pareja adúltera los más duros castigos y los tormentos más atroces. Dijo a Ahalya que la perdonaría si re¬nunciaba a su amor por Indra, pero ella se negó en redondo.
   Ambos fueron entonces arrojados al agua helada; se les sumergió en aceite hirviendo; un elefante les aplastó bajo sus patas. Pero su amor era tan fuerte que la muer¬te no les alcanzaba.
   Pese a sufrir estas y otras torturas durante largo tiempo, el amor de ambos les seguía manteniendo unidos.
   —No te esfuerces, rey Indradyumna —le aconsejó el dios—. El universo entero no es nada comparado con mi amada y todos tus tormentos no harán menguar mi amor por ella. Puedes hacer sufrir a mi cuerpo, pero mi verdadero yo reside en mi mente y ella está totalmente dedicada a Ahalya y a mi amor. Nada podrás contra ella.
   El monarca reconoció en aquel momento la inutilidad de sus esfuerzos y recurrió al sabio Bharat, un asceta que había acumulado muchos poderes tras años de austeridades y penitencias. Le suplicó que lanzase sobre los adúlteros una terrible maldición que les avergonzara y acabara con su pasión.
   Bharat accedió y, como símbolo del deseo que sentía Indra por Ahalya, hizo que aparecieran en el cuerpo de éste mil heridas, que semejaban en un principio las partes íntimas de la mujer.
   Pero inmediatamente, aquellas heridas cambiaron de forma y se convirtieron en mil ojos, que dieron a su poseedor perspicacia y sabiduría.
   —Has malgastado tu poder, ¡oh, poderoso Bharat! —le increpó Indra—. Has llevado a cabo innumerables penitencias durante largos años para conseguir una fuerza que ahora malgastas intentando en vano separarme de mi amada.
   Entonces, Bharat empleó los restos de su fuerza y fulminó a Indra y a Ahalya, destruyendo por completo sus cuerpos.
   Pero los dos amantes renacieron como una pareja de ciervos, llevando una apacible vida en común.
   Cuando los ciervos murieron de vejez, reencarnaron en forma de pájaros. A la muerte de los pájaros, vinieron al mundo como humanos, se encontraron y contrajeron matrimonio.
   Y, desde ese día, debido a la intensidad del amor que sentían el uno por el otro, siguen renaciendo juntos y sus vidas estarán unidas por toda la eternidad.

AFORISMOS Y FRASES CÉLEBRES DE LA INDIA, Enrique Gallud Jardiel

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ENRIQUE GALLUD JARDIEL, Aforismos y frases célebres de la India, Miraguano, Madrid, 288 páginas.

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Subtitulado Palabras de un saber milenario, abre el volumen un excepcional prólogo firmado por Enrique Gallud Jardiel, Los aforismos (pp. III-XIII), cuya lectura resulta indispensable para reconocer las distintas modalidades textuales que han practicado, a lo largo de la historia, los autores que han querido comprimir, en breves cápsulas memorables, el pensamiento.
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Un hombre, contiene en sí un universo. El núcleo del cosmos está en el individuo.
Vivekananda
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La verdadera amistad es como la fosforescencia, resplandece mejor cuando todo se ha oscurecido.
Rabindranath Tagore
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Aunque venzas a miles en mil batallas, sólo serás victorioso si te vences a ti mismo.
   Dhammapada

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El amor es una celda, pero con sus puertas abiertas.
Rabindranath Tagore
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Si quieres cambiar el mundo, cámbiate a ti mismo.
Mohandas K. Gandhi

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La poesía es el eco de la melodía del universo en el corazón de los humanos.
Rabindranath Tagore
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Hay un arte que mata y un arte que da vida. El arte verdadero debe dar evidencia de la felicidad, el contento y la pureza de sus autores.
Mohandas K. Gandhi 
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 El conocimiento conduce a la unidad y la ignorancia a la diversidad.
   Ramakrishna
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Nadie puede hacer el bien en un espacio de su vida, mientras hace daño en otro. La vida es un todo indivisible.
Mohandas K. Gandhi
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El conocimiento que no se emplea es tan inútil como una espada mellada.
Shankara