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ALMIRANTE DE UN ICEBERG, Javier Sanz

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JAVIER SANZ, Almirante de un iceberg, Bubok, 2017, 42 páginas.
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Vivimos en la oscuridad del azar, imaginando horizontes.
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Hoy es mi cumpleaños; mi suicidio anual.
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Nunca podré tocar el horizonte, nunca podré tocar mi cadáver.
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Sabemos contar hasta el infinito, lo que pasa es que nos falta tiempo.
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El niño en cada puñado de arena encuentra un deseo.
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La gota de lluvia cae por la mejilla del cristal.
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La muerte no llama a la puerta, la tira abajo.
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Lo que vemos no es el mar sino su techo.
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La gota de lluvia cae por la mejilla del cristal.
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El viento no tiene guion.
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Las estrellas son los puntos suspensivos de la oscuridad.

CUENTOS DE FLÂNEUR, Laura Ciancaglini

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LAURA CIANCAGLINI, Cuentos de flâneur, Bubok, Barcelona, 2009, 106 páginas.
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MISMA PLAZA, IGUAL SIEMPRE

   En la plaza Rius i Taulet las terrazas rebozan. Los parroquianos apoyan su humanidad para ver lo que sucede siempre delante del reloj, y hasta podrían tasarse por lo que beben: la cerveza helada para rebajar una dura tarde que termina, y el café oportuno para una conversación más animada.
   Pero dentro de los bares también se sientan los habitués solitarios, que a horas pico nunca hallan una mesa para leer el periódico y matar el tiempo.
   Al entrar, los camareros me traen mi café sin preguntar. Tengo a mano dos diarios para comparar la creatividad o la chatura del armado cotidiano de mentiras. Y de repente, un conocido que entra a comprar tabaco me saluda y se sienta a mi mesa con confianza. Comentamos alguna noticia del día o hacemos una broma por pura cortesía. Nos hemos reconocido sin mayores entusiasmos, y no existen tampoco grandes agasajos ni sorpresas; formamos parte de un paisaje que acontece y se renueva sin mucha novedad. Somos una identidad portátil que se traslada en lo gregario, aunque en el fondo nadie sepa mucho del otro y la profundidad sea un espejismo o una graciosa conjetura.
   Ignoro si se trata sólo de Gràcia, pero la Rius es un raro micropueblo fundido en un enorme anonimato. Sin embargo, reconocemos jetas de la vecindad y también a aquellos personajes pintorescos que repiten las escenas: el rumano del perrito blanco que toca la armónica, el viejo Eusebi y sus dibujitos por un euro, o aquel señor amable y discreto que ofrece pañuelos de papel, mesa por mesa.
   En el verano, los niños arman tienditas contra la fuente del reloj, y comercian chucherías entre los camareros de Las Euras, que van equilibrando las bandejas de patatas bravas y boquerones en vinagre. A veces, según la disposición, me recuerda el cuadro Juego de niños, del viejo Brueghel.
   Cada primavera y cada verano, la misma escena de patio se repite sin mayores variaciones. Imaginar, entonces, a otras personas de hace cuarenta años en esta misma plaza no es difícil. Secuencias iguales en las que todos pasan, van o regresan, entran o salen, cargan paquetes o se encuentran con los otros para beber sus cervezas y cafés.
   El tiempo pone en el cordel lo vivido ayer. ¿Quién será aquella muchacha que corre llorosa al otro extremo de la plaza? Y esa señora que lleva un previsible paquete de pastas, ¿con qué amiga compartirá hoy su merienda, y a cuántos sacarán el cuero mientras sorben sus tazas de té indio edulcorado? Y ese adolescente crispado y con el sobaco lleno de libros, que apura impaciente el paso retrasado por los pelotazos de los niños, ¿dónde se dirige nuevamente y para qué todo ese esmero?
   La plaza es el vínculo del aire que traspasa las siluetas. Hoy estoy aquí, mañana estaré en otro escorzo menos arduo, como cuando en el sueño vemos nuestro cuarto, colgados de un imposible vértice del techo.

LA ESCRITORA Y EL ENTERRADOR Y OTROS RELATOS, Jone Miren Asteinza

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JONE MIREN ASTEINZA, La escritora y el enterrador y otros relatos, Bubok, 2012, 92 páginas.
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LA ESCRITORA Y EL ENTERRADOR


   Era una mujer callada, de aspecto más bien triste. Casi nunca sonreía, no tenía amigas ni nadie con quien compartir sus sueños; sus alegrías habitando en el fondo de un pozo sin fondo, sus letras sobre el papel y solo durante el día. Escribía y escribía sin parar, casi sin levantar la cabeza del pliego de papel. De vez en cuando miraba sus manos y la escritura cesaba, y con aspecto resignado, cerraba los ojos y vagaba por esos mundos que solo existían en su imaginación, mundos perdidos repletos de letras gritando por salir a la luz, una duda en el aire buscando solución cada día, planes a dejando paso al plan b respectivo. Sueños y anhelos que se negaban a morir, ideas que golpeaban sin piedad para no caer en el olvido, palabras buscando un verbo, adjetivos buscando sujetos, angustias luchando por ganar terreno, ilusiones perdidas buscando una escribiente que les permitiera volver a vivir, volver a existir, volver a vibrar y volver a sentir. Casi a medianoche, el enterrador abre la puerta y entra en su casa. Ha sido un día agotador pero como todas las noches, va directamente al escritorio de su mujer, allí están los pliegos de papel repletos de letras, letras que han nacido del silencio, letras que no verán la luz, letras que mañana volverán a ser escritas tal vez con tinta roja o tal vez con tinta azul. Mira los pliegos con ternura, acaricia lo escrito con emoción, llora y se quita de un manotazo las lágrimas derramadas, abre el armario de la entrada, saca su pala y va al jardín, allí, como todas las noches, no sólo entierra sus letras, también entierra las emociones, las ilusiones, los sueños y el porvenir. Su mujer observa desde la ventana del dormitorio. Su rostro no está triste, ahora sonríe con dulzura, ahora comprende, ahora ve la luz, ahora sabe que mañana tiene que seguir escribiendo, tiene que seguir viviendo con sus letras el día a día, letras que de noche su marido entierra. 

RELATOS Y POEMAS BREVES PARA GENTE SIN TIEMPO, Rafael García Crisóstomo

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RAFAEL GARCÍA CRISÓSTOMO, Relatos y poemas breves para gente sin tiempo, Bubok, 2016, 86 páginas.

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YO LO PODÍA VER...

   El tren pasaba una y otra vez. Yo lo podía ver desde mi terraza. Cuando recibía visitas, y hablo sobre todo de los cumpleaños de la infancia, ver pasar el tren desde la terraza era la principal atracción. Ni tartas ni piñatas, el tren. Cuando dormía, me despertaba con ese sonido tan característico, que a veces se mezclaba con el sonido armónico de la corneta, ya fuese diana o bandera, sonido también cercano aunque del lado opuesto, sonido que también murió con los años, murió de viejo. Y el tren seguía pasando. Una y otra vez. Yo lo podía ver desde mi terraza, desde mis ventanas. Pero a no sé muy bien quién le molestaba. Sería el ruido, lo primero que pensé. Pero toda mi vida había estudiado y preparado exámenes bajo ese «ruido» y yo nunca me había quejado, más bien lo contrario. Para mí formaba parte de mi existencia. Luego empecé a oír que las vías al aire libre dejaban incomunicadas dos partes del barrio, una a cada lado, que provocaban una «brecha». Pero para mí nunca había sido un problema, pues el camino se hacía igualmente aunque se tardase un poquito más, no había prisa. Yo no entendía nada. Un día desperté con toda la zona acordonada. Era el fin. Días después, enormes planchas de hormigón empezaron a taparlo todo, muy poco a poco. Yo mientras podía seguía disfrutando de mis privilegiadas vistas, aun sabiendo que sus minutos estaban contados. Hoy, allí, hay una especie de parque. Pero ya nada es igual. «Es el progreso», dicen los que entienden. Yo siempre recuerdo el tren pasando una y otra vez. Yo lo podía ver desde mi terraza. 

MICROSEÑALES DE HUMO, David Moreno Sanz

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DAVID MORENO SANZ, microSeñales de humo, Bubok, Madrid, 2014, 136 páginas.

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ROMPECABEZAS

   De Sara me he quedado sus ojos verdes, de Noelia sus labios carnosos, de Alicia su cabello negro azabache, de Cristina sus largas piernas, de Patricia su generoso corazón y así he ido recomponiendo a la mujer de mis sueños. Ahora con las manos manchadas de sangre me pregunto qué hacer con todas las piezas que sobran.

DOS VECES BREVE, Eduardo Enrique Vardé

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EDUARDO ENRIQUE VARDÉ, Dos veces breve, Bubok, 2013, 132 páginas.

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ZAPPING ZONE

   A veces siento que mi vida es una serie de televisión. Y que un tipo peludo, barrigón y sudoroso, con olor etílico, está sentado en el living de su casa sosteniendo el control remoto como si fuera un arma, apuntando a la pantalla. A veces no pasa nada, pero a veces temo que se aburra.

BOREAL, Fran Molinero

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FRAN MOLINERO, Boreal, Bubok, Madrid, 2010, 112 páginas.

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El Mundo jamás fue un artefacto.
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El dolor de conocerse. Conocer: arrasar con uno mismo, llenarse de otros, diluirse y decrecer, colmar de incertidumbres, y multiplicarlas ad nausam; gustar del sentido de muerte, en definitiva, y morir: un capricho de excéntrico.
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El adulto es un hombre que busca su niñez.
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Somos cobardes hasta el punto de violentar al Tiempo con nuestra melancolía. Nos juzgamos mejores que él.
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El realista es un idealista, sólo que más pequeño y obtuso.
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Decadencia es el laberinto autoconsciente.
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Prueba de miseria: querer a alguien con condiciones.
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Hay refugios que ofenden.
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En ocasiones, el Mundo merece ser dormido.
Para despertarse.

RELATOS A TRAVÉS DEL MICROSCOPIO, Daniel Jerez Torns

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DANIEL JEREZ TORNS, Relatos a través del microscopio, Bubok, 2010, 44 páginas.

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FEBRERO

   Al llegar al puente, le entregó el ramo de flores a Claudia. Mario, nervioso, miraba todos los lugares posibles, menos sus ojos. Claudia, por su parte, no retiraba la mirada del ramo. “Hay una abeja”, le dijo. Mario sacudió la rosa y el insecto salió volando. Claudia cogió el ramo. Se fueron agarrados de la mano a un café. Allí se besaron y se acariciaron. Se dijeron algunas palabras bonitas. Luego, fueron al cine, colocándose en las filas de atrás para jugar con sus manos. Tomaron una copa y se despidieron. Claudia miró el reloj. Este marcaba las 00:05. Se acercó al contenedor de basura y tiró el ramo. Ya se había acabado el día de los enamorados.

LA ATRACCIÓN DEL FRACASO, Egolastra

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EGOLASTRA, La atracción del fracaso, Bubok, 2011, 120 páginas.

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Con un centro de gravedad que oscila entre el aforismo y el microrrelato, sin olvidar alguna mirada hacia latitudes más poéticas, el conjunto filtra la frustración y el desencanto cotidianos a través de un renovado prisma que, si en algo fracasa, es en no lograr remitir el interés del lector.

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PLAN DE FUGA

Ya que esto no tiene sentido, será mejor que nos pongamos de acuerdo y la próxima vez que salgamos huyendo el uno del otro no lo hagamos en la misma dirección.

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DEFECTO DE SERIE

El pudor es un bozal que muerde a deshoras.

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HAIKU MY FRIEND

—Maestro, ¿qué hacer? 
—Sólo deja a las cosas
que sean ellas