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EL DOMADOR, Rafael Pérez Estrada

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RAFAEL PÉREZ ESTRADA, El domador, Paréntesis, Alcalá de Guadaíra, 2009, 172 páginas.

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   Quiso decir una palabra que fuera diferente, una palabra para expresar aquellos estados a los que ni siquiera el pensamiento llega. Una palabra como un instrumento musical único. Dúctil. Capaz de contener todos los registros de la emoción y la melancolía. Una voz útil para representar a los contrarios; así, agua y fuego podrían decirse con sólo pronunciarlas; y vuelo y caída, o lejos y cerca también se significarían en ella. Será -deseó- una expresión con tacto; y deseada, la hizo aún más amplia, con olas, lluvia y brisa: Entonces, tal si fuera a parirla, la mujer realizó un esfuerzo, abrió la boca, y suave y rítmica surgió la palabra que era un tallo muy frágil y decidido. Un tallo ascendiendo, ajeno a todo cuanto no fuera ascender; un eje acariciado por un sol extraño a este esfuerzo, a esta mística de engendrar la palabra. Sorprendida, la mujer la vió alzarse más allá incluso de los cipreses. La sintió indefensa, mecida por el viento, y sólo su alma se sosegó cuando los primeros pájaros vinieron a habitarla.

ZONA DE INCERTIDUMBRE, Antonio Serrano Cueto

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ANTONIO SERRANO CUETO, Zona de incertidumbre, Paréntesis, Alcalá de Guadaíra, 2011, 288 páginas.

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LA ESTACIÓN DE LAS NIDADAS

   Mis amigos Sonia y Javier acordaron poner fin a una década de vida conyugal el día en que descubrieron excrementos de murciélago bajo la cama del dormitorio. Hasta entonces habían anidado en la habitación matrimonial numerosas parejas de aves de albo plumaje, que, según las estaciones del año, alternaban sus estancias o compartían el mismo hábitat en armoniosa y gárrula convivencia.
   Las primeras en aparecer fueron las ocas canadienses, tras un vuelo transoceánico que las dejó exhaustas. Pese a que en la casa reinaba el clima mediterráneo, las ocas se adaptaron con admirable prontitud y el hogar no tardó en llenarse de graznidos sagrados. Antes de emigrar hacia otras latitudes con sus crías, aún coincidieron durante una corta etapa con un par de flamencos —garbosa estampa como ninguna— que se instalaron junto a la cómoda de caoba.
   Después llegaron hermanados en el cielo los cisnes y las cigüeñas. Traían haces de ramas secas en los picos para la fábrica de los nidos. Los cisnes escogieron la mesilla de noche del lado de Sonia, mientras que las cigüeñas aplicaban barro y paja en los brazos de la lámpara del techo crotorando sin descanso.
   La estancia más tumultuosa fue sin duda la de las palomas, de suyo tan inquietas y volubles. Se acomodaron en una estantería junto al armario y en pocas jornadas la hembra empollaba dos huevos. Apenas las crías empezaron a volar con autonomía, la familia levantó el vuelo en dirección a los aleros de la iglesia próxima, atalaya excelente para controlar la llegada a la plaza de los ancianos con bolsas de pan.
   La última fase del matrimonio se caracterizó por la afluencia de las visitas internacionales, ya que estuvo presidida por una pareja de garzas reales procedentes de Venezuela, otra de cacatúas galeritas nativas de Oceanía y una tercera de pelícanos llegados desde la remota Mongolia.
   Al marcharse todas las aves y quedar el dormitorio desierto, la armonía se quebró y Sonia y Javier aceptaron que su matrimonio había entrado en fase terminal. Porque en tanto había vida en los humedales y cantos en las ramas de la tupida arboleda, las desavenencias y el desapego crecientes reposaban sobre un lecho ilusorio, de albo y mullido plumaje.

BENEMÉRITAS ANÉCDOTAS, Germán Vaquero

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GERMÁN VAQUERO, Beneméritas anécdotas, Paréntesis, Alcalá de Guadaíra, 2010, 172 páginas.

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A través de un estilo coloquial, con marcas propias de la oralidad, Germán Vaquero pretende en las sucesivas anécdotas transmitir una imagen de la Guardia Civil mucho más cómica y desenfadada de la que se tiene habitualmente de los trabajadores que integran este cuerpo paramilitar de seguridad pública.

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UNA HOSTIA DEL COPÓN

   Casi como deducirán del título, y no es que haya optado a estas alturas por un lenguaje soez en mis relatos, la Iglesia y nuevamente un cura, serán protagonistas de una de mis anécdotas.
   No piensen mal, no crean que la haya tomado con el clero secular por dedicarles otro de mis chismes, ¡Dios me libre! Así que, tras esta blasfema aclaración, doy paso a otra simpática historieta que me contara un buen compañero en agradecimiento y como premio por haberle narrado aquel divertido encontronazo que en mi etapa asturiana, tuve con otro presbítero y que, bajo el título de «Pater Putatibus», ya os he transmitido.
   Proveniente de una pequeña aldea situada a orillas del Cantábrico, se recibía llamada en el puesto por parte del sacerdote del pueblo quien afirmaba encontrarse herido en el interior de su parroquia tras sufrir un accidente fortuito.
   Y se preguntarán: ¿por qué el párroco llamó a la Guardia Civil antes que a una ambulancia? ¿Acaso no es más lógico llamar a los servicios médicos que al cuartel? La respuesta, al menos por aquellas tierras, es bien sencilla. La Guardia Civil es requerida para casi todo, lo que es, sin duda, un orgullo para este Cuerpo, aunque a veces..., para muestra un botón: prestando servicio de puertas, recibí una llamada de un campesino del Concejo de Villayón, en la montaña asturiana, donde me informaba que no tenía luz en la cocina. Y sí, han leído bien, parece que aquella buena gente se siente más tranquila poniendo en conocimiento de la Guardia Civil cualquier problema que se les presente que acudiendo directamente a la empresa de electricidad, agua, ambulancias, bomberos o cualquier otro servicio que precisen. Comprenderán ahora que el pater llamase antes al cuartel que a urgencias médicas «Llamo mejor a la Guardia Civil, que además de ayudarme, seguro que con ellos viene la ambulancia y el médico», debió de pensar y, de hecho, así fue.
   Recibido el aviso del accidente en el cuartel, la patrulla del puesto se dirigió a su pequeña capilla, pudiendo constatar la veracidad de lo comunicado ya que hallaron al herido sentado en los escalones del altar de la iglesia con una considerable brecha en la frente de la que había brotado mucha sangre. Afortunadamente, había cortado la hemorragia usando una pequeña toalla en origen blanca, pero que se había tornado roja. Ello, junto con la sangre que aún conservaba reseca a lo largo de su rostro, evidenciaba el aparatoso incidente. Tras ser ayudado a levantarse y mientras esperaban a la ambulancia que el de puertas ya había solicitado, se le preguntó:
   –Padre, ¿qué es lo que le ha pasado? ¡Está usted hecho un Cristo! –señaló uno de los agentes, inconsciente de la comparación que acababa de hacer.
   –Nada, un pequeño accidente –contestó de forma concisa y un tanto mareado.
   –Pero cómo un accidente, padre, si parece que acaba de pasar por aquí un huracán –añadió el guardia.
   Al principio, el cura era reacio a contar los detalles de lo acontecido en aquel lugar, restándole importancia al asunto, pero los restos de sangre en su cara y también en el suelo junto al altar, un cubo de agua completamente derramado y su fregona a varios metros de distancia, el Copón Divino tirado por un lado y un cirial doblado tirado por otro junto a un trozo de vela rota, hacían pensar en algo más que una simple camballada.
   Finalmente, el capellán confesó su nimio accidente. Indicó que, mientras limpiaba la iglesia con cubo y fregona, escuchaba un trascendental partido de fútbol entre el Celta y el Xerez en un pequeño transistor situado en el altar que, debido a la poca potencia de su antena, usaba el dorado Copón como improvisado amplificador.
   Sin embargo, y mientras fregaba felizmente la zona próxima al púlpito, un gol del Xerez en los instantes finales del partido le trastocó todos los planes. Del coraje que le entró, sin que mi compañero y transmisor de la anécdota pueda precisar si había apostado algo en el encuentro o simplemente era ferviente seguidor del club vigués, pateó a lo Roberto Carlos el cepillo de la iglesia impactando este contra el improvisado Copón-antena que, a su vez, salió despedido cayendo del altar y golpeándose contra los escalones de mármol.
   Pero ahí no quedó la cosa. De la inercia, al cepillo aún le quedó fuerza como para sobrevolar la zona cual platillo volante hasta chocar contra uno de los dos ciriales que había apoyados en la pared. El golpe, si bien no muy fuerte, sí fue lo suficiente para desequilibrar aquel enorme candelabro usado por los monaguillos en las ceremonias religiosas, por lo que el leñazo que daría contra el suelo sería considerable.
   El pater, lanzando por los aires la fregona y tropezando con el cubo de agua, intentó en última instancia evitar el castañazo, pero el cirial, de unos quince kilos de peso, se coló entre sus manos, que no atinaron a atraparlo en el aire e impactó directamente y con violencia en su frente, provocándole la herida que presentaba.
   Y de esta guisa, el pobre señor alcanzó como pudo la pequeña toalla que empleaba para limpiar el Copón y, usándola para evitar que manara más sangre, se dirigió al teléfono para llamar a la Guardia Civil.
   –¡Ay que ver cuánto destrozo es capaz de hacer un simple gol, padre! –comentó el guardia tras escuchar la historia.
   –Pues sí hijo, sí. Y además, perdimos –respondió cabizbajo su protagonista.
   Seguro que a muchos seguidores pontevedreses del club de Balaídos les pesaría aquel gol en contra que le marcaron al borde del final del partido. Sin embargo, dudo mucho que a ninguno le doliera tanto como a nuestro infortunado protagonista.
   ¡Menudo porrazo y menudo destrozo!

LOS AÑOS DE LA LLUVIA, Jesús Esnaola Moraza

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JESÚS ESNAOLA, Los años de la lluvia, Paréntesis, Alcalá de Guadaira, 2012, 118 páginas.

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FUTURO

   Esta vez no erraré el tiro, abuelo, pero deja de llorar, así no hay quien se concentre. Antes de elegirme debiste enseñarme a disparar como antes hiciste con otras cosas; me enseñaste a andar en bici, a defenderme en el colegio de los matones que me quitaban el almuerzo, me compraste mis primeros libros de Julio Verne y Emilio Salgari, me contagiaste tu amor en blanco y negro por Chopin. Has sido un padre para mí, pero has cumplido setenta años y hoy ha llegado la orden judicial. No quiero verte agonizar con un tiro en el estómago así que quédate quieto y descansa en paz.

CÁMARA OBSCURA, Pilar Vera

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PILAR VERA, Cámara obscura, Paréntesis, Alcalá de Guadaíra, 2010, 212 páginas.

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FRESH CAPTURED FAIRY

   —¡Dios mío, otra vez! —dijo mamá—. Se nos ha vuelto a caducar.
   Estaba al fondo de la alacena, entre latas de tomate y botes de espárragos. El hada, con las alas deshechas, yacía muerta en un tarro de cristal cuajado de pequeños arañazos.

LAS HISTORIAS GALLEGAS, Álvaro Cunqueiro

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ÁLVARO CUNQUEIRO, Las historias gallegas, Paréntesis, Alcalá de Guadaíra, 2009, 170 páginas.
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Procedentes en su mayoría de Os outros feirantes, estos 67 relatos se presentan acompañados por las palabras de Manuel Gregorio González en El otoño del mundo (pp. 77-11), un prólogo que busca encajar la figura de Cunqueiro en su merecido lugar dentro del siglo XX, detectando influencias tan diversas como Malinowski, C. G. Jung o Robert Graves que le permiten dibujar en cada uno de sus textos "el vasto territorio de la entonación humana".

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JOSÉ REGUEIRA

   Desde los ocho o nueve años, tenía todas las noches el mismo sueño, salvo que cenase castañas cocidas con leche fresca, que entonces tenía otro. El primer sueño consistía en que aparecía junto a su cama un hombre con barba, el cual le hacía levantarse de la cama y lo llevaba a volar con él por encima de Sobrado dos Monxes, y alguna vez sobre Betanzos. Y cuando José Regueira iba más feliz en la máquina voladora del hombre de la barba, este lo empujaba y lo dejaba caer desde lo alto mismo encima de su cama. La caída era verdadera, pensaba José Regueira, porque el ruido que hacía al caer despertaba a sus padres, que dormían en la habitación vecina, y porque en tres ocasiones rompió la cama, con la violencia del aterrizaje. Con el tiempo, José Regueira fue aprendiendo a no caer de golpe, sino planeando, con lo cual entraba muy suavemente en su cama, la que no volvió a romper. Eso sí, el planear le costaba lo suyo, porque después del planeo aparecía sudoroso y casi sin respiración. El otro sueño consistía en que José Regueira escuchaba un silbido y veía que por la puerta de su cuarto entraba una señora cubriéndose con un paraguas, porque estaba lloviendo dentro de la casa como fuera. De pronto escampaba, y la señora cerraba el paraguas. Sin saber cómo, José Regueira se encontraba dentro del paraguas, pugnando por salir, pero no lo lograba mientras no volviese a llover y la señora abriese el paraguas. La señora se iba, y José Regueira aparecía en el suelo, junto a un charquito de agua que había escurrido del paraguas. Los padres decían que José Regueira había orinado en el suelo, y le pegaban. Ya era José Regueira un mozo de veinte años, y seguía teniendo los dos sueños. Había crecido mucho, y era un tipo ensimismado y algo perezoso, muy espigado y preocupado por su pelo rizo. Los padres suyos, previendo que el hijo iba a ir al servicio militar, estaban preocupados con el sueño de la señora del paraguas, que sería una vergüenza que José apareciese en el suelo del dormitorio del cuartel, tumbado sobre un charco de agua. ¿Cómo convencer al coronel del Regimiento de que había una señora con paraguas y que llovía dentro de la sala? José Regueira les decía a los suyos que era difícil que en el servicio tuviese aquel sueño, porque en el cuartel no dan de rancho castañas cocidas con leche, pero los padres lo ofrecieron a San Cosme, y lo llevaron el 27 de septiembre a la romería. José Regueira llevaba como exvoto un paraguas de cera, hecho de encargo en Santiago, y y saliera bastante caro, que hubo que pagar el molde en la cerería. El paraguas fue depositado después de la misa mayor a los pies de San Cosme.
   Aquella misma noche, José Regueira cenó castañas cocidas con leche fresca, y se metió en la cama a ver si San Cosme ya se había enterado de su petición y lo libraba de la señora del paraguas. Y así fue. En vez del silbido acostumbrado, golpearon la puerta del cuarto con los nudillos, y entró en la habitación Florita, una vecina muy lucida a la que José solía quedarse mirando, medio embobado. Florita le puso un dedo en los labios recomendándole silencio, y le dijo, cariñosa:
   —¡Adiós, Pepiño! ¡Aquí te espero comiendo un huevo!
   Cuando volvió del servicio, José Regueira enamoró a Florita y se casaron. Ella negó siempre que hubiese ido a la habitación de él a decir eso de «aquí te espero comiendo un huevo». José le ponía un dedo en los labios, y la hacía callar.

ZOOM, Manuel Espada

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MANUEL ESPADA, Zoom, Paréntesis, Alcalá de Guadaira, 2011, 192 páginas.

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LOS CUENTOS

Fui a acostar a los niños. Cerré la puerta y comencé a leerles un cuento. Hablaba de un ogro que comía críos y usaba botas de siete leguas. Se asustaron. Cogí otro. Una bruja cebaba a dos hermanos en una casita de chocolate para zampárselos. Comenzaron a temblar. Les dije que sólo eran historias irreales, fábulas, pero no quisieron escuchar lo que le ocurría  a la abuela de Caperucita ni al pastorcillo mentiroso. Eligieron Los siete cabritillos. Cuando iba por la mitad escuchamos un sollozo. Provenía de la cocina. El pequeño me preguntó si yo era el lobo. Me limpié una mancha de harina y susurré: "No, sólo soy el canguro".

PEQUEÑAS PALABRAS, Salvador Robles

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SALVADOR ROBLES, Pequeñas palabras, Paréntesis, Alcalá de Guadaíra, 2010, 196 páginas.

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ALAS PARA LA NECESIDAD

Cuando las aceras comenzaron a subastarse, a los pobres no les quedó más remedio que aprender a volar.